Críticas

El Aniceto de Favio

Aniceto

Leonardo Favio. Argentina, 2008.

cartel AnicetoHablar de la película de mi vida para celebrar el quinto aniversario de EL ESPECTADOR IMAGINARIO me permitiría construir otra donde estuvieran escenas inolvidables de todo el cine que he visto. Podría detenerme en Greed (Erich von Stroheim) o en muchas de Stanley Kubrick, que con Martin Scorsese forman una dupla entre mis debilidades, así como Andrei Tarkovsky e Ingmar Bergman; Andrzej Wajda y Roman Polanski o Luchino Visconti y Bernardo Bertolucci. Pero mi vuelo por ese cine requiere de unas alas que hoy no quiero ponerme, porque prefiero quedarme al ras del suelo, donde un actor en sus comienzos y un director con todas las letras al final de su carrera me seduce para que le preste atención.

Leonardo Favio es un autor consumado, con una obra completa y finita, ya que dejó este mundo hace dos años. Nació en mi tierra, Mendoza, una provincia argentina que descansa a los pies del Aconcagua y que requiere del deshielo estival para mantener sus áreas verdes irrigadas. Con  unos pobladores que disfrutan de la siesta cada tarde y ven pasar las horas sin prisas para otear la tranquilidad del atardecer a través de los álamos.

Si bien Favio comenzó como actor bajo la batuta de Leopoldo Torre Nilsson y se convirtió en director para seducir a la entonces joven actriz María Vaner, compuso con sus tres primeras obras en blanco y negro una trilogía que lo define y que, según mi modo de ver, es lo mejor de su filmografía y, me atrevería a decir, del cine argentino. Crónica de un niño solo (1964) es la historia de Piolín, un chico de reformatorio al que la libertad se le vuelve esquiva; Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más… (1966) resume en su título la historia de su segunda obra y antecedente de la que nos convoca hoy, y El dependiente (1969),  relato provinciano de soledades encontradas.

Lo que filmó después es una larga elipsis, casi comparable, si me permiten el exabrupto, a la que más fama le ha dado a 2001 (2001 A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), hasta llegar a Aniceto (2008), que cierra su filmografía.

Aniceto

La cinematografía de Favio podría enmarcarse dentro del género costumbrista con grandes dosis de humanismo. Sus personajes sudan realismo y viven situaciones cotidianas, abúlicas, bajo un ritmo cansino y demorado, que permite el regodeo por imágenes bellamente compuestas en blanco y negro, a través de la obsesiva búsqueda formal que le imprimía a cada una de sus obras. Así logra la acompasada simetría de Crónica…, el escenario despojado de Este es el romance… o los largos y significativos silencios que se instalan en los encuentros de la pareja de El dependiente.


Aniceto
llega cuarenta años después y derrocha movimiento y color. Una nueva versión del cuento de su hermano Zuhair Jury, El cenizo, cobra vida en la pantalla. Como en Este es el romance… está retratado el cuento de amor y desamor que transcurre en la Mendoza de las acequias y de las alamedas. Aniceto conoce y se enamora de Francisca. La inclusión de la joven en su vida cambiará la geometría de su pieza, donde antes pasaba largas horas tomando mate y compartiendo el silencio con Blanquito, su gallo de riña. Ahora es un nido limpio y cálido que cobija a la pareja, hasta que aparece Lucía. Francisca, entonces, se aleja para siempre con lágrimas en los ojos y un peso que le oprime el corazón.

Lo que antes era una gama de grises que cobraba vida o tristeza a través del contraste y el brillo de la película en blanco y negro, ahora estalla con la música, el baile y los colores, aunque el blanco siga permaneciendo omnipresente.

En Este es el romance… Favio utilizaba planos generales para mostrarnos la soledad del individuo; apagaba los faroles para sumir en la oscuridad a Aniceto, alumbrado apenas por la brasa del cigarrillo en cada bocanada, representando así la ansiedad de la espera; utilizaba la riña de los gallos como metáfora de los sentimientos de las dos mujeres o por medio de un tilt up nos mostraba que ese universo donde nos había mantenido durante una hora era apenas un apéndice pegado a una gran ciudad. Recursos formales que utilizaba Favio para transmitirnos las emociones propias de una historia de amor y celos ocurrida en los suburbios de una ciudad provinciana.

Aniceto

Obviamente, muchos de estos elementos están en Aniceto: la historia, los escenarios, el drama… Pero Favio propone una nueva puesta en escena. El triángulo amoroso ahora es visto a través del baile.

Aniceto (Hernán Piquín) celebra su conquista con saltos y giros interminables, mientras la cámara se ensimisma en la camisa blanca, que de tantas vueltas se funde con las alas de su gallo, que en el reñidero lleva adelante una pelea sin cuartel. La habitación que lo cobija durante las noches y las siestas, va adquiriendo vida con la llegada de Francisca (Natalia Pelayo) y calor, con la de Lucía (Alejandra Baldón). Ese cuarto de piso de tierra, con el gallo atado a la pata de la cama y una ventana rota, la puerta abierta y la vida allá afuera.

Favio filma en estudio. Lo que antes eran locaciones naturales, hoy es un escenario falso. Sin embargo, estamos en la Mendoza de las acequias, los sauces llorones a la vera del camino, con la montaña a lo lejos, los álamos alineados a la acequia y los gitanos que llegan con el verano… Y la música, que ambienta, comenta y ocupa el lugar del diálogo.

La mirada limpia de Francisca, la picardía en los ojos de Aniceto y el fuego apasionado de Lucía forman el eje donde se arma el conflicto. El paralelismo entre Aniceto y el gallo, entre la riña y la conquista, entre una herida y otra herida, es más que significativo.

AnicetoEn la escena de amor entre Aniceto y Lucía, los cuerpos nerviosos, recortados sobre negro con luz cenital, la música y el baile apasionado nos envuelven en un sentimiento que no tiene retorno. Mientras, la figura de Francisca, recortada en la puerta de la pieza, apenas abrigada con un saquito celeste, que recuerda a la Gala de Dalí, de espaldas, asomada por la ventana. Con su baile solitario nos transmite su desconsuelo y desolación.

Aniceto tiene la frescura de los ojos jóvenes con que Leonardo Favio filmó Esta es el romance…, y a la vez, la madurez del veterano, de ese Favio que ya ha rodado su décima y última película. Un digno cierre para una carrera en la que la búsqueda formal y la necesidad de plasmar al hombre común lo han llevado a convertirse en un Autor con mayúsculas.

Hay que verla, no alcanzan las palabras, tampoco las descripciones, ni siquiera sus bellísimas imágenes. Leonardo Favio logra emocionar con una propuesta que trasciende el teatro, el ballet, porque es totalmente cinematográfica. Hoy, cuando el cine digital deja boquiabiertos a los más jóvenes, cuando Saura ya intentó todo con el baile, Favio, con Aniceto, alcanza y supera las cotas de su trilogía inicial.

Trailer

 

Ficha técnica:

Aniceto ,  Argentina, 2008.

Dirección: Leonardo Favio
Guion: Leonardo Favio, Rodolfo Mórtola, Verónica Muriel, sobre el cuento "El cenizo" de Zuhair Jury
Fotografía: Alejandro Giuliani
Música: Iván Wyszogrod
Reparto: Hernán Piquín, Natalia Pelayo, Alejandra Baldoni

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