Series de TV 

Pluribus

Nadie en su sano juicio es tan feliz
(Carol, en Pluribus)

Siempre volvemos a Mary Shelley porque su extraordinaria imaginación supo dar forma a  dilemas que no dejan de perseguirnos. Acabamos de disfrutar de la última versión de su mito más conocido, el Frankenstein, de Guillermo del Toro (2025), cuando con Pluribus (2025) Vince Gilligan retoma el mito del último humano sobre la Tierra. Hay dos hitos fundamentales en la creación de esta narrativa: el primero es la obra de Mary Shelley The Last Man (1826) que cumple ahora exactamente doscientos años y en la que plasmó la insoportable soledad en que ella misma vivía tras haber perdido, en el plazo de dos años, a su marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, a su gran amigo Lord Byron y a tres de sus hijos. En su novela, una plaga elimina a gran parte de la Humanidad y unos amigos –un homenaje al círculo íntimo de Mary– se unen para sobrevivir, pero van cayendo uno tras otro hasta que solo queda Verney, el último hombre, que vaga por ciudades desoladas, consumido por la pérdida pero también dueño involuntario de todo lo que queda. El segundo hito es la novela I Am Legend (Richard Matheson, 1954), en la que un hombre, Neville, es el último humano superviviente aunque el resto no ha desaparecido, se ha transformado en una raza semi vampírica. Dio lugar a tres adaptaciones cinematográficas: El último hombre sobre la Tierra (Soy leyenda, Sidney Salkow, 1964, con Vincent Price), The Omega Man (Boris Sagal, 1971, con Charlton Heston) y Soy  leyenda (Francis Lawrence, 2007, con Will Smith). Lo interesante de la novela de Matheson, que no fue bien recogido por las adaptaciones al cine, que lo presentan más como una figura heroica, era que Neville es una anomalía –y es consciente de ello– en la nueva normalidad postapocalíptica y es percibido como un penoso residuo del pasado por los nuevos habitantes del mundo. “Soy leyenda” no tiene un sentido heroico, es más bien “no estoy ya en la Historia, no soy más que una leyenda”.

Era difícil con esos antecedentes aportar algo significativo, pero Vince Gilligan consigue dar una original vuelta de tuerca: la última persona en el mundo está rodeada de gente feliz. Es la última pero solo en el sentido de que conserva su individualidad y con ella sus manías, sus fobias, su rabia. Es, podríamos decir, la última persona que piensa por sí misma, pero también la última que sufre. En la nueva normalidad postapocalíptica, Carol es la anomalía, la mutante.

Es la primera serie o película distópica con el tema “el último hombre” en la que el dilema no es cómo sobrevivir, porque eso está resuelto; “ellos” se ocupan  de satisfacer cualquier deseo de Carol. No, el dilema es la supervivencia de la individualidad y lo ambiguo de la misión salvadora de Carol: ¿salvar a la Humanidad es devolver a la gente a la infelicidad y al permanente conflicto? 

En una reveladora escena Carol, escritora de superventas de género romántico y creadora al fin y al cabo, quiere saber la opinión de “ellos” sobre sus novelas, de las que ella misma piensa que tienen poco valor literario. Quiere aclarar esa duda sobre sí misma, resolver su síndrome de impostora, pero al mismo tiempo plantear si sigue existiendo el pensamiento crítico en la super mente en que se ha convertido la Humanidad. La respuesta es que las obras de Carol les encantan y que están a la altura de la obra de Shakespeare, respuesta tan obviamente complaciente que reafirma a Carol en su idea de que todo es una gran mentira, pero enseguida razonan su respuesta y utilizan como ejemplo las personas reales que se sintieron confortadas por sus historias y el beneficio psicológico que ello supuso, incluso evitando algún suicidio; es decir, el bien que han hecho sus novelas. No mienten porque realmente creen lo que dicen; lo que tienen es una visión del mundo centrada exclusivamente en lo positivo; una visión discutible, pero que Carol tendrá que aprender a respetar porque en ese momento entiende que no es una farsa, es una opción. Así son los guiones de Vince Gilligan: el espectador imaginario a quien se dirigen agradece que se respete su inteligencia. Si alguien juzga a los personajes será él o ella, no el guion.

Gilligan sabe muy bien sacar partido al inmenso talento de Rhea Seehorn, que se despliega mejor en los momentos en que intenta disfrutar de su extraña nueva vida, rompiendo ventanas con pelotas de golf, robándose un cuadro de Georgia O’Keeffe o emborrachándose mientras dispara fuegos artificiales, esos momentos que nos sirven para conocer mejor a la adusta Carol y a su niña interior. Hay también un humor implícito difícil de explicar –ese dron que se enreda absurdamente en una farola–  y que valoro mucho en el trabajo de Gilligan y sus actores. Es un humor que no provoca la carcajada –está siempre demasiado cerca de la tragedia– y que me hace pensar, salvando las distancias, en el de Phoebe Waller-Bridge, porque resulta de constatar lo absurdo y lo sorprendente que puede ser todo lo que parecía predecible. Rhea Seehorn transmite con sutileza esa sorpresa sin caer nunca en la comicidad. Los que la descubrimos en Better Call Saul (Vince Gilligan, 2015) esperábamos que llegase su momento y no hay duda de que ha llegado con Pluribus. La serie, por ahora, es ella: su misantropía, su cinismo, su fragilidad, su anhelo de ternura, componen un personaje pocas veces agradable pero siempre interesante.

Otro gran recurso que Gilligan exprime hasta el fondo es el paisaje de Albuquerque, Nuevo México, donde también se localizaban Breaking Bad y Better Call Saul. Un territorio semidesértico por el que transitan serpientes y alacranes, un cielo permanentemente azul que alumbra unos colores entre brillantes y quemados. Un paisaje que en la primera serie empezó siendo una elección práctica por presupuesto y cercanía ha terminado por convertirse en marca de la casa Gilligan. En Breaking Bad el desierto es el lugar sin ley en el que todo es posible impunemente, desde enterrar un cadáver a montar un laboratorio de drogas; en Better Call Saul es un “no lugar” de aparcamientos vacíos, urbanizaciones ilegales y carreteras perdidas; en Pluribus el desierto lo recorren los nuevos humanos silenciosos y felices, incapaces de dañar o de dejar huella. Ya no habrá más ruidos que los que haga Carol en el nuevo desierto sin emociones.

Ella es la tercera gran protagonista de Vince Gilligan junto al Walter White (Bryan Cranston) de Breaking Bad  y al Saul Goodman (Bob Odenkirk) de Better Call Saul. Como les ocurría a ellos, intuimos desde los primeros capítulos que la trama que ha urdido Vince Gilligan les abocará a un dilema moral que se construye capítulo a capítulo como un castillo de naipes. Solo esperamos que cuando el castillo se derrumbe no nos hayamos encariñado demasiado con este nuevo personaje terriblemente humano.

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