Críticas
Déjame morir
La Grazia
Paolo Sorrentino. Italia, 2025.
Entre los elementos que llevan a la construcción de la comunidad humana se encuentran los de carácter moral, éticos, tan solo de relación personal con el bien y el mal. Hay en la Divina Commedia unos pobres pecadores cuya culpa fue la de no hacer nada, de no tomar partido, de no decidir sino de dejarse llevar por la corriente, sin dejar huella de su propia existencia dentro del contexto de la sociedad; los ignavi representan bien, quizás, a los que prefieren estar quietos porque, efectivamente, ninguna idea propia tienen. En la península italiana, durante el siglo vigésimo y después de la muerte del de Dovia (que nadie se olvide de él para que otros similares no lleguen al poder), la figura de los ignavi estaba representada, desde cierto punto de vista, por los de la Democrazia Cristiana, el partido de centro que parecía incapaz de tomar unas posiciones tales que llevaran a la aparición de un cambio radical en la sociedad. Se opuso, por ejemplo, al aborto y al divorcio, ambas acciones hoy legales en un país que finge ser cristiano, como siempre fingió durante los siglos del reino de los papas (un autoengaño que bien se revela en los números minúsculos de fieles que van a la iglesia los domingos pero que siguen con la idea de que sí, algo existe sobre nuestras cabezas, en los cielos del más allá).
Un presidente (en una república parlamentaria) a unos meses de jubilarse y retirarse de la escena. Un presidente ex democristiano (olvidé deciros que la DC se hundió durante los escándalos por la cuestión aquella de los sobornos, otro segreto di Pulcinella) que tiene que firmar una ley que permita a la gente (al pueblo, a los ciudadanos, a los que somos los efectivos componentes de cualquier nación) decidir si morir o menos. Eutanasia, entonces, una palabra que a veces parece excitar, en las mentes de algunas personas, la idea de un pecado mor(t)al, mientras que en otras, se ha ido convirtiendo en el símbolo de la libertad de la autodeterminación y de poder terminar un estado que solo nos trae dolor físico y mental (el del alma hay que dejárselo a los que en el alma creen). Una cuestión, la de este tipo de muerte, que provoca cierto malestar en un presidente que parece incapaz de moverse, de dar una respuesta clara, de saber qué es lo que efectivamente hay que hacer dentro de un mundo en el cual navega entre su amistad con un papa negro y una amiga (su mejor amiga, que claro quede) atea, y una hija símbolo de una generación futura.

Es, La Grazia, una obra técnicamente perfecta, con una fotografía impresionante, con un movimiento de cámara superlativo. Y es, también, una obra no muy bien escrita, con unos diálogos que rozan, en algunos casos, lo pésimo, como también unas actuaciones que resultan ser frías, fingidas; no se sabe bien si lo cutre de algunas escenas se debe a un guion incapaz de crear palabras verosímiles o si es, en realidad, la falta de naturaleza de algunos actores. Es una mezcla de partes buenas y de partes (muy) malas, que en conjunto nos llevan a pensar que algunas escenas, si bien evocadoras, hubieran podido ser cortadas, mientras que el juego de sentimientos y escenas oníricas, surreales, nos hace preguntar si lo que estamos viendo efectivamente tiene valor narrativo o tan solo es nada más que un ejercicio de estilo. Manierismo profundo, entonces, capaz de ir más allá de lo lícito y entrar (con cierta prepotencia visual) en el campo de lo barroco, de lo demasiado, de lo hinchadamente pesado.
Resulta difícil no darse cuenta de la importancia de esta película en el discurso social italiano, así como fácil es reconocer en ella la voluntad de hablar de algo del que hablar no se puede (por una cuestión de ignavia típicamente italiana, dentro de una población que en su mayoría sí está de acuerdo con la eutanasia pero que nada hace para que la política haga lo necesario). Y es que La Grazia es también una obra con no pocos problemas, demostración patente de la capacidad artística de Sorrentino como de sus limitaciones, de su amor por un estilo visual que a veces supera la fuerza narrativa y nos hace pensar por qué razón el director no supo reducir lo estético a favor del mensaje. Una película, sí, sobre la eutanasia, sobre la gracia (de dos personas que mataron a sus amados) y sobre los problemas éticos, morales y personales que pueden invadir la vida de cada uno de nosotros, también la de un presidente cuyo dolor más grande es la necesidad de seguir viviendo sin poder tener cerca de sí a su mujer. La muerte, al fin y al cabo, lo termina todo para los que se van pero no para los que se quedan.
Ficha técnica:
La Grazia , Italia, 2025.Dirección: Paolo Sorrentino
Duración: 133 minutos
Guion: Paolo Sorrentino
Producción: Paolo Sorrentino, Annamaria Morelli, Andrea Scrosati, Priscilla Pecetti, Cristina Tacchino
Fotografía: Daria D'Antonio
Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano

