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La pantalla global

El porvenir del cine

Por Liliana Sáez

 La pantalla global

La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna
Gilles Lipovetsky y Jean Serroy
Anagrama, 2009

Un sociólogo experto en posmodernismo e individualismo en la sociedad occidental y un crítico de cine especialista en literatura francesa son un buen equipo para ofrecer una tesis sobre la mutación del cine a lo largo de su historia. Esa autoría, integrada por el prestigioso Gilles Lipovetsky (La era del vacío, El crepúsculo del deber, La tercera mujer, Los tiempos hipermodernos...) y Jean Serroy (Veinte años de cine contemporáneo), es la responsable de La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna, editado recientemente por Anagrama para su colección "Argumentos", con traducción al español de Antonio Prometeo-Moya.

La hipermodernidad, caracterizada por la globalización de la crisis económica y la aparición de virus amenazantes, cobija en su seno conductas ansiosas y provoca nuevos modelos de pobreza, inestabilidad laboral, marginación, angustia... aunque sin que se pierdan los valores establecidos. El individualismo sigue apostando por la democracia, por los derechos humanos, por el bienestar. En esa sociedad, las pantallas son omnipresentes. Ya sea la primera, la del cine, o la hogareña de la televisión, la más cercana del monitor o la más reciente del móvil, esa pequeña ventana le permite al individuo la apertura hacia nuevas realidades, la comunicación a pesar de las largas distancias, la resolución de problemas de la vida diaria... Y decimos individuo, porque, a pesar de las redes sociales que se establecen gracias a esas pantallas, el hombre y la mujer modernos están cada vez más solos y más encerrados.

La pantalla global
reflexiona sobre el momento en que el cine dejó esa especie de templo, para dar lugar a esta multiplicación de pantallas que ya no se usan sólo para ver películas. De aquel hábito del espectador, que a pesar de estar acompañado se sentía solo en la sala oscura, viviendo experiencias en las que se identificaba con los protagonistas o se proyectaba en situaciones fantasiosas, hoy se ha pasado al aislamiento del individuo que asiste a realidades virtuales brindadas por pantallas que se multiplican en su vida cotidiana.

El enfoque de los autores es histórico y sociológico, es estético y técnológico. Echando mano a una buena muestra de filmes, el discurso gira en torno a la transformación del cine, que, en lugar de resistirse a los cambios impuestos, se va adaptando a la sociedad de consumo, convirtiéndose en hipercine. Así que, al contrario de lo que muchos creen, que con la multiplicación de las pantallas el cine perderá su hegemonía, los autores sostienen que más bien se está dando una transformación positiva, en la que el cine acompaña las rápidas evoluciones de la sociedad contemporánea. Ya no es tarea de algunos elegidos, sino que grabar, editar y proyectar desde los distintos aparatos que nos sorprenden desde las vitrinas de las tiendas de equipos electrónicos es algo cada vez más popular. Pero esa descentralización es sólo tecnológica, pues los modelos siguen siendo los mismos.

La tecnología ha abierto el juego y permite que hacer cine esté al alcance de todos. Este cine íntimo, individual, personal, contribuye a la mutación de la expresión cinematográfica, poniéndose en la acera de enfrente del cine espectacular, proponiendo una nueva forma de ver, de expresarse, de mostrar... un nuevo porvenir.

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