Festivales 

BAFICI 2021 Competencia Internacional

2020 estuvo signado por la pandemia, que no termina de ser derrotada por la ciencia o por protocolos que impidan el contagio. LA 22ª edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine (BAFICI) debió dejar pasar un año para ofrecer su selección de cine argentino, latinoamericano e internacional a sus incondicionales seguidores. Del 17 al 28 de marzo de 2021, por primera vez gratuito e híbrido (presencial y online), ofreció una muestra de lo posible en tiempos de COVID-19. Se extrañaron los encuentros en los pasillos con los colegas, las visitas internacionales, las presentaciones de libros y, sobre todo para algunos, la pantalla real como única posibilidad de estar ante el cine, como el cine se lo merece.

Sin embargo, celebramos que siga habiendo propuestas y que continúe con su impulso vital, demostrando la resiliencia con que cuenta ante quienes esperamos ávidamente este tipo de encuentros cada año.

 

Bandido

Bandido fue la película de apertura. Dirigida por el realizador cordobés Luciano Juncos e interpretada por Osvaldo Laport, actor que le ha brindado éxito a las telenovelas en las que ha participado por su carisma y su carga de ternura, muchas veces escondida detrás de un gran temperamento. La película de Juncos propone la historia de un cantante que ha triunfado y se encuentra en un camino tan trillado que desea retirarse para dejar de oír las quejas de su representante, portavoz de los interesados en seguir ganando dinero con su música. Con una estética heredada de la televisión, la historia nos habla de la inseguridad en los barrios marginales de las grandes ciudades, de la pobreza y de la calidad y calidez de la gente que habita esos espacios olvidados, donde el personaje de Laport (que repite tics y gestos ya explotados en televisión) encuentra una salida ante el dilema en que se halla inmerso. Un grupo de personajes entrañables, una historia chiquita que habla con la sabiduría de los mayores (poner la otra mejilla, perdonar, valorar a los que menos tienen) y la música del cuarteto para cerrar tal invitación.

La Competencia Internacional, que cada año cubrimos para EL ESPECTADOR IMAGINARIO, estuvo compuesta de cortos y largometrajes de realizadores que están comenzando su carrera o que su cine no encuentra eco en las pantallas comerciales. En nuestro caso, nos hemos centrado en los largos. El jurado estuvo integrado por el antropólogo, escritor y docente Ricardo Bedoya (Perú), la guionista, productora y directora Anahí Berneri (Argentina), la curadora de festivales Olivia Cooper-Hadjain (Francia), el director Gonzalo García Pelayo (España) y el director y guionista Cristián Sánchez (Chile).

Encuentros y desencuentros podría llamarse un apartado dedicado a los conflictos de pareja, que tiene algunos representantes en la selección propuesta.

 

Bahía Blanca

Bahía Blanca es la transposición de la novela homónima de Martín Kohan, dirigida por Rodrigo Caprotti, un bahiense que vive lo suficientemente alejado de su ciudad natal como para observarla sin degradarla y compensar las palabras de un personaje singular (Marcelo Subiotto) que la definen como maldita. Más bien se trata de una ciudad inasible, con habitantes lacónicos que no saben responder acerca de los espacios de interés que tiene el lugar. Allí se traslada Mario (Guillermo Pfening) para hacer una investigación, pero el encuentro fortuito con un conocido (Javier Drolas) hará girar la historia definitivamente hacia un tono más oscuro.

Los diálogos, hasta entonces escatimados, soportan dos enfoques diferentes en intensidad y ritmo. Por un lado, la conversación de los dos hombres en el esqueleto de un fantasmal castillo abandonado, donde el tono calmado contrasta con la violencia del relato. Por el otro, el diálogo de Mario y su exesposa (Elisa Carricajo) en el interior del automóvil, mientras recorren la ruta desde Buenos Aires hasta Bahía Blanca, en una conversación que va in crescendo para terminar, junto con el viaje, definiendo el futuro de una relación. En ambas escenas, son los diálogos los que narran los hechos que dinamizan la historia. En la conversación entre los hombres, Caprotti acude al flashback que, siendo visual, imprime la violencia de la situación que es narrada tan apaciblemente; en cambio, en la conversación de la pareja, toda la fuerza de la escena se apoya en el protagónico femenino, que obtuvo el Premio a la Mejor Actuación.

Bahía Blanca se narra en dos tiempos. En el primero, la ciudad se erige en protagonista ineludible, con una arquitectura chata e intrascendente, cuyos habitantes le son ajenos; en el segundo, seres minúsculos cobran altura y, como en un contrapunto de payadores, se baten a duelo, esgrimiendo diálogos que los van encaminando hacia un único final, paradójicamente abierto.

 

La vagancia

En las antípodas está La vagancia, del argentino Ayar Blasco, que también tiene como tópico el tema de la crisis en la pareja. Su película intenta desbordar límites formales y ofrecer algo novedoso, pero contrasta con un argumento pueril.

María Fernanda (una desaprovechada Sofía Gala) es una mujer con poderes sobrenaturales. Con una gran dosis de sobreactuación, al enfurecer debido a los planteos de su pareja (Ayar Blasco), deja a quienes se encuentran en su entorno adormecidos. Con actuaciones destempladas, celos ridículos y un personaje fantasmal que desata el conflicto, se acude a la terapia de grupo en manos de un trío brujeril. Todos, ingredientes que conducen a una solución tibia que tira por tierra el esfuerzo formal de ofrecernos una narrativa trash.

Lo mejor, el travelling, en blanco y negro, que desde la terraza baja las escaleras y sale por el pasillo de una casa chorizo, tan abandonada como fotogénica. Se recibe como el prólogo de algo maravilloso, pero nuestras expectativas se desarman ante un discurso convencional, vestido con una estética contracultural.

 

O amor dentro da camera

Alejada de tal experiencia, se encuentra O amor dentro da câmera, de Jamille Fortunato y Lara Beck Belov, un documental que obtuvo una merecida Mención Especial en Largometraje. Retrata la vida del director brasileño Orlando Senna y su musa, Conceição Senna. Ambos, contemporáneos de Glauber Rocha, Miguel Littin y García Márquez, desarrollaron su carrera entre Brasil y Cuba, en años del boom cultural latinoamericano. Desde hace más de 50 años conviven en un hogar que se reparten sin invadirse. Hay un relato amoroso de las realizadoras hacia esta pareja tan emblemática de una época y, otro, igualmente cariñoso, entre Orlando y Conceição, que se expresa a través de gestos, canciones, poesías y admiración mutua.

La cámara logra retratarlos junto a una ventana, en el rincón íntimo de una habitación, casi desnudos sobre la cama. Las luces y sombras proyectadas sobre las paredes a distintas horas del día le dan calidez a estos personajes que han vivido tantas experiencias y que hoy, ya no tan jóvenes, saben disfrutar su recíproca compañía.

Si al comienzo nuestros ojos recorren sus rostros, manos y cuerpos hoy gastados, luego nos detendremos en los recuerdos, que llegan en forma de testimonios, fotografías, imágenes de sus filmes o programas de TV que los eterniza en plena juventud. Finalmente, una vez descubierto el velo para quienes no los conocían, el ojo de la cámara se embelesa con el vaivén de una cortina mecida por la brisa, la silueta asomada a la ventana, atrapada entre sombras que trae la noche, las flores frescas de un florero por la mañana o la alegría del sonido que hacen las piedras translúcidas de una cortina de flecos… Todo habla del cuidado con que han armado su hogar, de la paz con que transcurren sus horas, de los largos paseos por el recuerdo al mirar fotografías viejas… y también de los conflictos vividos. Sí, estamos ante una historia de amor contada de manera amorosa, dentro de las paredes de su hogar, pero viajando con ellos en sus recuerdos.

En tiempos del #MeToo, el protagonismo de las mujeres en historias que revisan su papel en una sociedad patriarcal y el modo en que cada una busca romper con esos estereotipos también está presente en esta Competencia, ubicándolas como protagonistas de sus propias vidas.

 

Mari

Si Bahía Blanca nos mostraba a una mujer imponiéndose frente a la voluntad de su expareja, con la gran posibilidad de que ese acto, que tantos kilómetros recorridos le ha costado, termine con su vida, en Mari, de las argentinas Adriana Yurcovich y Mariana Turkieh (madre e hija), el sujeto de estudio es una empleada doméstica. La mujer trabaja en su casa desde hace treinta años, sin que sepan nada de su historia, hasta que un día les pide que la alojen, debido al maltrato de su pareja, y se convierte en el sujeto de este documental casero que intenta mostrar el proceso de independencia de la mujer. Intenta, digo, porque a pesar de que la siguen en todas sus superaciones, en las que, incluso, intervienen, la película muestra más de quienes la amparan, por las autorreferencias de Yurcovich, que le da voz a la narración, sobre el cambio que significa para la familia que le da cobijo. Mari logra crecer exponencialmente, mientras la dueña de casa ve cómo se restringe su espacio de trabajo y su casa va siendo invadida por los compañeros, amigos y familiares de Mari.

Las entrevistas a los vecinos, los hijos y la expareja de Mari en sus ambientes originales le dan voz a su entorno, pero su peso queda desbalanceado por un doble discurso. Por un lado, se celebra la independencia de Mari y las conquistas que va haciendo, gracias a la ayuda de quienes la emplean, sin la cual seguramente a Mari le hubiera costado mucho más lograrlo. Pero hay un subtexto en la narración que resalta esa ayuda, insistentemente, así como el costo que implica en lo personal, opacando las buenas intenciones con que han emprendido esa ayuda. Mari se convierte en una intrusa que se apropia de los espacios y del tiempo de las personas que la han ayudado… lástima que los habitantes no hayan sufrido un cambio más trascendental.

 

Dopamina

Dopamina, de la colombiana Natalia Imery Almario, también es un documental personal. A partir de la revelación de su sexualidad a sus padres, que no aceptan su elección, Natalia logra componer un relato que se extiende a otros temas, como la lucha política de la izquierda, la enfermedad, la familia, el papel de la mujer en la sociedad, el amor, la homosexualidad… Su documental se inició como un trabajo de tesis, basado en material de archivo, pero siguió depurándolo mediante un proceso familiar de crecimiento colectivo, donde los registros del pasado funcionan como respaldo de una historia familiar y algún desencuentro a raíz de la elección sexual de su autora. Con un ritmo calmado e imágenes amorosas de la familia, la pareja y el entorno, da al debate, el diálogo y, a través del amor, la comprensión.

 

Communists!

En Communists!, de Christopher Small, una cineasta regresa a su ciudad natal a presentar una película, donde se reúne con un grupo de mujeres de su edad en el entorno de un festival. Su relación con la prima guarda recuerdos de infancia que nos anticipa antes del encuentro, para lo cual da detalles de la gran casona familiar a la que apenas accedemos. Así de indefinido también es el argumento, que deja varias puntas sin cerrar. El paseo por el bosque para pensar en su próximo proyecto animado, que le da título a este filme, le permite a Sacha ser testigo del asesinato de un fanático antirracista en manos de una joven negra, con la que establece una relación más interesada que guiada por la sororidad.

Personajes, locaciones, hechos que confluyen y se dispersan como si estuvieran escritos en el agua. Sin embargo, y más allá de la sensación de vacío que deja, quedamos prendidos de las peripecias que aguardan a la joven ante su participación en el festival, su complicidad en el asesinato, el esperado reencuentro con su prima o el futuro de la relación que mantiene con su novia.

En una entrevista Small dice que su intención era lograr, con imágenes ricas y coloridas, una mirada de cámara impasible. Había imaginado a sus personajes como seres destructivos, tristes y trágicos, que actúan misteriosamente. La verdad es que compone una sinfonía de hermosas imágenes, con mujeres inasibles que protagonizan hechos de los que queremos saber más. Si eso es lo que se había propuesto, ha tenido éxito.

 

White Lie

White Lie, de los canadienses Yonah Lewis y Calvin Thomas, es la historia de Kate (Kacey Rohl), una joven antiheroína que utiliza las redes sociales para estafar a gente solidaria, instándola a depositar dinero que la ayude a pagar un tratamiento contra el cáncer, que no es real. Para lograrlo, Kate se escuda tras las redes e interpreta su personaje en la vida diaria. Obviamente, todo su entorno está dispuesto a hacerlo. Una historia sencilla en la que desde el comienzo sabemos que Kate miente. Así que este thriller psicológico no nos sorprende como a los personajes, sino que avanza a medida que las complicaciones van apareciendo con más frecuencia y mayor compromiso sin que la joven deje de sostener su mentira.

Con un ritmo muy medido y la actuación soberbia de su protagonista, que aparece en casi todas las escenas con algún personaje (la comprensiva directora del instituto, la incondicional novia, el padre amenazante de revelar su verdad, el médico corrupto y las enfermeras anónimas), generalmente en espacios cerrados, en situaciones límite. Estamos ante una estafadora compulsiva, rodeada de personajes apenas esbozados, con algunas características propias, pero que solo funcionan para que la joven los vea como un reto a sortear.

Espacios claros para las locaciones de su vida diaria y grises para los encuentros con quienes sostienen su mentira, la joven se desplaza por ellos con total seguridad y sin atisbo de arrepentimiento. Es una historia corta, en espacios reducidos, que concluye como la protagonista, orgullosa de ir por más.

Otro tópico presente en la selección de esta competencia es la presencia del arte como protagonista.

 

Cuando el Olimpo choca con la pampa

En esta categoría se encuentra Cuando el Olimpo choca con la pampa, de los argentinos Sol Miraglia y Hugo Manso. Retrato del artista santafesino Ricardo Cinalli, con una monumental obra plástica como muralista y restaurador. Instalado en Londres desde los años 80, cuando en el East End se vivía una ebullición cultural y Spitalfieds se había convertido en un reducto de artistas y creadores. Un grupo de okupas fueron restaurando los edificios de un barrio que había caído en la marginalidad y hoy es de los más caros de Londres. Arqueólogos, arquitectos, muralistas y artistas plásticos reconstruyeron la Iglesia y varias casonas donde se asentaron. Una de ellas es habitada desde entonces por Cinalli. Sus paredes muestran su arte en una especie de puzle desordenado de figuras clásicas.

Desde sus 70 años ve con desilusión cómo su obra, pensada como legado de una época y una corriente artística, va desapareciendo debido a los avances de la “modernización”, como ha sucedido con la transformación del hall central de Vintners Place, un edificio neoclásico cuyo techo había sido pintado por el muralista y hoy reemplazado por una bóveda blanca de la que penden tres anillos también blancos, con una estética minimalista y aséptica. Una pequeña muestra de la transformación que ha sufrido Londres con tantos rascacielos vidriados que van desplazando la austera y típica arquitectura que caracterizaba a la ciudad.

Volver a su tierra podría curar tanta amargura y desilusión. Ya en Salto Grande, su ciudad natal, visita un club que había sido intervenido por murales con figuras colosales. Ante sus ojos ve que el edificio ha sido víctima del abandono y sus pinturas solo embellecen unas ruinas. Otro pantallazo de una realidad que lo agrede.

Sin embargo, no empatizamos con él. Se esfuerza durante todo el documental en establecer una distancia con el espectador (y con los realizadores), como si fuera uno de esos seres elegidos, que tanto y tan monumentalmente ha pintado, que desde el Olimpo reinan sobre los seres humanos.

 

Orphea

Orphea, del alemán Alexander Kluge y el filipino Khavn De la Cruz, es una ópera rock, que decanta en el punk, sobre el mito de Orfeo, quien debe rescatar a su amada Eurídice del Inframundo. Reversionada con el cambio de género y una resolución positiva, Orphea, a diferencia de Orfeo, no solo logrará rescatar a su amante Eurídiko sino a todos los habitantes del Inframundo. Allí están la serpiente que cambia de piel, la reina mezquina, María y su hijo, los indios, en una sátira sobre la sociedad de consumo, la xenofobia, la marginalidad, la Revolución Rusa, la lucha contra los fascistas y Silicon Valley, entre otros tantos temas.

Delirante, excesiva, compuesta a cuatro manos, en Alemania y en Filipinas, el montaje no hace ningún esfuerzo por esconder las costuras que develan las imágenes obtenidas por cada uno de los realizadores. Para Kluge, Lilith Stangenberg ocupa el centro de la escena, con primeros planos y un protagonismo central, mientras que para De la Cruz, la actriz se pierde en la marea humana que recorre las zonas rojas de Manila. La música es la que organiza el contrapunto. Canciones suaves, interpretadas por la actriz acompañada por un pianista, sirven de organizadores frente al caos que ofrece el collage de imágenes y los ruidos de una ciudad populosa que nos aturden. La película recrea el mito griego, situando el Inframundo en la realidad que vemos en los noticieros, como los barcos repletos de inmigrantes que arriban a Europa o las personas que arrastran carros abarrotados, cuyo cargamento los excede… Un exceso visual, desbordante y caótico, que logra la identificación del espectador.

 

En 1969, el director ruso Andrei Khrzhanovsky logró obtener los derechos de la ópera The Nose, compuesta por Dmitri Shostakovich sobre la novela de Nikolai Gogol, para realizar una adaptación cinematográfica animada. El resultado es The Nose or Conspiracy of Mavericks, que obtuvo el premio al Mejor Largometraje de la Competencia Internacional.

Realizada sobre la base del stop-motion, esta animación en 2D, por ordenador y dibujo a mano está estructurada en dos momentos: la narración de la obra de Gogol y el desarrollo de un discurso acerca del arte, la crítica, la política y su influencia.

Con gran profusión imágenes recortadas, compuestas sobre el cuadro de manera barroca, nos narra la historia del funcionario que cierto día amanece sin su nariz, que adquiere su propia vida y logra obtener un rango mayor que su dueño. Las imágenes se desplazan con gran dinamismo frente a nuestros ojos, mostrándose a través de distintos visores: el de un cuadro, un reproductor de casete, un teléfono móvil, en las pantallas de la cabina de un avión… en fin, una variedad de marcos apropiados para instalar en el presente una historia pasada.

Heredera de su tono sarcástico, esta versión del cuento se extiende al siguiente paso, la adaptación de la ópera de Shostakovich, a quien se nos muestra reiteradamente por medio de fotografías y algunas imágenes de archivo, como una figura mimada del régimen estalinista que cae en desgracia junto con los críticos que alabaron su obra. La asociación de ideas es la principal propuesta de este collage animado, donde la riqueza de los elementos que lo componen desborda de imaginación y efectividad. No es ajeno que en este tramo del film se aluda varias veces a las famosas escaleras de Odessa y el cochecito que las recorre cuesta abajo de la película de Eisenstein. En este punto, la animación adquiere un viso más crítico sobre la política que se inmiscuye en terrenos reservados al arte para elevarlo o deplorarlo, con dibujos simpáticos de los “malos” de la historia.

En su presentación, el octogenario Khrzhanovsky comentaba que lo inspiró la cabina de un avión en que viajaba. Al hacer el recorrido por el pasillo, vio múltiples pantallas reproduciendo imágenes diferentes entre sí. No es casual que esa imagen aparezca en su película al comienzo… y al final, pero esta vez proyectan la misma imagen al espectador. ¿Será que pasaron por el lavado de cerebro de la etapa más polémica de la revolución rusa? Cada pasajero –el espectador– es un privilegiado protagonista, al cual se le brinda una historia que debe armar por sí mismo, distanciándolo para obtener su mirada crítica incluyendo imágenes de los dibujantes componiendo el cuadro que estamos viendo.

Mencionar la edad del director no ha sido gratuito, su película es alegre, dinámica, respetuosa en su crítica, modos que ya no se ven, y sin embargo, su discurso cobra suficiente fuerza y actualidad. Ha sido lo mejor de la Competencia Internacional y ha ganado justamente el premio que le han otorgado. Cuánto de común tienen la historia de la nariz que por burocracia política supera el rango de su dueño y esos críticos obsecuentes que pueden terminar con la carrera de un artista si al poderoso que sirven no le ha gustado su última obra.

 

Cryptozoo

Y ya que mencionamos un trabajo animado, continuemos con otras propuestas realizadas con esta técnica: Cryptozoo, del estadounidense Dash Shaw, es un alegato sobre la supervivencia de la fauna planetaria, encarnada por una serie de criaturas míticas que conviven en una especie de santuario que se parece más a una feria de atracciones, y que son muy codiciados por su potencial como armas biológicas. Entre quienes se ocupan de su futuro están los idealistas, los veterinarios, los cazadores, los coleccionistas y los que traicionan a su raza.

El baku es una especie de cerdo con trompa de elefante que absorbe los sueños de los humanos. Es el más buscado por el ejército, para borrar de la mente los sueños libertarios e instalar un capitalismo militarista. A todo color se despliegan en la pantalla hechos de gran violencia, como si fuera una gran pesadilla animada con dibujos alegres y grandes dosis de psicodelia. Con dibujos a lápiz, acuarelas, animación tradicional y paisajes oníricos creados por computadora, se lleva a cabo una lucha sin cuartel entre el idealismo contracultural, representado por mujeres abocadas a proteger la fauna, y el militarismo industrial, llevado a cabo por los hombres. Entre ellos, el mercenario es un híbrido (un fauno), que se vende al mejor postor. En un universo caleidoscópico, un tanto anacrónico, la lucha está instalada.

 

The Old Man Movie

The Old Man Movie, de Oskar Lehemaa y, Mikk Mägi (Estonia) comienza con un documental en blanco y negro que explica el peligro que entraña que una vaca no sea ordeñada, para luego, en color, narrar la historia de tres niños citadinos que son dejados en la granja del abuelo para que pasen sus vacaciones. La vaca del anciano provisiona de leche fresca a todos los pobladores de los alrededores, pero debido al maltrato que sufre por parte del granjero, uno de los niños la libera, y la vaca huye, sin que nadie pueda ordeñarla.

Lo que parecía una historia didáctica acerca de la vida de campo, se transforma en una búsqueda frenética, con un loco, víctima de la “lactopocalipsis”, que los persigue. Plagada de bromas escatológicas, vulgares y groseras en extremo, puede divertir a algunos. Para nosotros se queda como un alegato contra el maltrato animal y una mirada despectiva, escondida detrás de gags jocosos, del hombre de campo y sus costumbres. No más…

 

Monty and the Street Party

En el otro extremo se encuentra Monty and the Street Party, de los daneses Mikael Wulff y Anders Morgenthaler, quienes se propusieron hacer una película familiar “con una tónica salvaje, loca y absurda”. Monty es un niño feliz que debe enfrentar la separación de sus padres. Hasta entonces, nada hacía mella en su felicidad, pero ahora debe buscar la manera en que sus progenitores (una madre que se enamora del profesor de gimnasia y un padre bohemio) vuelvan a estar juntos. Si bien es un tema traumático para los chicos, esta animación logra mostrar, de manera graciosa y por momentos satírica, los recursos de Monty para lograr su cometido.

Animada en 3D, la película comienza con un recorrido turístico por el barrio, donde nos presenta personajes variopintos que participarán de la empresa que se ha impuesto Monty. Es lo que más se disfruta, porque quién de niño no ha tenido vecinos misteriosos, terribles, intelectuales, la chica o el chico más grande de quien enamorarse, el fisgón… La descripción de estos personajes es realmente divertida, con el acento subrayado en los terribles quintillizos que son el sello de esta dupla, conocida como WuMo, autora de viñetas tan hilarantes como varias escenas de esta animación. Han tenido el buen gusto de tratar un tema conflictivo con gracia y humor, sin parecer ingenuos, sino, más bien, críticos.

Como inclasificables incluiría los dos largometrajes que completan la Competencia.

 

Jesus shows you the way to the highway

Jesus Shows You The Way To The Highway, del español Miguel Llansó, descrita en el catálogo del festival certeramente como “una absurda y delirante fantasía afro-futurista, en la que dos agentes de la CIA son encomendados con la misión de destruir un peligroso virus llamado Unión Soviética”.

Llansó ya nos había sorprendido con Crumbs , en la misma línea, este collage de imágenes, que se suceden ante nuestros ojos con una energía intensa, convoca recuerdos de hechos, sujetos y objetos del pasado. Y lo hace con una gran variedad de estilos y materiales, en la que, con una estética “sucia e imperfecta” de juegos electrónicos y series de TV antiguos, accedemos al universo distópico del fututo, en el que conviven los agentes con un panteón de iconos políticos y culturales, como Batman y Stalin, sin dejar de lado a Matrix. Se trata de “cine político”, dice el autor. Para nosotros es un viaje delirante dentro de un sistema operativo, donde no solo están atrapados los personajes, sino también los espectadores que, deseando huir de tanto caos, no pueden hacerlo, debido a la convocatoria de tantas imágenes familiares con las que tienen atrapadas nuestras retinas.

 

Club Internacional Aguerridos

Finalmente, Club Internacional Aguerridos, del mexicano Leandro Córdova, es un falso documental ambientado en los 90. Nicolás, un joven de clase adinerada desea filmar su primer film. El contacto con Omar, un dealer intelectual que se convertirá en su nueva pareja, le abre las puertas del suburbio y de la tribu a la que pertenece, una banda punk que le da nombre a la película. Con la idea de que el barrio y la banda son una especie de mundo paralelo y propio de quienes lo habitan, y que el mokumental permite errores formales, Córdova le cede su intención al protagonista, que es la de grabar una película sobre “la desigualdad social en un México de ternura y violencia”.

No cualquiera ingresa en la banda y se lo hacen saber. Sin embargo, puede retratarlos en sus costumbres. Son una banda punk, que además roba y distribuye droga. Se consideran aguerridos y deben llevar cresta y pantalones rotos. Nicolás los acompaña en sus borracheras, en sus viajes lisérgicos, así como también en la ducha colectiva, la peluquería donde acicalan sus crestas, y lógicamente, en los asaltos del banco y de la cervecería, así como en sus encuentros con los KKPunks, con resultados ultraviolentos.

Al final, la cámara se queda en el rostro de Omar, un mexicano puro, “malo para lo bueno y bueno para lo malo”, que nos cuenta su historia –que es la historia de cada uno de ellos–: “En la Escuela de Policía perdí la inocencia, cuando desmadré a una cabrona. La policía es la escuela de la violencia”. Ahora espera un hijo con su novia, con quien quiere casarse, pero tiene claro que la felicidad es cosa de ricos.

El guion fue escrito por tres autores. Según el director, Lino «Papus» Von Saenger fue la voz de la narrativa y el amor, Enrique Giner de Los Ríos, la voz de la lógica y la razón, y Córdova se adjudica la violencia y la transgresión. Hay dosis equilibradas de los tres ingredientes.

En blanco y negro fuertemente contrastados, con una única escena a color, las imágenes conseguidas por Fergan Chávez Ferrer son poderosas, tanto como la violencia de las acciones y el ritmo destemplado de la música. Si al comienzo la historia apenas se esboza, con la entrevista a Omar, el juego propuesto queda sellado. Violenta, obscena, potente. No deja indiferente.

 

No va más

En la clausura del festival se proyectó No va más, la última película de Rafael Filippelli, un autorretrato en tiempos de encierro y vejez. La cámara recorre su apartamento, por donde se mueve de la sala al balcón y de ahí a la cocina. Un detalle del dormitorio, donde prueba sus corbatas y las anuda, en número de cinco, en tiempo real, y el desecho de camisas arrugadas que no vale la pena planchar, total, ¿para qué?

Una y otra vez dice: “Estoy perdido, me olvido de las cosas… Me dan ganas de darme la cabeza contra la pared, pero no…”. Es una letanía que lo persigue en sus horas vacías. Camina por el apartamento sin sentido, como si fuera a buscar algo y se olvidara qué. Habla de su infancia, de su madre, del padre… Apila libros sobre una mesa, acumula vasos con el mismo trago, lee en voz alta, quizá para no sentirse solo. Todo parece caer en el mismo callejón sin salida del olvido. Casi al final del documental vemos la cámara y a su operador reflejados en el vidrio de una ventana. La lente registra una panorámica en 180 grados en un plano que comienza con la imagen de Filippelli, quien deja el lugar y se refugia en el balcón a mirar la luna, para terminar frente a un cuadro, donde lo vemos reflejado. Imagen real o reflejo de la realidad. ¿Cuál es verdadera?

Cansino testimonio de la vejez cuando la muerte está cerca, cuando quedamos solos y nos aburrimos entre cuatro paredes, aunque intentemos matar el tiempo viendo fotografías con algunos conocidos y muchos desconocidos, releyendo libros que, no recordamos, hemos leído o sirviéndonos el sexto trago, porque no sabemos que lo hemos hecho antes.

No cualquiera hace una película en un interior con un único personaje sin que nos aburramos. Los intertítulos bien pueden resumir el argumento en una sinopsis: la conciencia del deterioro, el valor del tiempo vivido y la incomprensión del olvido. Una manera triste de despedir el festival, pero la calidad de la dirección, el contenido del guion y las líneas de diálogo de Filippelli aseguran que hay cine para rato.

¡Hasta el año que viene!

 

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