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Into the Wild / Wild: Reflejos de un espejo distorsionador

Dadme la verdad antes que el amor, el dinero y la fama. Me senté a una mesa en la que había buena comida y vino en abundancia y un excelente servicio, pero no había ni sinceridad ni verdad; y me marché con hambre de aquel banquete inhóspito. La hospitalidad era glacial como los hielos.

 Cita de Henry Thoreau, en el cuaderno de Christopher McCandless.

  

En verdad mi caminata por la Cresta del Pacífico no había comenzado cuando tomé la decisión de hacerlo. Había empezado antes de lo imaginado, precisamente cuatro años, siete meses y tres días antes, cuando me paré en una pequeña habitación de la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota, y me enteré de que mi madre iba a morir. 

Cheryl Strayed, en Wild: From Lost to Found on the Pacific Crest Trail.

  Into the wild

Se ha dicho que el paisaje, como parte inherente de la naturaleza, muchas veces es convocado por el cine para subrayar o establecer estados de ánimo. Imposible olvidar en Nosferatu (F.W. Murnau, 1922), los árboles sin hojas, con las ramas retorcidas, agitadas por un viento cerrado, que nos introducen en un ambiente tenebroso, donde se dirime la vida y la muerte. Pero también, los espacios naturales han sido utilizados por los narradores para ofrecer a sus personajes un reto a cumplir, un obstáculo a sortear, un camino de ida que implica un crecimiento, un aprendizaje, una sanación.

En contraposición al ejemplo dado, el paisaje abierto, luminoso y limpio, aunque no por ello menos “oscuro”, es el que se abre con toda plenitud a Chris (Into the Wild, Sean Penn, 2007) y a Cheryl (Wild, Jean-Marc Vallée, 2014), cuando van dejando en su trayecto jirones de su pasado para, desprendidos de todo, internarse en tierras salvajes.

Con siete años de diferencia, ambas películas, inspiradas en sendas obras literarias, sostienen un relato que por momentos parece recorrer el mismo camino y el mismo sentido. Jon Kracauer publicó Into the Wild, a partir de las notas escritas por Chistopher McCandless durante los ciento trece días que duró su travesía. Cheryl Strayed narró su experiencia a lo largo de tres meses y 1800 kilómetros en Wild: From Lost to Found on the Pacific Crest Trail.

Si Chris se despoja de su pasado, al punto de cambiarse el nombre (algo parecido hacía la joven de Nothing Personal, al tachar en su documento todo dato filiatorio) para recorrer con piel nueva un camino desprovisto de las vicisitudes urbanas, pero sobre todo de la carga de hipocresía en que vive su familia, Cheryl se propone como meta la Cresta del Pacífico a modo de flagelación por el dolor que le produce la temprana muerte de su madre.

Ambos salen en una búsqueda, pero más que nada, ambos parten dejando atrás un lastre que es demasiado pesado para sus espaldas. El despojo es literal. Chris (ahora Alex Supertramp) quema su vehículo y su identificación; Cheryl se deshace del equipo que le asegura la supervivencia.

Las planicies del comienzo ofrecen un entorno amable, propicio a la decisión tomada. Los primeros pasos son esperanzadores. El cuaderno de Cheryl va registrando sus altercados; el de Alex, sus sentimientos. Si Cheryl quiere demostrarse que “todo lo puede”, Alex solo quiere “reencontrarse”. Quizá esa sea la premisa que diferencia sus experiencias, aparentemente semejantes. Realmente están siendo reflejadas por un espejo distorsionador.

 

A la una de la mañana, a treinta millas al este de Rawlins, me alcanzó el agotamiento. La euforia, que había fluido tan libremente en mi huida, dio paso a la fatiga. De repente me sentí cansado hasta los huesos. La carretera se extendía, recta y vacía, hacia el horizonte, y más allá. Fuera del coche, el aire de la noche era fría, y las llanuras de Wyoming brillaban con la luz de la luna, como en la pintura de Rousseau, La gitana dormida. En ese momento solo quería ser un gitano, tendido de espaldas debajo de las estrellas. Cerré los ojos solo por un segundo, que fue un segundo de felicidad. Me parecía revivir, aunque fuera brevemente. El Pontiac, un gigante robusto de los años de Eisenhower, flotaba en el camino como una balsa en el océano. Las luces de una plataforma petrolera brillaron tranquilizadoramente en la distancia. Cerré los ojos por segunda vez, y los mantuve cerrados unos momentos más. La sensación fue tan dulce como el sexo.

Alexander Supertramp, en la novela de Jon Krakauer,  Into the Wild.

 

(…) Lloré y lloré y lloré. No lloraba de felicidad. No lloraba de tristeza. No lloraba por mi madre ni por mi padre ni por Paul. Lloraba por mi sensación de plenitud. Plenitud por aquellos cincuenta y tantos difíciles días en el sendero y también por los 9760 días que los habían precedido.

Estaba entrando. Estaba saliendo. California quedaba atrás como un largo velo de seda. Ya no me sentía como una idiota de tomo y lomo, ni como una reina de las amazonas más dura que el puto pedernal. Me sentía feroz, humilde y recompuesta por dentro, como si también yo estuviera a salvo en este mundo.

Cheryl Strayed, en Wild: From Lost to Found on the Pacific Crest Trail.

 wild

El camino físico que emprende Alex va de la civilización a la barbarie, de lo urbano a lo rural, desde México a Alaska. Su travesía lo aleja de una sociedad cruel y fría –donde las apariencias mandan sobre los afectos, el triunfo está detrás de un título universitario, y la familia es solo una fachada para que no se vean sus “trapos sucios”- y lo lleva hasta las frías praderas de Alaska, donde intenta sobrevivir primitivamente.

Cheryl sale desde un hogar, cuya apacibilidad es rota por la enfermedad y muerte de la madre, hacia senderos que conducen desde las cálidas tierras de California hacia la empinada e intransitable Cresta del Pacífico. Mientras Alex se despoja de su pasado y solo lleva unos pocos libros consigo, Cheryl carga una inútil e inmensa mochila. Él quiere, desnudo, disolverse en la Naturaleza; ella desea enfrentarse al reto, cubierta por una pesada armadura. Mientras Cheryl tiene en mente la meta, Alex va disfrutando del recorrido. Ambos llegan a destino: el punto geográfico que han establecido, pero también al crecimiento y al reencuentro consigo mismos. El viaje para Cheryl ha sido un verdadero reto saldado. Para Alex ha sido una iniciación, una verdadera comunión con la naturaleza, al punto de fundirse (aunque sea dentro del cascarón de un autobús abandonado) con ella.

Para Alex, su partida, más que un viaje, implica un cambio de vida. En su proyecto no hay retorno, sino un continuo andar, un eterno traslado, donde la gente que encuentra es solo un obstáculo en el camino. Para Cheryl, en cambio, hay una meta precisa que incluye, al alcanzarla, la idea del retorno.  Poco antes de cerrar sus ojos para siempre, Alex relee Doctor Zhivago, la novela de Boris Pastenak, y se detiene en una página que narra la búsqueda de Lara, una búsqueda con la que se identifica, cuando ella, en medio del camino, cierra los ojos, siente la esencia de las flores en el aire, y allí encuentra su razón de ser… Alex escribe sobre esa página: “Naturaleza/Pureza”. Su viaje iniciático lo ha convertido en un asceta, y su ascetismo lo ha llevado a la literal integración con lo que lo rodea.

El paisaje va mutando con los viajeros. En Wild, la cámara sigue a Cheryl muy de cerca, nunca la abandona. En contados momentos amplía la mirada hacia la majestuosidad de la montaña o el abismo del precipicio, pero no le suelta la mano a su viajera. En Into the Wild, la cámara registra a Cris en primeros planos al comienzo de su trayecto, y va alejándose, a medida que el joven se interna en senderos más salvajes. Allí, los planos generales lo integran al paisaje, doblegándonos, como espectadores, a seguirlo en un trayecto que, a cada paso, intuimos, será fatal. Cris va transformándose en Alex en su avance, y va desnudándose en capas, como la cebolla, para encontrarse al final de la historia, consumado con el entorno.

En Wild hay una lucha voluntariosa por sortear los obstáculos, se limita a una simple historia de superación, mientras que el relato de Into de Wild nos deja pensando que Alex ha ido viendo deteriorarse su cuerpo, en un “duelo” con la naturaleza, que él no siente como tal. Hay una triste alegría, reflexiva, íntima, en la comprobación de su final.

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

2 comentarios para “Into the Wild / Wild: Reflejos de un espejo distorsionador”

  1. Enrique Posada

    Muy bella y profunda crónica de dos, que podríamos llamar cine de camino o de búsqueda o de peregrino

    Responder

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