Críticas
La épica mínima de lo común
Rondallas
Daniel Sánchez Arévalo. España, 2025.
Con Rondallas, Daniel Sánchez Arévalo vuelve a un territorio que conoce bien y que, al mismo tiempo, se resiste a la repetición: el de los vínculos frágiles, la identidad colectiva y la necesidad —a veces desesperada— de seguir haciendo cosas juntos cuando ya no hay grandes relatos que las sostengan. Lejos de la comedia generacional más reconocible de su filmografía temprana, Rondallas se presenta como una película coral y contenida, donde el conflicto no estalla: se filtra. Ambientada en un pueblo español atravesado por el desgaste demográfico y la inercia del tiempo, la historia gira en torno a una rondalla local —ese conjunto musical popular hecho de guitarras, bandurrias y lazos comunitarios— que intenta sobrevivir en un presente que parece no necesitarla. Sánchez Arévalo no convierte esta premisa en una fábula nostálgica ni en un alegato culturalista. Por el contrario, observa ese mundo con una mezcla de afecto y lucidez, consciente de que la tradición, por sí sola, no garantiza sentido.
Uno de los mayores aciertos de Rondallas es su negativa a idealizar la comunidad. El grupo que sostiene la música no funciona como refugio armónico, sino como espacio de tensiones soterradas, resentimientos acumulados y afectos mal resueltos. La película entiende que lo colectivo no es una suma de consensos, sino un equilibrio inestable entre voluntades dispares. Nadie canta por las mismas razones, y esa diferencia es precisamente lo que vuelve interesante —y precaria— la experiencia compartida. Sánchez Arévalo construye su relato a partir de personajes reconocibles, pero nunca caricaturescos. Hay quienes se aferran a la rondalla como último bastión identitario, quienes la sostienen por inercia, quienes participan por necesidad de pertenencia y quienes ya están, emocionalmente, en otra parte. Esa diversidad de motivaciones impide que la película se cierre sobre una tesis unívoca. Rondallas no propone una defensa romántica de lo comunitario, sino una pregunta abierta: ¿qué nos mantiene unidos cuando ya no creemos del todo en aquello que nos reunió?

La película adopta un tono sobrio, casi transparente. La puesta en escena evita el subrayado emocional y confía en los tiempos muertos, las conversaciones incompletas y los silencios compartidos. La cámara se mantiene a una distancia justa: lo suficientemente cerca para captar los gestos mínimos, lo suficientemente lejos para no invadir. Esa elección refuerza la sensación de estar ante una historia que no necesita grandes giros para sostenerse, porque su conflicto es estructural, no episódico. La música, eje evidente del relato, está tratada con una sensibilidad poco frecuente. Las canciones no irrumpen como números emotivos ni como momentos de catarsis. Aparecen, más bien, como parte del tejido cotidiano: ensayos desordenados, interpretaciones imperfectas, sonidos que a veces se superponen con discusiones triviales. La rondalla no es un espectáculo; es un gesto repetido, una práctica que existe aunque no tenga público ni recompensa clara. En ese punto, la película establece un paralelo sutil entre la música popular y el propio acto de hacer cine desde los márgenes de la espectacularidad.
A diferencia de otros relatos sobre la España rural o la “España vaciada”, Rondallas esquiva tanto el miserabilismo como la postal idealizada. El pueblo no aparece como espacio detenido en el tiempo, sino como un lugar en transición, donde el pasado pesa pero no determina completamente el presente. Sánchez Arévalo parece más interesado en los afectos que persisten que en las estructuras que se derrumban. El foco no está en lo que se pierde, sino en lo que, aun debilitado, insiste. En ese sentido, la película dialoga con una línea del cine español contemporáneo que explora la intimidad colectiva desde la contención y la observación. Pero Rondallas se diferencia por su énfasis en lo coral como forma narrativa. No hay un protagonista claro ni un arco dominante. El relato avanza por acumulación de pequeñas escenas, de roces cotidianos que, al sumarse, componen un retrato honesto de una comunidad que no sabe muy bien por qué sigue junta, pero lo hace de todos modos.

El tramo final evita el cierre conciliador. No hay una gran actuación que lo resuelva todo ni una reconciliación generalizada. Lo que queda es una sensación de continuidad frágil, de equilibrio momentáneo. La rondalla no se salva ni desaparece: sigue, que en el universo de la película ya es bastante. Sánchez Arévalo parece sugerir que, en un tiempo marcado por la dispersión y el individualismo, la mera persistencia de lo colectivo es un acto casi político. El director firma una de sus películas más maduras y contenidas. Sin renunciar a su interés por los vínculos humanos, desplaza el foco del conflicto explícito hacia una zona más ambigua, donde el afecto convive con el cansancio y la pertenencia con la duda. El resultado es una obra que no busca emocionar de forma inmediata, sino acompañar, recordando que a veces lo verdaderamente significativo no es brillar, sino seguir tocando juntos, aunque ya nadie esté del todo seguro de para qué.
Ficha técnica:
Rondallas , España, 2025.Dirección: Daniel Sánchez Arévalo
Duración: 110 minutos
Guion: Daniel Sánchez Arévalo
Producción: Bambú Producciones
Fotografía: Rafa García
Música: Federico Jusid
Reparto: Javier Gutiérrez, María Vazquez, Judith Fernández, Tamar Novas, Carlos Blanco, Fernando Fraga

