Investigamos
Escenas del cine de mi infancia
Recientemente, en una de mis colaboraciones ejerciendo la crítica de cine para el podcast de Cine y Arte Cum Lingus Communicamus (1), en la celebración de su grabación número 100, conversamos acerca de nuestros primeros referentes cinéfilos. Curiosamente, al indagar en mi remota memoria infantil, recordé el impacto iniciático producido por algunas imágenes que pertenecen al cine de los años 50 y primeros 60.

Los sábados por la mañana pasaban buen cine en TVE, grandes obras clásicas de género variado en “Sábado Cine” y, seguramente, durante aquellos ratos se apuntaló mi pasión por este Arte. La ciencia ficción protagoniza mis recuerdos más vívidos y lejanos acerca de fotogramas de tres películas que me impactaron poderosamente: Del director Jack Arnold, The Incredible Shrinking Man (1957), una magnífica adaptación basada en la novela de Richard Matheson que el mismo escritor guionizó. Dirigida por Roger Corman, la película X: The Man with the X-Ray Eyes (1963), y por Don Siegel, Invasion of the Body Snatchers (1956), memorable igualmente su remake La invasión de los ultracuerpos, (1978).

De la célebre adaptación de Matheson, recuerdo la lucha del hombre ya menguado contra la araña, portando un alfiler cual espada afilada, los efectos especiales seguían siendo admirables para los ojos de una niña, y diría que han resistido decentemente el paso del tiempo. Sin embargo, recuerdo especialmente el momento en que el grupo de personas atraviesa con el barco la niebla que se supone tendrá el pernicioso efecto sobre el protagonista. Esa niebla lo es todo, luego la recuerdas como el misterio, atravesar la nada y ser otro, entrar e ir para no volver, la magia del cine en su metáfora más pura. En mi mente infantil, y aun hoy, me advierto cíclicamente que hay lugares y situaciones vitales en los que entramos de una manera, pero salimos de otra. Puede que imperceptiblemente al principio, pero el germen del cambio ya nos posee. Sin que pueda aún apreciarse, salimos cambiados para siempre. La película mereció el visionado de adulta, para reencontrar desde la mirada madura el trasfondo existencial del filme acerca de la desaparición propia (del ego) que acompaña crecer, vivir, en tantos aspectos.

De la segunda película, X: The man… recuerdo la escena final, del protagonista ante el predicador, quien, en referencia al duro pasaje de San Mateo en La Biblia: «por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno». Entonces, insólitamente, el predicador lo incita: «Si tu ojo te ofende, ¡arráncalo!» Qué pavor cuando, entre sombras, el pobre hombre se arranca los ojos. ¿¡Cómo me dejaban con 7 u 8 años frente a la televisión ver eso!? Seguramente, mi cinéfilo hermano mayor José Luis la vería conmigo, otro culpable de mi pasión por la Ciencia Ficción. Era esta otra muestra de cómo el género se entrecruza tantas veces con la reflexión y el pensamiento. El deseo de mirar, controlar y enterarse de todo le termina costando al protagonista la vida profesional, la cordura y la visión.
La excepcional obra de 1956 sobre los ladrones de cuerpos, más que una única escena (que sería la memorable secuencia de la huida), recuerdo el desasosiego de ser el último en la estela humana, los últimos, sin poder dormir, sin descanso, corriendo, cercenados por el agotamiento, dominados por la extenuación mezclada con la excitación de la huida. Y las vainas, la suplantación, el trasfondo filosófico, qué poderosa relación temática indirecta con la I.A. y su reciente evolución… Un filme muy especial, sin duda.
De estas tres películas recuerdo intensos minutos, inolvidables como tantos otros de tantos filmes, pero estos recuerdos de fotogramas pertenecen a mi primera infancia, en el inicio de mi pasión por el cine, por ello son como carbones oscuros, algo borrosos, pero igualmente brillantes.

