Críticas

Clásico maltratado

Victor Frankenstein

Paul McGuigan. Estados Unidos, 2015.

Póster promocional de Victor FrankensteinEnésima muestra de eterno retorno, con los horrores góticos de Mary Shelley como excusa. Podríamos entrar en el incansable debate sobre la falta de ideas en el cine comercial de hoy en día, sumidos en un eterno déjà vu cuando miramos la cartelera, pero esa es una historia que tendría que ser contada en otra ocasión y que escribiría Michael Ende. De momento, pongamos nuestros ojos en el regreso de esa historia que nos han contado tantas veces de otras tantas formas distintas; la tragedia de Victor Frankenstein, obsesionado con la idea de crear vida de la nada, desafiando el orden natural. ¿Hacía falta otra vuelta de tuerca? ¿Aporta algo el refrito perpetrado por Paul McGuigan a una mitología tan sobada como la del monstruo y su creador?

Si la respuesta a esas preguntas es esta película, entonces equivalen a un doloroso no. Victor Frankenstein, además, comete el error de trivializar en exceso el viaje del doctor hacia su infierno científico, adentrándose sin pudor en todos y cada uno de los clichés que hacen de cierto tipo de cine una experiencia cercana al insulto. Si hay algo que no podemos perdonar a una película, a estas alturas, es que trate al espectador como si fuese imbécil, y Victor Frankenstein adopta esta actitud condescendiente en demasiadas ocasiones como para pasarlas por alto.

Frankenstein y su monstruo forman parte inexcusable de la iconografía cinematográfica. Universal redujo al mínimo la leyenda para convertirla en un clásico indispensable, apoyada por la imagen inmortal de Boris Karloff como la infame criatura. Incluso se superó el acierto inicial con la magnífica La novia de Frankenstein (James Whale, 1935), repleta de ingenio macabro. Como perpetuador de mitos, el cine se ha encargado de que la leyenda permanezca y se adapte como inspiradora de fábulas con identidad propia. De la misteriosa noche en la que se gestó el cuento de Shelley, Gonzalo Suárez nos invitó a una ensoñación romántica en Remando al viento (1988), y Víctor Erice nos relata en El espíritu de la colmena (1973) el poder de las ficciones, reflexión sobre el cine mediante. El problema es que, por cada obra maestra, se ha escrito, dirigido y estrenado una memez monumental inspirada por el moderno Prometeo, como lo denominó su creadora.

Me temo que Victor Frankenstein entrará con méritos en esta última categoría, por culpa de un planteamiento tan poco ambicioso, conformista y derribado por una incomprensible autoconfianza. Las caras conocidas y la historia masticada hasta la extenuación se envuelven en un quiero-y-no-puedo visual, tan inocente que resulta increíble por absurdo.

Imagen de Victor FrankensteinLa era victoriana que construye McGuigan como escenario de esta aventura insignificante es el reflejo de baratillo del despliegue de Guy Ritchie en su desatada versión de las correrías de Sherlock Holmes. El problema es que McGuigan no pasa de bienintencionado mercenario; está muy lejos del sentido del ritmo, del manejo del montaje  y del descaro marca de la casa del director inglés. La sensación de atificialidad, con demasiadas esperanzas puestas en el arte digital (que nunca acaba de funcionar), carcome cualquier atisbo de implicación, aleja la poca credibilidad de una historia enmarcada en un contexto fantástico, pero que, al olvidar cualquier rasgo de humor en su propuesta, se ve obligada a una seriedad nunca mostrada. En los últimos estertores de la película, el Londres pasado por el constante y manido filtro de colores apagados deriva, al fin, en mazmorras, pasadizos y castillos en decadencia, pero en lugar de transformarse en un homenaje a los clásicos en blanco y negro, el desastre se multiplica. Cuando por fin aparece la criatura, McGuiyan olvida por completo su labor de director de cine y se rinde sin paliativos a su faceta de jugador de videojuegos, y asistimos incrédulos a la transformación de Victor Frankenstein, la película, en la escena final de un juego (y de los malos) de Playstation 4. Como decía, insultante.

En el aspecto actoral, Daniel Radcliffe sigue en su empeño, a la búsqueda de una voz propia más allá de la leyenda de Harry Potter. Gana enteros en cada película, eso es cierto, y se encuentra muchos más cómodo, más físico, aunque todavía limitado y falto de garra. Está muy lejos todavía de ese actor al que aspira, convincente y energético, más allá de la eterna cara de cordero degollado. En esta ocasión, le ha tocado el protagonismo tácito de la trama, puesto que es su punto de vista el que prima en la película, testigo de los desvaríos científicos de su benefactor, el doctor Frankenstein. La vuelta de tuerca que ofrece la propuesta de la Fox es la propia esencia de Igor, eterno monstruito deforme al servicio de la locura de su amo. Es inevitable que, en un producto tan teledirigido, el jorobado se transforme en una especie de príncipe azul en construcción, intelectualmente igual a su compañero de fatigas y capaz de enamorar a la prescindible comparsa femenina, en manos de Jessica Brown Findlay, una suerte de Cenicienta venida a menos. Giro para adolescentes post Crepúsculo, sin interés ni emoción, sin necesidad, que constituye la base central de este viaje a ninguna parte.

Daniel Radcliffe en Victor FrankensteinJames McAvoy es el encargado de dar vida a Victor Frankenstein, otro personaje pasado por la batidora de los perpetradores del espectáculo, y presentado con nuevo espíritu; una especie de rebelde con causa de constantes cambios de humor, sardónico, pretendidamente carismático. Básicamente, la enésima recreación de Tony Stark con un extra de oscuridad espiritual, marcado por la pérdida y los traumas de infancia. Nada nuevo bajo el sol. La fuerza de McAvoy se ve diluida por el personaje en sí mismo, engañoso y limitado. Un actor de tanta presencia como el escocés debería ser más cuidadoso con la elección de proyectos, incluso con los de carácter más alimenticio. Los excesos a los que se ve obligado, a rastras de su Frankenstein, son síntoma del delirio general que constituye el caos de ideas e intenciones de la película, nunca clarificadas y mal resueltas.

Hay un empeño bastante ingenuo por la reiteración de las pretensiones de Victor Frankenstein, esa idea de recuperación del hombre por encima de su criatura. Como si no quedase claro, como si el expectador necesitase explicaciones de algo tan simple y visible. Lo más triste es que falla de manera catastrófica en la humanización del personaje, revolcándose con alegría en tópicos , envuelto encima en el efectismo más burdo.

Hay poco que salvar en Victor Frankenstein. Encima, no aporta absolutamente nada a la leyenda. En todo caso, la reduce y banaliza. Imperdonable.

Tráiler:

Ficha técnica:

Victor Frankenstein ,  Estados Unidos, 2015.

Dirección: Paul McGuigan
Guión: Max Landis (Novela: Mary Shelley)
Producción: Davis Entertainment / Twentieth Century Fox Film Corporation
Fotografía: Fabian Wagner
Música: Craig Armstrong
Reparto: Daniel Radcliffe, James McAvoy, Jessica Brown Findlay, Mark Gatiss, Andrew Scott, Louise Brealey, Alistair Petrie, Daniel Mays, Freddie Fox, Adrian Palmer, Adrian Schiller, Spencer Wilding

Santiago Negro

Graduado del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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