Críticas
Supervivencia social
Caza de brujas
After the Hunt. Luca Guadagnino. Estados Unidos, 2025.
Luca Guadagnino, tras la realización del largometraje Queer (2024), en una adaptación de la novela homónima de William Burroughs, ha estrenado la obra Caza de brujas, protagonizada por Julia Roberts en el papel de profesora en la Universidad de Yale. El personaje se ve envuelto en una acusación de abuso sexual contra un colega por parte de su alumna preferida. Y ni el título en su original, ni su traducción al castellano, ni tampoco los títulos de créditos parecen inocentes. Como en Call Me by Your Name (2017), el autor se interna en un drama emocional, aunque en este caso la densidad psicológica es menos sensorial. Y hablábamos del título “Después de la caza” o “Caza de brujas”, que no significa perseguir culpables, sino acorralar figuras que representan una amenaza para la moral dominante, independientemente de lo que hayan hecho. Y en cuanto a la elección de títulos de crédito de tipografía clásica, con fondo negro o neutro, sin efectos o con ausencia de imágenes, parece una clara alusión a los utilizados durante décadas por Woody Allen. Una insinuación a la cultura de la cancelación o al linchamiento moral sin condena que ha padecido y sigue padeciendo el director neoyorquino. ¿Toma de posición simbólica?
En la primera escena, un grupo de profesores y alumnos de filosofía en Yale, en un encuentro en una casa amplia en donde tiene lugar algún evento, reunión o celebración, conversan entre ellos distendidamente. Sirve como introducción al ecosistema intelectual en el que nos situamos y que se prolonga más allá de los recintos exclusivamente universitarios. Aquí, Guadagnino nos revela relaciones jerárquicas, ocupando profesores frente a alumnos el espacio y la conversación dominante . Entre ellos se encuentran los tres personajes principalmente implicados en la trama. Planos medios y planos-contraplanos cobran relevancia, otorgando importancia a cualquier gesto mínimo. Cómodos sillones, copas de vino, libros… La convicción moral y la autocomplaciencia general, no exenta de tensión, prepara la densidad sicológica en la que nos adentraremos con rapidez. Excelente prólogo para aprisionarnos en las dinámicas de poder dentro de un entorno académico en la élite, en un ensayo contemporáneo sobre el choque entre moral dominante y justicia. Una atmósfera de duda continua con bloques largos de diálogo, interiores cortantes y espacios cerrados. Una reflexión profunda sobre la fragilidad de la verdad y el juicio social acelerado, mientras la cámara funciona en la incomodidad con desplazamientos mínimos, planos fijos largos y el uso de un tono áspero. Todo se acompaña con música que busca incrementar la tirantez provocada por un mecanismo de reacción pública desproporcionado.

Y quizás sea interesante comentar seguidamente el final de la película, en una escena en la que se reúnen la profesora y su alumna aventajada años después de los acontecimientos narrados. Lo que nos interesa aquí de ese desenlace es el corte abrupto por el que se rompe la cuarta pared. Un cut como desenlace que muestra el rodaje del filme, la cámara, los equipos de luces, a los actores desactivando el personaje… Se subraya que estamos ante una representación, que lo relevante no es lo que verdaderamente pasó sino cómo se interpreta por cada uno de los que intervienen en la trama para encajar su versión en la narrativa dominante. Una representación que sustituye a la justicia real, una comunidad a la que le importa poco la verdad; lo que pretende es construir una historia plausible y conveniente a las posiciones políticamente calibradas para colocar la culpa. Ya no es un juez como representante de un poder del estado el que controla sino la mirada cautiva del colectivo. Lo fundamental para todos es verse encasillado en el lado correcto de una puesta en escena en la que se intenta interpretar el papel que se espera de cada uno. Un linchamiento en el que las personas actúan para encajar en el marco moral del grupo, igual que los actores frente a la cámara. La sociedad juzgando como asistente a un espectáculo, nunca juez de un proceso, precisamente la única instancia facultada por el estado para determinar inocencias y culpabilidades. Un cuestionamiento de la ética de la transparencia contemporánea.
Solo Alma, la profesora interpretada por Julia Roberts, duda. Pide pruebas, rechaza la adhesión inmediata. Se niega a prescindir de los principios de presunción de inocencia y de legalidad que deben regir en un estado derecho. Una sociedad en la que únicamente los tribunales de justicia están habilitados para juzgar, condenar y hacer ejecutar lo juzgado. La universidad, sus medios y jerarquías, además de las redes, pretenden desplazar a la judicatura y funcionan, de facto, como tribunal alternativo. El dictamen social no solo quiere adelantarse al judicial sino incluso sustituirlo. Las carreras académicas, la reputación personal o el prestigio derrumbados en un abrir y cerrar de ojos sin la intervención de las instituciones competentes. Basta la acusación de una mujer, su mero testimonio, para que se desencadene todo este proceso denigrante. Estamos en terrenos de Hannah Arendt en cuanto a la banalidad de las reacciones colectivas y en el de René Girard con su lógica sacrificial: el miedo contemporáneo a la exclusión social. No es maldad organizada sino automatismo en el que cada individuo actúa para no desentonar con el grupo. Y además, la institución académica protegiéndose de un escándalo con independencia de la verdad. Lo importante es la purga simbólica, no los hechos.

Pero, ¿qué es la verdad? Guadagnino adopta aquí una postura muy inteligente y tremendamente ambigua. La dinámica del fuera de campo funciona como detonante. Nos ofrece una información incompleta, y la que se digna a exhibir, no hace más que indagar en la duda. Introduce sabiamente escenas como pistas que desconciertan y señalan en forma de indicios. Con ellas se pone en marcha mecanismos que podrían asimilarse a lo sucedido con la alumna. Y concretamente nos referimos a aquella en la que el profesor acusado mantiene relaciones sexuales con Alma. ¿Dónde se quiebra el consentimiento? ¿Cuándo comienza la agresión y el delito? ¿Cuál es el instante en el que se cruza la frontera si es que en realidad se atraviesa? Toda la secuencia está filmada con una precisión forense en la que los microsegundos de vacío funcionan como si el tiempo se tornara en eternidad moral. Lo más interesante del filme es que se mantiene en esa zona gris con valentía. Ni confirma, ni niega, ni simplifica, ni condena, ni acusa… Y a pesar de la moral estructural que siembra, denuncia la paranoia actual que reconstruye con prepotencia lo que ignora, con el loable propósito de perseguir unos objetivos pero destruyendo otros mucho más transcendentales y que han costado años para erigirse en pilares fundamentales de un estado de derecho.
Hay relaciones en la película que hubieran merecido un mayor desarrollo, como la de Alma y su marido. Destacamos aquí la escena en la que la acusadora les visita en su domicilio invitada a cenar. Y el esposo protesta precisamente con música a todo volumen ante el ruido mediático. Identificable con el arranque de Anatomía de una caída de Justine Triet (Anatomie d’une chute, 2023), en el que el marido de la protagonista también utiliza el volumen como violencia sonora. Gestos indicativos de incomodidad, de saturación, incluso de rechazo pasivo. En Caza de brujas el esposo se ve desbordado por la presencia de la alumna, por la fragilidad de su mujer, por la atmósfera de sospecha. Un adulto subiendo la música para no oír la moral de la época invadiendo su propia casa, tal como si fuera un crío que no quisiera escuchar a sus padres discutiendo. Una metáfora de la imposibilidad de refugio ante el juicio público. Por mucho que se intente la fuga solapando el clima, el refugio que se busca se torna inviable. Y hablando de ruidos, se vuelve protagonista el zumbido que se escucha como campo acústico y que rodea al personaje de Alma. Todo aparece hostil cuando suena y asemeja que el mundo, que su mundo, se va a derrumbar.

El cine contemporáneo ha abordado la acusación pública en bastantes ocasiones, actuando el rumor como figura narrativa. Recordamos La caza de Thomas Vinterberg (Jagten, 2012), en la que un falso testimonio infantil origina un linchamiento moral inmediato, o Tár de Todd Field (2022), en la que la acusación y ejecución tumultuaria sin proceso previo se mezcla con una caída personal previa, o The Assistant de Kitty Green (2019), en la que el silencio colectivo actúa como forma invertida de ajusticiamiento. En realidad, Guadagnino en Caza de brujas no está interesado por un caso concreto sino por un clima cultural donde todos somos jueces y donde no hay absolución posible. La culpa objetiva, frente a la narrativa: la verificación de los hechos, que exigen pruebas, contraste y procedimiento, frente al relato emocional, subjetivo y comunitario. El foco trasladado desde lo que pasó a lo que se dice que sucedió y la tecnología de la supervivencia al poder. Se construye todo un relato performativo como teatro de frases, posiciones y gestos ajustados dentro de la corrección imperante. El mundo al revés a estas alturas de siglo XXI.
Tráiler:
Ficha técnica:
Caza de brujas (After the Hunt), Estados Unidos, 2025.Dirección: Luca Guadagnino
Duración: 139 minutos
Guion: Nora Garrett
Producción: Coproducción Estados Unidos-Italia; Imagine Entertainment, Frenesy Film Company, Big Indie Pictures, Amazon MGM Studios. Distribuidora: Amazon MGM Studios, Sony Pictures Entertainment
Fotografía: Malik Hassan Sayeed
Música: Trent Reznor, Atticus Ross
Reparto: Julia Roberts, Ayo Edebiri, Andrew Garfield, Michael Stuhlbarg, Chloë Sevigny, Lio Mehiel, David Leiber, Thaddea Graham, Will Price, Christine Dye, Lailani Olan, Nora Garrett, Frankie Ferrari

