Críticas

Fabrum esse suae quemque fortunae

Frankenstein

Guillermo del Toro. EUA, 2025.

De padres masculinos estamos llenos hasta la saciedad. No por una cuestión de carácter cultural, sino porque, biológicamente, sin la aportación de aquella parte del género humano no podríamos existir (lo mismo, por supuesto, se puede decir de las madres). Y es que, como alguien ya afirmó, engendrar a un hijo no es lo mismo que ser padre, ya que padre se puede ser aun cuando no tuviéramos ningún tipo de posibilidad de transmitir directamente nuestros genes. Ser padre es entonces un oficio, una capacidad de darle al hijo (o a la hija) aquellas herramientas con la cuales poder vivir en un mundo que no siempre nos permite ver que el bien resulta ser el triunfador o que a la cordura le tenemos más apego que a la locura (y es que a mi padre le tengo que dar las gracias por haberme criado bien, dentro de una completa o casi libertad, enseñándome indirectamente lo importante que es ser buena persona sin por esto ser un pobre diablo). Supongo que la idea aquella de los pecados del padre podría tener cierto valor, cierta verdad silenciosa, que prefiero leer no desde el punto de vista exegético de la transmisión del pecado (de tal padre, tal hijo), sino como un caveat que nos impone a los hombres tener cuidado en la crianza, ya que si enseñamos mal (pecado psicológico) el horror va a reverberarse en el futuro de nuestros hijos.

Lo de la familia y de los lazos que se construyen dentro de ella es el punto de partida para leer esta obra maestra de del Toro, quien logra llevar a la pantalla la novela de Mary Shelley cambiando lo necesario para que suban a la superficie aquellas huellas autorales que van más allá de las estupendas composiciones visuales. Y es que, dentro del marco cinematográfico de la espectacularidad técnica se desarrolla un cuento capaz de llevarnos a unas consideraciones de carácter no solo filosóficos, como en el caso del libro original, sino también deliciosamente humanas, tan sencillas en su valor primordial que bien saben reconocerse en nuestras mismas vidas. Es lo universal, entonces, lo que aparece en este cuento, o sea la reproducción de una ideas tan biológicas que salen de los esquemas culturales más abstractos y logran abrir paso a la investigación de lo que hace que seamos lo que somos en cuantos seres vivos, más allá de lo transcendental para que el discurso se base en el reconocimiento del hic et nunc de nuestras vidas diarias. O, más clara y rotundamente, es correcto decir que el Frankenstein de del Toro es una obra que sabe hablar de elementos reales tan profundamente enraizados dentro de nuestros cerebros.

Es también, esta obra, un comentario sobre el valor de lo femenino, de lo típicamente humano que representan en su mayoría las mujeres en cuanto madres, en cuanto capaces de acoger a los hombres y a los hijos en busca de calor, de una mano que los pueda acariciar y los lleve a sentirse apreciados, amados, tan solo parte de una sociedad que prefiere la calma a la violencia, la comprensión a la formalidad, y la sonrisa a las bofetadas. Una visión que se inserta en el discurso de la venganza y de la redención, y en el miedo típico de los seres humanos a percibir la posibilidad de que nos convirtamos en aquellos monstruos (sociales, culturales, mentales) que rechazamos conscientemente y que nos habitan inconscientemente. De tal padre tal hijo, entonces, es la frase que nos revela el espejo de nuestras mismas vidas en las que somos nosotros mismos la copia de lo que fue (el padre) y que siempre va a ser a menos que nos rindamos ante la necesidad de pedir perdón y de perdonar, hasta romper el vínculo de odio que no puede sino devastar al amor y a lo que hace que seamos seres humanos, no solo física sino también mentalmente.

Se trata, a veces, de simple suerte. Se trata, en otras palabras, de tener la oportunidad de vivir durante una época en la que se asoman obras que van a dejar (se espera) sus huellas. El de del Toro es un producto fílmico (producto en el sentido de resultado de la labor del homo faber) que crea su diálogo con lo que fue (la novela, el cine de terror de Whale), lo que es (el ser humano presente, su sociedad, su cultura) y lo que va a ser (la obra de arte como elemento que traspasa su ahora y se proyecta hacia el futuro en cuanto a su capacidad de enseñanza, de transmisión de datos, de moraleja). ¿Quién va a ser, entonces, el monstruo real? La criatura a la que hemos dado la chispa de la vida (y de la inmortalidad) quizás tenga más humanidad que nosotros, quienes pertenecemos, biológicamente, a la raza de los bípedos sapiens. Lo real, lo correcto, lo humano son elementos que pueden, entonces, despegarse de los que los reclaman en cuanto piezas de su cuerpo, de sus células, y que se reconstruyen y reelaboran dentro de un marco de deshumanización del hombre mismo en cuanto monstruo real, no físico sino lamentablemente mental, moral, cultural. Y es la redención, el reconocernos parte del problema y de su solución, lo único que puede romper la maldición de la falta de amor y de cariño. Todos los inocentes, al fin y al cabo, quizás merezcan tan solo ser amados por alguien.

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Ficha técnica:

Frankenstein ,  EUA, 2025.

Dirección: Guillermo del Toro
Duración: 150 minutos
Guion: Guillermo del Toro
Producción: Guillermo del Toro, J. Miles Dale, Scott Stuber
Fotografía: Dan Laustsen
Música: Alexandre Desplat
Reparto: Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz

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