Investigamos 

La mirada de la señorita Kubelik…

¿Cómo lo haría Lubitsch? Ese era el lema enmarcado que Billy Wilder tenía colgado frente a su escritorio a la hora de ponerse a escribir un guion para recordarse a sí mismo el talento y el ingenio que tenía Ernst Lubitsch. Nunca sabremos cómo hubiese sido El apartamento dirigido por el director alemán; lo que sí podemos saber con certeza es que Wilder hizo una de las mejores comedias románticas de la historia del cine.

Si observamos bien durante la primera hora el apartamento de C.C. Baxter, podemos percibir el olor a humo de cigarros caros impregnado en rosas frescas recién cortadas de aquellos ejecutivos que quieren culminar su cita con su amante en un lugar secreto. Hasta ese entonces, el apartamento es un espacio en donde el adulterio, las fiestas, el egoísmo, las mentiras y el derroche hedonista se adueñan de todos sus espacios. Baxter, su inquilino, consiente semejantes actos porque espera algo a cambio: un ascenso en la compañía donde trabaja. La ambición de este carismático soltero permite una violación de la intimidad, pues las visitas de sus jefes se vuelven cada vez más asiduas. El corporativismo empieza corrompiendo un lugar de descanso e incluso a interrumpir el sueño de su inquilino —Baxter parece llevarse el trabajo a casa—, aprovechándose de la alienación del sujeto percibido como mercancía y de la ideología inconsciente y consciente de cumplir el sueño americano. No es quién eres, sino qué tienes que pueda interesarme.

Pasada esa hora, cuando la señorita Kubelik comete el intento de suicidio, el apartamento como espacio da un cambio radical, y las mentiras y las fiestas dejan paso a los cuidados, la sinceridad, los mimos y a un trato afectivo. ¿En última instancia, no es eso El apartamento? Dos personas alienadas bajo un sistema invasivo, corrompidas en parte, que fluctúan de forma inconsciente en las coordenadas del sistema hasta que el amor, no como ensoñación, sino como un despertar, logra derribar el embrujo que el poder corporativo ejerce sobre ellos.

¿No me creen? Vayan a ese plano increíblemente hermoso en los últimos suspiros del filme, en donde la señorita Kubelik, después de saber por boca de su amante cómo Baxter ha cuidado de ella, fija una mirada perdida al techo del restaurante chino donde se está celebrando el último día del año. Su rostro místico lleva la carga de la iluminación profana benjaminiana. ¿Pero qué estoy haciendo aquí? Corre hacia el amor, querida, pero no solo hacia el amor, sino también hacia la libertad. Pocos segundos después, Kubelik huye apresurada hacia el apartamento de Baxter. En esos pasos aligerados existe un rechazo al cinismo del mundo corporativo que la ha estado relegando a un segundo plano y a la recuperación de una vida propia y genuina.

El último plano, cuando Kubelik y Baxter se reencuentran en el apartamento y se sientan en el sofá el uno junto al otro, y tratándose de una película que recién estrenaba los años sesenta, supongo que todos esperábamos la culminación de la obra con un gran beso final mientras el “The End” se superponía en la imagen. En lugar de eso, Wilder, evitando un sentimentalismo excesivo, los pone a jugar a las cartas, y después de que Baxter le manifieste verbalmente su amor, sus miradas se entrecruzan con ternura mientras esbozan una sonrisa. La sencillez de un instante compartido en donde no hay instrumentalización ni interés personal, solo humanidad, sinceridad y amor.

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