Fuera de cuadro
El difícil oficio de criticar
Más allá de lo que se pueda pensar, ofrecer un juicio resulta ser, para los que todavía conservamos una pizca de humanidad, algo perturbador. Se supone que quienes escribimos (o hablamos) de si una obra tiene o no valor, o sea, de si merece la pena que le dediquemos unos minutos o unas horas, somos personas como muchas otras, si bien, dicho sea para que bien claro quede, tendríamos supuestamente mayores conocimientos del medium (y no solo) para que nuestro comentario se levante sobre fundamentos sólidos y objetivos. Que nos guste o no algo, entonces, no es importante si tomamos el rol del simple espectador, mientras que las cosas cambian si nos ponemos las gafas y analizamos el producto según unos cánones teóricos que demuestren, efectivamente, que sabemos de lo que hablamos. Lo cual, muchas veces, se puede reducir a afirmar si un filme está bien hecho o no (horrible puede resultar el darse cuenta de algo tan obvio y sencillo).
La cuestión de la crítica, y no solo de arte, se podría entonces reducir a preguntarnos si el público va a obtener algo bueno del consumo del producto que se presenta. Caravaggio no es solo un pintor, sino que sus obras nos pueden elevar el espíritu y conducirnos hasta cimas de excelencias estéticas. Lo mismo dígase de obras como las de Cervantes, que mucha felicidad y bienestar mental saben regalar a sus lectores. El cine, desde este punto de vista, no parece ser muy diferente, y la idea general de controlar lo que este arte produce se puede resumir en la necesidad de decir por qué habría que ver cierta película o más sencillamente desperdiciar nuestro tiempo en acciones menos perjudiciales. El oficio del crítico se asemeja así al de quienes no solo nos aconsejan qué hacer con nuestra vida (un consejo que no es, por supuesto, una imposición), sino que nos explican claramente el porqué.

Y es que si volvemos a ver el título de estos párrafos resulta claro que la cuestión no es tan sencilla como se cree. El oficio es “difícil”, y por varias razones. Lo es ya que puede que, en algunos momentos, nos dejemos llevar por cuestiones más bien subjetivas y perdamos el rumbo hacia un juicio en el cual todo intenta alejarse del simple “yo” (cosa terrible en el caso de un ego muy grande). El gran miedo a equivocarse, a no saber bien si lo que estamos haciendo es correcto, es una voz que a veces se asoma y nos pregunta hasta qué punto lo que estamos escribiendo se basa solo en nuestros conocimientos académicos, resultado de años de estudios y análisis. Y no, no es cuestión de desaparecer en las críticas, como si no existiéramos, sino de intentar ser justos aun manteniendo nuestra misma personalidad, si bien lo que a menudo queremos decir es que a nuestro juicio es lo correcto (obviamente, nadie se atrevería a emitir un juicio para afirmar que muy probablemente se esté equivocando).
Así es como se intenta también estar en desacuerdo con el público, ya que a veces las “personas normales” no tienen conocimientos más profundos de la cuestión. Nada raro, por supuesto. Mi padre fue albañil y campesino, por lo cual nunca me atreví a decirle algo sobre su oficio. Todo trabajo hay que respetarlo, y el respeto es más grande cuando de cuestiones más profundas y complejas (o complicadas) se habla. Cuando mi padre decía que una casa había sido construida bien (una casa no muy lejos de donde vivo, a unos metros de la escuela a la que fui entre los seis y los diez), yo simplemente callaba, ya que no sabía qué decir, si bien sí me daba cuenta, de forma muy rudimentaria, que tenía ciertos elementos buenos. Además, para mí, las casas son un lugar donde vivir, lo cual, en mi vertiente de simple pragmático, me permitía juzgar solo hasta cierto punto, cruzado el cual mis palabras no tenían (ni podían tener) fuerza. Eran el juicio de un lego.

Difícil, de todas formas, es el oficio del crítico porque a veces sabemos que hay gente que intenta crear, producir, decir, comunicar algo. Es que, desafortunadamente, su mensaje es muy banal, su técnica es penosa, y su resultado es horrible. ¿Qué hacer en estos casos? Crea cierto malestar, ya que se está emitiendo un juicio sobre algo que probablemente sea importante para su creador. Que claro quede: en estos casos no se puede simplemente cerrar un (o los dos) ojo y ser menos rígidos. Si el juicio es negativo, así tiene que serlo. Lo importante es que se reconozca, allí donde sea posible, que sí, que nos damos cuenta de que alguien ha estado intentando crear arte. Difícil, entonces, es el adjetivo que se utiliza, ya que hay cuestiones de carácter moral (y ético) dentro del hecho de estar hablando de seres humanos, con sus defectos, sus problemas, sus esperanzas y sus deseos.
No es algo de por sí imposible de entender. La cuestión resulta ser sencilla. Una persona moral y éticamente repugnante puede crear una obra espectacular, mientras que una persona humanamente irreprensible puede ser un pésimo (o una pésima) director, actor, guionista o lo que sea. En estos casos no se puede, ni se debe, tener en cuenta la idea de castigar a los malos y premiar a los buenos. El juicio final tiene que ser objetivo (hasta donde sea posible) y basarse solo en lo que se nos presenta, el producto. No se trata de dar un premio o un castigo, sino de, como se hacía en el instituto, controlar y analizar fríamente para que nuestro comentario se base en la realidad efectiva, en aquel conjunto de herramientas con las que diseccionar y pesar el cuerpo artístico que nos vienen ofreciendo. Sin embargo, ¡cuán duro a veces resulta juzgar a los otros sabiendo que lo bien hecho y lo mal hecho muchas veces nada que ver tienen con lo ético del bien y del mal!

