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Del arcón de los recuerdos

Castaway

Del inventario de imágenes cinematográficas que cada uno guarda en su memoria se puede construir el imaginario de cada persona. En el mío, existe desde hace muchos años el recuerdo inquietante de un fondo de mar turbulento, cuyo movimiento interior se corresponde con la sensualidad que transmite una joven estirada a pleno sol sobre una roca, mientras su mano agita el fantasma interior de ese mar aparentemente tranquilo en una isla perdida del Pacífico. Castaway (Nicholas Roeg, 1987) está inspirada en la experiencia de la británica Lucy Irvine en la isla de Tuin, donde llegó junto a Gerald para sobrevivir durante un año con medios primitivos. Él era un hombre maduro ganado por la desidia y perdido en la promesa de construir un (nunca construido) refugio, mientras que la joven Lucy se internaba en las aguas cálidas y se estiraba en la arena, prescindiendo totalmente de la compañía masculina, en una simbiosis con el paisaje que despertaba los celos de su compañero.

Como el paisaje requiere de planos generales, la cámara se los ofrece a manos llenas. La isla de Castaway en su magnífica extensión tiene la arena blanca y el mar tan azul que se confunde con el cielo. Allí las personas son apenas unos puntos que se trasladan hacia la especie de hogar que han improvisado. Pero cuando la cámara se acerca, Lucy se integra al paisaje, en esa comunión con el mar o la jungla, mientras Gerald va consumiéndose en su empeño de intentar sembrar artificialmente unas semillas traídas desde la ciudad. La naturaleza impone su salvajismo, a través de las tormentas, las pestes y la sequía. Allí es donde sucumbe Gerald, a quien trata como un enemigo. En cambio, encuentra en Lucy a una verdadera aliada, alguien que late al mismo ritmo de su ciclo natural.

 

sheltering sky

Frente a esa corriente subterránea, llena de movimiento y de vida que ofrece Castaway, se despliega en mi memoria otra imagen, la de un desierto bañado por el sol de la tarde, donde una pareja se asoma desde un peñasco a la interminable extensión de arena bajo un cielo que los ampara de los demonios que insisten en separarlos. Port y Kit son los personajes que Paul Bowles pensó para The Sheltering Sky (1989). Una pareja de estadounidenses que buscan en África la recomposición de su unión. En los laberínticos pasajes de Bou Noura, y luego de un plano premonitorio de la pareja en un cementerio antiguo (otra de mis imágenes persistentes), Kit arrastra su desesperación por salvar a Port, quien entrega su vida al desierto, una vez que ha comprobado en la cima del risco, con las dunas extendidas ante sus ojos, que solo ha vivido por y para Kit.

En The Sheltering Sky, los planos generales abren la conciencia hacia lo infinito, hacia ese desierto que se extiende a lo desconocido. Las ciudades, construidas alrededor de los oasis, son tan marrones como la arena, transformándose en una simbiosis del desierto, pequeñas construcciones con agujeros negros, ventanas y puertas abiertas hacia pasadizos que se esconden del sol y amparan de las noches frías, verdaderos laberintos construidos como hormigueros donde las personas se desplazan anónimamente. Durante el día, el sol baña la extensa planicie arenosa, se impone el paisaje sobre los seres humanos. Y cuando la cámara se acerca, vemos venir a Port y a Kit sobre sendas bicicletas hacia nosotros, desde un plano general a uno más cercano, para seguirlos en su intento de unión, cuando asomados desde el risco hacia el desierto, Port dice: “Aquí el cielo es tan extraño, tan sólido, como si nos protegiera de lo que hay detrás”, para concluir, cuando sus cuerpos ya están más cerca: “Amar significa amarte a ti”. Ese amor no correspondido en su gran intensidad los lleva a abrazarse y a llorar. Es entonces cuando el soberbio paisaje pierde protagonismo y solo puede limitarse a enmarcar un momento tan conmovedor.

Si la jungla, la arena y el mar le disputan al hombre la posesión de su compañera en el primer caso; si el desierto se ofrece como metáfora de oportunidades perdidas, en el segundo; hay otra imagen en mi pequeño archivo mental que compite en protagonismo, donde una joven hunde sus manos en la tierra, para desenredar unas algas húmedas, semejantes a la melena de Medusa, inspirándola a una reconciliación íntima con el espacio que la rodea. Urszula Antoniak, en Nothing Personal, sitúa a una joven holandesa de la que nunca conoceremos su nombre, en los paisajes montañosos y lacustres de Connemara, Irlanda, donde encuentra a un viudo tan huraño como ella. El trabajo de la tierra para ganar su plato de comida la integrará al entorno y le permitirá acercarse a ese otro ser que es el único al que aceptará a regañadientes, en su huida de la ciudad y de su pasado. El azadón enterrándose en la turba, las manos entremezcladas en las algas o la carpa donde duerme, cobijada por las montañas, son la materialización de su comunión con la naturaleza. Su encuentro con el Otro (otra imagen perenne) se da en un paisaje simétrico: ellos sobre un puente que separa un lago artificial del mar, con dos riscos a los lados, y sus siluetas reflejadas, reproducidas en su soledad, en el espejo de agua.

 

Nothing personal

En Nothing Personal, la cámara también se pliega al registro del paisaje a través de los planos generales, donde la carpa azul se recorta contra el verde de la montaña, resistiendo fuertes vientos de un invierno que no quiere partir. El mar y la casa en medio de la vegetación, donde la joven encuentra amparo, son reiteradamente mostrados en un plano general picado, obedeciendo la mirada subjetiva de la joven. Pero también es un lugar al que llegar, una especie de premio por tantos días de caminar sin una finalidad. Cuando la cámara se acerca, la melena roja de la chica descubre su piel blanca y su mirada huraña, las manos frías se entierran entre las algas y la azada hace su trabajo humano. El paisaje acompaña los estados de ánimo, pero se impone cuando la voluntad de la joven no ha sido aún doblegada. Después cambia el registro y enmarca un espacio de seguridad y contención. Pero como la naturaleza cumple con sus ciclos, ese momento de paz tendrá su final y su renacimiento.

Las historias que nos narran Lucy Irvine, Paul Bowles o Urszula Antoniak son historias de vida, de gentes que buscan algo que lo cotidiano no les da, que parten huyendo o en busca de aventuras. Como en todo viaje, hay un componente iniciático que invita a una revisión íntima, donde habrá que luchar contra los fantasmas que se mantienen ocultos. Fantasmas que saldrán de su escondite cuando las fuerzas de la naturaleza los provoquen. Historias de gentes que podrían haber sucedido en cualquier lugar. Pero no, estas tres historias no podrían haber sido contadas en otros contextos. Solo el mar podría haber seducido de tal manera a Lucy, la montaña y los lagos no podrían haber cobijado mejor la desesperación y la rabia de la joven holandesa, ni el desierto podría haber dejado escapar a Kit sin cobrarse a cambio la vida de Port.

La naturaleza y sus paisajes suelen ser apenas entornos estéticos de historias de amor y frustración.  Sin embargo, aquí hemos señalado solo tres ejemplos (los que convoca mi imaginario) de cómo la naturaleza se impone, seduce, castiga o devora a quienes han intentado alterar su ritmo con sus pulsiones humanas, tan voraces y destructivas como los desastres naturales.

 

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

2 comentarios para “Del arcón de los recuerdos”

  1. Enrique Posada

    Espectacular aproximación, de la mano de una cámara, entre planos, nos acercamos a tus recuerdos y las vidas de esos personajes que los protagonizan

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