Mala tempora currunt. A lo mejor siempre hay malos momentos, ya que la larga historia del ser humano no es nada más que el microscópico abrir y cerrar los ojos de un universo sin racionalidad. Malos, se ha dicho, porque los seres humanos muchas veces ya no existen como elementos distintos, sino como un montón de caras que se borran las unas con las otras dentro del famoso “grupo”. Todos juntos quizás perdamos nuestra razón y nos convirtamos en un ser que no tiene forma y que se deja llevar por los instintos más ilógicos de la violencia y de la venganza. Parece que, al fin y al cabo, el “yo” ahoga dentro de un océano tan superficial de “yoes”, lo cual, dicho sea para que nadie lo olvide, supone el darse cuenta de que cuanto menor es el número, mayores son las posibilidades de razonar. Cuestión muy difícil de analizar, ya que el contrario es también verdad : las democracias funcionan (cuando los ciudadanos hayan sido educados para ser la versión mejor de sí mismos) exactamente porque nos basamos en la idea de un grupo gigantesco de personas que se ayudan, que debaten, que eligen (se espera, si bien no siempre es así) la opción más acertada.

En la India moderna dos hermanos intentan ayudar a una mujer para que pueda reencontrar a su bebé. Así se resume la narración, sin más dificultades. Y así es también cómo en la película se analiza y se desarrolla la cuestión de las masas y de lo que efectivamente significa el concepto de venganza o tan solo de explosión del odio. Una venganza, por supuesto, que no existe en cuanto problema personal, sino, en este caso, como manera de llevar a cabo un acto de justicia por parte del “grupo”, un conjunto de personas de las que nada sabemos ni nada tenemos que saber. La violencia que explota, entonces, está atada al concepto de justicia y de justicieros, lo cual nos lleva a preguntarnos hasta qué punto podemos aceptar que las leyes sean quebrantadas, ya que nosotros mismos, los espectadores, podemos darnos cuenta de que lo que empuja al “grupo” a actuar con tal gana de sangre es, efectivamente, un sentido de justicia casi divina.

El “grupo” encarna al mal no cósmico, sin tan sencillamente humano, típico de cada uno de nosotros. El hecho de saber los delante de la pantalla (más o menos) quiénes son los inocentes y quiénes no permite que las víctimas de esta violencia resulten ser víctimas reales, o sea personas que nada han hecho para merecerse tanto dolor (físico y mental, hasta la posibilidad de morir). Si de castigo hay que hablar, ¿quién va a pagar por el mal hecho? Dentro de los esquemas de un cuento de misterio y de fuga, el espectador se da cuenta de que a veces nadie, efectivamente, va a ser punido. Y no se trata de un mundo de blanco y negro, donde se puede decir que en algunas ocasiones el mal o el bien ganan. Es, más correctamente, una cuestión de ética, de sentido del deber, y de cómo las diferencias entre lo correcto y lo no correcto, lo legal y lo ilegal, se borran hasta un malestar psicológico que bien representa una realidad más gris de lo que podríamos imaginar. Y, por supuesto, dentro de una pérdida de unas reglas tan simples como las de discernir el bien del mal, se nos hace evidente la dificultad (y las repercusiones) de seguir la resolución de hacer lo justo.

Se trata, dicen, de un cuento basado en un hecho real. Por lo menos, la idea del cuento, el eje narrativo. Es una obra cruda, con una capacidad muy buena en el uso de la cámara, a veces con largas secuencias que nos hacen sentir más cerca de lo que está pasando. Es un sentimiento de vacío lo que se abre dentro del espectador, una vez llegados al final, como si aquel final solo fuese una convención, ya que la vida sigue adelante y poco espacio deja a cuestiones tan difíciles de analizar como la supuesta evolución de las sociedades hacia lo mejor. Quizás sea esta la demostración de que el ser humano es mucho menos de lo que piensa. La ética, la necesidad de hacer lo justo (algo que parece derramarse entre los dos protagonistas, como si lograra llenar a uno saliendo del otro) no es, de por sí, algo que lleva a buenos resultados, como si de un final feliz hubiera siempre que hablar. Las cosas pueden ser más terribles, hasta mortales, y dejarnos así sin saber efectivamente qué es lo que tenemos que hacer, y si lo que hacemos es, de hecho, la opción correcta. Mala tempora, ahora y para siempre.

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Quizás sea la pasión por el cine algo que mucha gente comparte. Por supuesto, ya que si estas palabras son leídas por pupilas humanas (¿qué otro tipo de pupilas podrían leerlas?) es porque el cine interesa. Si así no fuera, difícilmente alguien decidiría dedicar un porción muy diminuta de su tiempo (y de su vida) para saber algo sobre un filme, en vez de verlo directamente y dejar que el único juicio real y necesario sea el suyo. Quizás sea la pasión por el cine algo más, y lleva a crear obras de este tipo, de las que se proyectan sobre un lienzo o que se ven en cualquier tipo de pantalla. Al fin y al cabo, muchas veces el amor por un producto que sentimos como espectadores esconde un elemento más profundo que quiere llegar a la superficie, allí donde podamos decir que tenemos algo que enseñar : sí, se podría decir, no solo amamos, sino que producimos, creamos, contamos.

Basada en una historia real, y en el documental que en parte de ella se hizo, Superboys of Malegaon es una película india que nos invita a pensar en el valor mismo del cine no como producto artístico “alto”, sino como obra que nace y crece dentro de la pasión misma por contar y por volver inmortales a sus protagonistas. Y es que, efectivamente, la realidad de una ciudad desconocida de la península asiática se reverbera dentro de las experiencias de muchos espectadores que reconocen en el desarrollo del cuento y de la acción aquella misma pasión que nos mueve no solo a aceptar lo grande que el cine puede ser, sino también lo fundamental que es darse cuenta de que a veces (desafortunadamente no siempre) los sueños sí pueden realizarse. A lo mejor solo se puede llegar hasta cierto límite, pero, ¿no son los límites mismos maneras de ayudarnos a avanzar hasta donde es efectivamente posible?

Intentar, decidir, prepararse y hacer son los verbos fundamentales que se insertan en el discurso fílmico. Y, sin embargo, también aparece la necesidad de no dejarse llevar por una idea de sí que se come a lo que realmente importa, o sea aquellas relaciones humanas, de amistad y de amor, que nos permiten ser lo que realmente somos. Las ayudas que se amontonan en la creación de filmes de serie Z, productos que no pueden salir de los límites de su ciudad, Malegaon, son elementos que nos demuestran cómo un filme no es una obra que nace y se construye solo gracias a una persona, el director, sino que es fundamental tanto el equipo como la voluntad de contar una historia que pueda ofrecerles a los espectadores algo que les permita decir que no han desperdiciado su tiempo viéndola. Todos se unen, todos aportan algo, hasta que, en el continuo intercambio de ideas y esfuerzo, todo logra “salir bien”, también cuando la realidad es tal que no nos permite escapar de unas situaciones en las que no queremos encontrarnos.

Superboys of Malegaon no es solo una película, es un cuento sobre el oficio de contar. Un cuento basado en hechos reales, por supuesto, pero ficticio por ser un producto de fantasía. Se acerca a la realidad, la plasma, la reelabora, y en el intento logra subrayar el impacto que los sueños pueden tener sobre nosotros, tanto cuando logramos acertar como cuando, muchas veces, fracasamos completa y llanamente. Porque así es la vida, ya que la fortuna de pocos no puede contrarrestar la mala suerte de muchos (muchísimos, hasta la gran mayoría de los seres humanos). El amor por el cine, entonces, sí puede convertirse en algo más, no en la sola creación de productos, sino en el acto de establecer un momento que perdurará en el tiempo, hasta cuando no habrá más ser humano y los recuerdos perecerán dentro de lo nula que es nuestra existencia en cuanto especie. Mientras tanto, los amigos que se fueron quizás puedan seguir vivos en las imágenes que nos rodean.

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