De lo que fue, de lo que pasó, de lo que ocurrió y nunca más va a ocurrir. Sic transit gloria mundi, el tiempo es un fluir hacia lo infinito, y en el mismo río es imposible bañarse dos veces. Adiós, entonces, y que todo queme en el sempiterno fuego de la destrucción universal, el estómago cósmico que todo traga y todo vuelve cenizas. O, mejor dicho, el mundo sigue hacia delante, todo es, al fin y al cabo, una mala broma y lo mejor (os aconsejamos) es reírnos de nosotros mismos hasta desaparecer para siempre no en cuanto átomos (ellos siempre los seremos, reciclados en otros elementos) sino en cuanto seres vivos, capaces de pensar, sufrir, llorar y abrazar también lo estúpidos que podemos ser. Vis comica, entonces, nombre y apellido de una facultad típica del ser humano, ya que somos los únicos que sabemos hacer bromas y a través de este acto darnos cuenta de lo rara que es la vida, la sociedad humana y algunas de nuestras estructuras sociales. Todo perece, todo renace, y sobre todo, todos tenemos que envejecer, hasta mirarnos en el espejo y preguntarnos cómo es posible que nuestra barriga sea tan grande ya que hasta hace unas diminutas décadas todo parecía tan floreciente en nuestro cuerpo. Solo una frase reverbera en los sempiternos mares helados del universo : lick my love pump.

¿Qué es este Spinal Tap II: The End Continues? No es una secuela, por lo menos no lo es simplemente. Es algo más, la decisión no de volver, sino de seguir adelante dentro de un marco tan humano (la vejez) que se convierte en un lugar tan acogedor, capaz de proponer un discurso que no sea un reciclaje de lo que fue, sino el natural fluir del tiempo. Y funciona, que sea claramente afirmado, ya que esta obra es un producto que sabe lo que quiere decir y lo hace de forma perfecta, casi clínica en su limpieza y en la capacidad de ofrecer unas bromas y unos diálogos que tienen el mismo nivel excelente que podíamos ver en la de 1984. Se establece así un ritmo perfecto entre las dos, llevando a la superficie una estructura que se repite en lo que al género se refiere (el mockumentary) y al mismo tiempo se abre ante nuevas oportunidades, nuevas maneras de analizar el ser humano dentro del marco de lo ridículo, sin por esto olvidar lo que efectivamente nos hace ser lo que somos : la decencia que nace en las amistades rotas que recuperan su conexión gracias a la epifanía del acto de perdonar y olvidar lo que quizás fuera una ruptura inesperada.

Efectivamente Spinal Tap II: The End Continues logra recuperar algo que estaba escondido en 1984 y que era el elemento fundamental con el cual capturar la atención del ojo del espectador. Si de comedia se habla, esta se basa sobre todo en el hecho de que los personajes no son solo caricaturas, sino elementos vivos, con un corazón real capaz de regalar una tridimensionalidad y una profundidad carnavalesca de su carácter con las que entablar una relación más cálida entre la pantalla y el público. Si todo funciona (y sí, todo funciona) es porque el director ha sabido recuperar los elementos más nucleares de la película precedente e insertarlos en un discurso diferente, el del tiempo que pasa (fluir, transcurrir, irse para siempre), llegando así a una mezcla bien dosificada de bromas y puns dentro de una narración que es, al fin y al cabo, una lectura humana de las relaciones que establecemos entre nosotros. Es por esta razón que la de 1984 es un clásico, y quizás esta sea también la que un día convierta la de 2025 en otro gran acierto.

Se supone que una de las lecciones que tenemos que aprender en la vida es que lo que fue, fue, y nunca puede volver a pasar. Otra lección es también la que nos dice que muchas veces la historia humana, la de las personas comunes, es una simple repetición, ya que la infancia o la vejez no le pertenecen a una sola persona, sino a todo ser humano (o tan solo a todo ser vivo). La operación que se ha llevado a cabo con este mockumentary demuestra que si la idea es la de seguir adelante sin perder el espíritu que nos ha ido convirtiendo en lo que somos, entonces resultará posible crear algo que no solo mostrará las conexiones con lo que fue (para siempre) sino que sabrá movernos más allá, hacia horizontes tan diferentes y al mismo tiempo tan familiares. No siempre podemos bañarnos en el agua del mismo río, pero sí podemos seguir bañándonos, hasta que un día, en el silencio de un universo tan vacío, pueda reverberar una sola frase susurrada en la intimidad de una inocencia perdida: the bigger the cushion, the sweeter the pushin’.

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Lo ridículo es, al fin y al cabo, demostración de que de todo podemos mofarnos, o sea de todo lo que presume ser mejor, superior, infinitamente más (añádase aquí el adjetivo que se quiera utilizar). Es también, cuando es usado correctamente,un elemento capaz de hacernos reír porque sabe poner en marcha el talento más grande que tenemos, o sea la inteligencia y su subproducto, la argucia. Nos permite ir más allá de lo que son los juegos de la sociedad humana (y es que, efectivamente, la sociedad humana es un juego, tanto como decía Huizinga y como afirmaba en unos artículos Larra) y abrazar el acto de reconocimiento de unas aserciones tan obvias como tan secretas : todos compartimos la misma estructura biológica y psicológica, todos somos simples agregaciones de átomos y de células que, en menos de unos puñados de décadas, van a desaparecer en cuanto seres pensantes (y lo que pensar significa, quizás nadie todavía lo haya entendido). Lo mejor, entonces, podría ser reír, ya que el tiempo que tenemos para nosotros no es mucho (si del cosmos hablamos y a él nos comparamos), y lo ridículo no es nada más que mostrar lo infinitamente nulos que somos si bien pensamos ser el ápex de todo un universo. Sic transit, se podría decir.

El cosmos de la música, efectivamente, resulta ser un blanco perfecto para crear una obra que traspasa los límites de un mundo en el que se formó la idea original. Spinal Tap es, rotunda y claramente, una joya de los mockumentaries que llega a unas cimas de hilaridad de las cuales nos parece imposible y absurdo tener que bajar. Nos gusta, justamente, seguir disfrutando de la narración que nos proponen los autores, y logramos aceptar unas situaciones tan absurdas que, dentro de su elementos de caoticidad, se convierten en momentos de increíble imaginación. No se puede querer mucho más, se podría decir, ante lo que es una voluntad de hacernos reír por una cuestión de ridiculez que se va a amontonando en sus diferentes situaciones hasta una saciedad que no parece llegar a su último momento : queremos ver más, y más nos da esta película tan divertida como estúpidamente inteligente.

Lo falso se convierte en una caricatura de una realidad que puede ser, de hecho, tan incomprensiblemente posible. Si verdad es que, por supuesto, lo que se nos ofrece es una obra de ironía, hay algo dentro de nosotros que nos hace pensar que, sí, gente tan vana y superficial puede existir, sobre todo dentro de un mundo, el de la música, que poco que ver tiene (así parece) con el acto mismo de razonar. Quizás justo sea hablar de arte, entendida aquí como aquel oficio humano en el cual lo más importante es el acto de crear, y donde poca importancia parece tener el de pensar, ponderar y analizar lo que nos rodea. Un arte, la que nos propone el filme, que ninguna conexión con la creación profunda, sino que todo comparte con la superficialidad de quienes piensan ser “artistas” y por ende les está permitido comportarse como tales. Lo ridículo, entonces, nace de la liviana incapacidad de los protagonistas de darse cuenta de que son, claramente, unos pobres idiotas que nada aportan al conjunto de la humanidad.

Spinal Tap es una obra maestra. Podría parecer demasiado, como si en una escala de 0 a 10 de llegar hasta el 11 estuviéramos hablando (lo entenderán, los que hasta ahora no saben), sin embargo un filme de este tipo, una vez analizado, no puede sino mostrar lo que significa reír y hacernos reír. Es un resultado extremadamente positivo, algo que, como ya se ha dicho, traspasa los bordes del mundo en el cual se fraguó la idea y que sabe hablarnos también en estos días que ya se alejan de los ochenta del siglo decimonono. Las ideas explotan, la imaginación se reverbera en las diferentes situaciones, y el espectador sabe que su tiempo no está siendo malgastado. A veces las grandes obras no son solo las que nos muestran, de forma negativa, lo mínimos que somos como seres vivos, sino que, dentro de un discurso que parece cerrado dentro de sus límites, se abre ante lo universal de una afirmación sencilla : ¡cuán ridículos podemos ser sin darnos cuenta!

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