Críticas
La herida en penumbra
Sorry, Baby
Eva Victor. EUA, 2025.
Sorry, Baby, debut en la realización de largometrajes de la franco-estadounidense Eva Victor, se inscribe en esa línea del cine independiente contemporáneo que desplaza el conflicto del acontecimiento al modo en que este se sedimenta en el tiempo. Escritora, directora e intérprete principal en el largometraje, Victor articula una obra de difícil adscripción genérica. Diríamos que estamos ante un drama íntimo atravesado por una comicidad incómoda, ante un relato fragmentario que rehúye tanto la denuncia explícita como la catarsis. Se trataría de una suerte de mumblecore evolucionado, esa corriente estética del cine independiente norteamericano de los años 2000, pero depurado de cualquier ligereza improvisada y ahondando en la poética del realismo conversacional. La película se construye como un dispositivo de observación sostenida donde la experiencia subjetiva se impone sobre la narración clásica. No es una historia sobre lo que ocurre, sino sobre lo que permanece. En ese desplazamiento, el filme renuncia deliberadamente a la progresión dramática convencional para instalarse en una forma de relato donde lo importante no es el avance, sino la densificación de la experiencia, como si cada escena añadiera capas a una herida que nunca terminara de cerrarse.
A diferencia de otros relatos que sitúan la agresión en el centro visible, Sorry, Baby adopta una estrategia precisa: los antecedentes y los acontecimientos posteriores al suceso se nos ofrecen mediante escenas alternas, fragmentarias, recurriendo a flashbacks y modificando la cronología de los hechos en capítulos diferenciados. Con todo ello se reconstruye la relación y el contexto; sin embargo, el momento mismo de la agresión queda radicalmente fuera de campo. La cámara permanece estática en el exterior de la casa donde ocurre, negando cualquier acceso visual, mientras transcurren las horas hasta el anochecer. Este gesto no es un simple recurso elíptico, sino una toma de posición ética: no convertir el trauma en imagen, no apropiarse de él. Como ha señalado Cathy Caruth, lo traumático no reside únicamente en la agresión a la que asistimos en la distancia, sino en su carácter no asimilado, en su imposibilidad de ser plenamente integrado en la experiencia. El largometraje se sitúa exactamente ahí: no en el acontecimiento, sino en su persistencia. De este modo, el fuera de campo no funciona como ausencia, sino como una presencia negativa que condiciona todo lo visible, impregnando retrospectivamente incluso los momentos anteriores a la agresión.

Esa persistencia adopta una forma concreta: la depresión de largo recorrido que se instala en la protagonista. No se trata de episodios aislados, sino de una condición continua que atraviesa su vida cotidiana, modulando su relación con los otros y consigo misma. La película sugiere —sin subrayados— la presencia de ataques de ansiedad, de momentos de asfixia emocional, incluso de una pulsión autodestructiva que roza el deseo de desaparecer. No hay dramatización enfática de estos estados; aparecen integrados en la textura del filme, como si formaran parte de una normalidad alterada que ya no puede revertirse. El tiempo no avanza hacia una resolución, sino que se expande en una duración donde la angustia se vuelve atmosférica, casi imperceptible por momentos, pero constante. En términos cercanos a Martin Heidegger, el horizonte de futuro queda bloqueado: la protagonista no se proyecta, se sostiene. Y ese sostenerse implica una forma de resistencia mínima, precaria, en la que cada gesto cotidiano adquiere el valor de una pequeña victoria frente a la inercia del derrumbe. La puesta en escena refuerza esta experiencia mediante una economía de medios rigurosa. Se recurre a planos fijos, encuadres medios, espacios cotidianos sin jerarquía visual… La cámara observa sin invadir, manteniendo una distancia que evita tanto la identificación sentimental como la estetización del dolor. El sonido, igualmente austero, prescinde de música enfática y deja que los silencios adquieran densidad, convirtiéndose en una extensión del estado emocional de la protagonista.
En este contexto de opacidad, el humor emerge como una grieta significativa. No como alivio, sino como mecanismo de supervivencia que permite sostener lo insoportable sin nombrarlo directamente. La película está atravesada por momentos de comicidad seca, desajustada, que no buscan la risa franca sino una incomodidad compartida que revela el desajuste general. Resulta especialmente revelador el personaje de la compañera envidiosa que aspiraba a su puesto: una figura que introduce una dimensión casi grotesca en el entorno académico. Su presencia, marcada por una competitividad cristalina y una falta de empatía flagrante, roza lo caricaturesco sin abandonar del todo la verosimilitud, como si encarnara una forma banal de violencia cotidiana. En ella se condensa una hostilidad lateral perturbadora: la del entorno que compite, mide e intenta desplazar a cualquier precio. El humor que genera no es liberador; es, más bien, un síntoma del desequilibrio, una forma de señalar la imposibilidad de una normalidad compartida. A ello se suman pequeños momentos de sarcasmo casi imperceptible, como la sequedad desatinada en la consulta en el hospital, donde el protocolo se impone sobre cualquier atisbo de humanidad, o la cena que acaba con una espina en el pescado. La vida sigue operando con una lógica ajena al derrumbe interior de la protagonista.

La relación con el vecino se inscribe en esta misma lógica de ambivalencia, evitando cualquier deriva hacia el consuelo narrativo o la reconstrucción afectiva clásica. No se trata de una simple evitación ni de una apertura redentora, sino de un espacio intermedio donde el deseo y la desconfianza coexisten sin resolverse. Hay acercamiento, hay intimidad física, pero la puesta en escena se mantiene inalterada: sin erotización, sin clímax, sin fusión emocional que permita pensar en una reparación. Los cuerpos comparten espacio, pero no se integran plenamente en un relato de vínculo. La protagonista participa, pero no se abandona; introduce humor, sí, pero como forma de regulación, no de seducción. La intimidad aparece así como un territorio posible pero inestable, atravesado por la memoria corporal del trauma que impide cualquier entrega plena. El otro no es una amenaza explícita, pero la relación sí comporta un riesgo constante: el de la exposición, el de la confianza, el de volver a habitar un espacio donde el daño podría repetirse. Incluso en los momentos de aparente calma, la escena queda atravesada por una leve tensión, una reserva que impide que el encuentro se cierre en sí mismo. No hay plenitud, sino una negociación continua entre el impulso de acercarse y la necesidad de protegerse.
A esta fragilidad del vínculo se suma la dimensión institucional del abandono, que la película aborda con una precisión devastadora en la secuencia de la denuncia universitaria. Lejos de ofrecer un espacio de escucha y reparación, la institución responde con protocolos vacíos, con una burocracia que desactiva cualquier posibilidad de reconocimiento real. La protagonista no es negada de forma frontal; es, quizá peor, desatendida, absorbida por un sistema que traduce el dolor en procedimiento. Convertida en expediente, en caso, en trámite, su experiencia pierde densidad y urgencia. La violencia se desplaza así del acontecimiento al sistema que debería acogerlo y no lo hace. Como señala Judith Herman, la recuperación del trauma pasa por la validación y el reconocimiento; aquí, en cambio, se produce una segunda herida: la del abandono institucional. La universidad, espacio teóricamente protector, se revela como una estructura incapaz de alojar lo que desborda sus categorías, evidenciando una distancia insalvable entre normativa y experiencia vivida. A ello se añade una sensación de desgaste progresivo, como si cada paso en el proceso no acercara a la reparación, sino que diluyera aún más la legitimidad del dolor.

En diálogo con otros filmes contemporáneos sobre la reacción a la agresión, Sorry, Baby ocupa un lugar singular por su renuncia a cualquier forma de resolución narrativa clara. Frente a la externalización vengativa de Una joven prometedora de Emerald Fennell (Promising Young Woman, 2020), donde el trauma se traduce en acción y ajuste de cuentas, aquí se internaliza hasta desarticular la propia noción de respuesta, impidiendo incluso la posibilidad de una progresión dramática reconocible. Frente a la dimensión estructural de The Assistant de Kitty Green (2019), donde la violencia se percibe como sistema, Victor opta por una escala íntima que, sin embargo, no renuncia a lo político, sino que lo desplaza hacia lo cotidiano. Y frente a la verbalización contenida de Nunca, casi nunca, a veces, siempre de Eliza Hittman (Never Rarely Sometimes Always, 2020), donde el lenguaje encuentra un punto de anclaje, Sorry, Baby insiste en su insuficiencia radical. Incluso en relación con la ambigüedad provocadora de Elle de Paul Verhoeven (2016), aquí no hay apropiación ni control, sino una exposición continua a la fragilidad, una imposibilidad de recomponer la subjetividad en términos de dominio.
El filme culmina en un gesto mínimo: la protagonista hablando al bebé de su amiga. No hay redención, no hay cierre, pero sí una variación significativa en el uso del lenguaje que introduce una leve inflexión en el recorrido emocional del personaje. Por primera vez, la palabra no sirve para esquivar, para ironizar o para distanciarse, sino para acercarse, para ensayar una forma de vínculo no mediado por el miedo. El bebé, figura sin juicio ni exigencia, símbolo de inocencia, permite una relación donde la confianza no está aún dañada, donde la mirada no implica evaluación ni amenaza. No se trata de una solución, sino de una apertura frágil, casi imperceptible: una grieta en la continuidad del trauma. Sorry, Baby no propone la superación ni la reconciliación con el pasado, sino algo más honesto y más inquietante: la persistencia de la herida en la sombra y la posibilidad —mínima, inestable— de seguir habitando el mundo a pesar de ella, sin garantías, pero también sin clausura definitiva.
Tráiler:
Ficha técnica:
Sorry, Baby , EUA, 2025.Dirección: Eva Victor
Duración: 103 minutos
Guion: Eva Victor
Producción: High Frequency Entertainment, AF Films, Big Beach, PASTEL, Tango Entertainment
Fotografía: Mia Cioffi Henry
Música: Rob Rusli
Reparto: Eva Victor, Naomi Ackie, Lucas Hedges, John Carroll Lynch, Louis Cancelmi, Kelly McCormack, Alison Wachtler, Hettienne Park

