La política es un elemento de cada grupo humano. Desde los elementos más pequeños, de dos personas, hasta los más grandes, de millones, la idea es que se intente convivir, establecer unas leyes y seguirlas, hasta variarlas cuando la sociedad y la cultura estén a punto de cambiar (o ya hayan cambiado lo bastante para que se hable de variaciones necesarias). La política es, que nos guste o menos, la estructura más importante del ser humano : posibilita la intercomunicación, la vida diaria, nuestro bienestar tanto mental como físico. Y es también verdad que en los últimos años se viene diciendo que la política habría empezado a ser vista como algo pesado, como un deber del cual queremos deshacernos porque resulta incapaz de relacionarse con nuestras mismas maneras de ser. Un desfase, por supuesto, que quizás no sea nada nuevo y que más resulte ser una de las muchas fake news con las que se intenta roer las fundamentas de los baluartes más fuertes de la política, aquellas democracias en las que buena parte (si bien no la mayoría) de la humanidad vive y, se espera, seguirá viviendo durante muchos siglos.

La mezcla de religión y política es, ella también, nada efectivamente nuevo. Baste con pensar cómo un emperador romano decidió cambiar la religión de su estado (y de sus muchas provincias). O tan solo sería suficiente pensar en la teocracia del islam inicial, que tantos problemas sigue creando por estar presente en algunas (no todas, por supuesto) de las regiones que hoy en día siguen leyendo el Corán. La religión, entonces, cuando se aleja de lo personal para entrar dentro de lo social, de lo público, no puede sino ser un elemento peligroso, incapaz por su naturaleza de cooperar con la cuestión de la democracia, ya que esta supone la tolerancia entre las diferentes maneras de pensar (hasta la sagrada elección por no creer) y el respeto que solo puede nacer dentro de un estado secular, que no se atiene a ningún principio sino el del ser humano (el ser humano es el fin, no el instrumento, como decía el filósofo prusiano). Tiempos terribles son los en los cuales la ideología (de cualquier tipo negativo) toma posesión de la racionalidad, de la tolerancia (la que soporta todo menos la intolerancia, ya que Popper tenía razón) y de la lógica, para así quitarle el aliento al futuro, a la democracia, al anhelo por el bien global.

La religión puede ser, entonces, un instrumento negativo, ya que sale del principio de separación de las esferas. Lo que un dios diga no puede ni tiene que convertirse en una imposición en contra del bienestar de las personas, allí donde este bienestar esté al alcance. Es el uso de la religión cristiana, entonces, la que se analiza, se controla y se critica en este documental cuya visión resulta tan necesaria para que aprendamos a defendernos en el futuro. Y es que, efectivamente, la religión utilizada en esta gran nación sudamericana es la que permitió a Bolsonaro ganar las elecciones y a Lula casi perder durante su vuelta al mundo político. O quizás más correcto sería decir que la religión de la comunidad evangélica bien se había unido a ideologías de extrema derecha (tan funestas como las de extrema izquierda, por supuesto) y gracias a la erosión del tiempo había logrado tomar su asiento en las mentes de los fieles. Sería entonces necesario preguntarnos si el problema (el mal de lo antidemocrático que se disfraza de democracia, de fingida libertad de pensamiento y palabra) se sitúa en lo ideológico o si, cosa más terrible, en lo privadamente psicológico de cada uno de los creyentes que intentaron el coup d’etat de 2022.

Este apocalipsis nos revela los problemas de un mundo que se deja arrastrar por una gana de poder, de imposición de una ideología negativa que quiere quitarles las libertades (tan solo de ser, de existir) a parte de la población. El ejemplo de Brasil puede que solo sea uno de los muchos presentes en el mundo, sobre todo en aquellas zonas donde la creencia en una entidad superior sigue siendo tan importante desde un punto de vista de personalidad, de pertenencia a un grupo, de formar parte de algo “más grande”. Y así es cómo el menosprecio ante la diversidad, ante lo que no se conforma a unas ideas antidemocráticas demasiado inflexibles, puede llevar a que nazca una nueva cruzada en la cual el enemigo es simplemente quien no se adapta a una manera de pensar que va en contra de lo racional. Es una lucha, a lo mejor, entre un futuro de toda la humanidad y una voluntad de destrucción que quiere englobar en su sagrado fuego destructor a todo un mundo que solo quiere respirar aire libre.

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Entre los elementos que llevan a la construcción de la comunidad humana se encuentran los de carácter moral, éticos, tan solo de relación personal con el bien y el mal. Hay en la Divina Commedia unos pobres pecadores cuya culpa fue la de no hacer nada, de no tomar partido, de no decidir sino de dejarse llevar por la corriente, sin dejar huella de su propia existencia dentro del contexto de la sociedad; los ignavi representan bien, quizás, a los que prefieren estar quietos porque, efectivamente, ninguna idea propia tienen. En la península italiana, durante el siglo vigésimo y después de la muerte del de Dovia (que nadie se olvide de él para que otros similares no lleguen al poder), la figura de los ignavi estaba representada, desde cierto punto de vista, por los de la Democrazia Cristiana, el partido de centro que parecía incapaz de tomar unas posiciones tales que llevaran a la aparición de un cambio radical en la sociedad. Se opuso, por ejemplo, al aborto y al divorcio, ambas acciones hoy legales en un país que finge ser cristiano, como siempre fingió durante los siglos del reino de los papas (un autoengaño que bien se revela en los números minúsculos de fieles que van a la iglesia los domingos pero que siguen con la idea de que sí, algo existe sobre nuestras cabezas, en los cielos del más allá).

Un presidente (en una república parlamentaria) a unos meses de jubilarse y retirarse de la escena. Un presidente ex democristiano (olvidé deciros que la DC se hundió durante los escándalos por la cuestión aquella de los sobornos, otro segreto di Pulcinella) que tiene que firmar una ley que permita a la gente (al pueblo, a los ciudadanos, a los que somos los efectivos componentes de cualquier nación) decidir si morir o menos. Eutanasia, entonces, una palabra que a veces parece excitar, en las mentes de algunas personas, la idea de un pecado mor(t)al, mientras que en otras, se ha ido convirtiendo en el símbolo de la libertad de la autodeterminación y de poder terminar un estado que solo nos trae dolor físico y mental (el del alma hay que dejárselo a los que en el alma creen). Una cuestión, la de este tipo de muerte, que provoca cierto malestar en un presidente que parece incapaz de moverse, de dar una respuesta clara, de saber qué es lo que efectivamente hay que hacer dentro de un mundo en el cual navega entre su amistad con un papa negro y una amiga (su mejor amiga, que claro quede) atea, y una hija símbolo de una generación futura.

Es, La Grazia, una obra técnicamente perfecta, con una fotografía impresionante, con un movimiento de cámara superlativo. Y es, también, una obra no muy bien escrita, con unos diálogos que rozan, en algunos casos, lo pésimo, como también unas actuaciones que resultan ser frías, fingidas; no se sabe bien si lo cutre de algunas escenas se debe a un guion incapaz de crear palabras verosímiles o si es, en realidad, la falta de naturaleza de algunos actores. Es una mezcla de partes buenas y de partes (muy) malas, que en conjunto nos llevan a pensar que algunas escenas, si bien evocadoras, hubieran podido ser cortadas, mientras que el juego de sentimientos y escenas oníricas, surreales, nos hace preguntar si lo que estamos viendo efectivamente tiene valor narrativo o tan solo es nada más que un ejercicio de estilo. Manierismo profundo, entonces, capaz de ir más allá de lo lícito y entrar (con cierta prepotencia visual) en el campo de lo barroco, de lo demasiado, de lo hinchadamente pesado.

Resulta difícil no darse cuenta de la importancia de esta película en el discurso social italiano, así como fácil es reconocer en ella la voluntad de hablar de algo del que hablar no se puede (por una cuestión de ignavia típicamente italiana, dentro de una población que en su mayoría sí está de acuerdo con la eutanasia pero que nada hace para que la política haga lo necesario). Y es que La Grazia es también una obra con no pocos problemas, demostración patente de la capacidad artística de Sorrentino como de sus limitaciones, de su amor por un estilo visual que a veces supera la fuerza narrativa y nos hace pensar por qué razón el director no supo reducir lo estético a favor del mensaje. Una película, sí, sobre la eutanasia, sobre la gracia (de dos personas que mataron a sus amados) y sobre los problemas éticos, morales y personales que pueden invadir la vida de cada uno de nosotros, también la de un presidente cuyo dolor más grande es la necesidad de seguir viviendo sin poder tener cerca de sí a su mujer. La muerte, al fin y al cabo, lo termina todo para los que se van pero no para los que se quedan.

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