Críticas

El injusto olvido de un clásico

Cenizas y Diamantes

Popiól I Diament . Andrzej Wajda. Polonia, 1958.

cenizas-y-diamantes-posterEn esto del reparto de las excelencias cinematográficas, hay movimientos que permanecen en un discreto, e injusto, segundo plano. El caso del cine polaco, que vivió una auténtica edad de oro entre finales de los 50 y mediados de los 60, es de los especialmente sangrante. Contemporáneo de escuelas tan aplaudidas como la famosa Nueva Ola francesa, películas fabulosas como Cenizas y Diamantes están muy lejos del aplauso masivo como Jules et Jim (François Truffaut,1961), o tantos otros ejemplos.

Qué menos, entonces, que un recuerdo a uno de los grandes directores europeos, para que no caiga en el olvido esta magnífica película. Retrato de posguerra, espejo de la compleja época que vivía un país tan protagonista del conflicto como Polonia, es al mismo tiempo un canto al vivir el momento, a la locura de juventud. El drama se da la mano con la alocada vida nocturna, la tensión comparte escenario con la extravagante banda sonora, la sencillez casi inocente impacta contra las consecuencias terribles de la violencia, y la fuerza de las imágenes fortalece el destino de unos personajes esclavos de las circunstancias.

Andrzej Wajda dirige una película que es un drama de claro contexto histórico, pero trasciende los convencionalismos a base de mezcla, de ingenio, de libertad creativa, de experimentación visual. Y es que tras el conflicto y la violencia, construye una historia de amor, un clásico chico-conoce-a-chica, en medio de una época de cambios, de reconstrucción y de futuro incierto. Un país dividido, lleno de contrastes, donde la esperanza en el futuro ocupa el mismo espacio que las rencillas políticas.

Cenizas y Diamantes cuenta la peripecia de un joven entregado a la causa nacionalista, que ha recibido el encargo de asesinar a un líder comunista que hace poco ha regresado al país. Durante esta sangrienta misión, conoce por casualidad a una camarera. Este encuentro fortuito cambia la perspectiva del joven, confuso y atrapado entre los ideales y la posibilidad de una vida diferente, alejada de la violencia y cercana a algo parecido a la felicidad. Conoce el amor loco, apasionado, sin sentido pero lleno de significado, en las pocas horas que Wajda nos presenta como contexto temporal en su relato. Mientras este amor toma forma, el director se adentra en la vida de la ciudad, en una especie de relato coral donde se representa el teatro humano, lleno de alegrías, de mezquindad, de intereses, de cosas pequeñas y personajes dispares, extravagantes, donde queda claro que las bajas y altas pasiones no conocen de ideologías.

Imagen de Cenizas y DiamantesPor desgracia, el joven se ve obligado a una elección definitiva, entre las responsabilidades del peso de su pasado o esa nueva esperanza en una vida diferente que representa la hermosa desconocida. Wajda aparca las connotaciones históricas de la historia y se centra en las emociones, en el aspecto humano, en las reflexiones de sus personajes. Según pasan las horas, el joven se transforma en la imagen del antihéroe, enfrentado a su propio drama humano con el mayor estoicismo posible.

Para el fabuloso aspecto formal de la película, Wajda mezcla de manera brillante aspectos de las historias bélicas, pasadas por el tamiz del cine negro, llevado al paroxismo estilístico gracias al juego de luces y sombras, heredero del expresionismo. El simbolismo y sus arriesgados juegos con la profundidad, el contraste en esa cámara obsesiva de extravagante cercanía, el neblinoso aspecto onírico enfrentado al realismo que se respira en los primeros compases de película, dejan para el recuerdo una película libre, valiente, a la altura de cualquiera de las vanguardias de la época. Cenizas y Diamantes recuerda al neorrealismo italiano, a la audacia de la escuela francesa, a la tensión humeante del mejor cine de gangsters. Los diálogos se mueven entre el lirismo alucinado y la más cruda realidad de la época. Los personajes viven con un pie en el pasado y otro en la incertidumbre de una época nueva, de cambios constantes, incluso de violencia.

Wajda expresa este contraste terrible en la celebrada escena de los fuegos artificiales, cargada de simbolismo, donde un acto de muerte coincide con la celebración de la vida. El barroquismo de la película explota, como esos fuegos, para dar sentido a la transformación del protagonista, que realiza su último acto de violencia sin esperanza, atrapado por la lealtad a un ideal en el que ha dejado de creer.

La pareja protagonista de Cenizas y DiamantesIrónica, exultante y metamórfica, cada episodio de Cenizas y Diamantes resulta indispensable como pieza de un todo, pero usado con sensibilidad por un director magistral para el retrato humano complejo, alocado y muchas veces hasta ridículo o exagerado. Al final, Wajda, como sus personajes, se divide entre la esperanza y la pesadumbre de un país con muchas cicatrices.

Cenizas y Diamantes merece un puesto de honor entre lo más destacado del cine europeo. Sobre todo, no debe caer en el olvido, porque su belleza, su autenticidad y la personalidad que desprende de cada plano, es una lección de cine, en mayúsculas. Disfrutemos, entonces, de una época irrepetible, en el que el cine se reinventaba y Cenizas y Diamantes surgía como voz especial entre tanta leyenda.

Ficha técnica:

Cenizas y Diamantes (Popiól I Diament ),  Polonia, 1958.

Dirección: Andrzej Wajda
Guion: Andrzej Wajda, Jerzy Andrzejewski
Producción: Grupo Kadr / Film Polski
Fotografía: Jerzy Wojcik
Música: Filip Nowak
Reparto: Zbigniew Cybulski, Ewa Krzyzanowska, Adam Pawlikowski, Bogumil Kobiela

Santiago Negro

Graduado del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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