Críticas

Universos diferentes, caras semejantes

Doctor Strange en el multiverso de la locura

Doctor Strange in the Multiverse of Madness. Sam Raimi. EUA, 2022.

Según las ideas que tenemos del mundo, esta tierra en que vivimos solo es parte de un sinfín de planetas que, supuestamente, podrían albergar diversas criaturas. Más allá de este concepto que nos podría introducir a la existencia de los alienígenas (más sobre este dilema se puede leer en las afirmaciones de Fermi), existe otro que hace posible la existencia de universos paralelos o, con una palabra más moderna, de multiversos. Desde un punto de vista típicamente comiquero, esta infinidad de cosmos llevaría a la explosión de posibilidades narrativas, lo cual, obviamente, sería un gran servicio a la más que monótona visión que un único universo nos regala. Las repercusiones de todo esto son las siguientes: en nuestro universo nada puede cambiar, por lo cual es en los otros universos que los elementos narrativos tienen más libertad, sin que por esto tengan cualquier tipo de importancia, ya que, por supuesto, es nuestro mundo lo que más nos interesa. De hecho, que en un universo paralelo yo sea el hombre más rico del mundo poco importa si en el aquí y ahora yo solo soy un hombre como muchos otros (un caso más horrible es la cuestión de la muerte, ya que lo infinito soportaría la idea de nuestra presencia repetida hasta más allá de cualquier tipo de final, idea, esta, que poco nos importa si estamos ante el cadáver de nuestro hijo en este mundo lleno de caducidad).

En el caso del segundo capítulo del doctor protagonizado por Benedict Cumberbatch, la presencia del multiverso desde un punto de vista narrativo pone en marcha una serie (muy modesta, en verdad) de explosiones imaginativas, demostración esta de que la variación y la mezcla son, de por sí, elementos que quizás nos gusten más que la pureza. El juego, entonces, estaría en el movimiento a través de los universos, abriendo paso a variaciones cuyo rol, en el conjunto del filme, sí tienen su motivación de existencia. Es posible afirmar, en otras palabras, que lo que hubiera podido ser un simple gimmick resulta ser una componente de primer nivel en el complejo juego de idas y vueltas (desde y hacia nuestro realidad) que compone la totalidad del cuento narrado. Y, en esto, la amenidad de la fruición comiquera-cinematográfica (binomio de gran relevancia cultural, en estas últimas décadas, si de recaudaciones hablamos, mientras que la calidad es toda otra cuestión) demuestra su relevancia en la capacidad de ser un fenómeno de simple goce, así como de elemento simple de descifrar (las complejidades narrativas, entonces, tienen que poder ser entendidas por todos, lo cual no siempre es sinónimo de embrutecimiento).

Resalta, en esta obra, la presencia de Sam Raimi, director de primer nivel en lo que al horror y a los superhéroes se refiere. De hecho, la mezcla de su Evil Dead (el dos, sobre todo) y de su trilogía del Hombre Araña supone un divertido punto de vista espectacular que se traduce en unos momentos de gran calidad visual, así como de una capacidad indiscutible de saber dosificar el ritmo para que el resultado final, con sus dos y más horas de duración, no caiga en el pecado del aburrimiento. Lo que no funciona, desafortunadamente, es el guion, sin embargo, no por su estructura ni por su capacidad de crear unas situaciones más que interesantes, sino por un final que poco deja a aquella exploración narrativa con que había empezado y se había ido desarrollando el cuento. Difícil no notar cómo ya, desde los primeros momentos de la película, podemos afirmar que, sí, nuestro héroe será quien va a triunfar al final, cosa, esta, que se repite una y más veces en las películas Marvel, en las que rige la idea según la cual todo tiene que conformarse al mismo (aburrido) esquema, rozando el peligroso mundo en el cual los arquetipos se convierten en estereotipos.

Aquella libertad (libertad, obviamente, limitada) que les habían concedido a Gunn y a Waititi con sus películas parece aquí obligada a quedar en el interior de una serie de reglas más amplias que disminuyen el impacto final de la obra. Resulta, por esta razón, incorrecto hablar de fracaso o éxito, ya que, siguiendo el concepto de mediocritas sin el adjetivo aurea, el producto final parece más bien un filme que se puede disfrutar y no mucho más, teniendo bien en cuenta que, efectivamente, lo que vemos es parte de una arquitectura más grande. Y el final del que hablábamos nos recuerda que la imaginación y la capacidad de maravillarnos, a veces, poca importancia tiene si hay que terminar el trabajo e irse a casa, dejando que la mediocridad del mensaje (cree en ti mismo) no arruine demasiado la estructura global, una estructura que nos lleva a afirmar que nada, efectivamente, parece haber pasado a través de un verdadero cambio. Una pequeña mentira, esta, ya que en realidad algunas diferencias entre el comienzo y el final de la película sí las hay, demostración de que si esto no resulta así de obvio, algo hay que no funciona perfectamente en el conjunto de la narración. No es una verdadera decepción, por supuesto, pero quizás de una película dirigida por Raimi hubiéramos esperado algo más.

Ficha técnica:

Doctor Strange en el multiverso de la locura (Doctor Strange in the Multiverse of Madness),  EUA, 2022.

Dirección: Sam Raimi
Duración: 126 minutos
Guion: Michael Waldron
Producción: Kevin Feige
Fotografía: John Mathieson
Música: Danny Elfman
Reparto: Benedict Cumberbatch, Elizabeth Olsen, Chiwetel Ejiofor, Benedict Wong, Xochitl Gomez, Michael Stuhlbarg, Rachel McAdams

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