Se puede pensar, en algunos casos, si efectivamente con el cambio estructural es posible mantener el objeto narrativo y conceptual original. O, quizás más sencillamente, nos podemos preguntar, ante el juego de la reelaboración y de los movimientos de los espacios de acción, si lo que nace para que sea utilizado dentro de uno marcos se deja reelaborar dentro de unos cánones técnicos nuevos, con los cuales sí se puede compartir algo, si bien – obviamente – no todo. Hay que ir más allá, creo, para que claro quede lo que es la cuestión de estos pocos párrafos y para que, en estas primeras líneas, ya se establezca el problema cuya solución vamos a encontrar o tan solo intentar hacerlo: ¿es justo decir que lo que nace en un medium no puede ser trasladado a otro y que, entonces, cualquier voluntad de reelaboración no puede sino verse frustrada? Demasiado general, dejen que me exprima mejor: ¿los cómics, con su medium, pueden efectivamente transformarse en obras cinematográficas o tan solo de las pequeñas pantallas?

La cuestión, una vez se tome un punto de vista más frío, parece muy sencilla y solo nos lleva, como se de un imán se tratara, a una conclusión lo más límpida posible: depende. El lector, justamente, podría entonces subrayar que una respuesta de este tipo se parece más bien a la voluntad de no querer tomar posición y de jugar de forma quizás semántica o tan solo (seudo) filosófica, más bien sofista. Quizás dependa (esta lectura de mi inocente palabra) del Geist de nuestros tiempos, en los cuales, simple y rotundamente, no se aceptan los tintes grises y se piensa que o estás conmigo o estás en contra de mí (de todas formas creo que la mayoría de las personas, cada cual singularmente, fuera de la psicología de las masas, tiene cierta capacidad lógica y racional de la cual no podemos eximirnos – un poco de optimismo nos queda, al fin y al cabo). Y es que, repito, la cuestión es efectivamente un “depende” que nos atormenta con su borrosa imagen de algo, por supuesto, borroso.

Se me permita, entonces, dar una explicación, ya que todo culpable tiene derecho a defenderse. La imposibilidad de llegar a una respuesta clara no implica de por sí que cada caso no tenga una, o, más correctamente, el hecho de decir “depende” no implica convertirnos en ignavi sino tener que controlar, evaluar, analizar y criticar cada caso, ya que la cuestión no es un elemento alieno a su contexto sino un mare magnum en el cual cada pez tiene su misma forma, pero sí, por supuesto, de peces hablamos. Y es que, efectivamente, no podemos sino darnos cuenta de la diferencia que se establece tan rotundamente entre un cómic de más de seiscientos (tomen un poco de concentración y repitan este número) capítulos como One Piece, uno de casi 400 números como Spawn y otro de unas quinientas páginas como From Hell. Y es que, efectivamente, en el caso de este último la voluntad de llevar el cuento a la gran pantalla no tuvo mucho éxito, si bien Depp logró actuar atentamente creando un personaje que en el medium original no existía (por lo menos como protagonista).

Se podría subrayar, correctamente, que lo de transformar el papel en celuloide no es nada nuevo, ya que aun entre los primeros productos del arte cinematográficos podemos ver a obras como el Frankenstein de Shelley o la Alice de Carroll. Hasta hace poco tuvimos la oportunidad de ver la reelaboración del Lear por parte de uno de los dos hermanos Coen o tan solo la muy taquillera Odisea de Nolan. Entonces, si ya es algo que hacemos con la literatura de solas palabras, ¿dónde estaría el problema con los cómics? ¿Acaso la deliciosa Persépolis de Marjane Satrapi, quien vive en nuestros recuerdos, no fue acertada? La épica de Frank Miller, ¿no encontró su sitio en la lectura visual que hizo Zack Snyder con sus espartanos (cuestiones sobre el machismo o la xenofobia de estas obras aquí no nos importan)?

Sin embargo, la cuestión de los media no puede ser abandonada por la sola consideración de que el original nadie va a cambiarlo: si no os gusta el filme, volved a leer el libro. La cuestión es de carácter narrativo y artístico, y nos lleva a considerar que, por ejemplo, un libro puede permitirse un juego temporal más amplio, así como nadie puede negar que dibujar un ejército de miles de soldados tiene un costo irrisorio cuando lo comparamos con lo que un director de cine tiene a su disposición. Y la cuestión es mucho más profunda, y nos vuelve a aquel From Hell del que hablábamos; la obra de Moore no fue bien llevada a la gran pantalla por varias razones, entre las cuales el hecho de tener en consideración el público y el número de billetes vendidos. En otras palabras, lo que el medium cómic permite es también cierta libertad creativa que depende de los costes diminutos, o, más sencillamente, lo que cuesta millones de dólares en efectos especiales solo cuesta un lápiz y mucha creatividad en el caso del papel (y nada digamos de las novelas o los cuentos breves, donde, Lovecraft docet, podemos hacer lo que más nos de la gana sin temor a usar demasiada imaginación).

Quizás sea esta la cuestión más profunda del cambio de medium dentro del marco relacional entre los cómics y el cine. En un caso las posibilidades de juego artístico y de modalidades de diálogo con el lector son más diversificadas y profundas que las que la gran pantalla (o tan solo la pequeña) efectivamente permiten, a menos que no se opte por inversiones muy contenidas y diminutas con las cuales acceder a un mayor (y mejor) elemento de libertad creativa. Algo que, por supuesto, no siempre puede pasar, lo cual tiene que chocar también con la dificultad de adaptar algo demasiado largo como puede ser una novela gráfica a la V for Vendetta, cuya transposición dejó completamente por un lado el discurso político y filosófico de Moore para así convertirse en una simple película de acción que mucho les gustó a los pseudo-anárquico (y la anarquía, bien claro quede, es un argumento muy complejo y maduro que no puede ser simplemente utilizado para la que es, al fin y al cabo, una película que quiere tragar dólares vendiendo billetes).

“Depende”, habíamos dicho, y la cuestión, por supuesto, puede darse por sentada desde un punto de vista general, mientras que necesita un análisis preciso desde uno más específico, o sea según cada caso. Se trata entonces de controlar si lo que nos ofrecen es una reelaboración, un relectura, o una transposición, fiel o menos, como en caso de Ghost World. Y, sí, todo depende también de muchos otros factores, como el tipo de inversión y de cuánto peso tienen los inversores mismos con su sed de provechos (en dólares, euros o lo que sea). Depende también de la bondad del guionista y del director, lo cual no puede que llevarnos a una consideración muy simple: sí, hay obras que nunca hubieran tenido que ser llevadas a la gran pantalla, sí, el Watchmen de Snyder no es una buena película, sí, la mayoría de Marvel-Disney es basura, sí, el Spawn de los noventa ni merece ser un guilty pleasure, pero, mis lectores, ¡cuán increíble es el Oldboy coreano!

Comparte este contenido:

Mala tempora, se podría decir. Cuestión de que, efectivamente, la mayoría del público (quienes permiten que se les vendan billetes) supone que el movimiento del papel dibujado hacia la pantalla solo se basa en la traducción al lenguaje visual de los (muchas veces poco interesantes) superhéroes (y lo digo rodeado de un numero bastante alto de libros de estos personajes, más bien como razón de carácter histórico). Mala tempora ya que la realidad es que el mundo comiquero, del arte de las novelas gráficas (o, como prefiere Moore, de los tebeos, traducción esta que bien se sintoniza con el original inglés proletario de comics) más amplitud y profundidad tiene, más alcance, más vastedad de horizonte(s), ya que, como en el caso de la literatura en prosa, la de los balloons tiene una red de diferentes identidades, propuestas y temáticas. Sobre todo, se podría decir, en el underground americano, en el europeo (que bien se une a las escuelas sudamericanas) y en el asiático, del cual proviene, obviamente, Oldboy.

Es la necesidad de saber quién ha hecho qué, de saber la razón que lleva a una persona a ser encerrada durante mucho (demasiado) tiempo en una cárcel que es un simple piso (pero sí, la televisión puede ayudar a no enloquecer). La detonación de la pregunta principal, de la necesidad de encontrar la respuesta, se une así al espíritu de venganza, creando un lienzo sobre el cual se va dibujando el problema de una sensación de malestar de la que no parece posible deshacerse. Y es que, efectivamente, esta sensación se debe a lo que el protagonista mismo se pregunta : ¿qué he hecho yo para merecer esto? Y si parece no haber una respuesta clara, una visión precisa, esto aumenta la necesidad de encontrar, ver y aceptar una culpa que no puede sino ser, completa y precisamente, un acto de remisión de los pecados dentro de un juicio basado en un crimen real. O, más sencillamente, todo parece indicar, en el sendero trazado por la historia, que la cárcel no habría sido nada más que un castigo sádico.

Y es la venganza de arriba la que parece abrir paso a una consideración sobre lo que hace que el hombre sea lo que es. Venganza de quién, podríamos preguntarnos, en el juego entre protagonista y antagonista, sin saber bien qué está pasando. Una oscuridad que lentamente se deja despojar, proponiendo un cuadro más limpio sobre el cual se nos pide que pongamos los ojos y emitamos un juicio final. Porque, por supuesto, la cuestión, más allá de misterios y venganzas, puede también resolverse en la necesidad de saber hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar lo complicadas que pueden ser la relaciones humanas. Difícil desatarse de pensamientos culturales, morales, éticos, sin aceptar que a veces nuestros mismos pecados son los que nos permiten seguir hacia delante en las relaciones interpersonales, en especial manera, las sentimentales. Y, dicho sea, para que quede claro, el juicio puede caer en la dificultad de aceptar lo inaceptable, hasta la absurdidad de perder cualquier posibilidad de comunicar lo que tendría que ser rechazado.

Podría parecer poco lógico o racional lo que se acaba de leer. Y es así que tiene que ser, ya que el torbellino de sensaciones que una obra maestra como esta nos suscita se basa no solo en un elemento general estético de óptimo nivel, sino en la absurdidad de lo que se nos ofrece como estructura tanto narrativa como temática. Habría que cerrar los ojos y temblar, una vez llegados a los últimos y terribles minutos. La presencia de la violencia, entonces, se distribuye no solo en las imágenes, sino también en la voluntad de proponer algo que, efectivamente, nos provoca cierta incomodidad moral y social dentro de nuestras mismas entrañas. Algo que, afirmémoslo, nos lleva a reconocer en Oldboy la presencia de un andamiaje que sostiene una obra que va más allá de lo cult y que se inserta en la consagración de lo verdaderamente artístico. Obra de arte, en otras palabras, que nos habla de sensaciones, de voluntad de venganza y de sadismo hasta provocar cierto dolor sublime.

Comparte este contenido: