WoyzeckCartelLa filmografía del autor alemán Werner Herzog se ha caracterizado por un modelo en el que prima la psicología frente a la acción, alejándose del modo de representación hollywoodiense. Sus personajes están dotados por un impulso de muerte mientras el realizador penetra en una búsqueda poética y estética que bucea alrededor del misterio, la ilusión y la realidad. Tanto si trabaja en ficción o documental, Herzog se sirve de un fuerte control de la puesta en escena, músicas y ralentizados. Obsesionado por la locura, por la relación del individuo frente a las normas sociales y sus circunstancias vitales, no es de extrañar que se interesara en la adaptación de la obra teatral homónima del romántico alemán Georg Büchner. La dejó inconclusa a su muerte en 1837.

La trama está basada en un caso real de un asesino confeso decapitado en Leizpig en 1824. Precisamente, fue la primera vez que en el país germano se esgrimió una defensa basada en la enfermedad mental como atenuante o eximente del delito. Pero la pieza teatral se hizo célebre por su adaptación operística por parte de Alban Berg, estrenada en Berlín en 1925 y denominada Wozzeck por un error de transcripción que se mantuvo conscientemente. Es considerada una de las óperas imprescindibles de la historia. Su fama se asienta en una atonalidad libre, en ser partícipe del movimiento de la nueva objetividad y en una precisión mecánica que todavía resulta desafiante para muchos. Berg recogió, de los 27 fragmentos de extensiones desiguales  y orden incierto que se contienen en la obra literaria original, 15 de ellos, para conformar tres actos de cinco escenas cada uno. Herzog, por su parte, se inclinó por dotar al texto de una continuidad causal para abordar su discurso y sellarlo con una lógica de montaje cinematográfico.

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¿Y de qué trata Woyzeck? Pues con la obra  nos adentramos en un laberinto de alineación, violencia y muerte. Habla de la tragedia de la pobreza, de la degradación del hombre, de la violencia machista, del desequilibrio mental y emocional, del abuso de poder, del desprecio a los inferiores en el orden social y de la incomprensión o aislamiento. Y si bien la puesta en escena del director puede resultar atemporal, sumergido en las humillaciones que un soldado debe soportar de sus superiores, es posible trasladarse desde cualquier contienda bélica hasta ámbitos laborales de la sociedad industrial; incluso en la actualidad, su poder de conmoción y repulsión siguen persistiendo. Al autor de Fitzcarraldo (1982) le basta la primera secuencia para mostrar al espectador la repugnante violencia ejercida sobre los más débiles. Una instrucción militar con imagen acelerada, reduciendo al absurdo el mundo vejatorio al que debe someterse el protagonista.

A pesar de la escena comentada y la excelente adaptación del momento álgido del largometraje, en la que se recurre a la ralentización para volcar todo el patetismo emocional del momento, en el resto de la película el director mantiene una mirada distanciada. Con simplicidad en decorados, montaje o movimientos de cámara, Herzog propone un naturalismo cuya fuerza dramática parte de la interpretación de los actores, fundamentalmente de la que nos ofrece Klaus Kinski como Franz Woyzeck. Su intervención está envuelta en una evolución dramática que hace hincapié en su carácter colérico, nervioso, ególatra y atormentado (parece que un histrionismo expresionista que coincide tanto en los rasgos del personaje como en los del actor que lo interpreta). Frente a él, se contrapone la actuación de Eva Mattes como su compañera Marie, esplendorosa en sensualidad y fragilidad.

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Los lugares en los que se desarrolla la acción sobresalen por su realismo, tanto en  interiores como en exteriores. Cada secuencia se intenta rodar en un solo plano para procurar plasmar con mayor intensidad la labor de acoso y derribo del soldado por parte de la sociedad que le victimiza. Una mirada ciertamente determinista y feroz sobre la condición humana. Un pesimismo extremo que sirve como hilo conductor de la denuncia del horror y la depredación que nos ha ido acompañando y lo sigue haciendo en todos y cada uno de los siglos transitados por la humanidad. La cosificación del individuo se despliega en un abanico de fuerzas incontrolables cuyas principales armas son la explotación y el abuso.

No son abundante las ocasiones en las que el director muniqués se ha inclinado por la literatura como inspiración de su disección de las pasiones humanas desde personajes marginales. Las lógicas del delirio se sostienen, según el propio Herzog, en una sociedad enferma más que en individuos trastornados. Es la primera la que empuja a los segundos en afanarse por cultivar tierras que no dan fruto, de espaldas a los campos fértiles de la razón, como sostenía el filósofo italiano Remo Bodei. El delirio que azora a Woyzeck podría incluso relacionarse con la aventura quijotesca que ideó Cervantes, circunstancia que sin duda alguna fundamentó la película de Herzog Aguirre, la cólera de Dios  (Aguirre der Zorn Gottes, 1972) en esa lucha tras una quimera inexistente. Un largo camino desde el delirio del hidalgo caballero a la perturbación del individuo que debe enfrentarse a una sociedad que ignora la necesidad de aquellos que son considerados herejes por su pobreza y falta de moralidad.

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Resulta muy expresiva la escena de la feria y sus animales, el caballo amaestrado y el mono, ausente en la ópera de Berg. Desarraigo entre los ámbitos naturales y sociales, sometimiento que transforma al hombre en un animal propiciatorio para la injusticia y la maldad. El drama existencial de Woyzeck sigue vigente para apoyar la teoría de que la responsabilidad criminal no descansa únicamente y de manera principal en condiciones individuales sino también en el medio social en el que se desenvuelve cada persona. Todo lo anterior y mucho más se desprende de esta obra inmensa y de permanente actualidad. Afortunadamente, su esencia nos la sigue recordando con asiduidad imprescindible el mundo artístico, ya sea musical, teatral o cinematográfico.  A este respecto y para finalizar, no hay que perder nunca la perspectiva de que Herzog traduce para el cine una obra teatral y operística al lenguaje cinematográfico. Una revolución en la puesta en escena que sin olvidar sus orígenes, utiliza estructuras nuevas con las que creemos que hubiera vibrado el teórico André Bazin desde su inmenso amor al arte cinematográfico y a la pluralidad de sus caminos creativos. 

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YlanavevaCartelLa obra comienza con unas imágenes en blanco y negro. Un camarógrafo filma en el puerto de Nápoles la salida de un transatlántico. El buque está a punto de partir y curiosos, vendedores, andantes o viajeros se cruzan en el muelle. La escena se acompaña con el único sonido de una toma de vistas muda, en claro homenaje a los inicios del cinematógrafo. Con falso formato documental, el blanco y negro se va coloreando en una clave cromática que el mismo director de fotografía, Giuseppe Rotunno, describe como “un blanco y negro con infinitas tonalidades de sepia que puede y no puede admitir color”. Gradaciones que nos transportan a otra época, a un mundo decadente que ya no existe, que se hundió irremediablemente. Los colores se matizan de tal modo que nos llevan al universo de los recuerdos, a la evocación de fotografías antiguas que ya  amarillean, a la memoria difuminada por el paso del tiempo.

Y Federico Fellini, con su decimoctava película, nos sumerge en un viaje que parte en 1914, en los albores del estallido de la Primera Guerra Mundial. Representantes de la élite de diversos ámbitos, junto con marineros y demás personal de servicio, se reúnen en un crucero de lujo para despedir a una diva, a una gran soprano que acaba de fallecer. Sus últimas voluntades eran que sus cenizas reposaran en el mar, junto a la isla en la que había nacido, cerca de Grecia. Se trataba de Edmea Tetua y al ostentoso barco acuden importantes personajes del mundo de la ópera (músicos, directores, cantantes…), gobernantes como el Gran Duque de Harzock, acompañado por su séquito y su hermana ciega, un conde inglés fanático seguidor de la fallecida, una mujer muy activa sexualmente y su marido, un empresario celoso e impotente, una adolescente que es la pura imagen de la inocencia, un rinoceronte… Así mismo, les acompaña un periodista, Orlando (nombre inspirado en Ruggero Orlando, famoso presentador italiano de la televisión estatal), que hará las veces de narrador y conductor. La idea surgió cuando las cenizas de María Callas fueron esparcidas por el Egeo en 1979. Navegamos en el Gloria N., un navío de lujo que desde el principio asemeja no ir a ninguna parte.

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En el crucero  se reúne un grupo de mujeres y hombres variopintos, extravagantes, de gran elegancia y pertenecientes a la aristocracia económica, política y artística. Transcurren los días y la existencia asemeja placentera. El maestro italiano, con los artilugios de la aceleración y la ralentización, exhibe el traqueteo en las cocinas o la elegancia en los comedores. Vajillas, cuberterías, manteles o manjares rodean tranquilos encuentros en los que vamos descubriendo egos, virtudes o vicios de cada personaje. Resulta magnífica la escena de las calderas en las que, mientras los trabajadores se afanan en lo que parece la premonición del infierno que espera a la travesía, tenores y sopranos se enfrascan en una confrontación de bel canto con autoestimas excesivas. Pero toda la ociosidad y placentera existencia se turba a bordo cuando un grupo de refugiados serbios son recogidos por el capitán. Están siendo perseguidos por un acorazado austriaco, tras el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara.

Con Y la nave va, el director de Amarcord (1973) se introduce en un drama coral, en un crucero funerario, en el naufragio de una civilización que se extingue. Con una línea narrativa directa, el realizador italiano nos lleva a una sucesión de escenas y a la exhibición de unos caracteres plenamente propios. Además de la competición de arias en la sala de máquinas ya señalada, cabe destacar el proceso de hipnosis de una gallina por la voz grave  de un bajo, un concierto en la cocina con botellas o copas, la visita al rinoceronte en las profundidades del barco o la sesión de espiritismo para contactar con la difunta. Son escenas surrealistas inmediatamente identificables con el  autor y que adquieren significado estético y expositivo por sí mismas. Con artificio operístico se unen el humor y la melancolía para despedir una época, unos seres que ya solo existen en la ilusión del cinematógrafo. El despliegue que hace el autor ante lo trágico del destino humano desconcertó a muchos críticos y seguidores sobre la realidad o no del carácter cómico de las obras de Fellini. En realidad, como sucede con el cine de Pedro Almodóvar, nuestro patético y amargo destino se va imponiendo con el paso de los años, como el personaje de Charles Chaplin en Candilejas (Limelight, 1952), ese payaso que ya se sabe demasiado viejo y es consciente de que su tiempo ha pasado.  

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Podríamos señalar dos motivos en los que el autor de La dolce vita (1960) se inspiró para la realización del filme. El primero viene de la constatación de que, ya en los años ochenta del siglo pasado, los espectadores iban desapareciendo de los cines. ¿Dónde se habían metido? Un apocalipsis premonitorio que el mismo Fellini constató personalmente recorriendo una veintena de salas de estreno romanas. El segundo podría situarse en la aversión que sentía por el mundo de la televisión y del sensacionalismo periodístico. Hay algún historiador que sostiene que, sin esto último, la Gran Guerra no habría estallado. Se busca la imagen espectáculo olvidándose de lo misterioso, lo onírico, lo mágico, la fascinación por el inconsciente que debe rastrearse con las imágenes. La televisión otorga a los ciudadanos el poder de cambiar de escenario simplemente pulsando un botón, sin necesidad de moverse de su salón. Algo que el director asimiló como una venganza colectiva y brutal. Así, el periodista, Orlando, se mueve por el buque como gallina sin cabeza, no pudiendo determinar la certeza o no de los hechos que acaecen, estorbando en mitad de los pasillos o lanzando crónicas de cotilleos sin la necesaria documentación previa. 

El Gloria N. remite al mito medieval germánico de Das Narrenschiff, aquella nave de los locos con destino a Narragonia que ya inspiró la película de Stanley Kramer El barco de los locos (Ship of Fools, 1965). Esa travesía que situaba en 1931, con una serie de pasajeros en un microcosmos en el  que van desvelándose la xenofobia y el antisemitismo. Precisamente, un miedo y un desprecio al diferente, en este caso a los serbios auxiliados, ya simbolizado anteriormente con la escena de la gaviota que penetra inesperadamente en el comedor. Un reflejo de la sociedad de todos los tiempos que se siente amenazada por aquello que escapa de su círculo. Unos serbios, como hoy unos palestinos, a los que preferimos no mirar de frente y así no percibir todo su dolor y tristeza ante el abandono. Fellini nos ofrece un aperitivo antes del final en el que ese apocalipsis tantas veces anunciado, en este caso parcial, llega para destruir un mundo que se ha buscado su fin insistentemente. 

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Sí, y llegamos a término. La fantasía tiene que acabarse y el artificio desaparecer. Con una especie de ruptura de la cuarta pared, el sueño de muerte y derrota se desvanece para percatarnos que ya no queda nada que filmar. La incomunicación, el odio y el egoísmo han terminado por imponerse en un viaje fúnebre que ya presagiaba esa fatalidad buscada. El mundo horroroso que nosotros mismos hemos creado termina por depositar en tierra las convulsiones que hemos puesto en circulación por el aire. Con el rinoceronte a salvo, quizás volvamos a las primeras formas de vida y así recuperemos aquellas partes de decencia que puedan haberse salvado en nuestra naturaleza.  

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Cartel de la película Zorba el griegoGrecia ha sido desde tiempos inmemoriales la fuente de bellas y significativas palabras. Todos los idiomas tienen una deuda de gratitud con su lengua, que las permea con términos que se han venido filtrando sutilmente a través de la ciencia, la religión, la filosofía y las ideas. Como los griegos han sido navegantes y comerciantes por el Mediterráneo y por todo el mundo, los marineros griegos han pasado por todos los puertos del orbe, aprendiendo idiomas, dejando huellas y conquistando amores. Homero y Esopo se leen y se cuentan, las gestas de Ulises y de Aquiles, las guerras de Troya y de Alejandro Magno se recuentan, la filosofía griega se estudia y se discute desde hace más de 2500 año. En esta forma la historia, las gestas heroicas, la forma de ver y de leer la vida de los griegos se ha extendido como una red sutil por todas las tierras.

Zorba el griegoPosiblemente por esa razón todos soñamos con ir alguna vez por las islas del mar Egeo, viviendo alguna travesía griega entre isla e isla, como las de Ulises, pero sin tantas aventuras. De cierta forma de ello trata la película clásica Zorba el griego, que narra las aventuras de Basil, un joven británico que viaja a Creta, la gran isla griega, donde ha heredado una mina abandonada, con el fin de recuperarla y en cierta forma, para encontrarle sentido a su vida y por ello viaja con cajas repletas de libros, a modo de sabios maestros, que va a consultar en la que se imagina bucólica placidez de la isla. A punto de embarcarse conoce a Zorba, un pintoresco personaje, que los sorprende con su alegría, su vitalidad y ante todo con sus palabras sueltas, atrevidas, inteligentes, inesperadas. Es una especie de Esopo el griego, contador de fábulas basadas en sus experiencias de la vida cotidiana. Basil se deja embrujar por Zorba, quien se convierte en su empleado y amigo, en filósofo, confidente y maestro.

Zorba the GreekLa película está basada en una gran novela del mismo nombre y cuenta con una música de antología, que se ha convertido en un patrimonio universal. Es un canto a la amistad entre los seres humanos como antídoto a la soledad, a la monotonía y a la mediocridad. Zorba ha recorrido el mundo como un vagabundo explorador, aparentemente sin sentar cabeza y se ha llenado de historias y de dichos que desea contar, se ha convertido en un maestro de la vida que recorre los puertos tañendo las cuerdas de su santuri, en busca de algún discípulo. Al encontrarse con Basil, halla al interlocutor perfecto, al alumno amado, inexperto y confiado. En este ambiente queda servida la mesa para un banquete de pequeños momentos, cada uno de ellos curiosos e inesperados, que el director Cacoyannis va sirviendo al espectador con buen gusto, con una bien equilibrada mezcla de drama y comedia.

Zorba es un personaje enteramente folclórico, a modo de arquetipo idealizado, en la medida en que representa toda una cultura griega, llena de música y de danzas, de alegría y desparpajo, oscilando entre la bondad y la maldad, inteligencia desbordada capaz de concebir inventos y de aceptar el fracaso de los mismos como natural e inevitable, ya que nunca hay que parar de vivir y de ensayar. Ello está simbolizado en la música, vibrante y llamativa y en la danza sonriente y circular, imagen misma de la vida. En el trasfondo está la otra cultura, tradicional y bucólica, pero atrasada, pobre e ignorante; es la de los habitantes de estas islas perdidas, seres sometidos a costumbres ancestrales que los arrastran a la ignorancia, a la rutina, a la venganza y a la pobreza. Parece impotente la modernidad, simbolizada en Basil y sus libros, en Zorba y sus experiencias de viaje, para abrir espacios de cambio favorable y de libertad en esas mentes encerradas y esclavizadas por sus creencias y sus miserias.

Zorba el griego, fotogramaEn el filme hay dos personajes femeninos notables. Uno de ellos es de Hortensia, personificada por la actriz Lila Kedrova, que le mereció un Oscar y el otro el de una bella, solitaria y enigmática cautivante viuda, personificado por la gran Irene Papas. La primera simboliza a la vieja Europa, a la vez noble, culta y desvergonzada, que ha buscado incesantemente horizontes y aventuras y que se ha quedado atrapada en tantos lugares del mundo, viviendo de las glorias del pasado, anhelando algún amor de verdad entre tantos viajeros que se acercan a su lecho de cortesana ilustrada. Solo lo encuentra cuando aparece algún Zorba dicharachero y atrevido que le adula y le susurra viejas y dulces palabras que reviven el pasado. Pero no habrá salvación ni cambio en esos puertos malditos. Sus habitantes, con quienes ha convivido por años, solo esperan la muerte de la vieja mujer para apoderase de sus cosas. La viuda, como contraste, simboliza a la belleza y al misterio femenino de las mujeres sencillas pero independientes, tantas veces apedreadas por la ignorancia y la envidia. Representa los valores que subyacen, la pureza original de los pueblos, que no alcanza a sobrevivir a los instintos primitivos, a los celos, los miedos y la venganza. Para ellas no hay liberación, si siquiera cuando algún Zorba valiente las defienda de las turbas asesinas, a modo de Cristo sanador. Las antiguas costumbres pueden ser todavía más fuertes que el poder de un valiente taumaturgo, además de que son traicioneras, maliciosas y obstinadas.

Zorba el griego, Anthony QuinnCacoyannis se recrea en las descripciones de la gente pueblerina utilizando escenas llenas de drama. Hay dos que son memorables: el pueblo entero encierra a la viuda para apedrearla y ajusticiarla, mientras ella trata de huir aterrorizada y valiente, su bella presencia y su cara de sufrimiento ante la injusticia, cada vez más impotentes y resignadas a su suerte. En otra escena, el pueblo entero en espera de la muerte de Hortensia, se va cercando lentamente su casa, metiéndose por todos los rincones, listos a apoderase de los trapos de la muerta, de sus joyas de fantasía y de los adornos; lideran la escena unas mujeres viejas, a modo de chismosas arpías y todo culmina en un arrebato desordenado de seres indiferentes ante la muerte que en unos instantes lo dejan todo vacío y desolado.

Cacoyannis nos va adentrando en la filosofía zorbiana dejando que sus frases sean expresivas y calmadas. No omite detalle, deja que el diálogo entre Zorba y Basil, tal como sucede en la novela, transcurra completo y sabio. Es un diálogo que va  más allá de lo verbal. Anthony Quinn, en el papel de su vida, lo expresa con gestos, con movimientos, con sonrisas atrayentes, música y danza, de tal manera que todos como Basil, quedamos sujetos al invencible encanto de sus palabras y continuamos declarando, como lo han hecho tantos, que hemos visto una obra maestra del cine.

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