Críticas

El zorro que perdió la cola

Come to my Voice

Were Dengê Min. Hüseyin Karabey. Turquía, Francia, Alemania, 2014.

Come to my voiceEn una aldea kurda, instalada cerca del lago de Van, al sudeste de Turquía, Hüseyin Karabey ubica a los personajes que le darán vida al film premiado con el Ástor de Oro y Premio del Público en el 29° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Come to my Voice. Allí vive una comunidad aún sometida por el ejército turco, que realiza incursiones con pretextos falaces para satisfacer cualquier capricho de un superior.

Karabey inicia la película con los habitantes de un pueblo reunido en torno al “dengbej”, un trovador que narra la historia de Berfe, una anciana que junto a su nieta, Jiyan, busca rescatar de la prisión al hombre de la familia, Temo (hijo de Berfe). En una escena cálida, los bardos ciegos presiden la reunión, mientras la comunidad escucha atentamente su historia. La voz del narrador sobrevuela todo el relato, aunque por momentos preste la palabra a los personajes. Una y otra vez, volveremos al recinto donde el trovador cuenta la historia, para no perder de vista que lo que estamos oyendo y viendo ya ha sucedido y debe ser incorporado a la tradición oral de la comarca.

Berfe vive en paz junto a su hijo y su nieta. La niña solo acepta ir a dormir si la abuela le cuenta la historia del zorro que ha perdido la cola. La narración de Berfe se verá fragmentada debido a los acontecimientos que se suceden imprevistamente, funcionando cada fragmento como separador de las distintas secuencias de la historia. Una historia, la del trovador, encierra otra historia, la que la abuela le cuenta a la nieta. Esa es la estructura narrativa que elige Karabey para acercarnos a su relato.

Una noche, el ejército toma la aldea y se lleva a los hombres, bajo la acusación de que tienen armas para levantarse contra la ocupación turca. Los planos aquí son cortos, violentos, se suceden con un ritmo inusitado para el resto de la película, que transcurre con cierta morosidad. Como se trata de una aldea pacífica, las mujeres deberán encontrar fusiles y pistolas para rescatar a sus hombres. Abuela y nieta emprenden un viaje que las llevará, primero a recorrer el pueblo, luego los alrededores y, finalmente, un largo trayecto a través de la montaña para contactar a familiares de otra comarca.

Come to my voiceNarrada generalmente en planos generales, con muy escasos primeros planos, la cámara de Anne Misselwitz captura hermosas imágenes de la aldea, donde la composición estética del cuadro se logra a través de una puerta abierta como único foco de luz, una ventana iluminada en la esquina del encuadre o las serpenteantes calles de tierra que se pierden entre las casas. Es una aldea marrón que se viste con los colores de los ropajes de sus gentes y se alegra con la música de sus ancestros. El paisaje que rodea la comarca es imponente. Las altas montañas de nieves eternas y el lago de un azul intenso incluyen a la anciana y a la niña en su conjunto, como si fueran parte de esa maravillosa postal natural. En tal lugar, no puede sino vivir gente pacífica. Sin embargo, el ejército turco impone el miedo y la brutalidad.

Con ingenua entrega, la niña recolecta armas de juguete entre sus amigos y la anciana desentierra un rifle antiguo con el que se defendían sus antepasados. Nada satisface a los soldados. Así que deberán emprender un viaje más largo, que muestra otro aspecto del atropello que sufren. En un autobús, las mujeres se trasladan a otro pueblo, en busca de un arma moderna. Los pasajeros y el chofer van disfrutando su viaje mientras escuchan canciones kurdas. Al ver una parada de soldados, deberán cambiar el CD por música turca. La conversación entre el chofer y uno de los soldados, mientras los otros revisan a los viajeros, va de la amabilidad a la prepotencia en cuestión de segundos. Contundente metáfora de una convivencia imposible.

Come to my voiceUna sociedad compuesta por gente inocente, donde existen kurdos colaboracionistas y turcos invasores, pretende, a través de esta historia, evocar recuerdos, por medio de los cuentos narrados por los bardos, para no perder de vista lo que son y lo que deben seguir siendo. La tradición oral es el único recurso de resistencia con que cuentan como pueblo sometido históricamente. Podrán quemar libros, detener y fusilar a los rebeldes, pero no podrán apagar las voces que repiten, de generación en generación, su propio sentido como pueblo: el de seres dedicados al trabajo de la tierra, al reducto de la familia y a la composición de la comunidad con sus tradiciones ancestrales. Gente que en cada saludo evoca a Dios, incluso cuando el pesar les aplasta el alma. La mirada de la anciana no pierde serenidad ni siquiera cuando ve todo perdido. La niña tiene en ella una escuela. Y los trovadores, que hasta la última parte de la película oficiaban de narradores, de pronto se ven involucrados en la acción, acudiendo a la última posibilidad de salvación de Temo. Al final de los títulos, la niña, reunida frente a un grupo de chicos, cuenta el desenlace de la historia del zorro, convirtiéndose ella misma en un bardo que continúa la tradición de la comunidad.

Merecido premio ha recibido Come to my voice en Mar del Plata. Porque ha conmovido tanto al público como al jurado. Paisaje, música y personajes forman parte de la historia de un pueblo con otra cultura; sin embargo, en los sentimientos y en las actitudes no se sienten tan lejanos de la memoria de otros pueblos, como el latinoamericano, severamente sometido en su propia historia.

Ficha técnica:

Come to my Voice (Were Dengê Min),  Turquía, Francia, Alemania, 2014.

Dirección: Hüseyin Karabey
Guión: Hüseyin Karabey, Abidin Parilti
Producción: Hüseyin Karabey, Emre Yeksan
Fotografía: Anne Misselwitz
Música: Serhat Bostanci, Imran Erin, Ali Tekbas
Reparto: Tuncay Akdemir, Selim Bulut, Sabahettin DAG, Feride Gezer, Kadir Ilter, Nazmi Sinan Mihci, Emrah Ozdemir, Ali Tekbas, Muhsin Tokcu, Melek Ulger

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

 

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