Mafias y sadismo enfermizo
Las películas asiáticas de hoy incluyen una importante porción de agresividad. Llama la atención que los directores más reconocidos sean también los más devotos de la violencia. Atenderemos tres países, por ser los mayores productores, cuyo cine se suele identificar por alojar una intensa carga de durezas física y psicológica en la pantalla.
Comencemos por Japón, el gigante fílmico asiático. Presenta un cine con remarcado carácter imperialista y egocéntrico, con una forzada simbiosis entre la tradición y el cosmopolitismo. El thriller policíaco es el género más abundante y constituye un tema obsesivo y casi exclusivo de directores como Takeshi Kitano (que trató de probar suerte en otros géneros y aún consiguiendo valerse en ellos, retornó a su tema predilecto). Películas tan válidas como Violent Cop (1989), Sonatine (1993) o Brother (2000), entre muchas otras, retratan la legendaria yakuza japonesa dando cuenta de la sanguinaria crudeza de sus métodos pero, al mismo tiempo son el espejo de la sensibilidad innata a todo ser humano, hasta al criminal despiadado. El tema gangsteril nipón, ahora desde una perspectiva anárquica, surrealista cuasi fantástica, también ha sido objeto de estudio por Takashi Miike en la insólita trilogía Dead or Alive (1999, 2000, 2002). Después, enfocaría el mismo tema, desde el punto de vista de las bandas estudiantiles con Crows Zero (2007) y Crows Zero II (2009).
Al hablar de Miike, yakuza y sangre, sería imperdonable no citar la adaptación gore del manga Ichi the Killer (2001), protagonizada por un esquizofrénico asesino que no goza de ningún fundamento lógico para cometer todo tipo de atrocidades. Bajo maneras similares, se sitúan los comienzos del cineasta Kinji Fukasaku, un claro representante de la serie B japonesa que, con el tiempo se pasó a un cine más comercial. Autor de la interesante Street Mobster (1972), una cinta sobre la escalada en las bandas de un matón de barrio, y la aclamada saga de cinco películas The Yakuza Papers (1973-1974), apenas rodada en un par de años. Como en una especie de proceso de reinvención de sí mismo, Fukasaku ha terminado emulando sus propios orígenes -aunque con algo más de presupuesto, y con más pena que gloria, todo sea dicho- con la saga de culto Battle Royal (2000 y 2003), donde los sanguinarios protagonistas son los púberes alumnos de una clase de secundaria.
Volviendo a las mafias orientales, otros muchos cineastas, de los considerados de culto, se han inmiscuido en este prolífico terreno, filmando, en la mayoría de los casos, varias entregas que conforman memorables sagas. En lo referente a China, la postura más clásica, y a la vez extendida, consiste en el recuerdo nostálgico de un gran imperio y su tradición, a través de las históricas contiendas que lo levantaron. Mas, contrariamente, también existen autores occidentalizados que han adoptado las técnicas más frescas y la espectacularidad de los efectos especiales del otro lado del mundo, caso del gurú asiático de los blockbusters de acción John Woo, que con productos como el díptico A Better Tomorrow (1986, 1987) definió un estilo denominado "Heroic Bloodshed", que engloba aquellos thrillers de enfrentamientos entre gángsteres y policías donde el tema del honor (luego volveremos sobre él) está siempre presente. Con similares influencias encontramos a su tocayo, el hongkonés Johnnie To (Hong Kong fue colonia británica hasta 1997) quien, por su parte, establece un verosímil y muy válido marco desolador sobre el que dibujar la jerarquía de las tríadas chinas y hongkonesas y sus conflictos internos, como la tensión que envuelve el designio de un sucesor para gobernar el clan, como ocurre en Election (2005) y Election 2 (2006). Incluso, un director partidario de los encuadres limpios y bellos, de una estética colorista y artificiosa en detrimento de una historia de grandes temas, como es Wong Kar-Wai, ha llegado a tocar este género en una de sus películas más intensas, Fallen Angels (1995).
Continuando con la atracción y la hermosura de una "violencia bella", conviene resaltar las poéticas coreografías de artes marciales en la obra del maestro Zhang Yimou, como las desplegadas en las impresionantes y épicas Hero (2002) o La casa de las dagas voladoras (2004). Yimou es uno de esos cineastas que, como antes calibramos, buscan el cálido refugio en la épica de un pasado glorioso, huyendo de la mediocridad actual de su país.
Corea del Sur -la del Norte carece de cinematografía reseñable- completa el trío de países asiáticos que gozan de dignos representantes a la hora de derramar sangre en la pantalla. A pesar de encontrarse fuertemente influida por la doctrina americana y la alta industria de Hollywood, se preocupa por imbuir en su cine unas señas de identidad propias mas, sin aplicar el ímpetu requerido, no suele conseguirlo. Parece creer en la violencia como uno de estos rasgos personales e independientes pues, hasta en el cine más sentimental, la dureza siempre se halla plasmada (valgan las cintas de Kim Ki Duk como prototipo). Eso sí, los thrillers de acción de bandas como los enumerados hasta ahora no son tan predominantes. Salvo excepciones como la aplaudida A Bittersweet Life (Kim Ji-woon, 2005) o The Chaser (Na Hong-jin, 2008), la verdadera violencia suele trascender en la tirantez, siempre consecuente, entre las dos Coreas. Bajo esta premisa, desarrollaron trabajos aceptables como Swiri (Kang Je-gyu, 1999) o Double agent (Kim Hyeon-jeong, 2003) que aún no alcanzan la maestría de JSA: Joint Security Area (2000), una de las obras maestras del abanderado del cine coreano Park Chan-wook. En este autor imprescindible, localicemos un punto de inflexión. La violencia física de la filmografía sobre mafias, cede el paso ahora a la violencia psicológica y sentimental, como la implícita en la defensa de la honra y su correspondiente venganza. Así, veneremos su Trilogía de la Venganza, compuesta por los magníficos filmes Sympathy for Mr. Vengeance (2002), Oldboy (2003) y Sympathy for Lady Vengeance (2005), un conjunto fílmico cuya crudeza sólo es superada por su refinada calidad visual y por unos guiones repletos de sorpresas dramáticas. Llevando a cabo un estilo más realista, enmarcaríamos al director Bong Joon-ho, autor de Memories of Murder (2003), historia basada en hechos reales, que narra la infructuosa investigación de una brigada policial en torno a un escurridizo homicida que asesina a sus víctimas tras abusar sexualmente de ellas.
Otro género en el que el cine oriental moderno está dando unos más que dignos resultados, aunque, en ocasiones, de un modo mucho más limitado -y copiado cada dos por tres por los americanos-, es el terror. Apelando directamente a lo más oscuro de la mente humana, la violencia atenta aquí contra el raciocinio (aunque, en algunas de ellas, no se echen en falta los litros de una sangre que presume de emanar a borbotones). De entre tantas como hay, podemos destacar las loables y deliciosamente descarnadas Audition (Takashi Miike, 1999), The Host (Bong Joon-ho, 2006), Dos hermanas (Kim Ji-woon, 2003) o el último y vampírico trabajo de Chan-wook, Thirst (2009) -en tiempos donde el chupasangre viene pegando fuerte-, sin olvidar a las, no por pioneras de una línea concreta menos estremecedoras, The Ring (Hideo Nakata, 1998) y The Grudge (Takashi Shimizu, 2004).
Eliminados los tabúes y prejuicios de que las sociedades asiáticas se caracterizan por reconocerse más políticamente correctas, tímidas y reprimidas, la filmografía expuesta revela una pasión enfermiza por la vil crudeza, superior en retorcimiento, incluso, a la del cine occidental.