Por Manu Argüelles
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Evangelion 1.0 You are (not) alone (Evangelion Shin Gekijôban: Jo), Masayuki, Kazuya Tsurumaki, Hideaki Anno, Japón, 2007.
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The sky crawlers. Mamoru Oshii, Japón, 2008.
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One Piece: Strong World (Sutorongu Waarudo), Muneisha Sakai, Japón, 2009
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Redline. Takeshi Koike, Japón, 2009
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Summer Wars. Mamoru Hosoda, Japón, 2009
[1] Para la recreación de la fantástica órbita virtual plasmada en el film, tal como nos señala muy acertadamente Arantxa Acosta, Mamoru Hosoda hace acopio de la iconografía del artista Takashi Murakami, aspecto especialmente reseñable en la configuración del virus informático malvado. |


En la puesta en largo que el BAFF ofrecía, no podía faltar un largometraje de mechas (artefactos mecánicos de grandes dimensiones conducidos por el hombre), uno de los subgéneros más significativos y exitosos del anime orientado a un público masculino adolescente (shonen). Neon Genesis Evangelion, de los estudios Gaimax, es el paradigma absoluto, auténtica serie de culto desde que se diese por finalizada en 1997. La que se exhibe, reelabora los seis primeros capítulos para estrenarse cinematográficamente. Ello no esconde su intención de captar nuevas audiencias más jóvenes, a las que la serie primigenia no les alcanzó o les llegó demasiado pronto.
A falta de un Katsuhiro Ôtomo en la oferta, el BAFF nos entrega la penúltima producción de uno de los grandes nombres de la cibercultura, Mamoru Oshii, autor de culto desde que lanzó en 1995, Ghost in the shell (Kokaku kidotai), film que reelabora los presupuestos cyberpunk de un Blade Runner (1982), para después ser saqueado por
A One Piece: Strong World le pasa algo similar que a Evangelion 1.0 You are (not) alone, en cuanto es una décima producción que parte de una exitosa serie. Pero no obstante, este relato de piratas, filtrado por la idiosincrasia nipona para configurar relatos fantásticos, consigue ser más entretenido y tener mayor empaque, a pesar de un excesivo metraje. Esta especie de versión japonesa de la isla misteriosa de Julio Verne, también evoca una nostalgia por los mecanismos que se desplegaban en una serie como Dragon Ball. Responde milimétricamente a la variante del universo polifacético del anime más exitosa y que más se ha exportado fuera de sus fronteras. Dentro del citado shonen, éste es un film con un target muy claro y a él se pliega totalmente: adolescentes y jóvenes masculinos. Hablamos de la animación basada en combates, los cuales se fraguan entre criaturas irreales y héroes con fisionomía antropomorfa, dotados de poderes sobrenaturales. Maniqueísmo absoluto y un aspecto totalmente lúdico y despreocupado que le favorece. No obstante, el espectador que haya sobrepasado la treintena es posible que se sienta un poco desplazado ante el festín juguetón. Tiene los mismos ingredientes que manejan los videojuegos de lucha para enganchar al personal, pero sin interactividad.
El factor adulto y la experimentación que pueden comprobarse en The sky crawlers, también tiene cita en Redline, que explota un filón exitoso de la animación nipona, el de competiciones deportivas (recordemos la serie Campeones). Aquí, una carrera de coches en clave futurista y tremendamente histérica, que recuerda a una versión modernizada de la serie Autos locos, pero en clave distópica y desencajada. Y como hablamos de Japón, no puede faltar un desenlace desmesurado en torno a una hecatombe nuclear, que recuerda a los excesos de Akira (Katsuhiro Ôtomo, 1988). Este delirio sacado de madre, a ritmo de machacón y atronador drum'n'bass, que acaba dejando sordo al cronista, recupera en ciertos momentos, la animación más underground, al estilo de un Bill Plympton, que a mí particularmente, me recuerda a esas figuras desestructuradas de las pinturas de Francis Bacon, pero sin acentuar el lado siniestro.
La mejor película anime y sin hacer distinción alguna, una de las mejores vistas en el BAFF. En 
