Festivales 

FESTIVAL DE SEVILLA 2025

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Intentando mantener el pulso

El Festival de Cine Europeo de Sevilla, en su vigesimosegunda edición, se ha desarrollado del 7 al 15 de noviembre. Como en el año anterior, en el que se recuperó al certamen de su agonía, han tenido cabida talentos emergentes, películas sin distribución en España por el momento y obras de directores consagrados. Además, ha contado con la presencia de figuras internacionales como Costa-Gavras, Jim Sheridan o Juliette Binoche, galardonados con los Giraldillos de Honor como tributo a todas sus carreras. Además, la francesa ha aprovechado para presentar su debut en la dirección con el documental In-I In Motion, exhibido ya en España en el último Festival de San Sebastián. Hemos tenido la oportunidad de saborear nuevas historias u otras antiguas desde perspectivas diferentes, de acercarnos a distintas sensibilidades o de indagar por una diversidad de periodos, tanto contemporáneos como de nuestra historia. Diferentes secciones competitivas de largometrajes, documentales o cortometrajes se han incluido en la oferta cinematográfica, además de los homenajes, las proyecciones especiales o las retrospectivas. También se ha albergado la lectura de las nominaciones de los Premios de la European Film Academy. Seguidamente, nos vamos a centrar en algunas de las obras que hemos tenido la oportunidad de visionar, preferentemente de la Sección Oficial de Largometrajes. Todas ellas acogen múltiples géneros, incluso dentro del mismo filme, tal y como está configurándose muchas de las propuestas actuales: humor negro, comedia, drama, biografías, ciencia ficción, distopía, recorridos históricos, dramas sociales o profesionales, costumbrismo, propuestas bélicas o crecimientos personales. Como verán, un amplio abanico en una programación que sirve como confirmación de la vocación de descubrimiento del Festival.

La película inaugural ha consistido en El último vikingo (Den Sidste Viking) del danés Anders Thomas Jensen. En ella vuelve a contar con Mads Mikkelsen como protagonista, al igual que hizo en Jinetes de la justicia (Retfærdighedens ryttere, 2020) o en Luces parpadeantes (Blinkende lygter, 2000). Humor negro, drama, comedia, violencia, delincuencia, lo absurdo y unos seres muy especiales, carismáticos y geniales en su alteridad van paseándose en pantalla. Anker acaba de salir de prisión tras estar encerrado quince años por un atraco y se reencuentra con su hermano Manfred, a quien confió el botín del robo para su custodia; pero este último, en una maravillosa interpretación de Mikkelsen, padece desde pequeño un trastorno disociativo y ha olvidado el lugar del escondite. Además, se cree que es John Lennon. Con recurso a un cuento en su abertura y cierre, la obra resulta deliciosa. Se observa con cariño y todos, o más bien casi todos sus personajes resultan encantadores, a pesar o incluso con sus diferentes fallas. Un grupo de chalados y marginados que el realizador hace interactuar con gracia. Con flashbacks de infancias complejas y contando con sus trabas, son seres que no descansan buscando un lugar en este mundo y haciéndose fuertes con su unión. Como hemos indicado, una obra encantadora que conmueve y se sumerge en temas de traumas e identidades.

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La vida fuera (Fuori) del italiano Mario Martone ficciona pasajes de la vida de la escritora Goliarda Sapienza. Está ambientada en Roma en los años 80 y se centra, en forma de analepsis que funcionan como recuerdos, en los momentos en los que la protagonista estuvo en la cárcel por un robo de joyas, además de en los inmediatamente anteriores y posteriores. La relación de amistad que la escritora estableció con otras reclusas se erige en centro del relato. Es un largometraje luminoso, muy sensual, que trabaja los primeros planos intensamente. No obstante, se enreda en escenas que no transmiten coherencia ni profundidad, con mensajes desordenados y difíciles de aprehender. En un mundo editorial que la rechaza y rodeada de la rigidez moral de la época y lugar, Goliarda se resigna a asumir el papel  que se le designa y únicamente en el encierro descubre relaciones que le liberan. Una comunidad libre de máscaras en la que respira con mayor espontaneidad y franqueza que fuera de ella. El robo inicial es exhibido bajo la teoría de acto fundador de Hannah Arendt: abre una nueva vida al romper con una inercia social que la anulaba y le impedía ser una misma. Otro filme a vueltas con la identidad, aquella que se deshace, posteriormente se reconstruye y por último se abre. 

Asistimos a una obra contemplativa en Don’t Let the Sun de la suiza Jacqueline Zünd. Se ha exhibido en la Sección Embrujo, espacio en que se recogen las voces más audaces del cine europeo y que se atreven a desafiar convenciones. Evitad el sol sería la traducción de su título en un filme dramático que más que acercarse a la ciencia ficción juguetea con la distopía. Nos situamos en una ciudad prácticamente vacía. El sol luce y el ambiente de bochorno, con una temperatura de 49º, se expande sin contemplaciones. Nos envuelve otra vez el asunto de las familias de alquiler, como en Rental Family (2025) de la japonesa Hikari o en Family Romance, LLC (2019) de Werner Herzog, entre otras. En esta ocasión, se centra en las relaciones que se establecen entre una niña de 9 años y su padre postizo. Interesantísimo largometraje sobre seres sin vida propia que se desarrolla con una ambientación austera y encuadres fijos y prolongados, excepto en una hermosa escena al final en la que se recurre a un emotivo plano secuencia. Podría encuadrarse dentro del slow cinema por esas prolongaciones de planos o acciones mínimas, o en la corriente europea de distopía social, con colapso climático y mercantilización de las relaciones humanas.

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De la directora palestino-estadounidense Cherien Dabis tuvimos la oportunidad de visionar Todo lo que fuimos (Allly baqi mink/All That’s Left of You). Se trata de la historia de una familia palestina desde la Nakba en 1948 hasta 2022, a través de las vivencias de tres generaciones. Una familia de exportadores de naranjas que vivían plácidamente en Jaffa (actual Tel Aviv), arraigados en sus tierras, ocupadas y robadas por los sionistas, que no contentos con ello, mataron, arrestaron o expulsaron a sus moradores. La narradora de los sucesos es la madre del adolescente palestino que se ve envuelto en la protesta inicial, en una película que resulta muy válida como legado histórico  pero que se alarga innecesariamente, ignorándose las reglas de la elipsis. Un trauma generacional interminable que contiene fuerza emocional y cuenta con una puesta en escena visual acertada. Un drama familiar que pretende ser acogido como universal de un pueblo palestino al que le arrancaron sus raíces con la complicidad o el silencio internacional. Transcurre con travellings lentos y panorámicos de observación, mientras que la cámara, desde una distancia media, va acercándose a los personajes hasta encuadrarlos en la cercanía.  

El francés Cédric Klapisch ha participado en la Sección Oficial con Los colores del tiempo (La venue de l’avenir). En dos montajes paralelos, enlaza momentos actuales en París y Normandía con otros que se desarrollan en los mismos lugares durante el período  de la Belle Époque, desde finales del siglo XIX. Relata la tesitura de una familia que debe decidir el futuro de una casa en Normandía y los terrenos adyacentes, heredados de una antepasada y pretendidos para construir un supermercado y un aparcamiento. A la casa acuden desde París cuatro representantes de los sucesores, funcionando las fotografías, las cartas y los cuadros como puentes para conectar las dos épocas. El largometraje funciona como una fábula y con una gran ambientación, destaca y resulta mucha más atractiva la recreación del pasado, por el que se pasean personajes ilustres, como en el filme de Woody Allen Midnight in Paris (2011). Mientras que en la contraposición entre pasado y presente gana el primero, la obra se eleva como homenaje a la fotografía, a la pintura y a un cine emergente, que funcionan como formas de capturar el tiempo. 

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Turno de noche (Turno de guardia, Heldin o Late Shift, a falta de conocer qué título se le dará para distribuirla comercialmente) es una obra de la suiza Petra Biondina Volpe. Narra una jornada laboral de una enfermera que trabaja en un hospital suizo. Se adapta el libro autobiográfico de una enfermera (Madeline Calvelage) y se desarrolló por la realizadora tras indagar la realidad de la profesión en su país, trabajando con testimonios reales. El interés de Volpe por la reconstrucción precisa le ha hecho conformar un filme que sobresale por los planos secuencias que recorren el interior del hospital durante casi toda su duración. Un montaje que maneja el ritmo con precisión y mantiene la tensión en todo momento. Ese realismo en la representación viene apoyado por la excelente interpretación de Leonie Benesch como Floria, la protagonista. A pesar de centrarse en la actividad profesional, se abarca tanto la faceta técnica como humana. La película igualmente funciona como denuncia por la falta de personal en los establecimientos sanitarios, tanto por la abundancia de bajas laborales como por falta o recorte de presupuestos. Además, se apunta a la escasez de enfermeras en el mercado, una profesión vocacional y tremendamente sacrificada, cada vez más necesarias en nuestras sociedades occidentales envejecidas. 

De la Sección Rampa, que acoge el estreno de primeros trabajos de realizadores emergentes, tuvimos la oportunidad de visionar Silent Rebellion (À bras-le-corps) de la también suiza Marie-Elsa Sgualdo. Suiza, 1943: el país se ha declarado neutral en la Segunda Guerra Mundial y en su frontera la guardia detiene a los judíos que pretenden refugiarse en sus tierras huyendo de los nazis, devolviéndolos al otro lado. Estamos en una pequeña aldea fronteriza y la protagonista es una joven de 15 años que debe sufrir la hipocresía de una sociedad con rígidos principios morales, religiosos y patriarcales, tras ser víctima de una relación sexual no consentida. Se trata de un largometraje modesto con buena ambientación que sigue el punto de vista de la adolescente. Destaca la transmisión al espectador de la opresión y el miedo que reina en el ambiente, sus primeros planos y la lucha por la dignidad, dentro de un academicismo excesivo. Entre personajes egoístas que usan al prójimo según les interese, lo que más nos ha motivado ha sido el asunto de la neutralidad de la nación y su repercusión en la vida  y moral de los ciudadanos. 

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Regresando nuevamente a la Sección Oficial, la película DJ Ahmet del macedonio Georgi M. Unkovski resulta un filme conmovedor, fresco y muy atractivo. Se trata de una obra de crecimiento personal que enfrenta un entorno y una tradición rural con la música electrónica. Ahmet es su protagonista. Con quince años, acaba de perder a su madre y además de ocuparse de las labores de la granja familiar, debe cuidar de un hermano pequeño que no habla y así mismo, soportar el desprecio y la brutalidad de su padre. Pero su vida se ilumina cuando conoce a la vecina, una joven que acaba de comprometerse con otro hombre. El filme va creciendo mientras conecta tradición y modernidad. El montaje se fragmenta como si el relato se formara por los impulsos del adolescente y su registro naturalista se impone entre el condicionante del paisaje rural, filmado con amplitud. Destacan una comunidad vigilante y represiva y los aires de libertad que Ahmet respira en una composición muchas veces coral. Restricciones y liberaciones como pares dialécticos que se definen mutuamente y fomentan la conciencia del deseo. Como en la dialéctica hegeliana, en la obra la libertad emerge del conflicto, del choque entre fuerzas que se niegan y se transforman. La música, la imaginación y el deseo surgidos de la tradición restrictiva imperante tanto en lo micro como en lo macro, tanto en la familia más próxima como en la comunidad a la que se pertenece. 

Y nos faltan analizar las dos películas de directores hispanohablantes que visionamos, ambas de la Sección Oficial. Bajo el mismo sol, del español Ulises Porra, se centra en el encuentro entre un heredero español, una tejedora china y un desertor tahitiano en 1819, en la isla de la Española. Pretenden montar una fábrica de seda en el Caribe colonial como promesa de progreso y de enriquecimiento, por supuesto. Rodada en la República Dominicana, es un filme que crea extrañeza en un terreno inhóspito, cuenta con una excelente fotografía y se presenta como sutil pero desequilibrado en su construcción narrativa. Con primeros planos y pocos diálogos, sobresale el choque de culturas, el racismo y la búsqueda insaciable por lo desconocido. Las atmósferas sensoriales luchan contra un ritmo desigual y la imprecisión o confusión en la trama. Las lentes que precisa el haitiano, así como la importación de los gusanos, funcionan como símbolos de modernidades traídas desde fuera  que se muestran frágiles, vulnerables, confusas en un entorno natural que resulta ajeno e ingobernable. Pruebas perspicaces que reflejan la incapacidad de comprender un legado que se pretende transformar.

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La directora argentina Marina Seresesky ha conseguido que la veterana cantante y actriz Ana Belén se tirara a la piscina, literal y figuradamente, con su película Islas. Es una lástima que la idea de soledad que se pretendía transmitir por la realizadora de Las furias (2016) no se haya plasmado en el largometraje. Ana Belén actúa como protagonista y encarna a Amparo Lamar, una vieja gloria acabada, sola y en la ruina. Al visitar un hotel decadente en las Islas Canarias, prácticamente sin clientes y sin personal, se cruza con un joven también amargado y profundamente desengañado. Entre botellas de champán, botes de pastillas e intentos de suicidio discurre este filme fallido que cuenta con un desarrollo narrativo que tiende al sonrojo. Ni siquiera la actuación de la cantante es posible destacarse positivamente, al conformar una especie de Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder (Sunset Boulevard, 1950), pero con una mezcla del histrionismo patrio entre Rosa María Sardá y Ángela Molina. Lo más interesante se perfila en las imágenes de los inmigrantes ilegales africanos ubicados en el hotel, que funcionan como coro griego, manteniendo una distancia contemplativa y atónita. Sin saber sostener un equilibrio entre drama y comedia, el patetismo se impone en una puesta en escena que busca reflejar el desgaste interior de los personajes. 

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