Occidente

Joyas europeas y cine de masas americano

Al otro lado del mundo, el panorama no es muy diferente en cuanto a las aplicaciones de la violencia. Queremos decir: el gusto en su utilización es igual de satisfactorio. Sin embargo, la variedad temática es mayor, así como el enfoque de la oferta. Es más probable encontrar buenas cintas, aunque para ello se habrán tenido que desechar puñados y puñados de auténticas bazofias. En este caso, no estableceremos el itinerario a recorrer en función estricta de la nacionalidad de las películas puesto que, en Occidente, existen muchas regiones que merecen entrar en esta lista y no podemos abarcar toda la producción (ni siquiera en un sólo libro). Aún con esto, siempre se deben tener en cuenta los méritos de los países menos industrializados (cinematográficamente hablando, claro), frente al auge de los grandes productores europeos. Por tanto, el criterio clasificador será el de la temática y el procedimiento personal de los autores, tratando de hacer hincapié en aquéllos que se hayan atrevido a distanciarse de lo habitual.

El video de BennyMerece la pena iniciar nuestra particular incursión en el cine violento europeo registrando la obra completa del multipremiado Michael Haneke. Sus turbadoras películas aluden a la agresividad latente de la sociedad moderna de muy diversas formas. Los primeros trabajos del austríaco, como El séptimo continente (1989) o El vídeo de Benny (1992), banalizan la presencia de la violencia en el seno de cualquier familia de clase media, hasta el punto de lograr su corrosión desde dentro y sin que se llegue a advertir hasta que es demasiado tarde. Igual de inquietante, pero muchísimo más explícito, es su film más famoso, Funny Games (1997), del que el propio autor filmaría un remake calcado plano a plano para el mercado americano en 2002. Sus últimas películas, Caché (2005) y La cinta blanca (2009), pretenden sumergir la violencia en el subconsciente, partiendo del miedo psicológico que genera aquello que existe, pero que no se ve. Otra filmografía saturada de violencia psicológica es la del danés Lars Von Trier. Quizá más pedantes y extravagantes que las de Haneke, Los idiotas (1998) o Dogville (2003) se sitúan dentro de esta tendencia. No obstante, el filme de terror Anticristo (2009), su último trabajo, mezcla tanto la violencia psíquica mediante desórdenes paranoicos y de locura, como la física en su vertiente más extrema.

Manteniendo estas formas tan secas y apáticas, haremos referencia a Luc Besson, un director multigénero, cuyos thrillers Nikita (1990) y Leon (El profesional) (1994), muestran el modus operandi de los asesinos a sueldo, que igual mantienen la cabeza fría para matar, que la tornan ardiente para amar. Aprovechando que medimos temperaturas, un escalofrío gélido visitará al espectador durante la violación completa de diez minutos -al gusto del cine mondo de los 60-70- que reproduce Irreversible (Gaspar Noé, 2002), una cinta que bien puede servir de muestra de la presencia de la violencia ilimitada en el cine actual. Con una estructura narrativa inversa y un montaje original, el director se considera legitimado para empotrar una escena, hiriente de cualquier sensibilidad, como detonante para una historia de venganza. Por Venganza (Pierre Morel, 2008) también conocemos una trepidante película sobre la trata de blancas por mafias de proxenetas centroeuropeos. Y, sobre una sanguinaria venganza y la defensa del honor -retomando los dos temas distintivos, como ya dijimos, de gran parte del cine asiático reseñado- de un hermano trata la impactante Dead Man's Shoes (Shane Meadows, 2004).

Cambiando totalmente de registro, vamos a reírnos un poco. ¿Puede la violencia ser divertida? Es una manera de entender la obra de Guy Ritchie, apodado "el Tarantino británico" por armar unos batiburrillos de confusiones malhabladas y absurdos enfrentamientos masivos, protagonizados por una extensa galería de pintorescos personajes. Todo ello bañado por un humor negro a la altura de los chascarrillos del americano. Así son Lock & Stock (1998), Snatch. Cerdos y diamantes (2000) y RocknRolla (2008). El problema es que Ritchie no sabe desprenderse de esta estructura para triunfar y comienza a resultar repetitivo aunque, siendo indulgentes, hasta el momento es, cuanto menos, entretenido. Por el mismo patrón cómico, se rige el ruso Aleksey Balabanov en Dead Man's Bluff (2005), ambientada en los primeros noventa con la caída del comunismo de la URSS, donde se manifiesta una clara ausencia de principios éticos en el manejo de armas por un par de bandidos de poca monta a los que da igual un ocho que un ochenta.

PusherEl tema del gangsterismo es recurrente, no sólo en su cara desprejuiciada y satírica. El danés Nicolas Winding Refn, alcanzó la cumbre del género con la excelente trilogía Pusher (1996, 2004, 2005). Centrándose en los trapicheos de unos cuantos traficantes de drogas urbanos, la colección está rodada con un estilo documental y fue un gran éxito unánime de crítica y público. Winding Refn filmó el año pasado la polémica Bronson, un biopic sobre el ex boxeador Michael Peterson, considerado "el hombre más peligroso del Reino Unido". Según se podía leer en un artículo de "El País" en su versión digital (12-03-2009), <<más de un crítico consideraba este filme como "La naranja mecánica del siglo XXI">>. El debate que ha generado en torno a la violencia y la ausencia de pudor en la explicitud, es semejante al que ya desencadenara la adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess por parte de Stanley Kubrick, que proponía un dilema ético en la lucha entre los impulsos humanos y el libre albedrío. En cierto modo, la cuadrilla compuesta por Álex y sus drugos, ha servido de modelo al posterior cine europeo de bandas. Con una ideología más resuelta, pero igualmente irracional y provocadora, Quadrophenia (Franc Roddam, 1979) constituyó la más famosa de las primeras películas sobre tribus urbanas, convirtiéndose en todo un objeto de culto para el colectivo mod. Una derivación posmoderna de ésta sería Awaydays (Pat Holden, 2009), basada en el hooliganismo del entorno futbolístico. 

En oposición a esta ideología definida, la escasez de principios morales y la ausencia de motivos es evidente en el filme pop francés Ocurrió cerca de su casa (1992), un ejercicio de delirio pomposo en forma de falso documental que rastrea las actividades delictivas e indiscriminadas con las que acostumbra a desahogarse el protagonista. Apurando esta última parada en el cine galo, un par de recomendaciones de terror: la hemorrágica Inside (Alexandre Bustillo y Julien Maury, 2007) y una de zombies, The Horde (Yannick Dahan y Benjamin Rocher, 2009); y otro par de macabros y sorprendentes hallazgos alternativos: la enigmática y oscura 13 Tzameti (Géla Babluani, 2005) y la heredera del sufrimiento "a lo Funny Games", Alta tensión (Alexandre Aja, 2003).

Se habrá apreciado que todavía no se ha suscrito mención alguna al cine alemán, italiano o español. Las razones son sencillas. Alemania, vivió su época dorada con el cine de terror expresionista, pero ahora apenas cuenta con ejemplos arriesgados fuera del cine plano y convencional (en lo que a la violencia respecta). Lo mismo ocurre con Italia y España, países abonados al drama y al cine social -irremediablemente lacrimógenos- donde tendríamos que rebuscar en la serie B, el cine quinqui de los 80 y el exploitation más casposo para encontrar algo de sangre con un mínimo -minimísimo- de congruencia. Por estos derroteros, lo más recomendable sería incluir el cine trash de Jesús Franco o del recientemente fallecido Paul Naschy, más que nada, por su desproporcionada e ingente aportación fílmica al terror patrio. Rebuscando algunos ejemplos españoles que pudiesen encajar, consideremos filmes de temática exclusiva y esencialmente violenta como el debut del impersonal Alejandro Amenábar, Tesis (1996), basada en las snuff movies (grabaciones de torturas o asesinatos reales) o El día de la bestia (1995), la comedia satánica de Álex de la Iglesia.

Crucemos el charco para analizar el cine americano, el de más comercialidad y público masivo de los aquí tratados. Con un afán desmesurado por el negocio, la principal industria del mundo recurre, a la violencia, generalmente, como un aliciente para incrementar la recaudación en las taquillas. Su patentada política del miedo también les ayuda con subyacentes moralejas. Por esta deficiencia en su discurso, y por su permanente reincidencia en las formas pornográficas de violencia  -se encuentran en una gran mayoría de los estrenos actuales-, procuraremos darle una lectura más superficial que al resto del cine del mundo.

Perros de pajaEstablezcamos, primero, un punto de partida de influjo contemporáneo. Desde la siniestralidad ligeramente explícita y de incomodísima angustia de títulos antológicos como Defensa (John Boorman, 1972) o Perros de Paja (Sam Peckinpah, 1970), el cine violento ha evolucionado hacia un camino formalmente distinguido y elegante y, además, hacia la normalización de la atrocidad. Esto se percibe en autores como Quentin Tarantino. Cinéfilo adicto a las cintas de kung-fú y a la cultura pop, el director de Pulp Fiction (1994) ha convertido el salvajismo más inhumano en el paradigma del cine posmoderno, en símbolo de la perfección estética. Así, la saga Kill Bill (2003, 2004) aúna una combinación multigénero que va desde la serie B más canónica, pasando por el anime japonés, hasta la frialdad del spaghetti-western. Como spaghetti-western, transgénero, también se considera su reciente revisión con final alternativo de la Segunda Guerra Mundial, la efectista y originalmente rítmica Malditos bastardos (2009).   

Otro de los representantes actuales del culto a la temática violenta, esta vez a través de la figura del serial killer, es David Fincher. Seven (1995) se hace ecos de una morbosidad inédita hasta la fecha, a través de la acción de un asesino que se recrea cometiendo asesinatos basados en los siete pecados capitales. El club de la lucha (1999) encubrió esta morbosidad tras un sustrato de débil ideología terrorista (que, en palabras del crítico Jordi Costa, "venía a convertir el mamporro en forma de comunicación finisecular del XX"), y Zodiac (2007), con una investigación policíaca basada en hechos reales. Esta pasión por el morbo fue el crítico fundamento motor de Asesinos natos (Oliver Stone, 1994), una road movie sobre una pareja de amantes trastornados, cuyas matanzas propician un encumbramiento interesado y sensacionalista por parte de los mass media. El colmo del cine de serial killers, viene de la mano de American Psycho (Mary Harron, 2000), centrada en las acciones de un pijo con malas pulgas que no soporta que los demás le superen en calidad de vida.

La herencia de las producciones ochenteras que ensalzaban la gallardía de un desfacedor de entuertos de idiosincrasia sobrenatural como Terminator (1984) o Robocop (1987) -que darían lugar a inagotables entregas- se ha trasladado a las últimas adaptaciones del cómic de superhéroes. Destacando la concepción de Batman por Christopher Nolan, son aceptables las revisiones de El cuervo (Alex Proyas, 1994), el díptico de Guillermo del Toro sobre Hellboy (2004, 2008) y la adaptación de Watchmen (2009) por Zack Snyder. En 2005 se filmaron las brutales versiones cinematográficas de los tebeos de Frank Miller, Sin City (Robert Rodriguez) y de Alan Moore, V de Vendetta (James McTeigue), obras ambientadas en sociedad distópicas sembradas de corrupción. De un tinte más legendario es la adaptación de otra novela gráfica de Miller, 300 (2007), que retrata la crudeza de la batalla de las Termópilas en el 480 A.C. entre espartanos y persas, también a cargo de Snyder. Y ya que hacemos alusión a acontecimientos históricos, indicaremos dos cintas modernas, muy discutidas por erigirse como verdaderas apologías del sufrimiento humano debido a su alto contenido de violencia expresa, La pasión de Cristo (2004) y Apocalypto (2006), ambas rodadas por el ultraconservador Mel Gibson, que a su vez fuera protagonista de la apocalíptica trilogía de George Miller, Mad Max (1979, 1981, 1985).

Consiguiendo cautivar a los aficionados a los videojuegos, las adaptaciones de éstos suelen ser fieles al producto original, pero poco al medio que las acoge. Muestras significativas son Silent Hill (Christophe Gans, 2006), Resident Evil (Paul W. S. Anderson, 2002) y sus secuelas, Lara Croft: Tomb Raider (Simon West). En este monográfico se antoja incuestionable incluir las adaptaciones sobre los beat ‘em up, juegos de lucha cuerpo a cuerpo, rara vez aceptables como el caso de Mortal Kombat (Paul W. S. Anderson,1995), y la mayoría de sus bazas nefastas, como la patriótica y totalmente desligada del software primitivo Street Fighter, la última batalla (Steven E. de Souza, 1994) o la semierótica DOA: Dead or Alive (Corey Yuen, 2006).

American history XCambiando de tercio, en cuanto a las cintas violentas de naturaleza ideológica, destacamos la película sobre neonazis, American History X (Tony Kaye, 1998), una historia no exenta de moralina que exige un esfuerzo mental doloroso en su visionado. Conectando con el terreno de las guerras bandas -tras la notable influencia de la clásica saga de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990)- bajo el marco de la Guerra de Secesión estadounidense, Scorsese (autor de insignes películas sobre mafias como Malas Calles -1973- o Uno de los nuestros -1990-) rodó su Gangs of New York (2002), protagonizada por Daniel Day-Lewis, que interpretaría después a un magnate del petróleo -papel por el que obtuvo un Oscar- en la también sangrienta Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2002). Bajo este contexto viene a cuento incluir la alabada El precio del poder (Brian de Palma, 1983), crónica del ascenso criminal de un emigrante cubano en Miami, o la sucedánea -también protagonizada por Al Pacino- Atrapado por su pasado (Brian de Palma, 1993). Las claras pretensiones de los personajes protagonistas de estas películas, se contraponen a la amarga psicopatía desmotivada de los asesinos en serie de Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986) o de No es país para viejos (Joel & Ethan Coen, 2007).

Por supuesto, las producciones de terror americanas constituyen ejemplos inmejorables de cine tremendamente violento. El llamado grupo de las tres C's, compuesto por John Carpenter, Wes Craven y David Cronenberg, supone la más cualificada escuela de terror mercantil de EE.UU. Bien se sabe que, en este género, Hollywood puede ofrecer de todo: desde macarradas excéntricas como La casa de los 1000 cadáveres (Rob Zombie, 2003), hasta descubrimientos humildes, pero admirables, como Los extraños (Bryan Bertino, 2008) Pero, el gusto americano por la vuelta de tuerca y la pasión por la explicitud extrema, han dado lugar a sagas como Hostel (Eli Roth, 2006, 2007) o a la eterna Saw, originada por James Wan, que, cada año, bajo la firma de un nuevo director, lanza una nueva entrega con el firme propósito de superar en excéntricas macabridades a la anterior -con la justificación de que la gente no sabe apreciar su vida-. Finalmente, recordemos que la explicitud violenta no tiene porqué reducirse a la sangre gratuita, sino que puede presentarse de manera sexual (filmografía de Larry Clark), o protegida por una cubierta bélica (Apocalypse Now, Francis Ford Coppola, 1979), por apuntar otros casos.