Investigamos
Morti di fame
Cuestión de no sé bien qué, migrar fue, es y va a ser parte no solo de lo humano sino de lo animal (y muchos más, como las piedras que viajan en los ríos). Moverse, mudarse, partir de un lugar y llegar a otro. Dicen que los italianos hemos llegado a todos los rincones del mundo, si bien en mi familia mis antepasados solo cumplieron menos de dos horas en tren (los que venían desde muy lejos, poco más de doscientos kilómetros) o de veinte minutos en bicicleta (los de la misma zona en la que hoy vivo). Dicen, por ejemplo, que los italianos formaron parte de las grandes oleadas de inmigrados argentinos, si bien en mi caso tendría que llamarme bachicha y no tano como los de otra parte de esta península europea. Y es que con la migración tuve que platicar cuando iba a la escuela, con compañeros que nada compartían de la historia de mi pueblo (y no, no porque fuesen de otras naciones, sino porque venían de la parte meridional u oriental – ya sé que para los de afuera la fragmentación italiana no tiene sentido alguno) y que de todas formas eran mis amigos (y algunos siguen siéndolos), sin olvidar a los que eran efectivos inmigrados, los de África, lo de Albania, los del ex bloque soviético.
Hay una película bastante famosa (para los que conocemos el cine italiano), la de la Malafemmina, en la que Antonio de Curtis y Peppino De Filippo viajan de su sur natal al norte de Milán (cerca de mi casa, unos sesenta minutos en tren). Piensan que aquí se habla otro idioma (y estamos hablando de la misma nación), así que intentan comunicarse a través de una especie de mixtura de lenguas con un policía quien le contesta en italiano con un fuerte acento de estas zonas (y con la típica amargura de los de la capital lombarda, de los que solo piensan en trabajar –como hacían mis abuelos–, así que silencio y a usar las manos). La migración era así vista como un movimiento interno, de los que se hacen de las zonas más pobres y más políticamente difíciles a las donde era posible encontrar trabajo y mejorar nuestra condición de vida. Un cuento que se repite siempre y que siempre va a repetirse.
En I soliti ignoti de Monicelli hay una mezcla de acentos que vienen de toda Italia. Una visión, la del director que acabó con su vida (aceptemos su decisión y pensemos en una ley que ayude a tener más decencia), que bien nos recuerda el carácter polifónico de la novela caótica que fue el maravilloso Pasticciaccio. Es un mundo cinematográfico que revela cómo la Italia de aquellos años estaba cambiando, dibujando así otra cara diferente, si bien no mucho, de la que había sido en el pasado de los siglos diecinueve y dieciocho (al fin y al cabo, quienes presumen que Italia es un estado antiguo fallan, ya que su existencia solo tiene menos de doscientos años, y lo que antes había eran reinos, repúblicas y otros lugares políticamente diferentes).

Una Italia de migraciones, la de aquel entonces, que fue también el marco de Rocco con su Milán de los años cincuenta y un Delon que pertenecía, como personaje, a la gran área meridional de la península. Migraban, las personas, en busca de algo diferente que les otorgara aquella posibilidad de supervivencia en un mundo demasiado pobre (morti di fame, barboni, accattoni, gente con le pezze al culo, hasta el más global terroni que aquí se decía, en el idioma local, teruni) y que les permitiera abrirse paso ante un futuro que no les obligara a escupir sangre cada día sin tener algo que les ayudara a sentirse humanos (tanto psicológica como culturalmente).
Sin embargo, fuimos los italianos, todos, los que allá iban y que allá no eran aceptados. Mi familia, totalmente del norte de esta Italia tan fragmentada, puede acordarse de mi abuelo (el padre de mi padre) quien, después de que terminara la Guerra (la segunda), fue con su hermano a Suiza (Berna, si no me equivoco). Pidió, antes de morir, que en su tumba lo metieran con los pies hacia la Confoederatio helvetica, porque para él era el merecido desprecio ante una nación (en la que hoy trabajo, y de la que tengo parte de mi sangre) que ella misma lo despreciaba en cuanto Tschingg y entonces no Mensch. Y es la misma historia, al fin y al cabo, de la que nos habla Manfredi protagonizando al morto di fame en la película de 1973 dirigida por Brusati, la muy famosa y desafortunadamente poco vista hoy en día Pane e cioccolata.

Hubo también migraciones forzadas, como las de los fachas que te enviaban al confino si resultabas ser una persona non grata (quizás les pareciera más simple la acción de condenar al ostracismo en vez de matar por el escándalo de Matteotti). Correcto es entonces decir que de estas migraciones el parangón sería Una giornata, de Ettore Scola, si queremos hablar del “antes”, y Cristo si é fermato a Eboli si del mientras (basada, esta última, en una novela de Carlo Levi). Y forzadas fueron también las “migraciones” bélicas, las que te enviaban al frente y cuando volvías podías tener traumas (mi abuelo, no el de arriba sino el padre de mi madre, del cual tengo el mismo perfil y el mismo color de los ojos, se levantaba de noche gritando y le decía a su esposa, mi abuela, que mejor era si durante los primeros años de matrimonio no se hablara de tener hijos); quizás la obra más representativa, si bien solo de la primera guerra mundial (con la segunda los italianos tenemos una mala relación, de todas formas se aconseja Telefoni bianchi), sea La grande guerra, con su carga de áspera melancolía típicamente italiana.
Yo (el yo de quien escribe, demostración de un ego desmesurado que en realidad es muy dócil) soy un migrante bastante raro. Estuve en Turquía, para enseñar durante un año, y si bien vivo en Italia la escuela donde trabajo se encuentra en Suiza (no os asustéis, los que vivimos en las fronteras sabemos que la distinción entre naciones es muchas veces algo lábil y ligero). Emigro, esto sí, con las obras extranjeras que veo, que leo o que escucho. Todos, al fin y al cabo, podemos hacerlo, y la pantalla que nos propone obras de diferentes lugares, de diferentes culturas, y así nos ayuda a traspasar los límites de nuestra posición efectiva (como lo hace para los que viven lejos de su casa y querrían intentar acercarse a ella para rememorar lo que fue parte de su vida). Y es más, emigramos, con los filmes, no solo hacia los intersticios de los espacios geográficos, sino también hacia la diminuta infinitud de unos más de cien años de obras cinematográficas.

