Quizás la cuestión sea más sencilla. Acercarse a algunas obras implica, de por sí, ir más allá de la fruición, de ser simples espectadores. Se instaura, en el diálogo entre quien ve y quien roda, un discurso diferente a la simple voluntad de entretenimiento, y se desarrolla así una red de interconexiones que bajan hacia las profundidades de una cueva artística (como la de Cervantes, al fin y al cabo, que nada más era que un merecido sueño del héroe demasiado viejo como para ser un caballero andante). Sin embargo, me resulta difícil creer que el valor intrínseco de algunos productos de la imaginación logre huir de las fronteras de una visión más popular, como si el cine, de hecho, no fuera más que una técnica de narración ideada para todos y, por esta razón, leja de cualquier instinto artístico, y me doy cuenta, desmintiendo la idea general que tenemos, que lo popular, entendido como medio de comunicación (quizás masivo), puede, en algunos casos, transformarse en un producto que traspasa los límites y se erige como demostración de que sí, efectivamente, también lo menos elitista puede ser un instrumento de creación de nivel inconmensurable. O, más sencillamente (como acabo de decir al comienzo de este párrafo), quizás la cuestión sea más sencilla (uróboro hecho, ahora al cuerpo de la crítica).

Barry Lyndon (el personaje, por supuesto) es un antihéroe no solo de la historia del cine, sino de la literatura. Hijo de la mente de Thackeray (quien había nacido en Calcuta en 1811), el irlandés encarna el espíritu del aventurero, del buscón, de quien navega por la vida sin tener rumbo, dejándose llevar por los eventos no porque no tenga capacidad de luchar contra ellos, sino porque ellos resultan ser demasiado grandes para que cualquier persona los pueda contrarrestar. Es, entonces, quien vive dentro de la historia sin dejar huella real en ella, el soldado que lucha en las grandes batallas que permanecen en la memoria de la raza humana sin que su nombre aparezca entre los centenares que lucharon, seres sin cara alguna que poco importan ante el desarrollo de las civilizaciones humanas. Símbolo de lo liviana que puede ser la vida y de cómo todo puede cambiar (como también el carácter), Barry crece, evoluciona, logra adaptarse, personaje difuminado que se borra dentro del caos de una Europa del siglo dieciocho, ejemplo príncipe de la pérdida de la inocencia y de cómo nace el cinismo dentro de un ser humano.

Barry Lyndon (la película, obviamente) es una obra de arte en el sentido de creación humana de algo que quiere traspasar las fronteras del tiempo y convertirse en un producto sempiterno. Es la demostración del uso esmerado de las luces naturales, de unos trajes majestuosos, de una cámara que sabe qué es lo que tiene que atrapar dentro de los cuatro bordes de un tableau vivant moderno, en el cual se les pide a las figuras que se muevan, hablen e interactúen tanto entre sí como con el mundo que las rodea. Es una experiencia visual que sabe cómo crear unos lazos entre lo que vemos y lo que experimentamos narrativamente; Kubrik demuestra así la importancia de la imagen dentro de la red del “cuento”, de lo que forma la base real de cualquier intento cinematográfico y que solo así, en el acto de reconocer el valor del arte imaginativa de narrar historias, puede dejar abierta la puerta a la introducción del elemento (aquí de un nivel que supera lo excelente)de la visión, de lo que se muestra en cuanto voluntad de otorgarles un sentimiento real de placer a los ojos.

A lo mejor la cuestión es más complicada (vuelta del uróboro, pero dentro del concepto occidental de que las cosas no se repiten). Se podría afirmar que Barry Lyndon no tuvo mucha suerte en las salas de cine, cuando se estrenó en los setenta. Y también sería correcto decir que con el paso del tiempo la película se ha convertido en un elemento fundamental de la historia de la pantalla como de la producción de Kubrik (algo similar, quizás, sería la suerte de Eyes Wide Shut). Es otro ejemplo de la voluntad del director estadounidense de mezclar los media, de crear un lazo entre lo cinematográfico y lo literario (de la gran literatura y de su canon, en este caso). Y es, efectivamente, una experiencia inolvidable, un momento de nuestra vida que puede considerarse bien gastado, bien aprovechado, bien empleado. Quizás las cosas sean tan complicadas como sencillas, y el antihéroe de Thackeray y Kubrik represente aquella parte confusa de la humanidad de la que, al fin y al cabo, algunos formamos parte. Sic transit nemo mundi.

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Creo que la primera obra que vi de Stanley Kubrick fue A Clockwork Orange. Creo, si bien no estoy del todo seguro, ya que mi hermana me había dicho algo sobre la película (la no muy lista sostenía que hablaba de la problemática de las pandillas de jóvenes hiperviolentos en los años 70, y no como metáfora); quizás no la viera completamente, sino en partes (desiguales), ya que por aquel entonces solo teníamos dos posibilidades, los programas de televisión y los VHS (y era demasiado joven, un chiquillo de trece años, para ir solo a alquilar uno de aquellos filmes prohibidos a los menores). Fue entonces, durante los años de formación entre la edad infantil y la adulta (entre los quince y los dieciocho), que pude acceder al mundo de Kubrick, aún no teniendo suficientes años (pero en la tienda de VHS de mi pueblo, al jefe, que fumaba tranquilamente detrás de su mostrador, nada le importaba, hasta me permitió el acceso a películas de carácter más bien “físico”, “corporal”, escondidas detrás de una cortina). Tenía además un libro donde se encontraban todas las críticas (de tres líneas) de todos los filmes del mundo (o así pensaba), y los de Kubrick los quería ver porque pensaba que eran parte de la educación popular de cualquier espectador un poco superior a la media.

Tiene, la producción de Kubrick, cierta anarquía argumental que pone de manifiesto la voluntad de acercarse a varios elementos narrativos que, de por sí, podrían parecer demasiado heterogéneos para formar un conjunto estable. Desde la ciencia ficción pura a la de carácter más bien distópica, sin olvidar el paso por el drama histórico británico o la vida de unos soldados americanos, llegando al uso de la pornografía dentro de un contexto moderno (y creando una obra famosa, entre otras cosas, por la larga gestación). Si empezamos en 1962 (los de antes son filmes que podríamos definir como un movimiento de preparación), sí podemos afirmar que el director estadounidense tuvo como fil rouge la voluntad de llevar a la gran pantalla reelaboraciones de obras narrativas de papel; todo lo que une la diversidad de géneros, entonces, es el hecho de ser un diálogo real entre las hojas originales y su transformación en celuloide. Nabokov, George, Clarke, Burgess, Thackeray, King, Hasford, Schnitzler.

Lo que el director hizo fue entonces utilizar obras literarias muchas veces menores (en la producción del artista, se entiende, no en cuanto al valor estético y narrativo) y construir así una lectura en clave cinematográfica de ellas (a King no le gustó la de The Shining). Se mezcla entonces tanto el nivel literario alto (Nabokov, Thackeray, Schnitzler) con el más popular, de carácter casi pulp (King, Clarke), llevando a cabo una relación más variada con la cuestión del “género”. Y es que, efectivamente, esto demostraba (y todavía lo hace) la voluntad de Kubrick de crear productos capaces de “decir algo”, de saber entablar un discurso con el público, dese el valor de la violencia (naranja) hasta el de la inteligencia artificial (odisea), desde la brutalidad de la guerra (metal) hasta el arribismo de los aventureros (Lyndon), todo esto dentro de un diálogo que se abre y se multiplica entre la obra original y su reelaboración.

Sin embargo, el director fue también mucho más que un homo faber que supo rodar unas escenas. Fue también quien decidió ir más allá, hasta un perfeccionismo casi maniático, insufrible, absurdo, que en realidad escondía detrás de sí la necesidad de llegar a un resultado que fuera el mejor para el público (y para que las obras funcionaran en un contexto de “sempiterno”, sin perder su frescura). El actor que representó a Alex (en La naranja mecánica) tuvo serios problemas con sus ojos (después de la escena de la pseudo-tortura en el proceso de rehabilitación) mientras que Cruise sufrió casi un colapso mental dentro de la repetición obsesiva de algunas escenas de Eyes Wide Shut (quizás la perfección de Kubrick sea más una exageración y un mito del cine). Y, al mismo tiempo, la perfección fue tal que hasta hoy no encontramos problemas en la modernidad visual de 2001 (desde los simios a la estación espacial), así como dejarnos con la boca abierta por el estupor ante la magnificencia de las luces en Lyndon (se habla de factor “natural”, tanto del sol como de las velas).

Se dice entonces que Kubrick es un autor fundamental, un hito (o mito) del cine; si quieres hablar de películas o tan solo hacerlas, es fundamental la visión de todas sus obras (por lo menos, las más maduras) para que tengas una idea de hasta dónde los géneros pueden ir y alcanzar una supuesta (y real) perfección artística. A los veinte años y algo más, o quizás antes, pude comprarme un lector DVD; la tienda de VHS de mi pueblo ya había desaparecido y yo había empezado a tener unos pocos euros con los que comprarme finalmente las películas que reputaba imprescindibles (no os asustéis, no soy un snob, coleccionaba también obras más populares como las de Romero, Carpenter y otros más). Reverberación del pasado: tengo, debajo de mi cama, un montón de filmes en formato físico (por supuesto de forma redonda), entre los cuales están todos los del Kubrik maduro (y uno de su “infancia”, Path of Glory). Tengo también su Napoleon en la edición de Taschen (y entre las fotografías, se encuentra el guion de lo que no pudo ser) y a veces me pregunto, cuándo tendré tiempo libre, porque hay imágenes de sus obras que no se me van de la memoria y que, de vez en cuando, se asoman para decirme no sé bien qué.

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