Investigamos
PRINCESAS SIN REINO
Me llaman calle, me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar
Me llaman calle, calle más calle
Manu Chao

A 20 años del estreno de Princesas (2005), dirigida por Fernando León de Aranoa –quien ya había estrenado otros títulos como: Familia (1996) o El buen patrón (2021), entre otras–, protagonizada por Candela Peña como Caye y Micaela Nevárez como Zulema, el filme aborda el tema de la inmigración, la amistad y, cuando ciertas circunstancias de la vida condicionan, a lidiar con la marginalidad. Desde un enfoque que otorga voz a sus protagonistas, Zulema y Caye son dos mujeres que ejercen la prostitución en Madrid, cada una a su modo, confluyen una en la compañía de la otra. Junto a ellas conoceremos el valor de la amistad, como puente entre dos vidas. En una entrevista, León de Aranoa comenta: “Los personajes de las películas solo existen si alguien los imagina, los inventa, si alguien piensa en ellos, como dice el personaje de Caye varias veces, o algo que repite su madre: Existimos porque alguien piensa en nosotras y no al revés”.
Para conocer más sobre esta historia nos embarcamos en el trabajo de un microanálisis, como modelo propuesto por Santos Zunzunegui, quien toma una secuencia, un fragmento o un fotograma como muestra significativa de una película completa. Si bien en el cine contemporáneo abundan grandes producciones con saturación de efectos especiales e historias épicas, marcado por la lógica del espectáculo y el efectismo inmediato, también se propone desde algunos autores, como Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, una nueva sensibilidad social y subjetiva, desde la construcción de lo íntimo. Apoyados en la idea de imagen-multiplejidad, como la diversificación ético-cultural de los cineastas para construir un relato que se bifurca, donde los personajes se confunden en historias corales o imponen su individualidad particular, y se representan todas las edades de la vida y todas las identidades sexuales. Término que suele entenderse como la coexistencia simultánea de múltiples niveles de sentido, estilos, géneros, registros y tiempos en una misma obra cinematográfica.
Princesas se enmarca en esta forma de realización cinematográfica. No sigue un único conflicto lineal, vemos la historia de ambas protagonistas, y también conocemos su entorno, sus propios conflictos, que se alternan entre momentos íntimos, cotidianos, dramáticos y sociales. Desde lo estético, el film es realista, pero con diálogos metafóricos y poéticos, y con el uso de una banda sonora propia, abordando la problemática de la inmigración por medio de la vida de las protagonistas.
Como escena representativa al servicio del microanálisis, en un momento particular del filme, vemos a Zulema trenzar el cabello a Caye, en su dormitorio, con la intención de lograr un cambio estético de apariencia, pero también como un gesto tradicional de República Dominicana, de donde es oriunda Zulema.

Si bien este momento ocurre en la casa de Caye, en el filme se nos presenta un escenario clave, la peluquería, como un espacio donde todas aquellas que ejercen la prostitución concurren con la misma peluquera, Gloria, quien además ocupa el lugar con mayor experiencia en el rubro y puede dar consejos a las demás. Allí socializan, es un espacio compartido, como sede de encuentro y de lógicas propias. Allí se critican a las mujeres que están fuera del local, en su mayoría inmigrantes, vistas como competencia, ya que comienzan a instalarse en el territorio público de la plaza frente al local, en Madrid. Caye es la que entabla vínculo con una de ellas, Zulema, e incluso le pide que la peine, como acto de confianza; de esta forma, Caye es quien cruza ese límite social e imaginario entre unas y otras.
Volviendo a la escena del peinado, al cual nos referiremos, el diálogo entre ellas transcurre sobre todo focalizado en Caye, quien está hablando de un curso de modelo que comenzó pero que tuvo que abandonar por no tener equilibrio, algo de lo que carece desde pequeña. Piensa en lo mucho que le gustan los equilibristas y que debería casarse con uno para completarla, y termina haciendo referencia a las princesas, quienes son muy sensibles a la rotación de la tierra, por eso se marean y también pueden morir de tristeza si están lejos de su territorio. Zulema escucha mientras la peina, y a la pregunta de si en su país hay equilibristas, ella responde: “10 millones”, una frase que puede significar dos conceptos distintos, dependiendo del contexto, donde parece referirse a los esfuerzos de la población en su país. En este caso, los equilibristas también intentan recurrir a tratar de balancearse cómo pueden en el riesgo, y en este sentido, esto pudo ser el motivo de la migración de Zulema. Como Caye, que anhela tener equilibrio, estabilidad, Zulema ha tenido que probar suerte en otro país, también para tratar de estabilizarse.
Este diálogo íntimo y de confianza entre ambas simboliza y retrata la posición de Caye, quien se considera inestable, sin equilibrio, y donde también expresa cierta tristeza, anhelando conocer al hombre de sus sueños. Lo que conocemos de su personaje, también lo sabemos por su familia, que funciona como coro participativo del argumento. Allí tomamos nota de una madre viuda, que se envía flores a sí misma, por medio de remitente anónimo, y de su hermano, que está en pareja y acompaña a su madre en esta idea. Caye es quien enfrenta y pretende develar lo que hace su madre para reafirmar que su padre ha fallecido, y que su madre debe reconocerlo de una vez por todas.
Caye no soporta ver a su madre que, para poder sobrellevar un duelo por la pérdida de su marido, recurre a enviarse flores, como si provinieran de pretendientes. Así, Caye parece rechazar lo mismo que anhela su madre, ya que ella también fantasea con pretendientes, con la esperanza de conocer al hombre de sus sueños.
En la escena con Zulema, por medio de plano medio que toma a ambas protagonistas en la intimidad de una habitación, ambas sentadas frente a una ventana, con la cámara acercándose a quien toma la palabra y alejándose para abarcar a ambos personajes, se instala un clima de cercanía entre ambas.
El plano cambia cuando Caye se levanta del asiento y se dirige al espejo para ver cómo ha quedado el peinado, que hasta el momento no ha visto. Mientras se mira al espejo, al estilo de Blancanieves, utilizando su reflejo para que le devuelva la imagen que desea, como en un cuento de princesa, dice: “¿Te imaginas a el hombre de mi vida? A mí me gustaría mucho ser la mujer de su vida también, aunque fuera solo por un día”.
Esta escena condensa en parte el argumento del filme, que trata sobre la inmigracion, la prostitución como salida posible en un país extranjero donde poder subsistir, pero también de las historias mínimas que crecen sin importar su origen.

Finalmente, la elección del título del filme, que refiere por un lado a la hija de un Rey, pero que en este caso se encuentra fuera de su reinado, mareada, inestable, deambulando en los márgenes de un territorio que no tiene dueño. En el filme se construye un relato mínimo, desde dos mujeres que buscan estabilizarse en la vida, y donde conoceremos su intimidad, sus temores, placeres y también sus deseos. En un cine que se diferencia del impacto efectista, aquí se apela al detalle, al afecto, donde también está presente lo político, como marco de un contexto social, de un fenómeno presente, tal como lo es el tema de la inmigración.
Referencias:
https://kinephilos.com/pluginfile.php/1405/mod_resource/content/1/Lipovetsky-Hacia_un_hipercine.pdf
https://www.pensamientocritico.org/ferleo1105.htm
https://revistas.ucm.es/index.php/ARAB/article/view/60731/4564456549315

