Críticas

Regreso al pasado

La cura del bienestar

A Cure for Wellness. Gore Verbinski. EUA, 2017.

Póster promocional de La cura del bienestarLos caminos del horror son insondables. Eso sí, dependen de modas, corrientes, obsesiones estéticas y, sobre todo, de las circunstancias en las que esas películas ven la luz. Existen miedos atemporales, agarrados al corazón humano desde el comienzo de los tiempos. Pero no es menos cierto que esos horrores son mutantes, capaces de aparecer con muy diversas caras a lo largo de la trayectoria del género. En el fondo, muchas veces tengo la sensación de que las historias no cambian; cambia la manera de contarlas.

Incluso puede que nos encontremos por el camino fabulosos pasos atrás, que recuperan formas que parecían obsoletas, adaptadas, eso sí, a los paladares del siglo veintiuno. Algo de eso hay en La cura del bienestar, regreso del efectista y artificioso Gore Verbinsky. Este director es reconocido por el gran público como artífice de la exitosa trilogía original de la saga Piratas del Caribe. De hecho, por ahí han seguido los derroteros de la carrera de Verbinski, sustentada sobre pelotazos de taquilla destinados al entretenimiento de multisala. Eso sí, no quitemos mérito a su capacidad de adaptación casi camaleónica, porque un Oscar luce brillante sobre su mejor estantería, supongo, a cuenta de la película animada Rango (Gore Verbinski, 2011).

Para la ocasión, Verbinski cambia de disfraz, y nos conduce a los agotados caminos del thriller psicológico. La cura del bienestar es la curiosa mezcla entre ingredientes de sabor añejo y las angustias del ser humano agobiado por la jungla urbana, que dan el toque de modernidad a un relato que mira con devoción a los clásicos del gótico. Los referentes que inspiran esta acometida de Verbinski al terror son de primer orden, reconocibles por cualquier espectador con cierta tendencia a las historias macabras que han marcado los puntos álgidos del género. En ese sentido, la sensación de camino conocido puede incluso resultar cómoda. La cura del bienestar nos regala una especie de siniestra paz de regreso al hogar. Un hogar neblinoso, lúgubre, funesto y tenebroso. Esos lugares donde nos sentimos como en casa, protegidos en la oscuridad de una sala de cine, los fanáticos del género.

Imagen de La cura del bienestar

Verbinski sirve de guía por un mundo morboso, lleno de misterios que nos recuerdan pesadillas de lóbregas mansiones y pérfidos secretos familiares. En realidad, La cura del bienestar en un perfectamente medido paso atrás, y recupera para el siglo veintiuno las sensaciones y lugares comunes del horror victoriano. Incluso su premisa recuerda de manera lejana al arranque de Drácula. Un joven hombre de empresa, adicto al trabajo y motivado por la ambición desmedida, es enviado a Europa a la búsqueda de un importante miembro del consejo de administración. Parece que ha perdido la cabeza, y se ha internado en un misterioso sanatorio en el corazón del continente, rodeado de secretos. Como no podía ser de otra forma, el joven aprende por las malas que el pasado nunca muere del todo, y se ve envuelto en una sombría conspiración en los muros del viejo castillo que alberga las instalaciones del balneario.

El director no pierde el tiempo en los pasajes iniciales de su película, y con un par de pinceladas nos dibuja al personaje principal. Atrapado en su propia red en el salvaje e implacable mundo empresarial, es lanzado hacia un universo de ritmo muy diferente; un lugar de tensa calma y sospechosos tratamientos, telón para camuflar la verdad.

La cura del bienestar se aleja diametralmente de los espectáculos de fuegos artificiales acostumbrados por Verbinski. En cierto modo, el exitoso realizador renuncia a sí mismo y ofrece alguno de sus momentos más inspirados, tanto en lo estético como en lo narrativo. Hay una coherencia interna en la película que es digna de admirar. La constante es la apuesta de Verbinski, convencido y convincente con sus decisiones. Construye de manera magistral un ambiente insano, lúgubre, de profundo efecto psicológico como pesadilla de hipnótica belleza. Los espacios son parte orgánica de la narración, una especie de viaje a un infierno anclado en el pasado.

La antigua nobleza europea y el exotismo mágico del continente, reminiscencias de Frankenstein, el miedo a la muerte, el tabú incestuoso y otros tantos temas que se han recorrido con profusión en el género ganan identidad para espectadores de hoy, gracias a los planteamientos estéticos, entre el homenaje y la modernidad, de un director que sorprende en esta nueva faceta.

Protagonistas de La cura del bienestar

A pesar de estos aciertos, La cura del bienestar es una película imperfecta, esclava de las muchas debilidades que ni el mejor de los empaques visuales puede solucionar. Si hay algo que funciona en un relato de terror, es la inmediatez y la brevedad. Algunos de los mejores momentos del género están en relatos cortos, impactantes y directos a las emociones del lector. Cuando no existe ese control de la narración, es posible que muchos de los puntos flacos de la producción salgan a la luz. Esto es lo que ocurre con La cura del bienestar.

El exceso de duración de la película dinamita muchas de las intenciones de Verbinski. A pesar de la fabulosa ambientación y el cariño con el que se tratan los referentes, el mejunje de ideas acaba por indigestar por la falta de contención. El director está demasiado ocupado en el vaporoso paseo por los pasillos del sanatorio, así que olvida que la trama como tal es un poco endeble. Hay muchos pecados que esconder en una historia necesitada de camuflaje en ciertos momentos. El nudo de la película se torna interminable, dando demasiadas vueltas a lo mismo, y sin el remate clarificador en gran cantidad de conceptos. Una pena, porque con un buen recorte de minutos, La cura del bienestar podría haber sido un gran ejemplo de buen hacer y cuidado visual.

Casi una gran película. Magnífica puesta en escena, buen tono, pero demasiadas ideas mal combinadas, y una duración que es casi un suicidio. Aún así, se deja ver, resulta inquietante en sus mejores momentos y apuesta por una identidad propia como película, fuera del ruido del que hacen gala las producciones de horror de los últimos años. Se agradece ese paso atrás en las formas. A ver si la siguiente de Verbinski ratifica las buenas ideas que se diluyen entre las enigmáticas aguas de La cura del bienestar.

Ficha técnica:

La cura del bienestar (A Cure for Wellness),  EUA, 2017.

Dirección: Gore Verbinski
Duración: 156 minutos
Guion: Justin Haythe, Gore Verbinski
Producción: New Regency Productions / Blind Wink Productions / Studio Babelsberg
Fotografía: Bojan Bazelli
Música: Benjamin Wallfisch
Reparto: Dane DeHaan, Jason Isaacs, Mia Goth, Susanne Wuest, Celia Imrie, Lisa Banes, Adrian Schiller, Ivo Nandi, Natalia Bobrich, Johannes Krisch, Jason Babinsky, Judith Hoersch, Jeff Burrell, Eric Todd, Godehard Giese, Craig Wroe

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