Investigamos
El tamaño de los miedos

De pronto no sabemos de qué tamaño son los miedos internos que cargamos hasta que los vemos materializados frente a nosotros. Es entonces cuando, casi sin opción, decidimos enfrentarlos hasta desvanecerlos, por más dura que se vuelva la batalla. Eso mismo le ocurre a Conor, un niño de doce años que vive solo con su madre, quien atraviesa una enfermedad grave y terminal. Su relación con la abuela es poco cordial y, en la escuela, lidia con los típicos niños golpeadores.
Conor comienza a recibir la visita de un monstruo gigantesco: una criatura hecha de ramas y raíces que aparece cada noche por la ventana de su habitación, con una voz grave, potente y siniestra. Para detener sus visitas, el monstruo le propone un trato: él contará tres historias y, a cambio, Conor deberá decirle cómo termina la tercera.
Lo que comienza como un relato oscuro y fantástico es, en realidad, una metáfora sobre el duelo, el miedo y la culpa. Pronto entendemos que el monstruo no es una criatura amenazante, sino la forma que adopta el dolor de Conor, esa voz inevitable que le exige mirar de frente aquello que más teme. Porque, aunque parezca solo un niño atrapado en un entorno difícil, el monstruo lo empuja a nombrar lo que más teme: el terror inmenso ante la inminente muerte de su madre.
Esta es la premisa de Un monstruo viene a verme (2016), la película de Juan Antonio Bayona basada en la novela homónima de Patrick Ness.
En su escena clave ocurre una revelación dolorosa: el monstruo es, en realidad, el tamaño del miedo que consume a Conor ante la pérdida de su madre. Y la única forma de vencerlo es aceptarlo sin aferrarse. Elegí esta escena porque, al verla, no pude evitar romper en un llanto como hacía mucho no me ocurría. Un llanto que me devolvió a la infancia, a esos momentos en los que era consolado por el ser que me dio la vida. Y había una razón: cuando vi la película, apenas habían pasado unos meses desde que perdí a mi madre.
Ahí está Conor, tumbado en el piso, llorando, aferrándose a unas raíces para no caer a un vacío que todos conocemos: ese que se abre cuando alguien amado se va para siempre. Un monstruo que le da forma a su miedo, que lo enseña a nombrarlo y a no aferrarse a lo inevitable. Y cada historia que el monstruo le cuenta lo confronta con verdades incómodas: la ambigüedad humana, la injusticia de la vida y, sobre todo, la culpa de desear que el sufrimiento termine, aun cuando eso signifique perder a quien más se ama.

