Investigamos
Triunfo
Quizás cada uno de nosotros tenga sus relaciones con el pasado más allá de las experiencias directas. Me refiero a aquel conjunto de informaciones que nos regalan los que allí estuvieron y que allí nos pueden llevar con los recuerdos. En mi caso me gustaba escuchar las historias de guerra de mi abuelo (el que todavía estaba vivo) con el cual compartía mi gran casa (una granja con bastantes habitaciones para todas las familias). La época de los fascistas y de los nazis no era algo tan lejano, sino que tenía unos lazos temporales lo bastante cercanos para que aquellas décadas (desde los veinte de Italia) se vistiera de unos colores que la volvían más real. Había entonces cierto malestar que era causado por la necesidad de reconocer que lo que por aquel entonces tuvo lugar fue, efectivamente, una pesadilla para quienes vivieron aquel período negro (por las camisas, por ejemplo, o por la falta de luz con la que alumbrar a una humanidad más democrática, más tolerante, menos obtusa).

La persona de Leni Riefenstahl me provoca, por esta razón, asco. Fue la alemana un miembro de aquella pandilla de subhumanos que intentaron romper la tranquilidad del mundo, hasta decidir deshacerse tanto de etnias (los judíos) como de ideas diferentes (desde los homosexuales hasta los que amaban el concepto de república). Su filme, aquel Triumph, resulta ser, de todas formas, uno de los mejores documentales de la historia del cine. Se podría decir que ella era, humanamente, horrible, pero sí sabía cómo hacer su trabajo, a demostración de que, al fin y al cabo, el talento y la ética, o tan solo el bienestar moral, no son dos elementos que tienen que aparecer al mismo tiempo, el uno el producto del otro. Cuestión de carácter aleatorio, entonces, con una repulsión moral, mental, cultural, que tiene que enfrentarse al reconocimiento de la bondad artística de lo que se nos ofrece. De hecho, la peor tortura del mundo grabada por una mano que sabe lo que hace no disminuye el juicio estrictamente estético o técnico.
Triumph des Willens es entonces una buena película nazi, no en el sentido de ser buena para los nazis (y supongo que algunos de ellos la ven cada año, para ahogar en el pasado), sino que es una película tanto buena como nazi. Las dos cosas, si tenemos una pizca de humanidad, chocan entre sí y nos dejan cierto malestar durante su visión. Lo bueno parece desaparecer por debajo del mal (y no, no me estoy equivocando, se trata banalmente del “mal”), mientras que lo perfectamente cinematográfico no se pierde ante unas imágenes que repulsan éticamente y nos ensalzan estéticamente. Horrible visión, entonces, que pone de manifiesto cómo el cine puede también ofrecernos productos de alta calidad elaborados por seres horribles y despreciables.
No soy tan inocente como para creer que lo de Riefenstahl solo fue un caso aislado. Por supuesto, hay quizás millares de ejemplos de personas malas que producen cosas que amamos y reputamos fundamentales en nuestras vidas. Estamos llenos de héroes que fueron menos impecables de lo que nos hubiera gustado. Pero la cuestión de Triumph va más allá, y abre paso a cierta visión más difícil de aceptar sobre el valor mismo de los hitos, de las obras imprescindibles. No siempre el mundo funciona como pensamos tendría que funcionar; puede que, en algunos momentos, el fluir del progreso y de lo ético se bloquee, y en aquellos intersticios temporales se introduzca el mal, no como necesidad, sino como elemento tanto ajeno como correlacionado. Quizás sea parte de la historia humana, el reconocer de un universo que regala talentos sin importarle el aspecto moral. De todas formas, ¡ni me pidáis que hable de Birth of a Nation!

