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Coreografía cinematográfica: Un americano en París

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Un americano en París (An American in Paris, Vincente Minelli, 1951) es un film basado en la obra musical del mismo nombre compuesta por Georges Gershwin (1898-1937), una partitura magistral que sigue las sensaciones de un estadounidense que visita París, recorre la ciudad, entra a un café, toma unas copas y se deja llevar por la nostalgia de su país hasta que las calles y la atmósfera francesa triunfan en su corazón.

Desde su inicio, la cámara parece danzar sobre París. Primero sobrevuela parques y jardines, destacando los monumentos arquitectónicos de la ciudad. Su belleza se puede admirar en cada rincón y en cada toma. Poco a poco, el director va llevando al espectador a que descubra, en un edificio del barrio parisino de Montmartre, a los personajes que darán vida a esta historia. Los días de “un americano en París” cuentan la historia de Jerry (Gene Kelly), un pintor sin éxito, que se ha quedado en esta ciudad junto a sus amigos después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Mantiene un romance con Lise (Leslie Caron) y, al mismo tiempo, conoce a una bella norteamericana millonaria que desea promocionarlo.

un-americano-en-paris-cartelLa vocación artística del personaje es la que da el marco a la historia, culminando en los últimos minutos con una obra musical impresionante, digna de tratarse individualmente. Su director, Vicente Minelli, la elaboró de un modo espectacular. Su estilo detallista, muy rico en el aspecto visual, ha sido influido por las artes plásticas, mediante una combinación especial de surrealismo con toques de hiperrealismo, lo cual se refleja en la importancia que cobra en su obra cada objeto, tanto en la puesta en escena como en el significado de los colores y motivos.

El clip musical que cierra Un americano en París es el resultado de un “sueño” de Jerry, el personaje romántico y melancólico que, sabiendo que ha perdido a su amor, desea fervientemente recuperarlo. Minelli basa en este sueño el clímax y el desenlace del film. Las glamorosas melodías de Gershwin, unidas al genio de Minelli y de Gene Kelly, dieron vida a este formidable ballet de una duración extensa, no acostumbrada en Hollywood, siendo la segunda producción en color (la primera fue Lo que el viento se llevó, Gone with the Wind, 1939) en recibir un Oscar a la mejor película.

La comedia musical

El productor Arthur Freed logró los derechos de este musical del fallecido Georges Gershwin por medio de su hermano, Ira Gershwin, de quien era muy amigo. De esta manera, Ira se convirtió en el letrista de las canciones. Como guionista se eligió a Alan Jay Lerner, afamado letrista de musicales, y como protagonistas, a Gene Kelly, y no a Fred Astaire, ya que consideraban que el primero era más bailarín de ballet que el segundo. Vincente Minelli era un gran conocedor del género musical en el cine y tenía sus propias y exitosas fórmulas para rodarlo. Por ello, todos los movimientos de cámara del número final de Un americano en París tienen su sello. Con el fin de no distraer a los actores y bailarines con muchas cámaras en el escenario, tomándolos desde diferentes ángulos y mareándolos sin saber a cuál de ellas debían dirigirse, Minelli prefería rodar estos números de baile con largos planos tomados desde una sola cámara. De esta manera brindaba a los bailarines mayor libertad de movimiento y expresión.

 

Un gran final

un-americano-2La trama era buena, pero no tanto como para sostener por sí misma al film, por lo tanto, hacía falta encontrarle un buen final. Como al finalizar gran parte del film ya se habían gastado todo el presupuesto, por lo que les resultaba imposible viajar a París para filmar el último número musical, reescribieron algunas secuencias para que el ballet final pudiera encajar armoniosamente. Durante tres días estuvieron encerrados en la oficina del director del film Minelli, Gene Kelly y la figurinista Irene Sharaff, hasta concluir el argumento, los movimientos y la descripción de los decorados de ballet.

Durante un mes, Gene Kelly creó la coreografía de ballet de este musical. Conjugó los estilos de la danza clásica intercalando pasos de shim sham, claqué y tap dance. Como estos pasos de baile no tienen una técnica exclusiva y concreta, fueron necesarios los conocimientos de danza clásica y de danza moderna. La expresión corporal juega un papel muy importante en estos pasos, ya que, por medio de los movimientos, se logra expresar los más variados sentimientos que permiten al bailarín el descubrimiento simultáneo de su personalidad y de la del personaje que representa.

El trabajo de Gene Kelly fue extraordinario, logró durante los dieciocho minutos finales una coreografía consumada, transmitiendo los sentimientos de sus personajes: la seducción, el encantamiento, el alejamiento y, por último, el reencuentro de la pareja. Siempre con un hilo conductor, una rosa roja, que, presente en cada escena, logra una gran unidad en la diversidad de pasos de baile, de vestuarios, de colores en la escenografía, por medio del espectacular trabajo de iluminación.

un-americano-1Treinta pintores trabajaron durante las veinticuatro horas para levantar los decorados. Los realizaron basándose en los diferentes estilos de los artistas plásticos franceses. Con Raoul Dufi en la escena de La Plaza de la Concordia, Jerry baila entre diferentes grupos de mujeres, que llevan vestidos rojos y danzan envolviéndolo con sus movimientos y tules, abrazándolo; ellas representan las tentaciones que él puede tener para olvidar a su amor, Lise, mientras las del grupo vestidas de blanco lo llevan con ágiles pasos de baile hacia el próximo decorado, donde se produce el reencuentro de los enamorados. Con Eduard Manet sorprende la escena del Mercado de Flores, en la cual realiza, junto a Leslie Caron, un romántico ballet adornado de flores, logrando un efecto muy sugestivo con el decorado. Es como si el cuadro tuviese profundidad y relieve, cobrando extraña vida. Con Maurice Utrillo, en la que se ve al personaje triste apoyado en una columna y vienen a rescatarlo de tal sentimiento sus compañeros del ejército americano con quienes luchó en la Segunda Guerra Mundial; se une a ellos bailando con el clásico traje a rayas, sombrero y bastón de los años veinte en una calle parisiense. Con Henri Rousseau, en la fantástica escena en la que reúne a todos los bailarines que participaban en diferentes escenas anteriores, los va intercalando a través de diferentes pasos de baile y ritmos musicales en el Parque Zoológico. Con Vincent Van Gogh, en el formidable escenario de la Plaza de la Ópera. Con Henri de Toulouse-Lautrec, en el Moulin Rouge, donde Leslie Caron baila al ritmo del can-can en una escena que irradia amor, alegría y felicidad. Sharaff siguió para el vestuario el estilo de estos pintores europeos, brindándole a cada escena una particular identificación con las obras pictóricas características de sus autores y otorgándole vida a sus pinceladas llenas de color y sentimientos.

 

Dos vidas y una misma pasión: la danza

La actriz Leslie Caron (“no soy bailarina, solo me defiendo”) nació en Boulogne‑sur‑Seine, en 1931. Hija de padre francés y de madre estadounidense, comenzó a estudiar danza desde los diez años en el Conservatorio de París. Mientras participaba en La esfinge, ballet de Roland Petit sobre el mito de Orfeo, en el Ballet Des Champs Élysées, fue descubierta por Gene Kelly, quien la propone para ser su pareja en Un americano en París, a partir de lo cual firmará un contrato con la MGM.

leslie-caronSu cara de niña y personalidad encantadora le abren las puertas para conseguir los papeles protagónicos en musicales y comedias, como El callejón de la gloria (Glory Alley, Raoul Walsh, 1952), Lilí (Charles Walters, 1953), en la que es nominada al Oscar, Tres historias de amor (The Story of Three Loves, Vincente Minelli, 1953), Papá piernas largas (Daddy Long Legs, Jean Negulesco, 1955), con Fred Astaire, La zapatilla de cristal (The Glass Slipper, Charles Walters, 1955) y Gigi (Vincente Minelli, 1955), con Louis Jourdan y Maurice Chevalier.

A principios de los sesenta, como los musicales comenzaban a declinar, la carrera de Leslie Caron giró hacia fuertes interpretaciones en dramas, como The Subterraneans (Ranald MacDougall, 1960), sobre una novela de Jack Kerouac; Fanny (Joshua Logan, 1961); La habitación en forma de L (The L-Shaped Room, Bryan Forbes, 1962), un drama en el que la actuación de Caron es considerada como su mejor trabajo, por el que obtiene un Oscar.

Más adelante trabaja en Valentino (Ken Russell, 1977), sobre la biografía del mítico actor, en el que interpreta a Alla Nazimova, y en la obra de Louis Malle, Herida (Fatale, 1992). Es importante destacar su participación en el aclamado film del director Lasse Hallström, Chocolat (2000), y, más recientemente, en Le Divorce (2003), de James Ivory, junto a Kate Hudson y Naomi Watts. Desde 1997 vive alejada del mundo del cine, administrando su hotel La lucarne aux chouettes, a unos cien kilómetros de París.

Gene Kelly, definido por Stanley Donen como “una de las maravillas del siglo veinte”, nació en 1912, en Pittsburgh, Pensilvania. Como su padre pertenecía al mundo del espectáculo, influyó en su temprano interés por la danza. Más tarde decidió estudiar economía, pero, al trasladarse a Nueva York, se vio seducido por Broadway, donde intervino en numerosas producciones como un integrante del coro. Después del éxito del musical Pal Joel (1941), protagonizado por Kelly, es invitado a Hollywood. En muy poco tiempo, y gracias a sus apariciones en musicales y melodramas, alcanza la categoría de estrella y comienza a tener el control sobre su carrera.

En 1945 se desempeña como coreógrafo junto a Stanley Donen en Levando anclas (Anchors Aweigh, George Sidney), obteniendo su única candidatura al Oscar como mejor actor. Durante los años siguientes trabaja para prestigiosos directores en producciones como Ziegfeld Follies (Vincente Minelli, 1946), Los tres mosqueteros (The Three Muskeeters, George Sidney, 1948) y La gran vida (Living in a Big Way, Gregory La Cava, 1947). En 1949 debutó tras las cámaras junto a Stanley Doney, en Un día en Nueva York (On the Town, 1949), a la que seguirían Siempre hace buen tiempo (It’s Always Fair Weather, 1950) y Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952).

gene-kellyCon los años cincuenta su carrera de bailarín y coreógrafo ha recorrido grandes éxitos: Un americano en París, Brigadoon (Vincente Minelli, 1954) y Las chicas (Les Girls, George Cuckor, 1957). En los años siguientes se dedicó a dirigir y sus actuaciones son menos frecuentes, en films como La herencia del viento (Inherit the Wind, Stanley Kramer, 1960), Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, Jacques Demy, 1968), Érase una vez en Hollywood (That’s Entertainment!, Jack Halley Jr., 1974, y su segunda parte, en 1976). En 1976 también protagonizó, junto a Olivia Newton-John y Michael Beck, Xanadú (Robert Greenwald), un mito del musical moderno. Kelly trabajaba en su autobiografía cuando falleció el 2 de febrero de 1996.

Muchas veces se considera un argumento como el de Un americano en París como demasiado simple, posiblemente, incapaz de sostener un film, pero yo creo que la historia de amor que reúne a dos personas, logrando con ese fuerte sentimiento triunfar más allá de las dificultades que se le presentan, tiene el peso y la importancia suficiente para soportar sobre sí mismo un film. Solo que en Un americano en París esta idea no se presenta sola, aislada, la acompañan las expresiones del alma que desde siempre han existido a su lado: el de las Bellas Artes.

Enmarcado el número musical final por la escenografía, compuesta por la arquitectura, la pintura y la iluminación, nos brinda una atmósfera especial en la cual se pueden “ver los sentimientos”, y cuya estrella es la danza. Compuesta de movimientos corporales rítmicos acompañados de música se convierte en el soporte principal que permite a los personajes comunicarse y expresar su amor. Ese es el secreto del éxito de este maravilloso filme.

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