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Stanley Kubrick: Anarquía argumental
Creo que la primera obra que vi de Stanley Kubrick fue A Clockwork Orange. Creo, si bien no estoy del todo seguro, ya que mi hermana me había dicho algo sobre la película (la no muy lista sostenía que hablaba de la problemática de las pandillas de jóvenes hiperviolentos en los años 70, y no como metáfora); quizás no la viera completamente, sino en partes (desiguales), ya que por aquel entonces solo teníamos dos posibilidades, los programas de televisión y los VHS (y era demasiado joven, un chiquillo de trece años, para ir solo a alquilar uno de aquellos filmes prohibidos a los menores). Fue entonces, durante los años de formación entre la edad infantil y la adulta (entre los quince y los dieciocho), que pude acceder al mundo de Kubrick, aún no teniendo suficientes años (pero en la tienda de VHS de mi pueblo, al jefe, que fumaba tranquilamente detrás de su mostrador, nada le importaba, hasta me permitió el acceso a películas de carácter más bien “físico”, “corporal”, escondidas detrás de una cortina). Tenía además un libro donde se encontraban todas las críticas (de tres líneas) de todos los filmes del mundo (o así pensaba), y los de Kubrick los quería ver porque pensaba que eran parte de la educación popular de cualquier espectador un poco superior a la media.
Tiene, la producción de Kubrick, cierta anarquía argumental que pone de manifiesto la voluntad de acercarse a varios elementos narrativos que, de por sí, podrían parecer demasiado heterogéneos para formar un conjunto estable. Desde la ciencia ficción pura a la de carácter más bien distópica, sin olvidar el paso por el drama histórico británico o la vida de unos soldados americanos, llegando al uso de la pornografía dentro de un contexto moderno (y creando una obra famosa, entre otras cosas, por la larga gestación). Si empezamos en 1962 (los de antes son filmes que podríamos definir como un movimiento de preparación), sí podemos afirmar que el director estadounidense tuvo como fil rouge la voluntad de llevar a la gran pantalla reelaboraciones de obras narrativas de papel; todo lo que une la diversidad de géneros, entonces, es el hecho de ser un diálogo real entre las hojas originales y su transformación en celuloide. Nabokov, George, Clarke, Burgess, Thackeray, King, Hasford, Schnitzler.
Lo que el director hizo fue entonces utilizar obras literarias muchas veces menores (en la producción del artista, se entiende, no en cuanto al valor estético y narrativo) y construir así una lectura en clave cinematográfica de ellas (a King no le gustó la de The Shining). Se mezcla entonces tanto el nivel literario alto (Nabokov, Thackeray, Schnitzler) con el más popular, de carácter casi pulp (King, Clarke), llevando a cabo una relación más variada con la cuestión del “género”. Y es que, efectivamente, esto demostraba (y todavía lo hace) la voluntad de Kubrick de crear productos capaces de “decir algo”, de saber entablar un discurso con el público, dese el valor de la violencia (naranja) hasta el de la inteligencia artificial (odisea), desde la brutalidad de la guerra (metal) hasta el arribismo de los aventureros (Lyndon), todo esto dentro de un diálogo que se abre y se multiplica entre la obra original y su reelaboración.
Sin embargo, el director fue también mucho más que un homo faber que supo rodar unas escenas. Fue también quien decidió ir más allá, hasta un perfeccionismo casi maniático, insufrible, absurdo, que en realidad escondía detrás de sí la necesidad de llegar a un resultado que fuera el mejor para el público (y para que las obras funcionaran en un contexto de “sempiterno”, sin perder su frescura). El actor que representó a Alex (en La naranja mecánica) tuvo serios problemas con sus ojos (después de la escena de la pseudo-tortura en el proceso de rehabilitación) mientras que Cruise sufrió casi un colapso mental dentro de la repetición obsesiva de algunas escenas de Eyes Wide Shut (quizás la perfección de Kubrick sea más una exageración y un mito del cine). Y, al mismo tiempo, la perfección fue tal que hasta hoy no encontramos problemas en la modernidad visual de 2001 (desde los simios a la estación espacial), así como dejarnos con la boca abierta por el estupor ante la magnificencia de las luces en Lyndon (se habla de factor “natural”, tanto del sol como de las velas).

Se dice entonces que Kubrick es un autor fundamental, un hito (o mito) del cine; si quieres hablar de películas o tan solo hacerlas, es fundamental la visión de todas sus obras (por lo menos, las más maduras) para que tengas una idea de hasta dónde los géneros pueden ir y alcanzar una supuesta (y real) perfección artística. A los veinte años y algo más, o quizás antes, pude comprarme un lector DVD; la tienda de VHS de mi pueblo ya había desaparecido y yo había empezado a tener unos pocos euros con los que comprarme finalmente las películas que reputaba imprescindibles (no os asustéis, no soy un snob, coleccionaba también obras más populares como las de Romero, Carpenter y otros más). Reverberación del pasado: tengo, debajo de mi cama, un montón de filmes en formato físico (por supuesto de forma redonda), entre los cuales están todos los del Kubrik maduro (y uno de su “infancia”, Path of Glory). Tengo también su Napoleon en la edición de Taschen (y entre las fotografías, se encuentra el guion de lo que no pudo ser) y a veces me pregunto, cuándo tendré tiempo libre, porque hay imágenes de sus obras que no se me van de la memoria y que, de vez en cuando, se asoman para decirme no sé bien qué.

