El cuerpo como escudo

Carancho

Pablo Trapero, Argentina-Francia, 2010

Por Liliana Sáez

Al desplazarse por las extensas y monótonas rutas argentinas que se internan en la pampa, desde el mar hasta la cordillera, es comúnCarancho ver junto a algún animal muerto un carancho, esa ave rapaz que se alimenta de la carroña. Carancho es el nombre y la "profesión" de Sosa, un abogado desposeído de matrícula (no sabemos por qué, pero ni falta hace averiguarlo, las pruebas están a la vista), que aparece invariablemente cuando hay algún accidente, para ofrecerle a los heridos una indemnización justa, que seguramente le arrancará una buena suma a la aseguradora. Ese es su negocio. Pero Sosa no trabaja solo, sino que depende de un oscuro estudio jurídico, integrado por leguleyos y matones, que lo explotan y de los cuales, cada vez, es más difícil despegarse. Hablamos de Carancho, la última película de Pablo Trapero, exhibida en la sección "Una cierta mirada", en el pasado Festival de Cannes.

La vida de Sosa (Ricardo Darín) transcurre entre palizas y accidentes, como si ese fuera el orden natural, hasta que aparece en su vida Luján (Martina Gusmán), una médica de emergencias a la que pronto irá viendo más frecuentemente. Como en todo cine negro, el personaje maldito pretende la redención a través del amor. Tal pareciera ser el esquema básico de Carancho, que se enfoca en seres que viven rozando la marginalidad más extrema y que habitan espacios sucios y oscuros, desasistidos de una mano benefactora.

Podría reducirse la definición y la situación de los personajes en apenas un par de escenas: el frágil pie de Luján, descalzo, sobre el frío y sucio piso del baño del hospital o el dolorido cuerpo de Sosa, doblado sobre el empedrado en la soledad de la noche. Pablo Trapero elige seguirlos en primer plano, en penumbras, con miradas evasivas y un acompañamiento sonoro subjetivo. Luján es decidida en el ejercicio de la profesión, tanto como Sosa, en la suya. Bajo la coraza de su eficiencia, ella es tímida y frágil. Él deja soslayar un aspecto humano en su sueño por obtener otro futuro. Entre tanta sangre, golpes y dolor hay un mínimo brillo de esperanza en sus vidas, tan fugaz como la luz.

CaranchoSin embargo, no es la historia de estos personajes lo que trasciende en el film, sino los ambientes que habitan. El hospital mugriento, abarrotado de pacientes, con médicos que no dan abasto para cumplir con todos; el estudio tapado de papeles, con gente que entra y sale a los gritos; la calle del barrio suburbano, apenas iluminada, con adoquines, atravesada por los autos que han chocado, la ambulancia que socorre, el policía que llega tarde y el carancho que se sacia de sus víctimas.

En esa mugre, en ese ambiente tan miserable, crece, o al menos lo intenta, el amor. Pero no hay personajes impolutos, la chica no es la salvación del muchacho. Ni el muchacho es tan malo como parece. Son seres ambiguos, amorales, con una virginidad corruptible. No puede ser de otra manera, los entornos, las situaciones y los seres que los rodean buscan resolver carencias como sea. Cuando comenzamos a identificarnos con alguno de ellos, algo sucede para rechazarnos. No hay lugar para la compasión ni la comprensión.

El último film de Trapero no es ajeno al resto de su obra. Es coherente con las historias ya contadas en Mundo grúa, El bonaerense, Familia rodante o Leonera. Los seres que retrata hacen de los espacios un lugar que los define, como el hospital a Luján o la calle a Sosa. Si en el primero se salvan vidas, también aporta agentes para la trampa; si en la segunda está el negocio, también es el escenario de la golpiza. Nada sabemos de la vida pasada de Luján o de Sosa. Conocemos su presente e intuimos su futuro. Un futuro incierto, con alguna posibilidad de felicidad, tan efímera como una mirada.

Al iniciarse Carancho, leemos que en el país hay unos veintidós accidentes por día. Las cifras de muertos y heridos sorprenden. La Carancholeyenda alerta acerca de un hecho real y da paso al segundo mensaje, alertar sobre la existencia de estos parásitos que viven de la desgracia ajena. La acción se desgaja brutalmente, a la manera de El bonaerense. Las frases, escritas o dichas, presentan con toda crudeza un submundo que anida alrededor de la desgracia, parasitario de la necesidad, atento a la oportunidad, donde las palabras "ayuda", "favor" y "amistad" cobran otras connotaciones. 

No podemos decir que estamos ante un film de denuncia, aunque contenga todos los elementos para serlo. La corrupción en todos sus aspectos, éticos y formales, la trampa escondida detrás de cada acto, la incursión del otro lado de la ley, la búsqueda de redención a través del amor... Trapero les respira en la nuca a los personajes, los persigue en sus actos más rutinarios, los acompaña cuando hacen y se hacen trampa, se sumerge en la inmundicia del entorno, en la miseria de los aspectos más oscuros de los protagonistas, para dejarnos fuera del juego. Un juego donde, como ya se ha dicho, no podemos juzgar, ni siquiera salvar o condenar... porque la partida ya está echada y el final decidido desde un principio.


Festival y galardones:

Festival de Cannes 2010. Un Certain Regard.

Ficha técnica:

Carancho, Argentina-Francia, 2010

Dirección: Pablo Trapero
Producción: Pablo Trapero
Guión: Alejandro Fadel, Martín Mauregui, Santiago Mitre, Pablo Trapero
Fotografía: Julián Apezteguia
Montaje: Ezequiel Borovinsky, Pablo Trapero
Interpretación: Ricardo Darín, Martina Gusman, Darío Valenzuela

 

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