Se despide del cine una de las mejores voces de Hollywood. Clint Eastwood ya tiene sus más de noventa años, y también una larga carrera como actor y como director. Quizás más correcto sería hablar de él como de un símbolo, de alguien que supo reelaborar las cuestiones sociales de cada uno de nosotros y transformarlas, desde su punto de vista conservador (más bien libertario), en unas obras capaces de crear discursos profundos. Y así es como Eastwood ha ido trayéndonos a lo largo de su carrera unas temáticas que por supuesto no pueden sino hacernos pensar hasta qué punto nuestra sociedad puede reverberarse dentro la visión de un convivir juntos cada uno con sus ideas diferentes. Un punto de vista, por supuesto, que se inserta y se relaciona con el concepto de live and let live que hoy en día parece tener problemas dentro de una política más polarizada (y los problemas siempre son una ocasión para avanzar en el progreso, siempre cuando se establezca la sagrada necesidad de dialogar y de aceptar que nos contesten).

Americano, por supuesto, mejor dicho “estadounidense”, si bien, quizás, esto no baste para que nos hagamos una idea más correcta de quién es Eastwood y de por qué su manera de ser (moral, ética, social, política) tiene tanta importancia dentro de la construcción de su filmografía. Lo de los EUA, entonces, no es algo que se revela como simple elemento transitorio, algo que está presente solo por causas de carácter secundario; Eastwood es el símbolo de unos Estados Unidos que trascienden los bordes físicos de su geografía y que establecen un discurso insondable tanto con el espectador (de cualquier nación) como consigo mismo, llevando hacia la pantalla una serie de ideas con las que el hombre, autor y actor, se presenta ante el mundo que lo rodea y que a veces experimenta dentro de los límites de un estado que parece ahogar al individuo.

La cuestión de la libertad, entonces, la de hacer lo que cada uno quiera y dejar que los otros hagan lo que más les dé las ganas, es el eje central de una voluntad de reelaborar el concepto de estado hasta una completa sensación de sentirse independiente. Una idea, por supuesto, que bien encaja dentro de una visión en la que el Leviatán estatal no puede sino reducir su presencia, transformando la sociedad no en un conjunto unido, sino en una serie de individuos, cada uno con su propia manera de ser, de hablar, de pensar, sin que nadie opte por crear límites que vayan más allá de lo ética y moralmente aceptable. Algo que nos recuerda, esto sí, al mundo de los pioneros americanos, de cuando se intentaba escapar de los problemas de un mundo antiguo, el europeo, para abrirse paso dentro de una nación donde el concepto mismo de libertad está escrito en su constitución.

El concepto de esta libertad y el de autonomía del ser humano, entonces, son dos maneras de analizar la producción del autor, lo cual, por supuesto, implica también la necesidad de llevar a cabo una lectura de la sociedad en cuanto problemática cuando tanto el estado como algunos de sus elementos (sus representantes) bloquean el instinto (¿natural, diría Eastwood?) del ser humano de hacer lo correcto (por lo menos, según su manera de ver las cosas). Es la cuestión del “yo”, del elemento singular que cada uno de nosotros sería, de la forma de interdependencia con los otros y, sobre todo, con los mecanismos políticos de una democracia que parece convertirse en una serie de leyes que impiden que cada uno lleve a cabo una vida como supone que mejor sería para él (o ella, las diferencias de géneros no importan dentro de la libertad individual).

El personaje que más fama le ha dado, aquel cowboy de Sergio Leone, no lleva nombre (el Joe de la primera película funciona más como don nadie). Sin embargo, bien nos puede dar una idea de lo que es el mundo de Eastwood, aquella sensación de completa autonomía que llevaba a los hombres a escapar hacia el oeste salvaje, allí donde había leyes más naturales y menos postizas. Aquel mundo otorgaba cierto valor moral que rozaba a veces la falta de ética, si bien dentro de la construcción del personaje de Eastwood se notaba la necesidad de reconocer la importancia de ayudar a los más desafortunados, sin por esto olvidar el hecho de ser, como Tuco bien grita al final de la tercera entrega de la épica spaghetti, un completo y rotundo hijo de puta (El bueno, el feo y el malo).

Se construye, en la filmografía western inicial de Eastwood, la idea del hombre solitario, quien dice, por ejemplo, que casarse es de lo peor, ya que no puede sino quitarle a una persona su misma libertad, su capacidad de hacer lo que le guste (Dos mulas y una mujer). Y esta soledad se estructura dentro de la necesidad de ser sí mismo, de no tener que responder a nadie sino a la forma de ser de cada uno, lo cual no implica rechazar la presencia de los otros, sino reconocer las fronteras que separan lo admisible de lo inadmisible en el conjunto de relaciones humanas que van más allá de la simple presencia de leyes, verdugos y jueces. Una visión, por supuesto, que sabe reelaborar el mito de la frontera americana como un momento en la historia de la humanidad en el cual era posible vivir con menos elementos limitadores.

El hombre que lucha en contra de una serie de bordes que no puede cruzar lo encontramos otra vez en la figura de Callahan. ¿Qué más puede enseñar la forma conservadora y al mismo tiempo éticamente dura de Eastwood? Un personaje que no logra encajar dentro de las reglas de su profesión y que, por supuesto, tiene que permanecer dentro de ellas para no escaparle a la sociedad misma de la que es parte; una cuestión que supera los límites de lo decente, en el sentido de subrayar la presencia de la violencia no como finalidad en sí misma, sino como única respuesta a un mundo que es más violento que nosotros. Cinco son los filmes de Dirty Harry, de los años setenta al final de los ochenta. Violencia, por supuesto, pero siempre de carácter moral, o sea de una idea de “muerte merecida” y de hombre que actúa en vez de simplemente pensar.

Mejor dicho: los hombres de Eastwood piensan, sí, y mucho probablemente, pero se dan cuenta de que en algunas situaciones no podemos dejarnos sujetar por nuestras ideas de un mundo mejor, más tranquilo, en el cual cada uno ama al prójimo. A lo mejor la cuestión hay que verla desde dos perspectivas diferentes: de las dos opciones, una es la correcta, o el mundo está lleno de personas que quieren hacernos daño (y hay que deshacerse de ellas, también con su muerte), o quizás estemos haciendo una lectura errada, y el problemas somos nosotros, con nuestras ideas tan negativas como incapaces de relacionarse con la realidad. Al fin y al cabo, ¿qué lección podemos extraer de las matanzas de Callahan? Y de masculinidad, de la de hace años (no la de hoy en día, de aquellos que fingen ser “machos”, si me permiten este teatral aside), Eastwood se ha convertido en la voz principal, la de una generación que podría estar a punto de desaparecer (pero las cosas van y vienen, que será, será, decían, o más bien del futur non vi é certezza).

Cuarenta filmes, los de Eastwood director, cada uno quizás una joya, a veces menores, a veces mayores. Sería absurdo no darse cuenta de la importancia del actor y director estadounidense, de su capacidad esmerada dentro de la estructuración de los cuentos visuales que nos otorga la cámara. Sería imposible no hablar, entonces, de Sin perdón, ganadora (merecida) de cuatro Óscar, entre los cuales mejor película y mejor director. Vuelve, así, en los años noventa, la idea del hombre que vive en el Oeste, que quiere solo que le dejen en paz, y que tiene que luchar por la supervivencia no solo suya sino de su familia. Vuelve, en otras palabras, aquel personaje que había nacido en las primeras obras del Eastwood actor y que ahora es reelaborado y analizado por el Eastwood director. Una venganza, la de Will Munny (el protagonista), que bien expresa el valor del ser humano en cuanto elemento singular y autor de su propia vida.

Eastwood, a los noventa y pico años, se despide del cine. Puede que estas palabras se vean desmentidas en el futuro, o quizás, más probablemente, no. Su última película (Juror No.2), para algunos una obra menor, nos regala otra vez una estructura impecable y una cuestión, ética y moral, que bien nos trae a la superficie el valor mismos de la sociedad y del individuo que siempre han sido parte del discurso de Eastwood, tanto dentro como fuera de los cuatro bordes de sus películas. Se cierra así el gran camino, con más dudas y menos certezas. Lo que nos deja es un discurso profundo y una capacidad de altísimo nivel de saber contar historias visuales, llevándonos a veces a preguntarnos sobre nuestra misma sociedad y nuestra propria manera de ser. Sí, señor, nosotros los punks nos sentimos afortunados al haber podido disfrutar de sus obras.

https://www.imdb.com/it/name/nm0000142/?ref_=fn_t_1

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La ética es una parte de la filosofía que estudia, entre muchas cosas, el comportamiento humano en determinadas situaciones. Se supone que a veces se les pregunta a los que nos están escuchando qué harían en algunas ocasiones, un juego mental que pondría al descubierto no tanto lo que efectivamente haríamos (a veces decimos y actuamos de formas diferentes), sino el hecho de que fuera de los normales pasos de nuestra vida cotidiana es posible que surja un elemento desestabilizador que ponga nuestra vida patas arriba. Y, por supuesto, es también función del Arte (con la primera letra mayúscula) ofrecer a los espectadores y lectores aquella serie de eventos a través de los cuales profundizar el estudio del alma (laica y secular) humana que constituye nuestro mismo ser, como individuos y como parte de la sociedad. Quizás sea esta la clave para entender si, efectivamente, una obra de arte merece ser recordada (hasta lo posible, cuando termine el ser humano ya nadie se acordará de nosotros, panta rei), ya que es el elemento de desfase el que nos empuja a preguntarnos hasta qué punto, efectivamente, nos conocemos a nosotros mismos (otra vez los griegos, γνῶθι σαυτόν).

Juzgar a alguien que consideramos inocente y saber que nuestra decisión va a cambiar el rumbo de su vida es el tema aparente de esta estupenda película de un sublime Clint Eastwood, quien, con más de noventa años, sigue siendo uno de los mejores directores de cine de nuestra época, más allá del efecto espectacular y más cerca del concepto de arte en cuanto operación adulta de un discurso entre público y artista. Difícil, entonces, es no dejarse atrapar por una estrategia narrativa de gran calidad como la que el guionista Jonathan A. Abrams desarrolla en la pantalla. Todo funciona porque cada elemento forma parte de un engranaje que pone de manifiesto el doble juego al que estamos sometidos, o sea la sucesión de eventos en cuanto arquitectura de un cuento y la propuesta de elementos sobre los cuales construir un debate sobre nuestra moralidad. Hay que reconocer, entonces, hasta qué punto efectivamente el arte puede ser un momento de descubrimiento de la realidad humana, y si dentro de la creación de un mundo que nos recuerda al de los doce hombres enfadados, lo ético y lo moral puede mezclarse con la necesidad de conectar lo ficticio con lo real, exactamente como se hacía durante los años de los teatros antiguos.

Y es que, efectivamente, la cuestión que el director y el guionista nos ofrecen va más allá de los cuatro bordes de la pantalla y se inserta en un discurso universal de carácter efectivamente humano, trayendo así a la superficie en la que nos situamos un conjunto de miedos y ansiedades que no podemos sino reconocer como parte integral de nuestro mismo ser. O, en palabras más llanas, se nos muestra una serie de problemas que no solo nos hacen pensar en “qué haría yo si fuera él”, sino que superan la cuestión de lo ficticio para entrar en la realidad del discurso humano de cada día, algo que nos ayuda a crecer en cuanto seres inteligentes gracias a un respeto preciso del cuento (y de los que nos lo narran) por los espectadores. Una visión adulta de lo que es el arte, entonces, que empuja a que se dé justa atención a lo que está pasando delante de nuestros ojos y que nos paremos a pensar en lo que la justicia, la ética y la moral efectivamente significan no solo dentro del organismo social que llamamos estado y civilización, sino también en la gran profundidad oscura que es nuestro mismo sentido del deber, algo de carácter tanto biológico como psicológico.

No se puede decir mucho de esta obra, ya que cada momento que se experimenta tiene que serlo a través de ojos que nada saben sobre lo que efectivamente va a pasar. Y, de hecho, si el juego moral y ético ya se vislumbra en los primeros quince minutos, nos encontramos atrapados por una serie de cuestiones que nos tocan en cuanto seres humanos y, por esta razón, similares entre nosotros en la manera de portarnos. La cuestión de la inocencia, entonces, y el problema de no poder llegar a un resultado final satisfactorio (quedará siempre la duda) dejan paso a un texto que se configura como lleno de diferentes niveles e incapaz, por su propia elección, de darnos una única respuesta con la que saciar nuestra necesidad de que nos presenten un juicio unívoco. Es el mundo adulto, entonces, lleno de cuestiones que van más allá de la simple distinción entre bien y mal, y que nos indica que la vía para llegar a lo justo y lo ético no es siempre tan clara como podría parecer.

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