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Gerry: La conquista de Tebas

Gerry

Durante los primeros cinco minutos de Gerry (Gus Van Sant, 2002), vemos un automóvil trasladándose sobre la ruta que atraviesa un paisaje árido, seco y polvoriento. Seguimos al vehículo a través de las curvas por donde se desplaza a una velocidad constante. Casi al final de esta escena, la cámara enfoca el parabrisas del automóvil, donde se encuentran ubicados, de manera totalmente simétrica, dos jóvenes. No conversan… se oye música extradiegética. Volvemos a ver el camino, pero esta vez desde una subjetiva de los muchachos, que al llegar a un punto, detienen el auto y se bajan… Por unos segundos, el parabrisas del auto vacío queda en primer plano. Atardece.

A lo largo de cien minutos, acompañaremos a los jóvenes en una larga caminata, donde prevalecen los planos generales y las voces se oyen en primer plano. Caminarán entre los arbustos por una planicie extensa, deberán sortear una montaña, donde uno de ellos ha llegado no se sabe cómo, y atravesarán una salina cuando ya, extenuados, apenas arrastran los pies en una marcha cansina.

Gerry recuerda a Esperando a Godot, la obra teatral de Samuel Beckett, donde dos amigos esperan a un personaje que nunca aparecerá. Teatro del absurdo, casi como Gerry. Los dos jóvenes, como Vladimir y Estragon, permanecerán sin que sepamos por qué se bajaron del auto, hacía dónde deseaban ir y por qué se perdieron. En el trayecto establecen una charla, aparentemente absurda, sobre los avances de un juego electrónico, donde uno de ellos ha logrado la conquista de Tebas y la construcción de santuarios y puertos, mientras el otro los ha visto destrozados por acontecimientos naturales como la erupción de un volcán o el desborde de un río.

En este transcurrir tedioso, lo único que varía es el paisaje: un verdadero “juego” para Harry Savides, el director de fotografía. Quizá la narración se “avispe” un poco más en el momento en que los jóvenes descansan junto a una fogata, o cuando uno de los Gerry (ambos se llaman Gerry) aparece de la nada sobre una pequeña montaña de tierra. Su amigo acumula inútilmente arena con las manos para construir una especie de colchón que le permita bajar sin hacerse daño. Es la única irregularidad en esta narración literalmente lineal. Cuando la extenuación llega al límite, apenas unos planos generales le dan rostro a estos compañeros de viaje. De pronto, llega la noche. Poco a poco se descubre una salina, por donde los jóvenes caminan muy lentamente, casi sin fuerzas. A medida que el sol avanza, el paisaje se vuelve más blanco y las figuras de los chicos contrastan como dos puntos negros.

GerryLa morosidad del transcurrir de Gerry nos permite detenernos en los instantes finales del filme, donde quizá encontremos algo que nos permita dilucidar el espíritu existencialista con que Gus Van Sant y sus actores (verdaderos arquitectos del guion) nos cuentan su historia.

Un sol naranja llena la pantalla. Los dos jóvenes están tendidos en el suelo, exhaustos. Uno de ellos murmura: “¿Cómo crees que va el paseo hasta ahora?”. “Bastante bien”, responde el otro. Ambos sonríen. Gerry dice: “Me estoy yendo…” y extiende el brazo hacia el otro, que se levanta y, en un esfuerzo extremo, lo ahoga. El paisaje es filmado en time lapse. Excelente recurso para transmitir la desazón del sobreviviente, al que en vemos en primer plano. Un auto se desplaza por la carretera en cámara rápida y frena frente a Gerry: ¿ha sido un sueño? La cámara se acerca a su rostro. El joven se levanta a duras penas. Camina, alejándose del amigo. Salto de eje. Ahora lo vemos viniendo hacia la cámara, y al otro, detrás, yacente sobre la tierra blanca. Gerry se acerca hasta quedar en plano medio. En primer plano se oyen sus pasos. Nuevo salto de eje: lo vemos de espaldas, camina, casi corre. A lo lejos se extiende una carretera.

En la próxima escena, la cámara muestra un paisaje desde el interior de un automóvil. Panea hasta encuadrar al Gerry sobreviviente dentro del auto, continúa su paneo en casi 360 grados y vemos al niño que va junto a él en el asiento trasero y al conductor que lo ha rescatado. La cámara se queda fija en el espejo retrovisor, para deshacer el movimiento realizado. Por dentro del auto, vemos al joven y luego, desde la ventanilla, el paisaje, donde ya no hay montañas, sino una amplia llanura.

El desenlace amplía los interrogantes del principio: ¿Por qué los amigos bajaron del automóvil? ¿Qué buscaban en la montaña? ¿Por qué se perdieron? ¿Por qué Gerry mató a Gerry? Me ha quedado la sensación de haber acompañado a estos jóvenes en un viaje iniciático, como todo viaje interior emprendido aparentemente sin ton ni son. La pauta me la da la escena donde uno de los Gerry mata al otro. ¿Es un acto de humanidad o de justicia? Este viaje ha sido un trayecto de aprendizaje, un reencuentro de Gerry consigo mismo, cuando ha conseguido matar a su parte oscura, a su alter ego, a aquel que predecía lo catastrófico que sobrevendría “una vez conquistada Tebas”.

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

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