Cartel de Gold Diggers de 1937Un vagabundo marca el ritmo de la música, sentado alegremente en un banco. Un hotel, el Wenworth Plaza, se prepara para comenzar las reservaciones del verano y todos sus empleados se aprestan musicalmente a las labores de limpieza, recogida y acondicionamiento del hotel. Gold Diggers of 1935 es la cuarta de la serie comenzada en 1923 con el filme hasta ahora perdido Gold Diggers (1923), de Harry Beaumont, y luego Gold Diggers of Broadway (1929), dirigida por Roy del Ruth; y es la segunda colaboración de Busby Berkeley con la productora Warner Brothers esta vez colocado en la silla de director, además de sus responsabilidades como coreógrafo. Comedia musical de corte ligero, el filme retorna a la consabida historia de amor entre telones, con familia aristocrática, chicas de buen ver y productor musical en bancarrota de por medio.

Esta nueva historia no guarda relación de continuidad con la obra anterior de Mervyn Le Roy y presenta un reparto renovado casi al completo, donde solo  se mantiene al célebre Dick Powell. Narra la historia de varios personajes que confluyen en el verano, en el exclusivo hotel Wenworth Plaza, a orillas del hermoso lago Waxapahachie, un sinónimo de lujo y esplendor. La familia Prentiss, compuesta por la rácana de la madre, la joven e ingenua Ann y el díscolo Humboldt son esperados con esmero, al igual que el magnate T. Mosley Thorpe y otros invitados importantes. La Sra. Prentiss desea para su hija un beneficioso casamiento con Thorpe, al cual esta se opone. Para cuidar el nombre de la familia y a Ann de las tentaciones, la madre contrata a Dick para que sea su chaperón durante las vacaciones y la cuide en sus andadas. Por supuesto, que el amor surgirá entre los jóvenes.

Gold Diggers de 1935Como suele suceder en este tipo de filme comercial, la dirección de Berkeley no hace grandes aportes estilísticos a la fórmula, notándose su toque personal en el departamento donde fue siempre más competente, en musicalización y coreografía. Para esta nueva entrega melódica cuenta con Dick Powell, con su popular encanto de estrella juvenil, Gloria Stuart como Ann Prentiss, Arline Davis como Dorothy Daves la prometida de Dick, que luego retoma su camino con el  travieso heredero Humboldt Prentiss. En papeles secundarios, pero no menos encantadores, Alice Brady como la señora Prentiss, Adolphe Menjou como el vividor conde Nicoleff, agregándole su encanto desaliñado e hilarante, y su secuaz Joseph Cawthorn, quienes serán los encargados del pretexto musical de este filme, un supuesto musical de beneficencia al fondo de la leche. A este reparto se une con una participación bastante breve la actriz y cantante Winni Shaw, quien será la verdadera estrella de este musical.

Fotofija de Gold Diggers de 1935Gold Diggers de 1935 vuelve a estar definida por tres números musicales, entre ellos el conocido Lullaby of Broadway, por el cual Harry Warren y Al Dubin recibieron un premio de la Academia como mejor canción original y Busby Berkeley una nominación como mejor dirección musical. El número, reconocido como un pequeño cortometraje musical dentro del propio filme por su complejidad narrativa fue cantado Wini Shaw y es de esos en que Berkeley usa el montaje como una forma de construir una historia bailada y cantada que es casi imposible montar en un escenario tradicional. Además el filme cuenta con el divertido número I’m Going Shopping with You cantado por Dick Powell y Gloria Stuart y The Words Are in My Heart entonado por Powell, para el cual se utilizaron 56 pianos de cola blancos para hacer complejas formaciones.

Esta versión, aunque inferior a la anterior, mantiene la frescura a pesar de los años y vuelve a ser muestra de que su coreógrafo constituye hasta hoy día un referente en el mundo del musical. En Lullaby of Broadway, se recrea con los intensos contrastes monocromáticos, desde el comienzo, con el rostro de Winni Shaw en un inmenso espacio negro que crea un vacío que se irá llenando con el gran acercamiento que lleva a un primerísimo primer plano de la cantante.  El número narra de forma elíptica, a través de metáforas visuales, la vida de un Broadway que para esta ocasión pareciera estar observado a través de la censura. Si el filme de 1933 fue de los llamados previos al Código, a la censura de Hays, el final de este número musical denota en su trágica advertencia la mano de la censura.  El rostro se convertirá en la ciudad,  esa ciudad que duerme y se despierta muy temprano. Un hombre se acerca, es el lechero, y su figura recorre el perímetro de una fábrica acentuado a través de una iluminación expresionista.  Un nuevo día, el metro, la multitud, el desayuno, la lectura del periódico, jóvenes maquillándose, el lechero está de camino y las chimeneas de las fábricas que anuncian el comienzo de una nueva jornada, mientras alguien le da cuerda a una caja musical.

Fotograma de Gold Diggers de 1935A esas horas, cuando el mundo despierta es que las estrellas de Broadway dan por terminado el día, reiniciando la vida de clubes y casinos, bailes y copas cuando el reloj resaltado con lámparas fluorescentes marca las seis de la tarde. Todo es música y fantasía, pero al final, la cantante Winni Shaw será empujada accidentalmente por las mismas personas que le cantaron y bailaron. El reloj sigue su curso y la vida continua, pero ningún pecador  queda sin ser advertido. Reconocido en 2006 como una de los mejores musicales de la historia por el Instituto Fílmico Americano, fue el primer filme dirigido íntegramente por Busby Berkeley.

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Cartel de Gold Diggers de 1937La última entrega de las Gold Diggers de la década del treinta con números en su título, definitivamente es la más desabrida. Empezando desde el propio inicio, donde intenta repetir la fórmula de 1933, en que una joven Ginger Rogers abría el filme cantándole el adiós a sus tristezas y lágrimas, pues el hacía años perdido dólar, había vuelto. En esta ocasión, la apertura está a cargo de Dick Powell, canturreando, sobre un contrastado fondo negro, un fragmento de la canción de cuna de las vampiresas With Plenty of Money and You. Un galán ya con 35 añazos, a Powell le faltaba poco para dejar lo de juvenil, aunque nunca perdió su frescura y talento.

Luego de los créditos, el filme continúa en la sesión de clausura de la Convención de Vendedores de Seguros en el hotel Brisas del Mar de Atlantic City. Para la ocasión, Andy Callahan, director de la empresa Good Life Seguros, tendrá una pequeña intervención glorificando el mundo de los seguros y aseverando que la crisis se había acabado. Al terminar,  todos piden el concurso de Rosmer Peck, un joven compositor que deja el mundo de la música por el de los seguros para complacer a su familia. Rosmer que se encuentra apartado con su amigo Boop, confiesa que ese mundo no es para él, por lo que se propone dejarlo en cuanto llegue a New York. El jefe lo reclama para que le cante a la multitud la melodía Life Insurance Song. Interpretando el papel de Rosmer Peck, Powell vuelve a ser, junto a su esposa Joan Blondell, protagonista de esta nueva entrega: Gold Diggers de 1937. 

Dick Powell y Joan BlondellLos trabajadores de Good Life regresan en tren, y es allí donde se encuentran con un grupo de hermosas señoritas. Ya para este filme dos cosas han cambiado, la caracterización de las vampiresas y el campo semántico del musical. Las vampiresas del 37 están envueltas en una amargura que no tenían cinco años atrás. Todo parece indicar que los guionistas –guiados quizás por la censura- se propusieron que aquellas chicas liberadas, de intereses claros pero no explícitamente marcados, con una inocencia y dulzura que las hacía ver como juguetonas jóvenes de afable y simpático trato que se ganaban a los hombres, a través de juegos de seducción inocentes y hasta cierto punto cándidos en 1933, fueran en 1937 verdaderas cazafortunas, cuyos pensamientos van de la depredación más explícita al disfraz de la inocencia. Solo queda en este grupo una joven que busca un trabajo y que quiere ganarse la vida honradamente sin lapidar la fortuna de nadie ni atrapar hombres con amañadas artimañas seductoras, y esa es Norma.

Fotograma de Gold Diggers de 1937De igual forma, el atisbo de una guerra que se avizoraba puede observarse en el lenguaje de los temas musicales como All’s Fair in Love and War, donde cañonazos, tiros, banderas y rifles, se mezclan con perfumeros, vestidos y jóvenes hermosas. La representación de la guerra es clara y una evidente preocupación. Gold Diggers of 1937, continua con la historia de J.J. Hobart, un hipocondríaco productor musical que está montando un nuevo show, pero sus colaboradores Morty Wethered y Tom Hugo se han jugado el presupuesto y lo han perdido. Genevieve, amiga de Norma les propone la idea de hacerle un seguro de vida por, si realmente muere, recuperar lo perdido y para ello tiene la empresa perfecta. Es aquí donde interviene Rosmer, el joven asegurador y cantante totalmente inútil en el negocio, pero a quien Norma, la hermosa chica que conoció en el tren, ayudó para que consiguiera esa jugosa póliza.

Dentro del elenco repiten protagonismo la pareja Powell- Blondell. Glenda Farrel, quien en el filme anterior era la estenógrafa de Mosley Thorpe, una profesión especie de comodín para estas jóvenes cazafortunas, ahora será la que cace al magnate de Broadway y muestre que tiene su pequeño corazoncito. Entre las estrellas nuevas de la saga están Rosalind Marquis como Sally y Lee Dixon como Boop Oglethorpe, pareja de baile que es la contrapartida de Powell y Blondell. Dirigida por Lloyd Bacon, quien ya había colaborado con Berkeley en 42nd Street, en el filme podemos observar nuevamente el estilo berkeleano o aportes enriquecidos como esos movimientos de cámara que van de un gran plano general a poderosos acercamientos de los rostros, las profundos contrastes monocromáticos, las increíbles tomas con grúas, la sincronización de esos escenarios inmensos o las tomas cenitales.

Bailarinas en Gold Diggers de 1937En este filme hay una mayor cantidad de números musicales, aunque no todos destacan por su energía y autenticidad. All’s Fair in Love and War, el mejor número del filme es una gigantesca coreografía donde participaron más de 104 bailarinas vestidas en trajes militares y motivos bélicos. Le siguen en orden de calidad With Plenty of Money and You y Speaking of the Weather, donde vuelven a resaltar la encantadora pareja Powel-Blondell. Y entre los más desabridos, Let’s Put Our Heads Together, donde destaca la pareja de Marquis-Dixon bailando tap, y Life Insurance Song. Del metraje final fue retirado un sexto número, Hush Mah Mouth, del cual no existe mayor información. Con Gold Diggers of 1937, Berkeley fue nuevamente nominado a la Academia como Mejor Dirección de Baile por el numero All’s Fair in Love and War, verdadero prodigio de manejo de grandes masas de bailarines, escenografías monumentales y coreografías caleidoscópicas.

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Ven y mira aficheToda la crudeza de la invasión nazi en clave evolutiva. La adolescencia de Florya es el hilo conductor que nos devela una realidad disímil a lo que el género suele mostrar. Lo bélico ya no en términos de combate épico, sino como apelación al sufrimiento humano, padecimiento de quien se encuentra en medio del combate y debe apelar a la improvisación sin resultado. Miseria del Tercer Reich puesta de manifiesto en violentos actos de cobardía.

Es la historia de un adolescente que quiere ir a la guerra y lo consigue; nos impone su realidad a partir de un rostro en primeros planos desgarradores que combinan tristeza, estupor, angustia y locura. Un tránsito acelerado, con mecanismos psicológicos que se ven sobrepasados por el límite que impone la lógica de los hechos. Suerte de inercia inicial, que de actitud condescendiente se transforma en acceso directo a la crueldad. Explosiones por doquier dan cuenta de la fragilidad humana en contexto bélico.

Florya es un adolescente que va a la guerra y descubre que no es un juego: los nazis masacran a su gente. A partir de allí, se inicia una peripecia que lo tendrá poco como protagonista y mucho como observador en riesgo. Es la postura típica del novato aprendiz, la vida apela a su momento, lo lúdico se transforma en tragedia, pasaje del juego al acto en un abrir y cerrar de ojos. Desarrollo traumático que se aferra a una inmadurez acorde a edad y contexto familiar. La cámara sigue a nuestro protagonista en extensos travellings, a la vez que en primeros planos nos revela todo lo trágico de su experiencia.

Puestas en escena donde la naturaleza se adueña de la historia como amplificación de un azar bajo control del ejército nazi. Mucho espacio abierto que vuelve vulnerable al  humano sin distinción. La circunstancia servirá para un contrapunto que exhibirá la valía de las tropas soviéticas, a pesar de la dureza que el momento amerita.

Ven y mira fotograma

Un drama que impresiona por el sadismo extremo. La muerte y lo lúdico se dan la mano; se unen para eclipsar las ilusiones de un muchacho que no quería quedar rezagado a la hora de convertirse en hombre.

Varias escenas, con personajes hablando a la cámara en primer plano, reafirman la realidad de lo vivido. Una comunicación con el espectador que a la vez es directa e indirecta. Invitación a transitar en travellings que continúan tras una alocada carrera por negar lo evidente. Florya no permite que la realidad lo alcance, es la sensación que deja a un espectador que tampoco puede alcanzarlo. El pasaje de la adolescencia a la adultez es disparado a la manera de un caballo desbocado prisionero de una paradoja: es carrera  y parálisis a la vez. El rostro se petrifica. Refleja el estupor y la rigidez ante una circunstancia imposible de modificar. Valga la insistencia en todo tipo de primeros planos que grafican el sentir del protagonista para trasmitirlo a cabalidad.

Obra dotada de un realismo que nos involucra, no solo desde la vivencia de los personajes, sino también, desde balaceras y explosiones que, tras un inicio furtivo, se vuelven esperables a cada momento. El clima de inseguridad va ganando terreno en sincronía con el desplazamiento a través del vasto y agreste territorio.

Ven y mira escena

Escenas documentales, en conjunción con rituales que juegan con el tiempo, son necesarias para descargar la ira de un adolescente escaso de herramientas adaptativas. Es la necesidad de un retroceso que simboliza el retorno al principio de los condicionamientos: que habría pasado si no hubiera pasado lo que pasó. La responsabilidad recae sobre las imágenes del führer, ofician a manera de descarga propiciada por la impotencia. Un juego con el tiempo y el espacio que remarca coincidencias, entre la experiencia del protagonista y los hechos históricos, bajo un condicional que solo brinda oportunidad a la fantasía. Es emergencia en doble sentido: demanda de solución inmediata y surgimiento en conexión. Un intento, por sanar la vida propia y ajena, sumergido en la incongruencia temporal; no hay lugar para procesos.

El renacimiento, desde la ingenuidad, es vinculado con la muerte. La persistente presencia de una cigüeña, en medio del campo mojado y en presencia de acciones lúdicas de Gasha y Florya, nos permite asociar la credulidad del niño frente a lo que se viene. El agua como símbolo de un necesario y acelerado reposicionamiento frente a lo que se espera de la vida. Cambio de planes que la naturaleza anuncia, los adolescentes de turno deben adaptarse a algo extremo, es un volver a empezar que destruye las normales expectativas para una edad de tránsito. La realidad golpeará duro, será precondición para renacer en un contexto inesperado que destruirá toda fantasía previa. El huevo, destruido por Florya en su caminata por el campo, es la ruptura apresurada del cascarón asociada a la tragedia que se avecina. Podemos apreciar el embrión, muerto por la bota negligente del humano, como representación cabal de la ruptura violenta de una etapa por medio de un acto violento. La muerte está presente como precondición de esa salida a destiempo del “cascarón”; es la destrucción de una fase del desarrollo. El embrión es violentado al igual que la adolescencia de Florya. Todo es resultado de la negligencia humana bajo circunstancias donde los pequeños detalles no son considerados. La guerra es violencia sin miramientos, actos que permanecen lejanos a una conciencia protegida por provisorias éticas alternativas, que no considera la gradualidad de la vida. Moralidad que suele desandar los  caminos recorridos para la conquista de principios que aseguran el respeto a los derechos individuales.

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Los esbozos de protección  se convierten en acciones de riesgo; el campamento no es más seguro que el frente de batalla. La fortuna juega un rol fundamental y está al servicio de la lógica de un guion que necesita establecer esa polaridad entre el testigo fortuito y el asesinato de la población. Florya es quien nos muestra la masacre, sentimos a través de las emociones que expresa en medio del caos. Es el elegido, la firme representación de la inocencia abortada, para un renacimiento donde el espacio de reflexión está ausente; la necesidad de sobrevivir trasciende a la de entender. Las emociones mandan ante la vorágine de estímulos a la vez esperados e inesperados. Un niño–adolescente– “hombre en tránsito” cursa actos de espontaneidad atípicos, que no contribuyen a la estabilización de su personalidad. Crisis pura en su máxima expresión. Imposibilidad de salida, más allá de pequeños “momentos de satisfacción” por “ éxitos” que, de manera imprevisible, se desmoronan en cuestión de segundos.

Ven y mira es la última película de Elem Klimov, quien cierra su carrera con broche de oro.  Un filme de colección y, sin lugar a dudas, uno de los mejores del género en la historia del cine.

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Cartel de la película VértigoDesde mis incipientes comienzos de aficionado al cine tengo predilección por Alfred Hitchcock. Quizás ello tenga que ver con su aparición en programas de televisión que me encantaban, en los que hablaba de la magia del cine, del misterio y del suspenso. Es probable que contribuya también la selección de grandes actores en sus películas, como James Steward, Cary Grant, Anthony Perkins, Rod Taylor, en compañía de grandes actrices, a la vez bellas y rubias, como Ingrid Bergman, Grace Kelly, Janet Leigh, Tippi Hedren y Kim Novack.

Vértigo es una de esa películas que no deja de sorprender y de llamar la atención, no importa cuántas veces se la vea. Pienso que ello tiene que ver con el impresionante trabajo que hace Alfred Hitchcock con relación a la puesta en escena y al montaje. Cada cuadro está cuidadosamente estudiado y diseñado, pleno en detalles capaces de atraer la atención del espectador, que no puede menos que encantarse mentalmente. El espectador sabe que varios de los objetos van a ser fundamentales en la historia, no solamente porque el director se encarga de resaltarlos por medio de sus formas y colores, y por los enfoques de la cámara, sino también porque provoca lo intuitivo, entregando claves y preguntas sutiles que se desprenden de la historia. En esa forma el espectador se convierte en un detective más, lleno de preguntas y de respuestas. Y ello ocurre en el ambiente de la bella ciudad de San Francisco y sus alrededores, y esta ciudad normalmente no defrauda a los amantes del cine.

Vertigo, de Alfred HitchcockVértigo es la historia de John ‘Scottie’ Ferguson, un hombre ya maduro, bien parecido, inteligente, de humor fino, que oscila entre varios mundos. El personaje, protagonizado por James Stewart, se nos antoja que es un hábil investigador policial, un observador fino y paciente, capaz de descifrar cualquier historia de suspenso a la cual deba enfrentarse. Pero, a la vez, es un ser extraño, tímido en su acercamiento a las mujeres, por las cuales siente una fuerte atracción mezclada con temores prácticamente insuperables. Vive una extraña historia de amor, obsesionado por Madeleine, una misteriosa mujer que lo atrapa con sus misterios insondables y que lo deja abandonado y literalmente enloquecido.

Kim Novak y James Stewart en VértigoSin embargo, se trata más bien de una aproximación bastante provocativa a la visión que Hitchcock tiene sobre la mujer y sobre las complejas relaciones hombre-mujer. Aparecen varios mundos paralelos femeninos delineados en el filme. Uno de ellos es el de la mujer maternal, a punto de quedarse soltera, tierna, dispuesta a tratar al hombre como a un niño en crecimiento, por el cual se está dispuesto a hacer muchas cosas, sin esperar nada a cambio. Este rol lo desempeña bastante bien otra rubia, Barbara Bel Geddes, como Midge Wood, amiga fiel de Scottie. Ella es inteligente, de buena conversación y presencia atractiva, pero nada exuberante. Está enamorada de él, pero sin que este apenas se percate, lo cual no impide que le mime, le cuide, le escuche y le soporte en los momentos depresivos y extraños que acostumbra a vivir este protagonista, acosado por sus complejos personales. Midge es la mujer que le acoge y le entiende, que no le deja caer en los momentos de vértigo, como ocurre literalmente en una escena muy significativa cuando recibe en sus manos a este hombre corpulento y bien puesto, presa de súbitos desmayos, ocasión que aprovecha Midge para ofrecer un momento de tierna cercanía corporal a su indiferente amor platónico. Se plantea acá un estilo de desamor, el del hombre que no reconoce y no avanza y el de la mujer que no se atreve y se resigna a la soledad.

Vértigo, la películaKim Novak es la rubia espectacular, brillante en sus dos papeles, el de Madeleine y el Judy, que nos introduce a su vez a varios mundos femeninos, en apariencia productos de la ficción y de la actuación, pero bastante reales para el protagonista y probablemente para las interioridades mismas de Hitchcock. Madeleine es, en ciertos momentos, una esposa obsesionada por fantasmas, que se identifica con una misteriosa dama del pasado, como si de una reencarnación se tratara. Una mujer de impulsos suicidas, que viste con una elegancia absoluta, de piel suave, de miradas a la vez maliciosas y suplicantes, inalcanzable, indescifrable. Este es el mundo de la mujer imposible, fatal, que atrae enamoramientos absolutos y absurdos, que terminan en la locura. Así ocurre en la película, cayendo Scottie en un vértigo de emociones que le hacen sentir una mezcla de impotencia y de deseo.  Es el desamor de la locura, de lo imposible.

Madeleine, no obstante, es también la amante cercana, una especie de virgen del deseo hecha realidad, a la que Scottie, a espaldas de su esposo y de su amiga Midge,  puede tener en su hogar, para él solo, así sea furtivamente, a quien puede desnudar y vestir, porque ella ha pasado por momentos difíciles y juega el papel de mujer débil, que acepta ser acogida, mimada y admirada. Con este tipo de mujer, Scottie experimenta vértigos de pasión y de ternura, siente una felicidad amorosa, pero que sabe duradera solamente en cuanto Madeleine deje sus obsesiones y sus fantasías. Entonces ocurre lo inevitable, cuando los dos amantes despiertan de sus sueños y se deben enfrentar a sus propias realidades y miedos. Es el desamor causado por la realidad, por lo inevitable, es la máxima frustración y puede conducir a una cierta locura, incluso la depresión y hasta la muerte, cuando todo finalmente se destruye.

James Stewart en VértigoAparece sorpresivamente Judy, mujer poco profunda y sencilla, dependienta de tienda, con suficiente ingenio para sobrevivir en la gran ciudad, pero siempre mezclado con algo de temor. Novak es entonces una rubia venida del campo, en busca de mejor vida, quizás curiosa y ansiosa de aventuras con algún galán, sin mayores escrúpulos, muy hermosa, una mezcla de inocencia y malicia. Es la mujer que se deja conquistar, aceptando pequeños y grandes detalles, que van conformando una red de amor en la cual cae el conquistador… hasta que surge la verdad escondida que apaga el amor naciente y lo transforma en una mezcla de desprecio y decepción, y el conquistador, abandonada la esperanza, se aleja indiferente, sordo a las posibilidades que aparecen cuando el amor es sinónimo de confianza ilusionada.

Es curioso que un maestro del cine de misterio aproveche una historia detectivesca para mostrar sus búsquedas, sus impotencias, sus frustraciones y sus delirios ante el alma femenina. Al hacerlo, se ha revelado también como un maestro explorador de los insondables misterios femeninos.

Tráiler:

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Cartel de vincent, de Tim BurtonUno de los directores más populares que ha interiorizado el expresionismo es Tim Burton. Vincent se podría considerar su primera pieza audiovisual completa y un resumen estilístico de toda su posterior obra. Es un cortometraje en blanco y negro que cuenta la historia de Vincent Malloy, un niño que sueña con ser el actor Vincent Price. Tiene tal punto de obsesión por encarnar sus interpretaciones, especialmente las de los relatos de Edgar Allan Poe, que llega a confundir la realidad con el mundo de fantasía que ha construido. Esto le hace ser un niño solitario, introvertido, marginal… que no consigue sentirse integrado.

Vincent es, sin duda, una obra caligarista. ¿Por qué? Porque tiene el mismo estilo que El gabinete del Dr. Caligari, la pieza es ejemplar en el cine expresionista.

El gabinete del Dr. Caligari

El expresionismo tuvo lugar en un momento y lugar precisos, entre 1905 y 1933 en Alemania. Como todas las demás artes, el cine fue partícipe de este “movimiento” –si me permitís llamarle así, con el entrecomillado– y su primera película fue El gabinete del Dr. Caligari (aun teniendo en cuenta los precursores). Fue producida en un contexto de crisis material y moral al finalizar la Primera Guerra Mundial. El famoso doctor Caligari (Werner Krauss) y su fiel ayudante, el sonámbulo Cesare (Conrad Veidt), llegan a Holstenwall para actuar. Cesare ha estado dormido durante veintitrés años y asegura que puede leer el futuro. Tras su arribada, se produce un asesinato. Francis (Friedrich Feher) y su amigo Alan (Hans Heinrich von Twardowski) aprovechan la oportunidad y van a presenciar el espectáculo. Cuando este se acaba, Cesare confirma que Alan morirá antes del amanecer. Y así sucede. Francis, entonces, duda de ellos y empieza a investigar quiénes son realmente y qué secretos ocultan.

El expresionismo, sin contar con un gran número de exponentes, ha podido tener mucha influencia en el cine posterior porque, al empezar la Segunda Guerra Mundial, técnicos expresionistas alemanes se exiliaron en Estados Unidos, donde influenciaron en sus producciones cinematográficas… y llegaron a manos de Tim Burton.

Fotograma del cortometraje Vincent

Una de las características expresionistas en Vincent es la distorsión, desfiguración y deformación formal de las personas y de los ambientes para poder expresar una visión pesimista de la sociedad y del protagonista. Las circunstancias que se explican son la locura, la enfermedad, la desesperación, las pesadillas, la muerte… Vincent se considera diferente al resto de la humanidad, por eso crea su propio mundo interior. Y aquí entrarían las realidades paralelas y las dobles personalidades tan típicas del expresionismo. Al mostrar sus sentimientos interiores, que son turbulentos, crea un gran impacto emocional y subjetivismo. Su vida es un caos: en vez de tocar la flauta, fuma un cigarro; en vez de soñar con ser Vincent Price, lo es; no vive con perros y gatos, sino con murciélagos y arañas; no es amable con su tía, sino que la convierte en una estatua de cera; no cava en el huerto de flores de su madre, sino que le cava una tumba a su esposa viva; su madre no le castiga, sino que es desterrado a la torre de condenación; y tampoco le regaña, sino que enloquece.

En relación a las actitudes antinaturalistas de las personas, hay una cierta teatralización y exageración, lo que comporta un exceso de gesticulación –aun siendo animación. El cine mudo ya de por sí es gestual, pero el expresionista lo es especialmente. Y en esto, el maquillaje ha intervenido: es fuerte para poder acentuar los rasgos del personaje y endurecer la expresividad. No creo que sea casualidad que a la hora de caracterizar al protagonista, Burton se haya basado en la fisionomía de Cesare: el pelo negro y despeinado, los ojos remarcados y hundidos, la piel blanca, la cara alargada y los cuerpos largos y delgados. Asimismo, existe una ambigüedad en la idea de perversidad. El mal puede ser repulsivo, pero también atractivo.

Vincent - Caligari

Y finalmente, en cuanto a los ambientes, los decorados utilizados en el universo onírico nos transmiten una sensación de irrealidad, perspectivas y medidas imposibles. Tienen un rol significante, porque no reproducen la realidad, sino la realidad subjetiva, que crea climas inquietantes, de terror, agobio y locura. En primer lugar, se debe a la iluminación: se utilizan claroscuros, contrastes entre luces y sombras, y sombras exageradamente largas. En esta ocasión, hay un plano que recuerda a Nosferatu y su famosa escena de la sombra. En segundo lugar, a la escenografía: líneas oblicuas, espacios estrechos y distorsionados. Y en tercer lugar, por los planos de cámara y las perspectivas angulosas.

Vincent - Nosferatu

Con estas cuestiones se muestra por qué Vincent es expresionista. Burton ha recuperado su estética, su temática y ha homenajeado El gabinete del Dr. Caligari y Nosferatu, pero con un sello personal: el expresionismo, mezclado con el neogótico y con esa visión amable del terror.

Porque sí, es terror. Cumple con todos los requisitos de este género: hay fuentes que son la literatura; en la iluminación abundan los claroscuros; los espacios son los comunes (noche, torre, laboratorio lúgubre, jardín decadente); la banda sonora es densa y con efectos en contrapuntos escalofriantes, típicos de una película de terror; los argumentos giran en torno a la crueldad humana, la representación del mal, lo oculto, lo misterioso, la pérdida de identidad, el miedo a la locura…; y la sensación que te produce la pieza es de preocupación, de suspenso.

Tim Burton es un valiente, porque el expresionismo es de valientes: los autores y los personajes se abren en canal para mostrar sus estados de ánimo y sentimientos más profundos, pero esta vez a través de los escenarios. ¡Y sabiendo que quizás no llegarán a ser comprendidos del todo! Por lo tanto, sus características, tanto estilísticas como temáticas, nos siguen sorprendiendo actualmente. Por eso, Vincent es especial, singular, exclusivo… y hay que darle oportunidades.

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Viva la libertad, cartelLa libertad es uno de esos valores soñados que el ser humano no ha podido conquistar completamente. El lema de Colombia, mi sufrido país, azotado desde su misma fundación por la violencia, dice “Libertad y Orden” a modo de símbolo de ese complejo equilibrio entre dos situaciones deseables y frecuentemente contradictorias. Algo así como el agua y el aceite, en apariencia incompatibles, pero en realidad apareados para que exista la vida, ya que la sabiduría biológica conduce a que haya entidades bioquímicas con dos expresiones: en un extremo son hidrofóbicas y liofílicas (enemigas del agua y afines al aceite), en el otro, lo contrario. Las células contienen una región hidrofóbica, formada por cadenas de ácidos grasos y otra de terminaciones hidrofílicas, formada por grupos fosfato. Acá hay claves para el equilibrio de los opuestos que la humanidad quizás debiera explorar con mayor interés.

El cine es una importante herramienta de exploración de estos equilibrios, de estos opuestos. Tiene la ventaja de que puede atreverse a plantear nuevas posibilidades y de proponer rompimientos de  paradigmas en formas variadas: entretenimiento, arte, aventura, suspenso, comedia, drama, documental. Tiene la ventaja adicional de que todos podemos opinar y sentir la experiencia de la obra que vemos, como si fuera verdad, participando como espectadores, idealmente llenos de imaginación y de creatividad. En este sentido, toda película tiene el potencial para  transformarnos, ya que genera imágenes poderosas que quedan flotantes, a modo de surcos mentales, generando opciones. Pienso que en la medida en que seamos capaces de contemplar una cinta con esta doble capacidad de atracción y repulsión, es más factible que nos transforme y que nos sirva de instrumento para cambiar el mundo.

A nous, la libertéSe me ocurren estos comentarios luego de disfrutar de Viva la libertad, la película clásica de René Clair, quizás bastante olvidada, con frecuencia duramente criticada desde la modernidad, pero que en su momento fue aclamada por los públicos y los críticos. Considero que Clair se atreve con provocativas propuestas paradigmáticas, que vale la pena considerar, a la vez que en su película desarrolló esquemas novedosos, en una época en que el cine sonoro irrumpía decididamente.

Viva la libertad es un tesorito amoroso, hecho con extremada delicadeza, que se refleja en sus tiempos lentos, en las expresiones de los actores y en las combinaciones entre la música coral y las actuaciones. El tema que la define es duro y serio, ya que se refiere a la pérdida de la libertad en casi todas las actividades humanas, sean estas las cárceles y castigos, las fábricas, las escuelas, las reuniones, las cenas, las pandillas criminales. Sin embargo, en vez de suscitar cargas de amargura y desesperación y el irresistible deseo de destruirlo todo, se proponen la amistad para siempre, pase lo que pase, y la alegría musical como bálsamos que mantienen vivo el humanismo y los sentimientos de libertad. Se propone la siguiente idea, que es el título profundo de la película: “para nosotros… la libertad”, como bien no negociable, en la medida en que haya amistad duradera, que supere los azares del tiempo y de las circunstancias.

Fotograma de la película Viva la libertadVale la pena, entonces, señalar que el filme es la historia de dos amigos que se conocen en la cárcel, donde comparten celdas, donde se soportan mutuamente, literalmente, hasta que uno de ellos logra fugarse, para convertirse en un rico industrial. El otro, eventualmente, cumple su condena y, en medio de curiosas circunstancias, termina trabajando para su amigo en una moderna fábrica, donde se labora como en una cárcel… de la cual los dos amigos van a fugarse, apoyados el uno por el otro, es decir, en su amistad que todo lo vence.

Viva la libertad es un canto a la incertidumbre, como elemento que se opone a las estructuras humanas modernas y ordenadas. En provocativas escenas, describe con todo detalle lo que sucede cuando cualquier elemento humano que interviene de una cadena ordenada se atreve a generar perturbaciones, no importa lo pequeñas que ellas sean: se producen el caos y el desorden. Es decir, detrás del orden diseñado por el hombre subyace la clara posibilidad del inevitable caos, y mientras más ordenada la estructura, potencialmente más débil. ¿Cómo se enfrentan estas posibilidades? Es evidente, desde la película, que la respuesta humana a la incertidumbre es el control vigilante, simbolizado por los guardias de la prisión y por los supervisores de la planta, y el hacer sentir a los participantes que ellos son igualmente estructuras ordenadas controladas por el proceso mismo. Pero, como propone Viva la libertad las personas se enamoran, se cansan, se distraen, se olvidan, tienen ataques libertarios, y todo ello los lleva a generar perturbaciones y a provocar desorden. Subyace en la propuesta de Clair algo que se iba a descubrir unos años más tarde, bajo el liderazgo pionero de Gregory Bateson, la inevitable condición humana como fuente de perturbación de los sistemas sociales y las posibilidades del enfoque humanista del comportamiento para lograr la coherencia social.

A nosotros la libertad

A la vez que René Clair se muestra absolutamente crítico con la deshumanización de la era industrial mecanizada sin remedio y con la tragedia de las cárceles, donde las personas son números, propone el canto y la música como elementos estéticos inspiradores de sentimientos de libertad más allá de la opresión que se siente. Es el canto de los amigos que saben que, en el fondo de sus esencias humanas, son libres.

Y desde el punto de vista del cine sonoro que irrumpe, utiliza el lenguaje casi a modo de tartamudeo, como queriendo decir que el hombre apenas empieza a descubrir las ventajas de la libertad y por eso acaso si balbucea, todavía sin coherencia, ante un bien tan valioso.  En cambio, los cantos y los coros son claros, coherentes, armónicos, como queriendo sugerir que en la armonía colectiva, inspirada por lo estético y lo musical, hay posibilidades escondidas para acceder a las expresiones profundas y libres del ser humano.

 

Cuando todo lo que nos rodee parezca ser un proceso operativo,
amigos, disfrutemos de nuestra ociosidad.
Bajo los cielos claros, es bello el destino,
cantemos, disfrutemos.
Que en todos los sitios, la vida sea una melodía.
Solo hace falta un beso para que comencemos.

 

Trailer:

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Vivir su vida aficheUn juego de intermitencias entre lo íntimo y lo expresado, la palabra dice lo que no se sabe sin saberlo. Nana reniega de las dificultades del lenguaje, la cámara oscila en suaves travellings que muestran su rostro en alternancia con la nuca de un proxeneta que seduce a la necesidad sin mayor esfuerzo.

Es la historia de una chica de 22 años, que experimenta la vida sin cuestionamientos en medio de una ambigüedad laxa que se permite ser en la propia naturaleza humana.

Nana tiene dificultades económicas que la llevan al desalojo, busca soluciones que terminan desembocando en la prostitución como alternativa voluntaria. Una expectación que trasunta la ingenuidad como fiel reflejo de la falta de oportunidades por la inexperiencia de una corta vida.

Un filme consagratorio para un Godard comprometido con realidades psicológicas, tratamiento por momentos filosófico que articula a la perfección imagen y sonido. La música de Michel Legrand se asocia a situaciones específicas, en contraposición a la actitud de la protagonista, para desbaratar cualquier posibilidad de tratamiento melodramático. Nana asume su vida desde la propia responsabilidad, la tristeza se filtra, por momentos, desde la incomprensión y desconfianza de las propias palabras, en conjunción con la expresión momentánea de su rostro, mezcla de ingenuidad y coraje naturalizados por la ignorancia del riesgo latente. Logrará materializarse hacia el final, y delatará la falta de previsión. Drama trasmitido sin crudeza, aunque si con firmeza; estados de ánimo que delatan el desconocimiento de lo que se está viviendo. El efecto, en su posibilidad, será bloqueado por un final abrupto. Es la ausencia de un tiempo que nunca llega: la oportunidad no es tal.

Vivir su vida fotograma

El tema de la identidad está planteado desde primeros planos que capturan discursos de espaldas a la cámara y perfiles de Nana en penumbra. Está en construcción e intenta asociarse a un discurso que no es suficiente para situar y exponer lo que se es y lo que se quiere ser. La penúltima secuencia exhibe una conversación, el filósofo busca aportar elementos al descubrimiento del ser en proceso. Es el arquetipo del viejo sabio en acción, la experiencia que pretende la contribución a la humanidad por intermedio del diálogo. Utilizará el discurso en metáfora para clarificar la necesidad del hacer como dicotómico al pensar, aunque, y, paradójicamente, la catástrofe sobrevendrá por irreflexión. El tiempo no ayuda, la libertad flota en la inconsciencia, aun no existe la capacidad de reconocer el riesgo y, en ese sentido, la protagonista delata su lentitud en la maduración, se deja llevar por la vida, vive a través de la acción, la palabra se demuestra ausente en la significación de lo relevante. El punto ya no es discurso versus acción, sino discurso aclaratorio de consecuencias posibles para efectivizar una real elección responsable.

Y, otra vez, las palabras traicionan. La idea de responsabilidad de Nana se asocia a vivencias por elección inmediata, no hay proceso intermediario. Un alto en el camino para la reflexión y la evaluación de alternativas, todo fluye al momento para crear la ilusión de una libertad que no es tal, quizá, condicionada por una circunstancia social que no brinda muchas opciones. Casi todos los encuentros con hombres parecen reducirse a la obtención de dinero en un trasfondo sexual. Lo que queda claro es que nadie está dispuesto a prestar 2.000 francos para pagar el alquiler, nada es a cambio de nada.

La mujer como mercancía, la libertad se diluye ante la necesidad material que conduce a la explotación desde la inconsciencia del otro.

Vivir su vida plano

La muerte como liberación es anticipada por la escena del cine, donde la Juana de Arco de Carl Theodor Dreyer, asume, entre lágrimas, “su destino” sin cuestionamiento alguno. Nana puede empatizar, la reacción fisiológica automática evidencia ausencia de significado en palabras, se siente sin saber lo que se siente y por qué. Así funcionará el personaje de Godard; en primer plano alternado con la imagen de María Falconetti, su estado actual es así evidenciado.

Nos viene al recuerdo la máxima socrática: “solo sé que nada sé”. El lenguaje se manifiesta como posibilidad a la vez que obstáculo, esta es la única conciencia que prevalece y molesta, no hay registro de más nada, solo resta hacer dejándose llevar por la oportunidad.

El discurso final del viejo no tiene desperdicio: “De la vida cotidiana uno se eleva a una vida…, llamémosla superior. Es la vida con el pensamiento. Pero esta vida presupone que se ha matado la vida muy cotidiana, la vida demasiado elemental.”

El relato de Godard irradia pesimismo disfrazado de aceptación de condiciones vitales que, por ser tales, deben ser vividas porque para eso están. Una especie de destino a transitar desde la responsabilidad que aprovecha lo que hay sin ocuparse de crear nada. Juana de Arco se somete al rol que Dios le asignó, confía en lo determinante como ineludible, Nana captura la oportunidad de manera irreflexiva, a modo de destino natural incuestionable. Es la opción inalterable que la vida nos presenta. Una concepción que vive desde lo que surge, no crea, aprovecha lo que aparece sin intención de transformarlo en algo beneficioso porque, justamente, así es la vida, lo que se nos ofrece en presente como algo independiente de nosotros, nuestra responsabilidad consiste en elecciones de aceptación o descarte. Somos entidades que transitan por la vida, no seres creativos que transforman su destino según necesidades propias. Este enfoque fluye a partir de las acciones de Nana y marca un devenir con un final excluyente de comprensión, se terminará padeciendo.

Vivir su vida escena

La responsabilidad es elección sin intervención, no hay generación de alternativas sino aprovechamiento de oportunidades no creadas por el sujeto.

El filme anuncia dos caras de una misma moneda: la individual y la social. Lo macabro se naturaliza detrás de los “fallos” de una humanidad en dificultades. La comunicación es herramienta para la toma de conciencia, pensamos con un lenguaje hecho para entender, el discurso es de doble vía, con nosotros y los otros. Sin embargo, su utilización puede confundirnos por ineptitud personal y/o manipulación ajena. Ambas posibilidades pueden asociarse para conducirnos a un fracaso que, tal vez, ni siquiera seamos capaces de visualizar por falta de tiempo vital, experiencia o adecuadas condiciones sociales.

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Waterloo aficheRelato de la epopeya que culmina con los propósitos  del emperador francés, luego de haber recuperado el poder.

Napoleón se fuga de la Isla de Elba con mil soldados; es recibido por el pueblo de Francia;  el rey Luis XVIII (Orson Welles) debe fugarse  al perder el apoyo del ejército. Bonaparte se enfrentará al Duque de Wellington en Waterloo e intentará afianzar su hegemonía en Europa.

Un filme militar, que evita el tratamiento en profundidad de personajes y se centra en las vicisitudes de la guerra. La táctica y la estrategia se reafirman como apuntes privilegiados para el sentido de la obra. La cámara revela los momentos anteriores y de la batalla en sí, con un montaje que alterna  el estado de cada uno de los líderes. Planos generales pictóricos nos develan un combate que jamás estuvo librado al azar; la planificación es mostrada desde un resultado previo al desenlace, con una estética que nos sitúa frente a un fresco de época. Resalta el orden en una batalla que nunca es ofrecida como algo caótico, ni siquiera en los prolijos planos que resaltan el contacto de los cuerpos. A pesar de la reyerta, siempre está presente esa idea de lo a-priori pensado, calculado; una lógica de guerra que sirve para expresar una visión sobre la derrota de Bonaparte en Waterloo.

La faceta de la personalidad que se aborda es la que está al servicio del éxito o fracaso bélico; esa voluntad que no claudica y está dispuesta a exponer la propia vida, al final lo llevará a un desenlace no esperado, aunque presente dentro del cálculo de probabilidades. Y es que, Napoleón es eximido de la mayor responsabilidad. Los sucesos adversos acaecen en su momentánea ausencia, que proporciona cierto margen de decisión a sus subalternos, desde un sentido común que demuestra ser esquivo cuando hay ausencia de criterio definido y hasta propio. La táctica, como conjunto de reglas y principios de combate, termina dejando en claro su estrecha dependencia de la seguridad y la inteligencia. Bonaparte se ausenta por razones de fuerza mayor, y el rumbo de la batalla cambia. La película nos dice que el líder no es responsable por el resultado final, un conjunto de circunstancias se combinan para que, en un instante, los sucesos sean revertidos: Ney ataca sin el respaldo de la infantería y Grouchy se atiene estrictamente a órdenes dadas bajo una circunstancia específica que ya cambió. Por algo, Napoleón está a cargo; es el responsable de los posibles éxitos que puedan sucederse. Es la demostración de los atributos necesarios para conducir una campaña militar hacia el éxito que, si bien debe sostenerse sobre firmes conocimientos de táctica y estrategia militar, también tiene que integrar la aplicación del sentido común en base a sólidos criterios y firme determinación. Es de lo que adolecen sus subalternos y de donde deviene el mérito.

Waterloo fotograma

Bonaparte es todo y dueño de todo, su control es absoluto, aunque observa la flexibilidad necesaria como para negociar y mantener a todos conformes. Sus subalternos no pierden prestigio tras haber servido al depuesto Luis XVIII, no son excluidos del nuevo régimen.

No obstante estas apreciaciones, hay lugar también para el ensalzamiento de un ansia de posesión que necesita ejercer dominio sobre los demás, en aras de asegurar un futuro donde solo cuenta el prestigio personal, incluso, más allá de la muerte. La trascendencia por el vástago debe ser satisfecha a cualquier precio, la ausencia del hijo, bajo influencia del enemigo, despierta su más hondo dolor.

Wellington, en la vereda de enfrente, es la alternativa que menosprecia a sus dirigidos, reclutas de condenables costumbres, cuya lealtad puede ser comprada por un trago de ginebra;  no comparables a la dignidad de un noble.

Bondarchuk contrapone dos personalidades desde lo fílmico. El montaje alterna a ambas figuras en el padecimiento de una misma situación. Planos compartidos que, con frecuencia, terminan en la utilización del zoom. Son destacadas expresiones en primerísimo primer plano o plano detalle, de los ojos (en especial de Napoleón), como intento de escudriñar en el fiel pensar y sentir. Frente a la vivencia de la misma situación, aparecen Bonaparte y Wellington: verbalizan  la interpretación de los hechos. Queda claro que el realizador gusta de contraponer, en lo inmediato, las reacciones de ambos para diferenciar sus maneras de comprender lo que está sucediendo, junto a sus modalidades decisorias.

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Un filme que permanentemente articula el uso del zoom con movimientos de cámara que van llevando la acción, dentro del plano, hacia una diversidad de encuadres de manera suave y continuada. El resultado es una mayor integración, que dota a la acción de fluidez y  propone varios pasajes donde los cortes se vuelven casi imperceptibles. Un juego de alternancia, donde  puede pasarse de lo general a lo particular o viceversa, con suaves paneos e incluso con muy pequeños movimientos de travelling, delimitando varios encuadres en pequeñas variaciones y sin un solo corte. Planos que, sin ser demasiado largos, expresan varias ideas de una manera natural, que integra los cortes, para evitar saltos abruptos en la expresión de los contenidos. Una dinámica que hace gala de la presentación de diversas microsituaciones integradas en significados más globales. Pocos movimientos de cámara, el zoom es aprovechado al máximo.

Las escenas de batalla implicaron un despliegue tecnológico de suma exigencia: cinco cámaras panavisión fueron manipuladas desde camiones, helicópteros, grúas y hasta una locomotora.

Múltiples puestas en escena que denotan un cuidado extremo, no solo en la delimitación de diversos contextos, sino también, en referencia a sus transformaciones por los avatares del clima y el conflicto.  Acertada reconstrucción de época, donde también destaca el vestuario.

El presupuesto total fue de 25 millones de dólares, de los cuales se recuperaron solo un 1,4 millones,  todo un fracaso de taquilla.

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El ejército ruso colaboró con 20.000 efectivos, que debieron instruirse en las modalidades de combate de la época (1815). El compromiso de la entonces Unión Soviética evitó la triplicación del presupuesto y aportó una mayor dosis de realismo a la campaña militar, con soldados que, si bien debieron atravesar un proceso de aprendizaje para adecuarse a las formas del períodos histórico, no eran del todo ajenos a la disciplina castrense, al menos, no tanto como podría haber significado para extras no vinculados al régimen militar.

También prestaron colaboración ingenieros  y un equipo de trabajadores que, bajo la supervisión del director artístico Mario Garbuglia, acondicionaron el territorio a fin de imprimir un mayor realismo y credibilidad a la narración. Se removió tierra para crear un valle y dos colinas y, además, se construyeron algunos edificios históricos que emulaban la presencia de importantes granjas de la época. Todo esto fue solo parte de los trabajos realizados, en aras de obtener una adecuada reconstrucción histórica , que terminó siendo exquisita.

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WoyzeckCartelLa filmografía del autor alemán Werner Herzog se ha caracterizado por un modelo en el que prima la psicología frente a la acción, alejándose del modo de representación hollywoodiense. Sus personajes están dotados por un impulso de muerte mientras el realizador penetra en una búsqueda poética y estética que bucea alrededor del misterio, la ilusión y la realidad. Tanto si trabaja en ficción o documental, Herzog se sirve de un fuerte control de la puesta en escena, músicas y ralentizados. Obsesionado por la locura, por la relación del individuo frente a las normas sociales y sus circunstancias vitales, no es de extrañar que se interesara en la adaptación de la obra teatral homónima del romántico alemán Georg Büchner. La dejó inconclusa a su muerte en 1837.

La trama está basada en un caso real de un asesino confeso decapitado en Leizpig en 1824. Precisamente, fue la primera vez que en el país germano se esgrimió una defensa basada en la enfermedad mental como atenuante o eximente del delito. Pero la pieza teatral se hizo célebre por su adaptación operística por parte de Alban Berg, estrenada en Berlín en 1925 y denominada Wozzeck por un error de transcripción que se mantuvo conscientemente. Es considerada una de las óperas imprescindibles de la historia. Su fama se asienta en una atonalidad libre, en ser partícipe del movimiento de la nueva objetividad y en una precisión mecánica que todavía resulta desafiante para muchos. Berg recogió, de los 27 fragmentos de extensiones desiguales  y orden incierto que se contienen en la obra literaria original, 15 de ellos, para conformar tres actos de cinco escenas cada uno. Herzog, por su parte, se inclinó por dotar al texto de una continuidad causal para abordar su discurso y sellarlo con una lógica de montaje cinematográfico.

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¿Y de qué trata Woyzeck? Pues con la obra  nos adentramos en un laberinto de alineación, violencia y muerte. Habla de la tragedia de la pobreza, de la degradación del hombre, de la violencia machista, del desequilibrio mental y emocional, del abuso de poder, del desprecio a los inferiores en el orden social y de la incomprensión o aislamiento. Y si bien la puesta en escena del director puede resultar atemporal, sumergido en las humillaciones que un soldado debe soportar de sus superiores, es posible trasladarse desde cualquier contienda bélica hasta ámbitos laborales de la sociedad industrial; incluso en la actualidad, su poder de conmoción y repulsión siguen persistiendo. Al autor de Fitzcarraldo (1982) le basta la primera secuencia para mostrar al espectador la repugnante violencia ejercida sobre los más débiles. Una instrucción militar con imagen acelerada, reduciendo al absurdo el mundo vejatorio al que debe someterse el protagonista.

A pesar de la escena comentada y la excelente adaptación del momento álgido del largometraje, en la que se recurre a la ralentización para volcar todo el patetismo emocional del momento, en el resto de la película el director mantiene una mirada distanciada. Con simplicidad en decorados, montaje o movimientos de cámara, Herzog propone un naturalismo cuya fuerza dramática parte de la interpretación de los actores, fundamentalmente de la que nos ofrece Klaus Kinski como Franz Woyzeck. Su intervención está envuelta en una evolución dramática que hace hincapié en su carácter colérico, nervioso, ególatra y atormentado (parece que un histrionismo expresionista que coincide tanto en los rasgos del personaje como en los del actor que lo interpreta). Frente a él, se contrapone la actuación de Eva Mattes como su compañera Marie, esplendorosa en sensualidad y fragilidad.

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Los lugares en los que se desarrolla la acción sobresalen por su realismo, tanto en  interiores como en exteriores. Cada secuencia se intenta rodar en un solo plano para procurar plasmar con mayor intensidad la labor de acoso y derribo del soldado por parte de la sociedad que le victimiza. Una mirada ciertamente determinista y feroz sobre la condición humana. Un pesimismo extremo que sirve como hilo conductor de la denuncia del horror y la depredación que nos ha ido acompañando y lo sigue haciendo en todos y cada uno de los siglos transitados por la humanidad. La cosificación del individuo se despliega en un abanico de fuerzas incontrolables cuyas principales armas son la explotación y el abuso.

No son abundante las ocasiones en las que el director muniqués se ha inclinado por la literatura como inspiración de su disección de las pasiones humanas desde personajes marginales. Las lógicas del delirio se sostienen, según el propio Herzog, en una sociedad enferma más que en individuos trastornados. Es la primera la que empuja a los segundos en afanarse por cultivar tierras que no dan fruto, de espaldas a los campos fértiles de la razón, como sostenía el filósofo italiano Remo Bodei. El delirio que azora a Woyzeck podría incluso relacionarse con la aventura quijotesca que ideó Cervantes, circunstancia que sin duda alguna fundamentó la película de Herzog Aguirre, la cólera de Dios  (Aguirre der Zorn Gottes, 1972) en esa lucha tras una quimera inexistente. Un largo camino desde el delirio del hidalgo caballero a la perturbación del individuo que debe enfrentarse a una sociedad que ignora la necesidad de aquellos que son considerados herejes por su pobreza y falta de moralidad.

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Resulta muy expresiva la escena de la feria y sus animales, el caballo amaestrado y el mono, ausente en la ópera de Berg. Desarraigo entre los ámbitos naturales y sociales, sometimiento que transforma al hombre en un animal propiciatorio para la injusticia y la maldad. El drama existencial de Woyzeck sigue vigente para apoyar la teoría de que la responsabilidad criminal no descansa únicamente y de manera principal en condiciones individuales sino también en el medio social en el que se desenvuelve cada persona. Todo lo anterior y mucho más se desprende de esta obra inmensa y de permanente actualidad. Afortunadamente, su esencia nos la sigue recordando con asiduidad imprescindible el mundo artístico, ya sea musical, teatral o cinematográfico.  A este respecto y para finalizar, no hay que perder nunca la perspectiva de que Herzog traduce para el cine una obra teatral y operística al lenguaje cinematográfico. Una revolución en la puesta en escena que sin olvidar sus orígenes, utiliza estructuras nuevas con las que creemos que hubiera vibrado el teórico André Bazin desde su inmenso amor al arte cinematográfico y a la pluralidad de sus caminos creativos. 

Tráiler: 

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YlanavevaCartelLa obra comienza con unas imágenes en blanco y negro. Un camarógrafo filma en el puerto de Nápoles la salida de un transatlántico. El buque está a punto de partir y curiosos, vendedores, andantes o viajeros se cruzan en el muelle. La escena se acompaña con el único sonido de una toma de vistas muda, en claro homenaje a los inicios del cinematógrafo. Con falso formato documental, el blanco y negro se va coloreando en una clave cromática que el mismo director de fotografía, Giuseppe Rotunno, describe como “un blanco y negro con infinitas tonalidades de sepia que puede y no puede admitir color”. Gradaciones que nos transportan a otra época, a un mundo decadente que ya no existe, que se hundió irremediablemente. Los colores se matizan de tal modo que nos llevan al universo de los recuerdos, a la evocación de fotografías antiguas que ya  amarillean, a la memoria difuminada por el paso del tiempo.

Y Federico Fellini, con su decimoctava película, nos sumerge en un viaje que parte en 1914, en los albores del estallido de la Primera Guerra Mundial. Representantes de la élite de diversos ámbitos, junto con marineros y demás personal de servicio, se reúnen en un crucero de lujo para despedir a una diva, a una gran soprano que acaba de fallecer. Sus últimas voluntades eran que sus cenizas reposaran en el mar, junto a la isla en la que había nacido, cerca de Grecia. Se trataba de Edmea Tetua y al ostentoso barco acuden importantes personajes del mundo de la ópera (músicos, directores, cantantes…), gobernantes como el Gran Duque de Harzock, acompañado por su séquito y su hermana ciega, un conde inglés fanático seguidor de la fallecida, una mujer muy activa sexualmente y su marido, un empresario celoso e impotente, una adolescente que es la pura imagen de la inocencia, un rinoceronte… Así mismo, les acompaña un periodista, Orlando (nombre inspirado en Ruggero Orlando, famoso presentador italiano de la televisión estatal), que hará las veces de narrador y conductor. La idea surgió cuando las cenizas de María Callas fueron esparcidas por el Egeo en 1979. Navegamos en el Gloria N., un navío de lujo que desde el principio asemeja no ir a ninguna parte.

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En el crucero  se reúne un grupo de mujeres y hombres variopintos, extravagantes, de gran elegancia y pertenecientes a la aristocracia económica, política y artística. Transcurren los días y la existencia asemeja placentera. El maestro italiano, con los artilugios de la aceleración y la ralentización, exhibe el traqueteo en las cocinas o la elegancia en los comedores. Vajillas, cuberterías, manteles o manjares rodean tranquilos encuentros en los que vamos descubriendo egos, virtudes o vicios de cada personaje. Resulta magnífica la escena de las calderas en las que, mientras los trabajadores se afanan en lo que parece la premonición del infierno que espera a la travesía, tenores y sopranos se enfrascan en una confrontación de bel canto con autoestimas excesivas. Pero toda la ociosidad y placentera existencia se turba a bordo cuando un grupo de refugiados serbios son recogidos por el capitán. Están siendo perseguidos por un acorazado austriaco, tras el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara.

Con Y la nave va, el director de Amarcord (1973) se introduce en un drama coral, en un crucero funerario, en el naufragio de una civilización que se extingue. Con una línea narrativa directa, el realizador italiano nos lleva a una sucesión de escenas y a la exhibición de unos caracteres plenamente propios. Además de la competición de arias en la sala de máquinas ya señalada, cabe destacar el proceso de hipnosis de una gallina por la voz grave  de un bajo, un concierto en la cocina con botellas o copas, la visita al rinoceronte en las profundidades del barco o la sesión de espiritismo para contactar con la difunta. Son escenas surrealistas inmediatamente identificables con el  autor y que adquieren significado estético y expositivo por sí mismas. Con artificio operístico se unen el humor y la melancolía para despedir una época, unos seres que ya solo existen en la ilusión del cinematógrafo. El despliegue que hace el autor ante lo trágico del destino humano desconcertó a muchos críticos y seguidores sobre la realidad o no del carácter cómico de las obras de Fellini. En realidad, como sucede con el cine de Pedro Almodóvar, nuestro patético y amargo destino se va imponiendo con el paso de los años, como el personaje de Charles Chaplin en Candilejas (Limelight, 1952), ese payaso que ya se sabe demasiado viejo y es consciente de que su tiempo ha pasado.  

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Podríamos señalar dos motivos en los que el autor de La dolce vita (1960) se inspiró para la realización del filme. El primero viene de la constatación de que, ya en los años ochenta del siglo pasado, los espectadores iban desapareciendo de los cines. ¿Dónde se habían metido? Un apocalipsis premonitorio que el mismo Fellini constató personalmente recorriendo una veintena de salas de estreno romanas. El segundo podría situarse en la aversión que sentía por el mundo de la televisión y del sensacionalismo periodístico. Hay algún historiador que sostiene que, sin esto último, la Gran Guerra no habría estallado. Se busca la imagen espectáculo olvidándose de lo misterioso, lo onírico, lo mágico, la fascinación por el inconsciente que debe rastrearse con las imágenes. La televisión otorga a los ciudadanos el poder de cambiar de escenario simplemente pulsando un botón, sin necesidad de moverse de su salón. Algo que el director asimiló como una venganza colectiva y brutal. Así, el periodista, Orlando, se mueve por el buque como gallina sin cabeza, no pudiendo determinar la certeza o no de los hechos que acaecen, estorbando en mitad de los pasillos o lanzando crónicas de cotilleos sin la necesaria documentación previa. 

El Gloria N. remite al mito medieval germánico de Das Narrenschiff, aquella nave de los locos con destino a Narragonia que ya inspiró la película de Stanley Kramer El barco de los locos (Ship of Fools, 1965). Esa travesía que situaba en 1931, con una serie de pasajeros en un microcosmos en el  que van desvelándose la xenofobia y el antisemitismo. Precisamente, un miedo y un desprecio al diferente, en este caso a los serbios auxiliados, ya simbolizado anteriormente con la escena de la gaviota que penetra inesperadamente en el comedor. Un reflejo de la sociedad de todos los tiempos que se siente amenazada por aquello que escapa de su círculo. Unos serbios, como hoy unos palestinos, a los que preferimos no mirar de frente y así no percibir todo su dolor y tristeza ante el abandono. Fellini nos ofrece un aperitivo antes del final en el que ese apocalipsis tantas veces anunciado, en este caso parcial, llega para destruir un mundo que se ha buscado su fin insistentemente. 

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Sí, y llegamos a término. La fantasía tiene que acabarse y el artificio desaparecer. Con una especie de ruptura de la cuarta pared, el sueño de muerte y derrota se desvanece para percatarnos que ya no queda nada que filmar. La incomunicación, el odio y el egoísmo han terminado por imponerse en un viaje fúnebre que ya presagiaba esa fatalidad buscada. El mundo horroroso que nosotros mismos hemos creado termina por depositar en tierra las convulsiones que hemos puesto en circulación por el aire. Con el rinoceronte a salvo, quizás volvamos a las primeras formas de vida y así recuperemos aquellas partes de decencia que puedan haberse salvado en nuestra naturaleza.  

Tráiler:

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Cartel de la película Zorba el griegoGrecia ha sido desde tiempos inmemoriales la fuente de bellas y significativas palabras. Todos los idiomas tienen una deuda de gratitud con su lengua, que las permea con términos que se han venido filtrando sutilmente a través de la ciencia, la religión, la filosofía y las ideas. Como los griegos han sido navegantes y comerciantes por el Mediterráneo y por todo el mundo, los marineros griegos han pasado por todos los puertos del orbe, aprendiendo idiomas, dejando huellas y conquistando amores. Homero y Esopo se leen y se cuentan, las gestas de Ulises y de Aquiles, las guerras de Troya y de Alejandro Magno se recuentan, la filosofía griega se estudia y se discute desde hace más de 2500 año. En esta forma la historia, las gestas heroicas, la forma de ver y de leer la vida de los griegos se ha extendido como una red sutil por todas las tierras.

Zorba el griegoPosiblemente por esa razón todos soñamos con ir alguna vez por las islas del mar Egeo, viviendo alguna travesía griega entre isla e isla, como las de Ulises, pero sin tantas aventuras. De cierta forma de ello trata la película clásica Zorba el griego, que narra las aventuras de Basil, un joven británico que viaja a Creta, la gran isla griega, donde ha heredado una mina abandonada, con el fin de recuperarla y en cierta forma, para encontrarle sentido a su vida y por ello viaja con cajas repletas de libros, a modo de sabios maestros, que va a consultar en la que se imagina bucólica placidez de la isla. A punto de embarcarse conoce a Zorba, un pintoresco personaje, que los sorprende con su alegría, su vitalidad y ante todo con sus palabras sueltas, atrevidas, inteligentes, inesperadas. Es una especie de Esopo el griego, contador de fábulas basadas en sus experiencias de la vida cotidiana. Basil se deja embrujar por Zorba, quien se convierte en su empleado y amigo, en filósofo, confidente y maestro.

Zorba the GreekLa película está basada en una gran novela del mismo nombre y cuenta con una música de antología, que se ha convertido en un patrimonio universal. Es un canto a la amistad entre los seres humanos como antídoto a la soledad, a la monotonía y a la mediocridad. Zorba ha recorrido el mundo como un vagabundo explorador, aparentemente sin sentar cabeza y se ha llenado de historias y de dichos que desea contar, se ha convertido en un maestro de la vida que recorre los puertos tañendo las cuerdas de su santuri, en busca de algún discípulo. Al encontrarse con Basil, halla al interlocutor perfecto, al alumno amado, inexperto y confiado. En este ambiente queda servida la mesa para un banquete de pequeños momentos, cada uno de ellos curiosos e inesperados, que el director Cacoyannis va sirviendo al espectador con buen gusto, con una bien equilibrada mezcla de drama y comedia.

Zorba es un personaje enteramente folclórico, a modo de arquetipo idealizado, en la medida en que representa toda una cultura griega, llena de música y de danzas, de alegría y desparpajo, oscilando entre la bondad y la maldad, inteligencia desbordada capaz de concebir inventos y de aceptar el fracaso de los mismos como natural e inevitable, ya que nunca hay que parar de vivir y de ensayar. Ello está simbolizado en la música, vibrante y llamativa y en la danza sonriente y circular, imagen misma de la vida. En el trasfondo está la otra cultura, tradicional y bucólica, pero atrasada, pobre e ignorante; es la de los habitantes de estas islas perdidas, seres sometidos a costumbres ancestrales que los arrastran a la ignorancia, a la rutina, a la venganza y a la pobreza. Parece impotente la modernidad, simbolizada en Basil y sus libros, en Zorba y sus experiencias de viaje, para abrir espacios de cambio favorable y de libertad en esas mentes encerradas y esclavizadas por sus creencias y sus miserias.

Zorba el griego, fotogramaEn el filme hay dos personajes femeninos notables. Uno de ellos es de Hortensia, personificada por la actriz Lila Kedrova, que le mereció un Oscar y el otro el de una bella, solitaria y enigmática cautivante viuda, personificado por la gran Irene Papas. La primera simboliza a la vieja Europa, a la vez noble, culta y desvergonzada, que ha buscado incesantemente horizontes y aventuras y que se ha quedado atrapada en tantos lugares del mundo, viviendo de las glorias del pasado, anhelando algún amor de verdad entre tantos viajeros que se acercan a su lecho de cortesana ilustrada. Solo lo encuentra cuando aparece algún Zorba dicharachero y atrevido que le adula y le susurra viejas y dulces palabras que reviven el pasado. Pero no habrá salvación ni cambio en esos puertos malditos. Sus habitantes, con quienes ha convivido por años, solo esperan la muerte de la vieja mujer para apoderase de sus cosas. La viuda, como contraste, simboliza a la belleza y al misterio femenino de las mujeres sencillas pero independientes, tantas veces apedreadas por la ignorancia y la envidia. Representa los valores que subyacen, la pureza original de los pueblos, que no alcanza a sobrevivir a los instintos primitivos, a los celos, los miedos y la venganza. Para ellas no hay liberación, si siquiera cuando algún Zorba valiente las defienda de las turbas asesinas, a modo de Cristo sanador. Las antiguas costumbres pueden ser todavía más fuertes que el poder de un valiente taumaturgo, además de que son traicioneras, maliciosas y obstinadas.

Zorba el griego, Anthony QuinnCacoyannis se recrea en las descripciones de la gente pueblerina utilizando escenas llenas de drama. Hay dos que son memorables: el pueblo entero encierra a la viuda para apedrearla y ajusticiarla, mientras ella trata de huir aterrorizada y valiente, su bella presencia y su cara de sufrimiento ante la injusticia, cada vez más impotentes y resignadas a su suerte. En otra escena, el pueblo entero en espera de la muerte de Hortensia, se va cercando lentamente su casa, metiéndose por todos los rincones, listos a apoderase de los trapos de la muerta, de sus joyas de fantasía y de los adornos; lideran la escena unas mujeres viejas, a modo de chismosas arpías y todo culmina en un arrebato desordenado de seres indiferentes ante la muerte que en unos instantes lo dejan todo vacío y desolado.

Cacoyannis nos va adentrando en la filosofía zorbiana dejando que sus frases sean expresivas y calmadas. No omite detalle, deja que el diálogo entre Zorba y Basil, tal como sucede en la novela, transcurra completo y sabio. Es un diálogo que va  más allá de lo verbal. Anthony Quinn, en el papel de su vida, lo expresa con gestos, con movimientos, con sonrisas atrayentes, música y danza, de tal manera que todos como Basil, quedamos sujetos al invencible encanto de sus palabras y continuamos declarando, como lo han hecho tantos, que hemos visto una obra maestra del cine.

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