Hay elementos que traspasan los bordes de su género y van más allá de los que esperamos. Se trata, por supuesto, de obras que logran construir sus mismas reglas y poner en marcha una serie de conexiones con el espectador que nos llevan a una sensación de malestar capaz de sacudir nuestras mismas vidas. Quedan, efectivamente, dentro de nuestros recuerdos no solo las escenas, sino el conjunto narrativo, las actuaciones, los colores, y hasta logramos sentir las sensaciones de calor que el sol de una Australia de los años setenta nos hace caer sobre la piel. Más allá de una simple visión, es entonces el reconocer la existencia del acto mismo de experimentar un producto que llega a las cimas de la obra de arte y que, conscientemente, se impone como elemento del que no podemos deshacernos una vez lo hayamos vivido. Una obra, al fin y al cabo, que encarna exactamente el valor de lo que el arte, en cuanto inútil elemento universal humano, sabe ser cuando es trabada por manos expertas.
Podría ser una cuestión de profundo sentido de lo que es la humanidad. Perdición, quizás sea esta la palabra correcta para hablar de Wake in Fright y dejarse llevar así por una pesadilla que logra atraparnos dentro de un mundo que parece tan extensamente infinito y tan mínimamente cerrado dentro de sí. No se puede escapar de la sempiterna visión de un infierno que se repite en la reverberación de las risas de los pecadores. Algo se inserta dentro de nuestra psique y, por supuesto, se nos abre ante las pupilas una realidad más compleja de lo que, efectivamente, tiene que ser la pregunta fundamental: ¿es que esta perdición es parte de un mundo externo, de algo que no le atañe a la humanidad, o, más clara y terriblemente, es que es un –el– elemento propio de una genética tanto cultural como biológica que nos define en cuanto criaturas? Si el infierno existe, entonces, tanto lego como profano, es porque nosotros mismos lo creamos desde nuestras mismas estructuras naturales.

Habría que preguntarse, también, si este universo, que se desarrolla en la imposibilidad de dejar un pueblo tan anodino como el de este desierto australiano, no despierta en nosotros el sentimiento de malestar que el acto de reconocerse en los personajes nos impone. Y, si de imposición se habla, no es posible olvidar el hedor de asfixia que lo vasto del outback inserta en una relación tan enferma como la de los seres humanos con sus pares. Una efectiva falta de redención que nos hace ver lo que somos en realidad, tan horribles y vacíos como una violencia inútil en contra de animales inocentes. Es, quizás, Wake in Fright una de las mejores representaciones de la humanidad y de hasta qué cimas puede llegar una vez que se dé cuenta de que nada rige el sosiego ficticio de una sociedad que puede destruirse a sí misma.
Es una simple historia. Un maestro que pasa sus vacaciones, no por su voluntad, en un pueblo australiano del cual le parece imposible escapar. Es la absurdidad de un cuento que es capaz de mezclar lo absoluto, lo infernalmente épico, con lo normal, lo que puede pasar sin que, efectivamente, de nada absurdo se tratara. A lo mejor es esto lo que hace que la película sea una efectiva obra de arte, el diálogo que se crea entre lo que definimos como una sensación kafkiana y la idea de estar vi(vi)endo una película que ha cruzado el límite entre lo aceptable (lo placentero) y lo increíble, lo monstruoso, lo profundamente humano. Excava dentro de nuestros pensamientos, de lo que se supone nos hace lo que somos, y pone al descubierto el sentimiento trágico (y cómicamente enfermizo) del valor mismo del ser humano, dentro de una estructura social que esconde, por debajo de una cortina de respetabilidad, la terrible idea de que, dentro de nuestro ser nulos, el infierno no se sitúa más allá del aquí y ahora.





Las mutaciones en cuanto parte de nuestro legado genético son, de por sí, elementos normales que se insertan en el cambio natural de las especies. La diversificación de nuestros cuerpos, por ejemplo, crea una diferenciación en lo biológico que permite una variación interna de las comunidades (hoy en día de un tamaño increíble, nada que ver con las antiguas tribus) gracias a lo cual somos llevados hacia un mejoramiento de nuestro ADN. Efectivamente, las mutaciones son un elemento imprescindible para los seres vivos de gran complejidad genética, y permiten que se cree una simbiosis positiva con el ambiente en el cual estos seres se encuentran. El cuerpo, entonces, punto de partida para el desarrollo de la mente, establece unos lazos con lo que lo rodea, desde el tipo de comida con el que se puede sustentar, hasta el color de la piel según el tipo de rayos solares que la rozan, todo esto, por supuesto, sin la presencia de lo vital de Bergson y sí con la casualidad del naturalista inglés quien escribió primero (pidiéndole permiso a Wallace) sobre la evolución en términos modernos.
Creo que (aquí voy a usar mi “yo” en cuanto espectador, lector, lo que sea) a veces me resulta difícil dejarme llevar por unas estructuras que poco interés me suscitan. Es, al fin y al cabo, una cuestión de sintaxis, de posición de las piezas (lingüísticas, simbólicas, o, metafóricamente y no solo según la idea del homo ludens, del juego en cuestión) ya que cada elemento tiene que funcionar dentro de una secuencia (otra metáfora, la del ADN) que en su andamiaje global presente una forma que se adapta a las leyes de la cohesión y la coherencia. Todo funciona, entonces, no porque simplemente anything goes (como decía el filósofo de lengua alemana), sino porque hay un sentido que se desarrolla a través del movimiento temporal (del principio al final) que a todos nos cierra dentro de su sempiterno moverse hacia adelante (cuestiones más físicas que metafísicas nos dirán del destino de la materia y del tiempo cuando se encuentran en los agujeros negros). Vaya palabras para decir simplemente que a veces se puede jugar con la disposición de los elementos cuando de narración se habla.
