Investigamos 

De Suizas e Italias

Quizás sea porque soy italiano. Quizás sea porque estoy aquí escribiendo a unos metros de Suiza (donde se hablan cuatro idiomas, para los que no lo sepan). Quizás sea porque mi abuelo vivió la guerra (el otro también, pero fue tragado por la tierra cuando yo tenía unos tres o cuatro años, así que pocos recuerdos tengo de él, si bien me dicen que le asemejo bastante físicamente), lo cual implica que cuando era más joven lo escuchara hablar de aquellos tiempos. Quizás sea porque soy europeo, y en Europa lo de la segunda mundial sigue siendo un tema del que hablar (si bien con las nuevas generaciones las cosas van desapareciendo, como siempre pasa con el fluir de las historias y de los hijos de los hijos de los hijos, ad infinitum). O quizás sea (os lo juro, los “quizás” terminan aquí) porque efectivamente me gustan las obras bien hechas, las que te excitan la mente y te llevan a pensar, a tener hasta cierta pizca de dolor tan livianamente profundo que solo se da en aquellos casos en los cuales la verdad se mezcla con los secretos nunca dichos que solo pueden tener lugar en aquellos espacio liminares (¡ay, que frase tan larga!) que se establecen entre la realidad y la ficción narrativa.

Me conmueve, entonces, una escena del The Third Man porque me refiero, etimológicamente (al fin y al cabo he estudiado lingüística, entre otras cosas), al hecho de que el verbo viene del latín commovēre, o sea sacudir. Y de una sacudida hay que hablar, dentro del complejo mundo fílmico personal, ya que cuando vi por primera vez esta película me dí cuenta de que, buena suerte, ella iba a ser mi película favorita. Una elección muy positiva debida no tanto al azar sino al hecho de querer aprender (por aquel entonces) algo más sobre la historia de la cinematografía mundial. Tengo que decir que, sí, el hecho de ser mi obra fílmica preferida implica que tengo unos buenos gustos (alguien podría insistir en que esto demuestra también una alta capacidad estética o narrativa, yo me conformo con decir que simplemente me apetecen las obras más que bien hechas, sino exquisitas, lo cual puede que se deba a factores genéticos, culturales y sobre todo de haber nacido en un lugar donde en los noventa y los primeros del XXI resultaba simple comprar DVDs, como cuando, aprobado un examen en la universidad, iba a comprarme uno o más filmes y libros).

Y es que decir se podría que el acto de “mover con” implica un cambio en el alma (la del cerebro, la psicológica que muchas conexiones tiene con lo biológico y nada más) con el cual se nos abre una sensación que no pensábamos iríamos a encontrar. Todo lo contrario, es también lo inesperado, lo que aparece sin antes haber tocado a la puerta, y que, efectivamente, no hace nada más que decirnos que dentro de nosotros se esconden una serie de emociones que pueden ser traídas a la superficie, donde vivimos, gracias a unas estrategias narrativas precisas. Es simplemente el hecho de dejarnos llevar por donde los autores quieren, como cuando, leyendo el Quijote, nos preguntamos si el protagonista, allí en su caballo de madera, nos está diciendo que no está loco, que todo entiende, que todo analiza, y que todo, en su completa totalidad, es un juego con sus reglas (y Sancho tiene que aprender a seguirlas si quiere ser un buen jugador). “Mover con” es entonces un camino, un movimiento hacia un destino que no conocemos de antemano y que descubrimos en el acto mismo de experimentarlo, de vivirlo, de serlo.

La escena del reloj de cuco en The Third Man no es solo un momento de witty remarks sobre la cuestión del mundo y de su historia. Efectivamente, si bien este tipo de reloj con Suiza no tiene nada que ver en relación con su invención, la idea de que en la península italiana hubo muerte e violencia de los cuales se engendró el rinascimento, mientras que de la paz helvética nada bueno para la humanidad habría salido, implica que a lo mejor el ser humano encuentra su chispa creativa allí donde más sangre se esparce y peores son sus compañeros. El de acto de commovēre implicaría aquí el darse cuenta de que, al fin y al cabo, la paz, el sosiego, la tranquilidad, pueden ser ellos también elementos que llevan a una banalidad creativa. Nos sacude una visión de este tipo no porque sea una sentencia universal, sino porque, desde cierto punto de vista, se esconde en ella una verdad que nos deja un poco de amargura en la boca, como cuando, comiendo un plato de carne, nos diéramos cuenta de que lo que estamos haciendo es llenarnos las barrigas a través del cadáver de un animal que tenía derecho a vivir y cuyo único objetivo era convertirse en elementos nutritivos triturados por nuestros dientes (y descartados, en parte, a través del orificio anal).

La escena es también algo más, algo que, efectivamente, puede conmover : la pérdida de una inocencia basada en la amistad, en la idea de que las relaciones interpersonales que vamos creando a lo largo de nuestra vida pueden cambiar hasta un punto de ruptura en el que nunca habíamos pensado. Las amistades, efectivamente, pueden desaparecer, enmarchitar, ir hacia la nada y en la nada cobijarse. Conmueve, la escena, porque nos damos cuenta de que no siempre las cosas van como deben, que el mundo puede no solo manchar sino ser manchado por los que pensábamos ser diferentes, más puros, más simplemente humanos. Es una definición agridulce de lo que puede ser la vida, y nos hace pensar que efectivamente el mundo resulta ser no solo más complejo, a veces, sino sobre todo menos claros, más cínico y por ende más decepcionante. Ya no estamos en el mundo de paz de Suiza, sino que, sumergidos en una península italiana llena de malas caras, nos movemos dentro de un cosmos humano que solo sabe encarnar la idea de homo homini lupus.

https://archive.org/details/TheThirdManAntonKaras

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