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Welcome to Derry

En un año prolífico para las adaptaciones de Stephen King, Welcome to Derry se impuso como el proyecto más lúcido, no por su espectacularidad ni por la ambición de su mitología, sino por algo mucho más difícil de lograr: comprender que el terror kingiano no se origina en el monstruo, sino en la comunidad que aprende a convivir con él. Mientras nuevas versiones y relecturas volvían a poner en circulación títulos emblemáticos, Welcome to Derry eligió un camino menos obvio y, por eso mismo, más fiel al espíritu del autor: desplazar el foco del susto hacia la atmósfera moral que lo hace posible. Lejos de funcionar como una simple precuela de It, la serie se plantea como una exploración del origen social del horror. No intenta explicar de dónde viene Pennywise, sino por qué Derry es el lugar perfecto para que exista. El resultado no es una acumulación de revelaciones, sino una experiencia incómoda, persistente, donde el mal no irrumpe de forma excepcional, sino que se filtra lentamente en la vida cotidiana.
Un factor clave en la solidez de Welcome to Derry es la continuidad autoral de Andy Muschietti y Barbara Muschietti, responsables también de las dos adaptaciones cinematográficas de It. Pero esa continuidad no es solo industrial o estilística: es, sobre todo, conceptual. Lejos de repetir fórmulas, su regreso a Derry funciona como una profundización: la serie abandona la lógica del impacto inmediato para apostar por un terror más denso y persistente. La experiencia previa con It se percibe menos en la iconografía que en el control del ritmo, el uso del fuera de campo y la confianza en los tiempos muertos. El formato serial les permite desplazar el foco del monstruo hacia el espacio, pensar Derry como un sistema que produce horror y no solo como su escenario. Así, Welcome to Derry no expande una franquicia: relee críticamente su propio origen.
Desde sus primeros episodios deja claro que el terror no será aquí una sucesión de golpes de efecto. La serie se mueve en un registro bajo, casi contenido, que privilegia la acumulación de tensiones por sobre el impacto inmediato. Derry aparece como un pueblo reconocible: calles tranquilas, casas prolijas, escuelas, comercios, rituales cotidianos. No hay nada ostensiblemente siniestro en la superficie. Y, sin embargo, todo parece fuera de lugar. El mal no se anuncia: se presiente. Esta elección narrativa es clave para entender por qué la serie destaca dentro de un panorama cargado de adaptaciones. En ese contexto, recupera una intuición central de King: que el verdadero terror surge cuando la violencia se vuelve costumbre, cuando deja de ser un escándalo para transformarse en parte del paisaje.

La Derry que presenta la serie no es una víctima pasiva de una entidad sobrenatural, sino un espacio ya dañado, donde la negación, el silencio y la minimización operan como mecanismos de supervivencia colectiva. El mal no irrumpe desde afuera; se hereda. Cada generación aprende, de manera tácita, qué cosas no deben nombrarse, qué preguntas conviene no hacer. En ese sentido, Welcome to Derry funciona menos como relato de origen y más como una arqueología del horror, excavando capas de violencia normalizada y memoria reprimida. Los personajes que habitan este mundo están lejos de la épica clásica del género. No hay héroes destinados a cambiar el curso de los acontecimientos ni figuras con una misión clara. Hay, en cambio, personas comunes, atravesadas por miedos, frustraciones y límites muy concretos, cuya principal motivación es seguir adelante sin mirar demasiado de cerca. La serie trabaja con notable precisión esa zona gris donde la sospecha convive con la incapacidad de articular lo que se intuye. Ver demasiado, en Derry, implica exponerse.
Cuando It se manifiesta —de forma fragmentaria, esquiva— no lo hace como origen del horror, sino como su amplificador. Pennywise no crea las violencias que emergen; las intensifica. Saca a la superficie tensiones familiares, abusos de poder, conflictos raciales y desigualdades estructurales que ya estaban ahí, latentes. En este punto, la serie recupera una dimensión profundamente política del universo de King: el monstruo no es una anomalía, sino un síntoma.
Uno de los movimientos más inteligentes de Welcome to Derry es la incorporación de Dick Halloran, figura clave para tender un puente conceptual entre It y The Shining. Su presencia no funciona como simple guiño para fanáticos, sino como articulador de una de las ideas más inquietantes del Kingverso: la existencia de sujetos capaces de percibir aquello que el resto elige ignorar. Halloran encarna el “resplandor”, esa sensibilidad psíquica que permite leer las huellas invisibles del mal en los espacios y en las personas. Pero en Welcome to Derry esa capacidad no se presenta como don heroico, sino como condena. Ver implica no poder desentenderse. Halloran no llega a Derry para combatir el mal, sino para reconocerlo, consciente de que enfrentarlo frontalmente suele tener consecuencias devastadoras. Su figura refuerza la idea de que la conciencia no garantiza la salvación, y que saber no equivale a poder actuar.

En paralelo, la serie vuelve a situar a los niños en el centro de la experiencia del horror. Como en It, no se trata de una elección arbitraria: los niños son los personajes más permeables al mal porque todavía no han aprendido a negarlo. A diferencia del mundo adulto —regido por la omisión, la racionalización y el silencio—, los chicos comparten miradas, intuiciones, miedos difíciles de verbalizar. No comprenden del todo qué ocurre, pero saben que ocurre. La amistad entre ellos funciona como una forma precaria de protección, un espacio donde la percepción puede compartirse sin ser inmediatamente desmentida. El vínculo no es solo emocional, sino perceptivo: una especie de resplandor colectivo que los conecta entre sí y con Derry. No es casual que It se manifieste preferentemente ante los niños. No porque sean más fáciles de asustar, sino porque son los únicos que todavía pueden reconocerlo.
Desde el punto de vista estético, Welcome to Derry refuerza esta concepción del horror mediante una puesta en escena austera y deliberadamente contenida. La paleta cromática apagada, la iluminación baja y el uso persistente de sombras generan una sensación de desgaste acumulado, como si el pueblo estuviera envejecido por dentro. La recreación de época no apela a la nostalgia, sino a la claustrofobia: el tiempo parece estancado, repitiéndose sobre sí mismo. Aquí el diálogo con El resplandor resulta evidente. Así como el Overlook Hotel funciona como un archivo de violencias pasadas que nunca terminan de desaparecer, Derry se presenta como un territorio saturado de memoria traumática. No hay un edificio maldito específico porque todo el pueblo cumple esa función. La cámara insiste en pasillos, sótanos, márgenes del encuadre, rincones apenas iluminados. El terror no ocupa el centro de la imagen: habita los bordes, aquello que suele pasarse por alto.
La serie acierta al entender el Kingverso como un clima compartido antes que como una red de referencias. Las conexiones con It y The Shining no se imponen de forma evidente, sino que emergen a nivel conceptual: la repetición del mal, la violencia cíclica, la comunidad como agente pasivo —y a veces activo— del horror. Derry funciona así como un Overlook a cielo abierto. Un espacio donde el pasado no está clausurado y donde cada tragedia deja un sedimento que condiciona la siguiente. El resultado es un terror menos ruidoso, pero mucho más persistente, que se filtra en cada gesto cotidiano y se instala como atmósfera.
Welcome to Derry se impone como el acierto más sólido por tres razones claras. Primero, porque confía en la atmósfera por encima del impacto. Segundo, porque entiende que el terror de King es, ante todo, social y comunitario. Y tercero, porque se anima a desplazar al monstruo del centro del relato para colocar allí al espacio y a la memoria colectiva. Mientras otras adaptaciones se esfuerzan por modernizar el susto o actualizar la iconografía, Welcome to Derry apuesta por algo más incómodo: mostrar que el verdadero horror no necesita reinventarse porque nunca se fue. Sigue ahí, en las rutinas, en los silencios, en la violencia que no deja titulares. Al final, Welcome to Derry no es la adaptación más estridente del universo de Stephen King. Es, probablemente, una de las más fieles. Su mayor logro consiste en haber comprendido que el terror no reside en la criatura, sino en el ecosistema que la sostiene. Derry no está embrujado: está acostumbrado. Y esa costumbre —esa convivencia silenciosa con lo intolerable— resulta infinitamente más inquietante que cualquier aparición sobrenatural. En ese gesto sobrio, persistente y profundamente incómodo, la serie encuentra su verdadera potencia.
Tal vez sea esa normalidad —esa imposibilidad de distinguir con claridad dónde empieza el horror— lo que hace de Derry un lugar imposible de abandonar, incluso para el espectador.

