Críticas
Boda roja
Kill Bill: Volumen 1 & 2
Kill Bill: Volume 1 & Kill Bill: Volume 2. Quentin Tarantino. EUA, 2003 y 2004.
La violencia, en su forma artística, puede atraer tanto como llevar a rechazarla. Depende, obviamente, de de dos factores, los cuales no siempre se unen: por un lado de su valor en el conjunto fílmico, por otro de nuestros gustos personales. Este segundo caso, debido a su estar en conexión con el ámbito personal, no puede ser la base de juicio estético o tan solo moral de una obra: que a nosotros nos guste algo o menos no es razón clara y bastante para afirmar que esta es buena o mala. Lo que tenemos que hacer, entonces, no en cuanto espectadores (aquí el elemento personal está autorizado, por supuesto) sino como analizadores, es intentar descifrar el elemento “violencia” en su función narrativa, estética y, por supuesto, comunicativa. Una vez que hayamos aceptado intentar contestar, las respuestas serán las que nos guiarán hacia una apreciación neutra del producto fílmico, lo cual no se reducirá simplemente a una de sus muchas características (en el caso de que, se espera, tenga más de una), sino que unirá todos los elementos para llegar a un juicio final capaz de alejarse del simple gusto personal y de abrazar una visión más pura de lo que la obra intenta ser.
En el caso de Kill Bill, obra tarantiniana dividida en dos partes que funcionan no como dos filmes sino como las dos mitades de un único discurso, la violencia con que se construyen las imágenes se inserta en un diálogo capaz de volver al pasado (las obras de Leone, por ejemplo, como también las de Bruce Lee y de otros actores y directores asiáticos) para construir un texto sumamente moderno con una mirada hacia el futuro. Se pone en marcha, efectivamente, ante nuestros ojos una modalidad de lectura de las obras pasadas que forman parte de lo que se define como cine de género, sin tener en cuenta el valor de serie A o de serie B (hasta Z, se podría decir), con una mezcla inteligente no solo de los mecanismos narrativos, sino también (o, quizás, sobre todo) de los engranajes estéticos, entendidos aquí en relación con las imágenes, con el vestuario, con el sonido, con la música y el montaje. Sin embargo, esta voluptuosidad no se limita a ser un simple homenaje; el juego en la base de Kill Bill se estructura en la voluntad bien clara de querer contar una historia cuyo arco narrativo, con sus flashbacks y sus jump cuts, nos presenta a unos personajes inolvidables.

Si de fuerza imaginativa hay que hablar, esta mezcla de lo pasado, lo presente y lo futuro logra proponerle al público un producto que se inserta en una discursividad no desbordante; el hecho de reconocer los elementos que Tarantino usa en relación al concepto de homenaje no implica, efectivamente, que la falta de reconocimiento impida la fruición de la obra en su totalidad narrativa. Todo lo contrario, ya que los niveles de lectura y de análisis, si bien tienen derecho a que se entremezclen, permiten también una separación capaz de permitirle al espectador que se sumerja en el estrato narrativo sin que esto resulte incompleto ante la falta de reconocimiento de las citaciones. El texto que se presenta en la pantalla, desde un punto de vista estrictamente conectado con la función de narrar, funciona perfectamente ya que sus bases se sustentan no tanto en la voluntad de citar, sino en la de crear una historia; en palabras más llanas, Kill Bill es una buena película fundamentalmente porque el factor “homenaje” es secundario con respecto a la función principal de “texto narrativo”.
La violencia en tanto discurso estético se posiciona entonces, en este filme, como componente cultural de unos géneros en los cuales la sangre (y no solo) forma parte de una voluntad creadora, objetivo que, en su valor de productos de serie B (o, repetimos, Z), manifiesta un significado de simple atracción. Es aquí, entonces, que el ojo de Tarantino logra desencajar este elemento de su situación de elemento de baja calidad para que, transformando su presencia estética, pueda situarse entre los discursos de la historia del cine. El resultado es una explosión de colores que aumentan el significado de lo que es, en definitiva, una historia quizás risible y, por supuesto, extremadamente pulp; el juego que se pone en marcha con el espectador, entonces, es el de crear un discurso sobre el valor del cine en tanto mundo que se abre y se cierra en sí mismo, y que, efectivamente, más allá de los más que justos textos sociales, puede ser también un simple momento de divertimiento del cual no tenemos que avergonzarnos.
Ficha técnica:
Kill Bill: Volumen 1 & 2 (Kill Bill: Volume 1 & Kill Bill: Volume 2), EUA, 2003 y 2004.Dirección: Quentin Tarantino
Duración: 111 / 138 minutos
Guion: Quentin Tarantino
Producción: Lawrence Bender
Fotografía: Robert Richardson
Reparto: Uma Thurman, Daryl Hannah, David Carradine, Michael Madsen, Gordon Liu, Michael Parks, Sonny Chiba, Julie Dreyfus, Chiaki Kuriyama, Lucy Liu, Vivica A. Fox

