Críticas

Auge y caída de un tipo (de cine)

Celebración

Festen. Thomas Vinterberg. Dinamarca-Suecia, 1998.

El danés Thomas Vinterberg dirige en 1998 su mejor trabajo hasta la fecha, Celebración, película que inaugura el movimiento Dogma, que el propio Vinterberg había cofundado junto al polémico Lars Von Trier. Se trata de un funesto tratado sobre la distorsión y la hipocresía imperantes en las relaciones sociales en el entorno de la clase alta (sobre todo), drenadas en la concreción de un brutal mazazo que atenta contra la conciencia. Como su exquisita forma se ajusta milimétricamente a los preceptos de su corriente, será mucho más interesante dirigir el análisis hacia un punto de vista emocional, puesto que el atrevido juego psicológico que presenta la cinta es su única, pero eficaz, baza contra el apalancamiento en la butaca.

Y digo apalancamiento porque desde el primer plano se aprecia un ritmo exageradamente lento, cuyo propósito verdadero no es otro que el de ir desprendiendo al espectador de su inhibición especulativa. A través de la llegada de una numerosa familia, parientes lejanos incluidos, a un convite con motivo del sexagésimo aniversario del patriarca, el cineasta danés metaboliza un complicado compuesto de relajación e interés, dejando aflorar con naturalidad, como quien no quiere la cosa, las disfuncionalidades del clan (el comportamiento y la fama del conflictivo Michael o las intrigantes conexiones de los familiares con el personal del servicio). Lo que con un buen puñado de ejemplos se podría catalogar como un ingrediente indispensable para la comedia, aquí no puede sostenerse ni en su vertiente más negra: algo de lo que flota en el ambiente no huele bien.

Pese a que el público ya bajó la guardia, esa abstracción viciada le ha prevenido por inercia para encajar la escabrosa noticia que el primogénito reserva para todos los asistentes (arma poderosísima para las cintas con reuniones familiares). El desconcierto está servido tras la terrible acusación que Christian lanza contra su padre y que no es sino la primera sorpresa materializada, puesto que el primer indicio de latencia lo proporciona el thriller bajo el que se enmarca la gymkhana que preparó la hermana recientemente fallecida. Las razones de la confusión son el hecho de que, hacía un rato, ambos conversaban con confianza –mas, no sin cierta tensión palpable- y que, por las trazas de las que disponemos de sus dos hermanos, del confesor sería de quien menos pudiera imaginarse un enfrentamiento directo con el anfitrión. Lamentablemente, la génesis de la maldad se pasea por senderos arbitrarios.

Inmediatamente, tras el shock de la revelación, la cinta pone en marcha dos mecanismos de potenciación, tanto formal como de su mensaje: por un lado, la atmósfera se sume en la más absoluta violencia psicológica; por otro, el relato se entrega a lecturas trascendentes de inserción sociopolítica. El pillado actúa como si la cosa no fuera con él, y no solo se va de rositas, sino que sigue siendo aplaudido (¿mantenimiento de las apariencias, silenciado de la falta, o ambas?). El servicio toma cartas en el asunto haciendo las veces de pueblo indignado (muy a colación de lo que vivimos en nuestros días), apoyando una justa revolución. Pero, como ha terminado ocurriendo en nuestro entorno más cercano, parecía que su acción iba a tener una repercusión mucho mayor que la que finalmente tiene. Y es que, quien ostenta el poder, requiere de una reincidencia abusiva para ser abandonado por sus fieles.

Celebración configura con orgullo una estructura narrativa equilibrada y muy precisa, gracias a la disposición de esos interludios promulgados por el inexperto maestro de ceremonias entre capítulo y capítulo – es decir, entre descubrimiento y descubrimiento: pues sí, la cosa se alarga- y a la acogida de unos ecos palmarios de El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) por el perpetuo retorno resignado de los invitados a sus asientos, en su acepción puramente física, y por el puñetazo al exclusivo estómago de la alta alcurnia, en su nivel conceptual. En este trasiego de exhibicionismos y cínico mutismo, Vinterberg se toma la licencia de atizar las brasas del escarnio con la vara del racismo que, aunque no termina de venir a cuento, funciona como oportuno colofón para completar el denostable retrato de un colectivo.

El estoicismo del que hacen gala, tanto víctima como verdugo, ha de actualizarse, forzosamente, por lo que respecta al sometimiento por convicción a los preceptos del Dogma, en un estadio meramente gestual, vehiculado por unas excepcionales interpretaciones (a las que la cámara en mano dota de una asombrosa solemnidad). No dudo del primordial valor de un casting acertado, mas si cabe, dispuesto al servicio de una crítica social; pero, precisamente esto último es lo que me empuja a reducir toda la aptitud de la película a cierta intención moralizante. Haciendo un esfuerzo, trataré de entender el desenlace como un espontáneo arrebato de justicia poética: el apestado es quien termina ajusticiando al poderoso anfitrión. Tras casi quince años, ¿deberíamos tomar esta metáfora como referente para superar esta maldita crisis?

Tráiler:

Ficha técnica:

Celebración (Festen),  Dinamarca-Suecia, 1998.

Dirección: Thomas Vinterberg
Guion: Thomas Vinterberg y Mogens Rukov
Producción: Birgitte Hald, Morten Kaufman
Fotografía: Anthony Dod Mantle
Reparto: Henning Moritzen, Ulrich Thomsen, Thomas Bo Larsen, Birthe Neumann, Trine Dyrholm, Paprika Steen, Helle Dolleris

4 opiniones en “Celebración”

  1. Debo confesar me costó un poco de trabajo entender la actitud de los invitados, pues no se asombran de tales confesiones ni siquiera cuestionan.

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