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Festival de Cine Márgenes 2016

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El Festival de Cine Márgenes se sigue reivindicando a sí mismo, sobre la base de obras realizadas con escasos recursos, gran sencillez y rebosantes de ideas, como una de las citas cinematográficas más esperadas de cada año. La línea editorial del Festival sigue gozando de tan buena salud, como fiel se sigue manteniendo a la línea que había en su cuna, intacta e inalterable. Uno de los principales motivos de este brío, es gracias a su calculada programación, donde la diversidad, tanto del fondo como de las formas utilizadas, lo mantiene radiante.

En cuanto al fondo, Márgenes se bate entre la dura crítica hacia el sistema político vigente en España y la de flagrantes atropellos cometidos en otros países, por decisiones arbitrarias, sectarias y parciales; transita entre las aguas del dolor por la pérdida de un ser querido, o alguien cercano, y la expectación por todo lo contrario, el regreso a casa tras una larga ausencia, cuando se daba al protagonista por fallecido, debido a su exilio en otro continente, lo que puede verse como una resurrección.

Dentro de las formas que revela el Festival, cohabitan extremos, como el de la cámara de terrorismo de autor, inmóvil durante todo el filme, igual que su personaje, para dar una vuelta de tuerca a la narración y añadir subtexto a algo que, en apariencia, es imposible que lo tenga, más allá de todo lo explícito que el personaje se encarga de hacer su discurso, lo que consigue, precisamente, con ese inmovilismo, el mismo que el personaje observa en la realidad, el mismo que hay a muchos otros niveles y en diferentes instancias. Esto contrasta, por ejemplo, con la cámara de Pablo Chavarría, llena de inquietud, observadora, que no deja de buscar respuestas, como pocas veces se ha visto este año. Así, también se bascula, con plena conciencia, entre estimables formas que atraviesan de toda su importancia un recurso narrativo como el fuera de campo y colman de justicia la necesidad de recuperar entrevistas radiofónicas para retratar a un personaje.

 

Sección oficial. Abanderada de la crítica y del inconformismo. La memoria de la imagen.

Las letras

El premio a la mejor película fue a parar a la película Las letras de Pablo Chavarría, filme en el que la cámara se muestra abierta, ausente de prejuicios, llena de valor, es una cámara contemplativa que observa la realidad que tiene ante sí, el presente que le ha tocado vivir, y lo hace, a veces con dudas por aquellos con los que se topa, pero, en otras ocasiones, es una cámara llena de esperanza y expectativas que piensa, en realidad, que esa realidad que tiene delante puede mejorar. Es una cámara que con buen gusto se entretiene en planos largos, que hace uso del desenfoque como muestra de que la técnica también está al servicio de la expresión de estados de ánimo, expresando así el desconcierto lógico por el que atraviesa.

Es indudable la capacidad para metaforizar de Chavarría. El largo plano, en el que la cámara sigue a unos niños que escalan, a través de escaleras, la ciudad hasta llegar a la cima, desde la que pueden ver todo, viene expresar la esperanza que el director mantiene en estos jóvenes, llenos de bondad y con una mirada limpia, de que una vez arriba hagan las cosas de un modo diferente.

 

Yo me lo creo, de terrorismo de autor, es un filme planteado desde el círculo vicioso de la desmotivación, la apatía y el distanciamiento con respecto a nuestras responsabilidades. El protagonista, Antonio Ruiz, recupera preguntas como “papá, ¿para qué nací?”, que muestran la radicalidad de pensamiento que propone el protagonista, incendiando, con ese modo de pensar, aquello que encuentra a su paso. La propuesta, al basarse en una radicalidad extrema, se convierte en una de las mejores reflexiones proyectadas en el Festival. Para generar significación, la película se sirve de fragmentos de otras películas, como la de Godard, Vivir su vida (1962), en la que se selecciona el pasaje en que Anna Karina visiona, a su vez, la película de Dreyer, La pasión de Juana de Arco (1928), lo que sirve de complemento a la propuesta. La defensa de diferentes casos políticos, sobre los que el personaje manifiesta su opinión favorable, dan una idea de hacia dónde se dirige el pensamiento de cualquier ciudadano normal, al ver el ejemplo ofrecido desde esas instancias. Rodada en blanco y negro, la película se limita a mostrar únicamente un primer plano del rostro de su protagonista, inmóvil durante todo el filme, solo pestañea y recibe dos llamadas, mostrándose a quien las realiza en ese momento. Solo oímos su voz en off, subrayando así la idea de inmovilismo, de rigidez y hasta la firme intención de estafar al Estado hasta donde y siempre que pueda; el personaje habla de una cifra que ronda los 40 euros al mes. La película es, por tanto, una metáfora de la apatía e indiferencia generada por el sistema instaurado. La idea que arroja este personaje es que si los demás lo hacen, por qué no lo va a hacer él. Es la distancia que coge hacia su entorno. Así, es el sistema el que nos hace más duros, como sostiene el personaje.

Inadaptados de Kikol Grau, hace referencia al título de uno de los discos de la banda Cicatriz. La película es la segunda parte de una trilogía sobre el punk vasco y reconstruye la figura de la citada banda, cuyas letras ya anticipaban el amargo sabor que empezaba a dejar bien temprano la democracia. En este caso, directamente se abogaba por dejar de pensar y se apostaba únicamente por el alcohol y el rock and roll. Rebeldía en estado puro, que se muestra a través de la recuperación de grabaciones de los conciertos de la banda, de grabaciones privadas y de una entrevista concedida a una cadena de radio vasca en 1994 por Natxo Etxebarrieta, que sirven para mostrar, en este documental, que sobre la imagen y, no lo olvidemos, el sonido (qué importante es aquí, a través de esa entrevista radiofónica), también se pueden llevar a cabo procesos arqueológicos, como si de fósiles se tratase en ambos casos, para reconstruir una época, una banda o, quien sabe, si la figura de una persona.

Placa madre, de Bruno Varela, es otra película que, a su vez, también dialoga con la anterior, al convertirse en una reflexión sobre la memoria de la imagen, la cual, al contrario que las medusas, sí que la tiene. La imagen viene a ser como un fósil descubierto que nos permite saber más sobre nosotros mismos, un elemento que nos abre la puerta para indagar acerca de nuestros orígenes. Todo ello se muestra a través de un viaje del protagonista a la Ciudad de Piedra.

En este sentido, la programación sigue manteniéndose tan calculada como siempre y dispuesta a dialogar, a entablar relaciones desde las tripas de cada una de sus películas seleccionadas. En este caso, otro film que dialoga con el anterior es Generación artificial, de Federico Pintos. Investigación sobre una nueva forma de arte, en la que se pone de manifiesto el concepto de VJ y del que merece rescatarse la idea que hace referencia a todas aquellas generaciones jóvenes que no han sufrido el cambio gradual de la imagen, que para ellas todo lo que hay ahora (digital) es lo habitual. Esto además de suponer un problema, abraza la idea de la memoria que arrastra Placa madre, de Bruno Varela y por la que se podría volver a hablar del concepto de memoria de la imagen.

La parábola del retorno

En Parábola del retorno, de Juan Soto, su director llega a afirmar que “el olvido es como la muerte”. La película retrata la vuelta a casa de su protagonista, tras un largo exilio. El director lo hace con imágenes que muestran el proceso de embarque en un avión o un viaje en metro, sin voz en off. Imágenes alejadas de la idea que está mostrando. En este caso, la historia del personaje se puede leer impresionada en la pantalla, a medida que la película se desarrolla. No obstante, es hacia el final del filme, cuando vuelve a surgir el maravilloso concepto de memoria de la imagen, al recuperar su director grabaciones privadas en las que aparece él mismo en diversas ocasiones, rodeado de su familia y siendo más joven. La película dialoga con las dos anteriores y se manifiesta también como otra nueva forma, de entre las muchas vistas en 2016, de hablar sobre la historia de un país y retratar el exilio.

Panke, de Alejo Franzetti, nos muestra la pérdida del ser querido a través de la reconstrucción de la memoria pero, en este caso, desde la soledad que vive el personaje que ha vuelto a recoger a su hermano. La reconstrucción se lleva a cabo a través de imágenes que se distancian del recuerdo, igual que la película anterior (Parábola del retorno). Aquí, el personaje muestra su lamento, por ejemplo, por el hecho de que su hermano no quiere volver a su país. Esta es una pérdida diferente a la que acontece en el documental Arreta, donde una de las protagonistas fallece durante su rodaje al verse sobrecogida por una inesperada enfermedad.

Arreta, de Raquel Marques y María Zafra Cortés, es una de esas películas con las que Márgenes se hace grande desde lo íntimo, desde lo minúsculo. Es un tratado documental sobre la pérdida del ser querido y el modo de afrontarla, pero también lo es sobre el feminismo y sobre la voluntad de no esconder el cuerpo ante las adversidades, de mantenerse firme y sentir que las adversidades siempre se pueden aprovechar para mejorar.

De este modo, el Festival toma conciencia de que la ausencia de sonido puede ser tan importante como lo es su presencia en la película Inadaptados, de Kikol Grau. La temática de este año transitó por las dolorosas aguas de la pérdida de un ser querido y lo hizo mostrando momentos filmados de una forma estremecedora, a través de la ausencia de sonido. Un micrófono que, de repente, aparece sobre una mesa y dejamos de oír. La necesidad de un director de hacer más o menos explícito un hecho en su película marca la diferencia en cuanto a su nivel de exigencia y, este es un nivel más exigente. Se trata de cortar el cordón umbilical con las ideas preestablecidas. Aquí no hay reglas y, sin embargo, las ideas son expresadas por los directores de formas tan válidas como las dictadas por las normas académicas.

En este momento, la película se quiebra y la forma lo es todo, más que nunca. La ausencia de sonido nos susurra al oído todo aquello que la decisión de las directoras nos impide oír por nosotros mismos y es este modo tan estremecedor de encuadrar la tristeza en un fuera de campo, el que hace ver, tal y como dice el personaje, algo tan banal como que “la muerte es parte de la vida”.

 

Retrospectivas. Márgenes, alma de leyenda.

 

La inclusión de dos retrospectivas (João César Monteiro, Lluis Escartín) y de una muestra dedicada a José Luis Torres Leiva puede leerse entre líneas como el empeño por romper con cualquier fórmula previamente establecida y una voluntad de crecimiento y superación que rema en contra de esa apatía que muestra, precisamente, alguno de los personajes de las películas de la Sección Oficial.

La retrospectiva dedicada al cineasta portugués João César Monteiro, titulada Ecos de Monteiro, no solo se centró en varias películas de este director, sino que se propuso como un intento de indagar sobre el modo en que éstas dialogan, no solo con las de otros cineastas contemporáneos y la influencia que hubiera podido ejercer sobre ellos (Rita Azevedo Gomes, Miguel Gomes, etc.), sino también como una forma de examinar el modo en que estas y el resto de las películas que componían el ciclo entablan de una forma manifiesta un diálogo con las distintas artes, como la pintura, por ejemplo.

La retrospectiva, compuesta por películas de cineastas como João Pedro Rodrigues, Miguel Gomes o Rita Azevedo Gomes alcanzó su cima, no solo dentro de la programación del Festival, si no en comparación con el transcurso del año, a través de una sesión, en concreto, que se reveló como uno de los mejores acontecimientos cinematográficos de 2016. El memorable programa proyectado aquella tarde de viernes del mes de diciembre en Filmoteca Española (Cine Doré) estuvo compuesto de dos películas: La comedia de Dios (A comédia de Deus, 1995), de João César Monteiro, y Frágil como o mundo (2002), de Rita Azevedo Gomes. La transición de la excentricidad de Monteiro, para dar cuenta de una situación de su país en un determinado momento, hacia el lirismo poético de Rita Azevedo, para retratar el estado de enamoramiento de sus protagonistas, fue una de las experiencias de mayor calado emocional que ha dejado este festival de cine.

Así, si hay momentos que marcan para siempre la vida de un festival, consiguiendo, no de cualquier forma, una etiqueta cercana a la de leyenda, es, sin duda, a través de la suma de momentos excepcionales. Esta sesión debería engrosar uno de los lugares punteros, la lista que se hiciera de momentos mágicos, misteriosos y sobrenaturales vividos en el Festival.

 

José Luis Torres Leiva. El discreto humanista

El viento sabe que vuelvo a casa

El viento sabe que vuelvo a casa, de José Luis Torres Leiva, proyectada dentro de la muestra dedicada al director chileno, retrata el proceso de investigación que inicia su personaje, para averiguar los motivos que pudieron llevar, supuestamente, a una pareja de enamorados, que vivían en una isla, a desaparecer, por no tener el consentimiento de su entorno más cercano a su relación. Esta idea parte de la necesidad de buscar respuestas acerca de un hecho concreto y sobre el que desconocemos más datos desde el inicio, de modo que acomoda la película en una zona de mito o leyenda más cercana a la ficción para terminar llevándola, sin embargo, hacia todo lo contrario, un realismo que muestra la vida y las costumbres de una isla.

La sinopsis de la película reza: “El documentalista chileno Ignacio Agüero prepara su primer largometraje de ficción basado en un antiguo proyecto documental que nunca llevó a cabo. A comienzos de los años 80, en la Isla Meulín, región de Chiloé, una joven pareja de novios desaparece en los bosques de la zona sin dejar rastro alguno. Todo un mito se creó en torno a esta misteriosa historia de amor trágico. Ignacio Agüero viajará al lugar de los hechos en busca de locaciones y actores no profesionales para finalmente descubrir poco a poco el desarrollo de su película”.

Los elementos que utiliza Leiva para plasmar esta idea parten de la puesta en escena de un personaje (Ignacio Agüero, documentalista) que ubica entre los entrevistados y nosotros, e incluso entre él mismo y los entrevistados. Es otra persona, por tanto, la que inicia el proceso, de modo que el documental adopta una forma diferente a la habitual, a la que estamos acostumbrados. El filme es un hermoso relato que gira en torno a la idea de una apuesta decidida por abolir las diferencias entre las personas, por la convivencia, por la tolerancia, con independencia de su origen, de su estrato, de su estatus social, o cualquier otra, es un deseo de afirmar que el amor está por encima de todo eso que se revela como algo despreciable, ridículo, insignificante.

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