Parte integrante de la nueva realidad física, el tiempo es, desde un punto de vista psicológico, algo de lo que no nos damos cuenta directamente. Si bien es posible medirlo (los relojes en nuestras muñecas lo pueden demostrar, o tan solo nuestros móviles), en realidad su presencia es algo que subimos sin que se analice de forma consciente; el tiempo fluye no solo alrededor de nosotros, sino en nuestro mismo cuerpo, decidiendo lo que el conjunto genético tiene que hacer, hasta llevarnos hacia nuestra merecida muerte (un poco cínica como idea, quizás, o por lo menos no muy optimista). De todas formas, el tiempo, en cuanto elemento, funciona también como punto de partida para nuestros sueños, aquellos según los cuales sería interesante poder pararlo o jugar con él hasta el punto de hacer todo lo que queramos (dentro de los límites de la física, obviamente). Desde Wells, con su máquina, hasta Marty McFly, con su DeLorean, este juego se propone abrir paso a las aventuras que nos ofrece, sin olvidar, por supuesto, el conjunto de problemas que puede conllevar, ya que, como siempre, detrás de los sueños se esconden las pesadillas.

La película japonesa de la que escribimos se inserta, entonces, en el conjunto de obras que quieren hablar del tiempo en cuanto elemento narrativo con el que entablar un discurso sobre los mecanismos de su plasticidad. Más simplemente, si nuestra protagonista descubre poder “rebobinar” el tiempo, el resultado de todo esto no puede ser simplemente el de un don, sino que, desde un punto de vista narrativo, tiene que conllevar una serie de detalles negativos o, por lo menos, capaces de llevar a la presencia de dificultades profundas. La arquitectura del cuento, entonces, no se va a basar solo sobre el aspecto más divertido de tener poderes de esto tipo, sino que introduce una serie de obstáculos que ayudan a que la película tenga aquella pizca de dramático con la que permitirle al público seguir mirando para saber lo que va a suceder. Y, si nos ponemos desde el punto de vista del entretenimiento en su forma más pura, la película logra su objetivo perfecta y rotundamente.

Se añaden, esto sí, otros elementos para que el producto final tenga una estructura más compleja. Tomando inspiración de la novela en la que se basa en parte (sería, la película, una especie de secuela), se unen al concepto típicamente de ciencia ficción el juego de las relaciones interpersonales, desde el de la amistad hasta el del amor. Se nota así cómo los diferentes niveles textuales se mezclan perfectamente a través de una red narrativa que les permite encajar hasta producir un sentimiento de satisfacción general ante la bondad intrínseca de la estructura; si nos divertimos viendo la película, esto se debe a que, efectivamente, la historia que nos es narrada tiene una profundidad discursiva que se equilibra con la simplicidad del cuento. El resultado de las dobles vertientes (lo profunda y lo simple que se revela ser la película) es la capacidad de atraernos hasta el punto de cambiar directamente el camino de una visión divertida a una más bien seria, de aquella seriedad, obviamente, que nos ayuda a tener una consideración menos superficial del mundo.

La unión de diferentes temas alrededor de la ciencia ficción no es, obviamente, nada nuevo. La ciencia ficción misma funciona normalmente como punto de partida para diferentes tipos de consideraciones y comentarios, muchas veces de carácter social, político o cultural. No solo, se desarrollan en este ámbito también discursos de carácter más íntimo, como puede ser el amor o la atracción (y la cuestión de la sexualidad) en La mano izquierda de la oscuridad de Le Guin. Lo que se hace en esta película, entonces, forma parte de un canon reconocido y bien establecido, lo cual no le quita a la obra su carácter de profundidad temática. Y, todo esto, en el conjunto de una técnica que logra usar los elementos de irrealidad para construir una estructura no simplemente sólida, sino también capaz de funcionar en relación al carácter de cooperación narrativa entre los diferentes elementos.

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La definición de estructura doble entremezclada podría ser la de combinación de dos temáticas que se apoyan entre ellas. Se supone, entonces, que la presencia de una implica la existencia de la otra, ya que si las dos se encontraran solas faltaría algo. Una estructura de este tipo permite así moverse por una serie de eventos que, al final, logran darnos una sensación de completud, como si lo que antes podía parecer caótico (presencia de elementos heterogéneos) se hubiera homologado en una proposición final: todo formaba parte de una única idea, en una arquitectura de relaciones que pondrían de manifiesto una concepción bastante bien definida. En palabras más simples, a veces lo que se presenta como desdibujado logra llegar a un punto de fusión total (sea esta de géneros o de conceptos), lo cual nos lleva a reconsiderar la obra en su totalidad. El “¿de qué habla?” se construye durante nuestra fruición y, una vez obtenida la palabra “fin”, es posible volver nuestra mirada hacia el comienzo y darle una lectura diferente.

Definir Ghost in the Shell (1995) con una sola palabra o con una frase breve resultaría por esta razón difícil. Efectivamente hay en la película de Mamoru Oshii, basada en el manga de Masamune Shirow, un discurso doble que, como en toda buena obra, es capaz de entremezclarse, lo cual lleva a que nos encontremos ante un producto completo (se define aquí con este adjetivo la cualidad de tener una estructura homogénea). Si por una lado se puede hablar de techno-noir, de un cuento de espionaje futurístico, por el otro hay que tener en cuenta la presencia de una serie de preguntas que abren paso a unos dilemas que salen de la pantalla para encontrar su espacio en la realidad contemporánea: las acciones, entonces, se resuelven en tanto segundo punto de equilibrio de un proceso más bien cultural y mental, como si el desarrollo de la historia se balanceara entre dos niveles que, si bien podrían resultar inicialmente distintos, logran unirse una vez que nos acerquemos a los últimos minutos.

Sin embargo, se nos podría preguntar también de qué habla efectivamente la película. Dejando por un lado la cuestión de la primera estructura, o sea el cuento techno-noir o, para quienes necesiten una mejor categoría, cyberpunk, ¿cuál va a ser el tema de la otra estructura, la que inicialmente parece tener un rol secundario, como si de un detalle insignificante se tratara? Resulta así fundamental subrayar el elemento abstracto, el acto (in)formal del pensamiento que nace de la charla entre personas, como cuando la protagonista y su compañero se encuentran en una situación de teórica calma y hablan de lo que hace que un ser humano sea tal. El dilema, entonces, sale de los cuatros lados de la pantalla para instaurar una relación de preguntas y respuestas con nosotros, insertándose en un discurso también aquí doble: lo que efectivamente nos hace humanos, problemática esta atemporal, y lo que, desde un punto de vista contemporáneo, nos provoca la mezcla de una cultura hipertecnológica a la que no solo nos estamos acercando sino en la que en parte ya vivimos.

Esta humanidad que afirmamos ser nuestra, huella de un hipotético valor superior ante los otros seres del cosmos, se revela ser sobre todo la prueba de la pertenencia de nuestro yo al conjunto social de la tribu humana, o sea, por cuestiones ideológicas que remontan al comienzo de los discursos filosóficos de la antigüedad, a la única especie digna de vivir y de pensar. Lo que nos hace vivos, entonces, sería la unión entre la mente (ghost) y el cuerpo (shell), otra estructura doble entremezclada que es también nuestra única posibilidad en lo que se refiere a la participación en el mundo exterior (sin cuerpo y mente, dicho de otra manera, sería imposible funcionar en tanto seres sumergidos en el mundo real). ¿Qué pasa, entonces, cuando nos damos cuentas de que no solo el cuerpo puede ser reemplazado, recreado y parido artificialmente una y más veces, sino que la mente también pierde su solidez, ya que sus coordenadas (los recuerdos) pueden revelarse un sueño, una ficción?

La destrucción de las seguridades a las que nos agarramos, entonces, logra que se abra un espacio de intercambio mental (intercambio de opiniones, de ideas) que nos habla desde un punto de vista tanto biológico (el ser humano es cuerpo y mente, sí, pero la mente es un conjunto de células, el cerebro) como tecnológico (los avances, las nuevas invenciones, la unión entre la carne y la máquina). Nos ayuda, así, volver a la cuestión de la caducidad de los seres vivos (pero también de los objetos, de lo que producimos con nuestras manos) e insertar en el discurso el dilema que ya se había asomado a la hora de discutir, en la segunda mitad de siglo diecinueve, la teoría de Darwin. ¿Qué va a ser el hombre del futuro? ¿Cuáles serán los cambios físicos al que se verá sometido en el desarrollo ilógico de la evolución, siempre que el hombre siga siendo uno de los protagonistas de este cosmos? Efectivamente, si las máquinas logran tener su inteligencia (artificial, por supuesto), ¿qué les impide actuar de por sí, en tanto seres vivos? La mente, entonces, el ghost, ya no será una calidad típica del ser humano, y la hibridación – el mestizaje – se mostrará cómo una de las muchas maneras de vivir. ¡El hombre ha muerto, viva el hombre!

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La definición de bienestar psicológico tiene que ver con el hecho de saber detectar, analizar, aceptar y vivir dentro de la realidad. Se trata de relacionarse con el mundo que nos rodea sin filtros, menos los que provienen de una forma típicamente biológica (el espectro de los colores, por ejemplo, o tan solo los sonidos que nos está permitido naturalmente oír). Hasta dónde se puede ir, entonces, dentro de lo correcto, de lo verdadero, de lo real, depende no solo del mundo exterior sino (quizás sobre todo) del sistema de lectura que representa nuestro mismo concreto cerebro, un conjunto de células que con el paso del tiempo pueden, en algunos casos, decaer hasta resultar totalmente inservibles. La mente puede ser, en consecuencia, la modalidad de conexión fija con lo real, en su capacidad tanto de lectora como también de traductora de los eventos del mundo “real”. Y traducir, en este caso, significa saber darles un valor correcto a los diferentes efectos que nos llegan a través de las sensaciones, y además catalogarlos dentro de un sistema de reconocimiento (las caras de los queridos, las voces de los colegas, etc.) que nos permite, al fin y al cabo, vivir.

Lo psicológico, entendido como elemento narrativo, es lo que mueve la experiencia del espectador de Perfect Blue, película de animación japonesa dirigida por quien nos dejó demasiado pronto en 2010. La mente es el motor, el movimiento que nos acerca y nos aleja del cuento que se desarrolla en una serie de escenas que lentamente borran la distancia entre lo real y lo ficticio, hasta empujarnos a nosotros mismos a dudar de lo que estamos viendo. Y es así que, en el río de la narración, nos vemos llevados a preguntarnos qué es lo real, tanto en relación con el filme como con nuestra misma manera de ser, poniendo de manifiesto no una sensación de incomodidad de nuestra manera de existir, sino de cómo efectivamente poco basta para cambiar el sistema de herramientas mentales con las cuales podemos interactuar en este mundo, en esta realidad.

Es también, Perfect Blue, una lectura de un mundo como el del entretenimiento y del valor simbólico de la voluntad de tener una carrera en él. ¿Qué significa, entonces, hacer lo necesario para obtener cierto éxito? Y no, no se trata de una pregunta retórica, de una lectura negativa de este mundo, sino de reconocer el pacto que se instaura entre la pérdida de cierta inocencia ante un proceso de maduración tanto física como mental que puede, en algunos casos, llevar a tener una dicotomía completa entre el concepto de persona ideal y de persona real. Es una lectura del culto de la personalidad, no de la nuestra sino de la de otras personas, efecto, este, de un análisis errado de lo que significan las relaciones interpersonales, sobre todo dentro de la necesidad de reconocer la otra persona como agente, como elemento independiente, y no como encarnación de nuestros mismos deseos. Es lo terrible de ser (o llegar a ser) una celebridad, quizás, o tan solo lo difícil que resulta ser para algunas personas aceptar la diferencia entre la apariencia y (ya sabéis qué voy a escribir) la realidad.

Puede que la visión de esta obra resulte perturbadora. Se construye, paulatinamente, una pesadilla de la que parece imposible despertarse para volver a la “normalidad” (sea lo que sea lo que esta palabra significa). La protagonista no sabe qué es ficción y qué es verdadero, así como nosotros mismos nos vemos caer dentro de un torbellino de malestar psicológico. Es, la película, un cuento de terror, de aquella sensación de temblores que nos sacuden de nuestra tranquilidad diaria y que ponen de manifiesto cuán frágil puede ser la vida de cada uno. De bienestar psicológico se ha hablado, empezando esta charla. Detectar, entender, catalogar el mundo que nos rodea gracias a unas herramientas (nuestros patrones mentales) que nos sostienen en cada minuto que pasamos despiertos; y quizás sea el arte de esta película la demostración de que el terror más grande sea la pérdida de estos instrumentos y la duda de nosotros mismos.

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