Hay diferentes maneras de acercarse al mundo del cine. Quizás la más sencilla sea la que se basa en la experiencia de cuando éramos niños, lo cual, por supuesto, todo significa y nada significa. Los de los años ochenta del siglo pasado, por ejemplo, tenemos cierto apego por la diminuta pantalla del televisor, cuando, ya en los noventa, nos era posible ver aquellas grandes obras (por supuesto, muchas de ellas solo basura) que llegaban de los Estados Unidos y que eran transmitidas durante las horas de la tarde (normalmente, aquí, por las ocho y las ocho y media). Era entonces la televisión la que nos regalaba el método más sencillo y directo de educación cinematográfica, con sus muchos defectos y sus pocos puntos de fuerza (como el hecho de ser, más o menos, un medium casi gratuito y con cierto grado de opciones entre las diferentes emisoras). De aquella época venían así los aspectos de forma mentis que dividían a los niños (y a las niñas) en dos secciones : la muy grande, infinitamente extensa, de quienes eran solo consumidores, y la muy diminuta, casi inexistente, de quienes sentíamos cierto apego más profundo. Nada transcendental, de todas formas, simplemente una afición positiva.

La educación cinematográfica es necesaria, por supuesto, ya que nos permite discernir entre lo bueno y lo malo, lo fundamental y lo secundario. Y es que, en realidad, este tipo de educación solo se hace de forma muy rudimental, casera, por lo menos durante los primeros años de vida como casi adultos (desde los 14 o 15 años, y quizás mejor sería en la educación cinematográfica quitar el “casi” y darnos un poco más de responsabilidad, si bien nos encontramos sin experiencia y fácilmente permeables). ¿Quién nos puede dar aquellas herramientas tanto históricas como técnicas con las que juzgar las obras? Además, no es solo una cuestión de saber elegir bien, de adaptarse y acostumbrarse al lenguaje del cine, sino también de sentar aquellas bases con las que llevar a cabo un crecimiento intelectual, entendido aquí como un ad meiora en cuanto ciudadanos y seres humanos. Nada a lo Brecht, que claro quede, sino más simplemente el hecho de premiar a los que nuestro tiempo y dinero merecen, y deshacerse de quienes solo nos hacen perder los susodichos elementos (tan importantes, ambos, en nuestra muy corta vida).

La educación depende también de lo que se nos puede ofrecer. Si un pueblo no presenta bibliotecas, poca importancia puede tener nuestra gana de leer ante tal mengua. En el caso del cine, hasta los ochenta la única posibilidad era la de sentarse en las butacas de la gran pantalla, esperando que el filme fuese bueno (y por esto las críticas sí tenían, como tienen, su valor). Después vino la maravilla del VHS, que no solo permitió acceder a obras del pasado difíciles de aparecer en las carteleras contemporáneas, sino que supuso el auge de filmes hasta recientes que no habían logrado encontrar su fortuna, medida por el número de billetes vendidos. Todo cambió, entonces, y se volvió más rico, con un caudal tan grande que a veces era posible pasar unas horas en los videoclubes hablando con los empleados para encontrar algo nuevo, placentero o tan solo fundamental. La cuestión de los hitos, en pocas palabras.

El DVD fue otro gran momento, ya que aumentó el número de obras y sobre todo la facilidad de verlas. La calidad mejoró, ella también, y los televisores se adaptaron a los nuevos lectores (o tal vez fue lo opuesto). La educación, de todas formas, languidecía y se basaba sobre todo en la búsqueda de material que nos dijera cuáles eran las películas que había que ver para tener cierto conocimiento “profundo”. Había (y hay) libros, foros, páginas en la red que explicaban lo que había que hacer. No lo bastante, quizás, ya que el gran público casi ninguna idea de The Third Man tenía o de las obras de Chaplin, ni hablar de Stalker u otras cosas parecidas. El mundo del cine no es un mundo artístico que produce dinero, sino una maquina para hacer dinero que utiliza herramientas artísticas. Por esta razón lo que sí importaba y sigue importando es crear nuevos productos que puedan (y sepan) vender un número alto de billetes, para así llenar las cajas de las productoras. Nada malo, de por sí, por lo menos cuando el provecho financiero sabe adaptarse al provecho intelectual y estético.

Los servicios de streaming han sido otra etapa fundamental. Todo está a disposición en la red, a veces gratuitamente (piénsese en las antiguas películas sin sonido), a veces pagando. Los cines mismos siguen vivos, como también la televisión. Algo ha ido mutando, cambiando su estructura (muchas veces ligeramente) o perdiéndose en el tiempo (adiós a la plástica dura de los VHS). Lo que sí sigue siendo un problema es la falta de educación fuera de los círculos de aficionados, algunos bastante afortunados como para convertirse en profesores de cine en las universidades (no se equivoquen, muchas veces siguen siendo unos nerds). Falta saber cómo se hace una película, cuáles son los pasos a tomar, cómo se analiza, cómo se lee, cómo se experimenta (quizás los legos tengan más suerte ya que se alejan del problema del conocedor, quien muchas veces no es capaz de dejarse llevar por el acto de ser espectador pasivo). Falta mucho y probablemente siga faltando en el futuro, ya que las humanidades parecen estar destinada a tener un rol aun más menor (¡qué viva el pensamiento científico!, por supuesto, pero sin olvidar a Lakatos, por ejemplo).

Quizás sea toda una cuestión de educación, la formal y la no formal. Los que hemos crecido con la segunda, en el caso del cine, y que después, en los años de la universidad, hemos accedido a libros y consejos académicos, podríamos afirmar que sí, cierta diferencia hay. Sin embargo, hemos crecido bien, ¿no? Los VHS, los DVDs, los servicios de streaming y las butacas de los cines, todo ayuda para que se forme, dentro de nosotros, cierta capacidad de entender qué es bueno y qué no lo es. Cada cual con su educación, formal, informal, mezclando las dos hasta llegar a un resultado meritorio, supuestamente más que suficiente. Y es que, en la búsqueda de material con el cual educarnos, ¿no se esconde ya la capacidad de entender lo que es malo y lo que es, justamente, bueno?

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Hay que preguntarse, a veces, de dónde venimos. Por supuesto, no se trata de cuestiones de muy baja calidad (no hay gurús por aquí, ni tendría por qué haberlos) sino de una reflexión sobre el conjunto de elementos que se juntan para crear lo que, efectivamente, somos. Y no se trata solo de educación liviana, sino de aquellos momentos fundamentales que nos permiten decir efectivamente de dónde vienen ciertas nuestras aficiones. Es el “de allí todo nació” con el cual nos tenemos que platicar algunas noches (o tan solo días) para que tomemos conciencia del trayecto que ha ido formando nuestra vida y que sigue decidiendo adónde vamos. Lo que fue no fue simplemente, ya que sentó las bases para que se construyera el “yo” que somos, no solo células y átomos, sino también recuerdos y pensamiento.

En el caso del cine todos tenemos unos momentos que se nos grabaron en la memoria. Algo que, de por sí, supuso cierto valor, en algunos casos muy alto y en otros muy bajos, que refleja qué tipo de películas (u otro material en la pequeña pantalla) nos gustan hoy en día. Y, desde mi punto de vista personal, tengo un recuerdo bastante claro de un día en el cual mis padres me llevaron a ver Blancanieves (de Disney) mientras el sol resplandecía (una tarde de un domingo cualquiera, si no me equivoco). Del filme no me acuerdo absolutamente nada (creo que tenía unos tres o cuatro años), ni de la sala, sin embargo sé que aquel cine se convertiría (o quizás ya lo hubiera hecho) en uno pornográfico. Cuestión sencilla : las películas para adultos (solo para hombres o, como se dice, para hombres solos) atraían a un buen público, costaban poco y los billetes se vendían.

Yo, en el sentido de lo que soy, nunca tuve una relación de carácter mitológica con los filmes. Más bien era de carácter narrativo, ya que me gustaban aquellas obras que resultaban estar bien estructuradas, bien contadas, bien rodada (tres veces “bien”, y de la numerología nada me interesa, siendo una pseudociencia, pero sí funciona la repetición de este tipo). Por esta razón nunca he entendido a los apasionados, a los que hablan de obras fílmicas no en forma sana, libre de prejuicios, sino llenos de aquel patos que no deja espacio (ni aire) a la consideración de que, efectivamente, estamos hablando de obras que no nos pueden salvar en el caso de tener una enfermedad mortal. Por supuesto, el mensaje de los filmes puede ser profundo, necesario, fundamental (otra vez el número tres), sin embargo, ¿hasta qué punto, efectivamente, nos puede ayudar el cine?

No es una consideración negativa, ni tiene que serlo. El cine puede permitirnos analizar nuestro mundo, nuestra sociedad. Y el cine es también un elemento histórico, cultural, que se deja analizar y estudiar tanto desde un punto de vista antropológico como desde uno estético, narrativo o técnico (ya sabemos cuál es el juego de la repetición). Que se vuelva a la cuestión del imprinting, entonces. Yo crecí con los filmes de Disney, el lunes por la tarde en la televisión, y con algunos que vi en los veranos dentro del cinema all’aperto (de una asociación con la que colaboraría muchos años más tarde). Esto me bastaba.

Fue cuando cumplí los catorce o los quince que empecé a ocuparme del cine como elemento a estudiar, de cuya historia era fundamental conocer las obras más importantes. En la biblioteca de mi pueblo había un libro en el cual estaban las críticas de todos los filmes de la historia del cine, así que, de forma autónoma, me ponía a buscar a los grandes autores y a alquilar las películas primero en la videoteca local (no muchos filmes, pero buenos, y una sala muy diminuta para los pornográficos, a la que accedía todavía menor de edad) y después en el Blockbuster de la ciudad más cercana. Al final me dieron hasta la tarjeta gold por ser un cliente tan bueno (desafortunadamente las películas con las mujeres alegres, como aquí decimos, no se podían alquilar en la cadena norteamericana, así que lo máximo posible eran aquellos softcore que nada podían en contra de la red, que nos regalaba gratuitamente mucho más…pero esta es otra historia).

De todas formas, el “yo” de mi experiencia se ha ido construyendoa través de aquellas obras que forman parte de la historia del cine. Por supuesto, no soy un snob ni quisiera serlo (¿cómo podría ser yo uno de aquellos que te miran de arriba hacia abajo, con un padre albañil y una madre obrera, crecido en una granja?), así que bien claro quede que nunca me he puesto en una condición de descartar obras por el solo hecho de no formar parte de mi género (bueno, los musical no me gustan mucho, ni las religiosas, ya que la doble ficción me parece una barbaridad – no os preocupéis, ya sé que el infierno está esperándome). Si de imprinting hay que hablar, y si algo de este texto hay que extraer, es que lo mejor sería ver las obras buenas, las bien hechas, las que te permiten tener una visión más correcta de lo que es un medium ( que sería el singular de media, la palabra que siempre se acompaña con mass), o sea las que te ayudan también a tener una pasión sosegada, no extrema, por tu afición.

Mi imprinting fue, entonces, bastante blando, quizás de carácter casi transparente. Me formé simple y humanamente en las obras que parecían ser imprescindibles, tanto de la historia del cine come también de un determinado género. Y me formé, sobre todo, buscando obras buenas, obras que me ayudaran a pasar el rato sabiendo que no estaba desperdiciando mi tiempo. Fue algo necesario, a lo mejor, algo que me llevó a explorar más, a profundizar allí donde se podía bucear, y a crear un “yo” que fuese un poco más solido y muy poco snob. Si Ford decía que él simplemente hacía películas, correcto sería para los aficionados decir que simplemente vemos filmes. Y ya está.

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