Críticas
La obsesión como forma de vida
Marty Supreme
Josh Safdie. EUA, 2025.
Con Marty Supreme, Joshua Safdie firma una película que, aun alejándose del trabajo en tándem con su hermano, conserva intacta una de las marcas más reconocibles de su cine: la exploración del exceso como motor narrativo. Ambientada en el circuito competitivo del tenis de mesa profesional estadounidense, Marty Supreme no utiliza este mundo como curiosidad exótica, sino como metáfora perfecta del capitalismo tardío, donde la destreza, el azar y la autopromoción se confunden hasta volverse indistinguibles. La película se centra en Marty, interpretado por Timothée Chalamet, un personaje que encarna con precisión el tipo de figura que obsesiona a Safdie: alguien impulsado por una necesidad irrefrenable de ganar, incluso cuando no está del todo claro qué significa “ganar”. Marty no busca únicamente reconocimiento deportivo; busca validación, control, una identidad construida a partir del rendimiento constante. En ese sentido, Marty Supreme no es un biopic convencional ni un relato de ascenso clásico, sino un estudio del desequilibrio emocional que produce la ambición sostenida.
Desde su puesta en escena, la película deja en claro que el deporte es solo la superficie. Safdie filma el tenis de mesa con una intensidad casi claustrofóbica: planos cerrados, cortes abruptos, cámaras que parecen siempre llegar un segundo tarde o demasiado cerca. Cada partido se convierte en un microcampo de batalla donde el cuerpo del protagonista se tensa hasta el límite. El ping-pong —rápido, repetitivo, implacable— funciona como una extensión física del estado mental de Marty: no hay pausa real, solo una sucesión infinita de impactos. Uno de los mayores aciertos del film es su negativa a romantizar el talento. Marty no aparece como un genio natural ni como un “underdog” carismático. Es, más bien, un personaje incómodo, errático, a veces directamente antipático, cuya obsesión erosiona cualquier vínculo que no pueda subordinarse a su objetivo. Safdie vuelve así a un territorio que ya había explorado en Uncut Gems y Good Time: el de sujetos que viven en un estado permanente de urgencia, incapaces de detenerse incluso cuando hacerlo sería lo más razonable.
En este punto, Marty Supreme se inscribe con claridad en una tradición del cine estadounidense contemporáneo que observa el éxito no como promesa, sino como trampa. La película sugiere que el sueño americano no se derrumba de forma espectacular; se desgasta. Marty avanza, gana, se hace un nombre, pero cada paso adelante implica una pérdida paralela: de tiempo, de vínculos, de estabilidad emocional. El éxito no llega como liberación, sino como un nuevo nivel de exigencia. La actuación de Chalamet resulta central para sostener esta ambigüedad. Lejos de su registro más introspectivo, aquí compone un personaje físicamente tenso, verbalmente desbordado, siempre al borde de la implosión. Su Marty es magnético y repelente a la vez, un cuerpo en constante fricción con el entorno. Safdie sabe explotar esa energía, evitando el arco redentor y apostando por una interpretación que no busca simpatía, sino coherencia interna.

Formalmente, la película refuerza esta lectura a través de una estética deliberadamente desprolija. La cámara en mano, el sonido saturado y la música insistente generan una sensación de asfixia constante. No hay respiro para el espectador, del mismo modo que no lo hay para el protagonista. El montaje, nervioso y fragmentado, refuerza la idea de que Marty vive atrapado en un presente perpetuo, sin horizonte claro más allá del próximo punto, el próximo partido, la próxima apuesta emocional.
En términos temáticos, Marty Supreme dialoga con una obsesión recurrente en el cine de Safdie: la del individuo enfrentado a sistemas que prometen movilidad pero operan mediante exclusión y desgaste. El circuito competitivo que rodea a Marty se presenta como un ecosistema cerrado, regido por reglas implícitas, jerarquías frágiles y una lógica meritocrática que castiga cualquier signo de debilidad. No hay comunidad real, solo alianzas temporales y rivalidades latentes. A diferencia de otros relatos deportivos, aquí el triunfo no garantiza pertenencia. Marty siempre está afuera de algo: de la estabilidad emocional, de una identidad sólida, de una vida que no esté definida exclusivamente por el rendimiento. Safdie no juzga a su personaje, pero tampoco lo absuelve. La película se limita a observar —con una mezcla de fascinación y crudeza— cómo la obsesión se convierte en forma de vida.

En su tramo final, Marty Supreme evita el cierre catártico. No hay una victoria definitiva ni una caída ejemplar. Lo que queda es una sensación de continuidad agotadora, como si el ciclo pudiera repetirse indefinidamente. Esa decisión refuerza la tesis central del film: el problema no es perder o ganar, sino no poder detenerse. Joshua Safdie demuestra que su cine puede expandirse sin perder identidad. Al trasladar su mirada a un nuevo territorio —el deporte profesional—, reafirma su interés por los cuerpos sometidos a presión, por las subjetividades moldeadas por la urgencia y por los sistemas que convierten el deseo de éxito en una fuerza autodestructiva. El resultado es una película incómoda, intensa y coherente, que entiende el vértigo no como espectáculo, sino como estado permanente del mundo contemporáneo.
Ficha técnica:
Marty Supreme , EUA, 2025.Dirección: Josh Safdie
Duración: 148 minutos
Guion: Ronald Bronstein, Joshua Safdie
Producción: A24, Elara Pictures, IPR.VC. Distribuidora: A24
Fotografía: Darius Khondji
Música: Daniel Lopatin
Reparto: Thimotée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A'zion, Abel Ferrara, Tyle the Creator, Penn Jillette

