Críticas
El eco
La voz de Hind
Sawt al-Hind Rajab. Kaouther Ben Hania. Túnez, 2025.
Los esposos Hamada, sus cuatro hijos y su sobrina de seis años Hind intentaban huir de Gaza, cuando su pequeño coche fue acribillado desde una tanqueta israelí. Todos murieron en el ataque, salvo la pequeña, que fue capaz de contactar por teléfono con su tío en Alemania. Este se puso en contacto con la Media Luna Roja, que intentó un rescate desesperado.
La directora tunecina Kaouther Ben Hania decidió construir una película a partir de las grabaciones reales de las comunicaciones de la niña con los voluntarios.
La voz de Hind ¿es cine?

Antes de responder a esa pregunta, trataremos de responder a otras dos, que en buena lógica deberían ser posteriores:
¿Es un cine necesario?
Cuando escuchó la cinta, la directora quedó tan conmocionada, que se sintió compelida a convertirla en una película. Desde ese punto de vista, podemos decir que es cine necesario. Ella y otros profesionales del cine sintieron la necesidad de clamar frente a lo que estaba sucediendo y que al resto mantenía atenazados, en plena parálisis de estupor.
Sin embargo, si podemos decir que es un cine necesario es por otra razón más fundamental: si no hubiera una película que ha ficcionado la verdad, se habría construido una verdad saltando de un nivel de mentira a otro.
Primer nivel: la negación. El hecho no habría tenido lugar.
Sin embargo, ya era tarde para el primer nivel de mentira, porque el audio estaba circulando por todo el mundo. Solo cabía minimizar el impacto.
Segundo nivel: No es lo que parece. Cabecillas de Hamás huían rodeados de niños como escudo humano
Tercer nivel: No eran soldados israelíes los que dispararon
Cuarto nivel: Insistir en que esa noticia es propaganda y es antisemitismo
Quinto nivel: Eso pasó en lo más crudo de la guerra. Y ya se declaró el alto al fuego.
Sexto nivel: Nada es comparable al Holocausto.
[Podemos preguntarnos si fue en el cuarto nivel o fue en el sexto cuando Hollywood decidió filmar de nuevo la verdad y nada más que la verdad del proceso de Nuremberg]
No sabemos ver la realidad, a no ser que se nos presente bajo la forma de ficción. Es la vacuna frente a lo real insoportable. ¿Y que es aquí lo insoportable?: que intuimos que son verdaderamente las últimas palabras de Hind; que adivinamos que sus súplicas se estrellarán en las ondas y en la web con las meras palabras de consuelo; que tenemos la certeza de que su vida ya estaba hace tiempo descontada de la estadística, de la siniestra contabilidad de la venganza que permite justificar exterminio en lugar de desplazamiento de población para el sistemático plan de limpieza étnica desplegado desde la primera ocupación.
¿Es un cine eficaz?, ¿llega?

Llega, desde el momento que hay un destinatario a conmover. Pues bien, he de confesar que en la sala de cine no estábamos más de doce personas. Cabe decir que era la noche del viernes. Y que además se trataba de la sesión en versión original en árabe [pero, ¿en qué otra versión podríamos haber escuchado acaso la voz de Hind?].
Aunque tal vez haya que buscar una explicación más directa: si un genocidio interrumpido [o suspendido, o pospuesto, o simplemente en otra fase] no ocupa los informativos, entonces a una película que lo recrea en su máxima crudeza se le debilita su capacidad de representar, de hacer presente; en alguna medida, es como si se deslizara el suelo bajo sus pies. [Hasta podríamos intuir incluso que cuanto más desactivado quede el mensaje más posibilidades tendrá la película de ganar un óscar].
Pero, si no llega el cine, ¿de qué sirve convertir la aterrorizada voz de Hind en una película? Entonces, de nuevo, ¿más llega cuanto más cine es? ¿o menos?
Podemos afirmar que La voz de Hind es verdadero cine. Y encontramos un antecedente próximo en la película danesa The Guilty (Gustav Möller, 2018). Un call center de urgencias puede metaforizar perfectamente al cine, el cine como médium, como canalización, como dispositivo de intermediación de la angustia. El espectador se expone al muro infinito que representa la pantalla cinematográfica, que separa definitivamente dos mundos, la realidad, que realmente no vemos, y lo que el cine es capaz de erigir como su simulacro frente a nuestros ojos y nuestros oídos alucinados.

No es casual que la directora se empeñe en subrayar una y otra vez la virtualización de la realidad. La acción se desarrolla en un espacio cerrado, donde se esfuerzan unos pocos voluntarios de la Media Luna Roja. Siempre los vemos interactuando mediante auriculares, teléfonos móviles, pantallas; golpeteando o escribiendo en los cristales que separan los cubículos. No vemos más que interacciones frágiles, interrumpidas, mediadas por la tecnología, donde la ambulancia es un rectángulo moviéndose en un mapa digital; si la figurita esquemática se detiene en la pantalla es porque los escombros y la destrucción le impiden continuar. Pero lo real, el horror de la destrucción y la muerte no se ven, solamente sus efectos, su débil rastro digital. Cada hito del imposible/imposibilitado rescate se marca con signos inútiles sobre el cristal del despacho del coordinador jefe. Y el único real presente, la voz de Hind, es transformada visualmente en oscilograma, para poder así ser filmada y tratada cinematográficamente.

Seguimos en el terreno de la metáfora. La representación visual del hilo de voz de Hind es como el frágil pespunte que la mantiene esperanzadamente cosida a la vida, pero también como la cremallera que se abrirá de golpe a la muerte.
Porque eso es lo que ha ocurrido para que este horror sea, no ya solamente posible, sino tolerado, digerido, metabolizado, asimilado, como camino más fácil de represión y olvido. Y lo que ha ocurrido es que lo humano se proyecta en lo inhumano, se reemplaza por lo inhumano.
Y de esta forma el asesino no es ya un humano, sino parte de una máquina tecnológica y política, autoconsistente y autojustificada. Primero es la ideología la que funciona como filtro para la deshumanización del otro. Luego es la tecnología. El operador de un tanque no está asesinando humanos, sino meras representaciones tecnológicas, como las que detectan las cámaras infrarrojas o los sensores que rastrean las conexiones entre dispositivos digitales. Lo saben los bienintencionados e impotentes rescatadores. Saben que no ven ahí ya personas, sino sus rastros electrónicos. Con lo que nadie está asesinando, sino que la tecnología cambia los pixels de posición, bits por bits.
Pero también hemos oído en la propia voz de la niña que iba a la escuela mariposa. ¿Qué mejor representante de la vida que la mariposa? Es la mixtificación que construimos para los niños. También ponemos una pantalla entre la realidad y sus miradas inocentes. Sin embargo, no les podemos decir que la larva tal vez hizo crisálida entre los pliegues de un cadáver destrozado y que desperezó sus alas por primera vez entre escombros y destrucción. A una niña asustada no le podemos decir que no será ella la mariposa. Que habrá otra que batirá sus alas rítmicamente y que con su batida barrerá el polvo de la tierra junto con su recuerdo.
Ficha técnica:
La voz de Hind (Sawt al-Hind Rajab), Túnez, 2025.Dirección: Kaouther Ben Hania
Duración: 89 minutos
Guion: Sawt al-Hind Rajab
Producción: Coproducción Túnez-Francia; Tanit Films, Mime Films, JW Films, RaeFilm Studios
Fotografía: Juan Sarmiento G.
Música: Amin Bouhafa
Reparto: Documental

