Críticas
Sic transit nemo mundi
Barry Lyndon
Stanley Kubrick. Reino Unido, EUA, 1975.
Quizás la cuestión sea más sencilla. Acercarse a algunas obras implica, de por sí, ir más allá de la fruición, de ser simples espectadores. Se instaura, en el diálogo entre quien ve y quien roda, un discurso diferente a la simple voluntad de entretenimiento, y se desarrolla así una red de interconexiones que bajan hacia las profundidades de una cueva artística (como la de Cervantes, al fin y al cabo, que nada más era que un merecido sueño del héroe demasiado viejo como para ser un caballero andante). Sin embargo, me resulta difícil creer que el valor intrínseco de algunos productos de la imaginación logre huir de las fronteras de una visión más popular, como si el cine, de hecho, no fuera más que una técnica de narración ideada para todos y, por esta razón, leja de cualquier instinto artístico, y me doy cuenta, desmintiendo la idea general que tenemos, que lo popular, entendido como medio de comunicación (quizás masivo), puede, en algunos casos, transformarse en un producto que traspasa los límites y se erige como demostración de que sí, efectivamente, también lo menos elitista puede ser un instrumento de creación de nivel inconmensurable. O, más sencillamente (como acabo de decir al comienzo de este párrafo), quizás la cuestión sea más sencilla (uróboro hecho, ahora al cuerpo de la crítica).
Barry Lyndon (el personaje, por supuesto) es un antihéroe no solo de la historia del cine, sino de la literatura. Hijo de la mente de Thackeray (quien había nacido en Calcuta en 1811), el irlandés encarna el espíritu del aventurero, del buscón, de quien navega por la vida sin tener rumbo, dejándose llevar por los eventos no porque no tenga capacidad de luchar contra ellos, sino porque ellos resultan ser demasiado grandes para que cualquier persona los pueda contrarrestar. Es, entonces, quien vive dentro de la historia sin dejar huella real en ella, el soldado que lucha en las grandes batallas que permanecen en la memoria de la raza humana sin que su nombre aparezca entre los centenares que lucharon, seres sin cara alguna que poco importan ante el desarrollo de las civilizaciones humanas. Símbolo de lo liviana que puede ser la vida y de cómo todo puede cambiar (como también el carácter), Barry crece, evoluciona, logra adaptarse, personaje difuminado que se borra dentro del caos de una Europa del siglo dieciocho, ejemplo príncipe de la pérdida de la inocencia y de cómo nace el cinismo dentro de un ser humano.

Barry Lyndon (la película, obviamente) es una obra de arte en el sentido de creación humana de algo que quiere traspasar las fronteras del tiempo y convertirse en un producto sempiterno. Es la demostración del uso esmerado de las luces naturales, de unos trajes majestuosos, de una cámara que sabe qué es lo que tiene que atrapar dentro de los cuatro bordes de un tableau vivant moderno, en el cual se les pide a las figuras que se muevan, hablen e interactúen tanto entre sí como con el mundo que las rodea. Es una experiencia visual que sabe cómo crear unos lazos entre lo que vemos y lo que experimentamos narrativamente; Kubrik demuestra así la importancia de la imagen dentro de la red del “cuento”, de lo que forma la base real de cualquier intento cinematográfico y que solo así, en el acto de reconocer el valor del arte imaginativa de narrar historias, puede dejar abierta la puerta a la introducción del elemento (aquí de un nivel que supera lo excelente)de la visión, de lo que se muestra en cuanto voluntad de otorgarles un sentimiento real de placer a los ojos.
A lo mejor la cuestión es más complicada (vuelta del uróboro, pero dentro del concepto occidental de que las cosas no se repiten). Se podría afirmar que Barry Lyndon no tuvo mucha suerte en las salas de cine, cuando se estrenó en los setenta. Y también sería correcto decir que con el paso del tiempo la película se ha convertido en un elemento fundamental de la historia de la pantalla como de la producción de Kubrik (algo similar, quizás, sería la suerte de Eyes Wide Shut). Es otro ejemplo de la voluntad del director estadounidense de mezclar los media, de crear un lazo entre lo cinematográfico y lo literario (de la gran literatura y de su canon, en este caso). Y es, efectivamente, una experiencia inolvidable, un momento de nuestra vida que puede considerarse bien gastado, bien aprovechado, bien empleado. Quizás las cosas sean tan complicadas como sencillas, y el antihéroe de Thackeray y Kubrik represente aquella parte confusa de la humanidad de la que, al fin y al cabo, algunos formamos parte. Sic transit nemo mundi.
Ficha técnica:
Barry Lyndon , Reino Unido, EUA, 1975.Dirección: Stanley Kubrick
Duración: 185 minutos
Guion: Stanley Kubrick
Producción: Stanley Kubrick
Fotografía: John Alcott
Música: Leonard Rosenman
Reparto: Ryan O'Neal, Marisa Berenson, Patrick Magee, Hardy Kruger, Diana Körner, Gay Hamilton

