Críticas

Hudson se queda en la cueva

Altamira

Hugh Hudson. España, 2016.

portada altamira banderasEl paleontólogo aficionado, Marcelino Sanz de Sautuola y su hija pequeña, María, descubren en 1879 en Santillana del Mar (Cantabria) el hallazgo más importante de la historia del arte prehistórico: Las Cuevas de Altamira, datadas en el esplendor del periodo magdaleniense, entre 15000 y 10000 a.C. En busca de la veracidad de tal acontecimiento, Sautuola emprende una cruzada frontal contra la negación de la Iglesia católica, y lo que más le importaba, contra la beligerante respuesta de la comunidad científica.

El gancho de la trama es muy nítido: a Sautuola no se le reconoció el descubrimiento en vida. En aquellos años de efervescencia científica, la incredulidad hacia un descubrimiento tan problemático para las bases del arte y la ciencia acabó por imponerse. Salvo el reconocido paleontólogo, Juan Vilanova, que siempre le apoyó, Sautuola navegó solo a la deriva de un mar de descrédito por parte de las corrientes creacionistas de la época (frente a los evolucionistas) y la línea escéptica que marcaban los expertos contemporáneos. Así que la diana argumental es muy clara: devolver la figura (demasiado olvidada) de Sautuola a la posición que se merece. La historia así lo atestiguó, y al fin se le reconocieron sus méritos. La pregunta es, ¿la película de Hugh Hudson consigue remover los cimientos de aquellos sucesos e instalar su relevancia histórica, de una vez por todas, en el imaginario colectivo de los espectadores? La respuesta es no. Y esto es lo que trataremos de desarrollar, porque no hay nada peor que desaprovechar la potencia del lenguaje cinematográfico y dejar las cosas como estaban al principio.

“Hay que ser muy cuidadoso con este tipo de filmes, sobre todo cuando los descendientes aún viven y, aunque haya que dramatizar cosas por cuestiones cinematográficas, básicamente hay que respetar la verdad”. Las palabras textuales de su director presentan, mejor que cualquier tráiler, la idiosincrasia del filme.

banderas niñaEstá claro que Hugh Hudson ya no es el mismo que en los ochenta nos deleitaba con películas de época del calibre de Carros de Fuego (Chariots of fire, 1982) o Greystoke, la leyenda de Tarzán (Greystoke: The Legend of Tarzan, Lord of the Apes, 1984). El dato, lo único que aporta es una decepción aún más grande, al dejar escapar la oportunidad de mostrar algo más que telegrafiar los sucesos como si de un noticiario se tratase. No basta con documentar, la historia necesitaba un impulso mayor, más orgánico y menos hierático.

El que sí ha puesto de su parte es Banderas. Eso sí, un tanto pasado de frenada, excesivamente vigoroso y a la contra de todo lo demás. Sin la contención que otros directores (Almodóvar) acertaron a explorar, Banderas parece un elemento extraño. Una parte a color en un todo monocromo. Me refiero al tono de la película, evidentemente no al maravilloso encuadre cántabro.

everett altamiraLa fotografía es de lo mejor, no hay palabras para definir la belleza de los parajes cántabros. La ambientación y las escenas, formalmente impecables. Todo lo contrario que el ritmo dramático de la cámara, donde no se arriesga en nada. Los planos pecan de pulcritud. Ni un ápice de firma autoral.

En el apartado de secundarios, sobresale la solemne candidez de la actriz iraní Golshifteh Farahani y la juguetona lucidez de la hija de Sautuola, Allegra Allen. Rupert Everett, también se destaca, pero esta vez por la mera diversión en reconocerle. En efecto, el manipulador monseñor, caricaturizado al extremo, es Everett.

altamira cantabriaAparte de los actores, que hacen un trabajo eficaz, el conjunto es netamente flojo. Pero no todo es criticable en Altamira. Las ensoñaciones de la niña son una gran idea. Las pinturas rupestres tienen mucho que ver con la magia. Es obvio que Hudson se ha instruido sobre el propósito del dibujo y la pintura del paleolítico superior y el valor que el realismo otorgaba a la suerte de la caza y la comunión con los animales con los que convivía el hombre, como es el caso de los bisontes de Altamira. Las cuevas son un santuario artístico sin precedentes. El director sabe que la imaginación de la niña es el vaso comunicante entre el presente y los artistas y chamanes del período magdaleniense. Es una pena que pase de puntillas, se echa en falta una mayor exploración en este sentido.

altamira cantabriaPelícula academicista a más no poder, Altamira no rezuma un ápice de reflexión. No, tampoco la confrontación: fe vs. razón, que huele un tanto rancia de lo manida que está. Es tan aséptica que ni siquiera un (como siempre) pasional Banderas puede agitar mínimamente el nudo de la trama. Lo mejor, la duración, muy bien ajustada. Lo peor es que la falta de alma deja a Sautuola en el mismo lugar del que se le pretendía sacar, por lo intrascendente de la propuesta, la falta de picos dramáticos y de la más mínima emotividad.

Por último, y aprovechando la coyuntura, no puedo reprimir mi propósito de enmendar una de las frases más célebres que se recuerdan respecto al descubrimiento de Sautuola. Bajo mi punto de vista las Cuevas de Altamira no son la Capilla Sixtina del arte prehistórico. La Capilla Sixtina es la Cueva de Altamira del arte renacentista. Humildemente, a la atención de la historia del arte. Ahí lo dejo.

Trailer:

Ficha técnica:

Altamira ,  España, 2016.

Dirección: Hugh Hudson
Guión: Olivia Hetreed, José Luis López-Linares
Producción: Morena Films
Fotografía: José Luis Alcaine
Música: Mark Knopfler, Evelyn Glennie
Reparto: Antonio Banderas, Rupert Everett, Golshifteh Farahani, Pierre Niney, Nicholas Farrell, Henry Goodman, Irene Escolar, Clément Sibony, Tristán Ulloa

Mario Cea Millán

Graduado del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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